CAPÍTULO X No me pidas que te olvide #3
—A mí tampoco.
Gabriel la miró.
—Pero basta para dejar de llamarte, por dentro, la mujer que se fue sin explicación.
Clara sintió que una emoción profunda le subía al pecho.
—Eso ya es mucho.
—Sí.
—¿Y ahora qué soy?
Gabriel no respondió de inmediato.
—La mujer que volvió con una verdad rota y decidió no usarla para exigir perdón.
Ella bajó la mirada.
—No sabía cómo exigir nada.
—Eso fue lo que lo hizo verdadero.
Clara se sentó al fin. Gabriel hizo lo mismo frente a ella.
Había entre los dos una mesa pequeña. No como barrera, sino como espacio compartido. Clara agradeció no estar demasiado cerca al principio. El cuerpo recordaba antes que la voluntad, y ella no quería que la ternura resolviera lo que todavía debía decirse.
—Leonardo se ha retirado —dijo.
Gabriel asintió.
—Marina me lo dijo.
—Me escribió una carta.
—¿Quieres hablar de ella?
—Sí.
Él no ocultó el esfuerzo que le costó escuchar.
—Entonces habla.
—Reconoció que llegó a mi vida con información que yo no tenía. Que partió de una ventaja injusta. Que confundió cuidar con poseer. También dijo que me quiso.
Gabriel bajó los ojos.
—Te quiso.
—Sí.
—Eso no lo hace inocente.
—No.
—Tampoco lo hace mentira.
—No.
Gabriel respiró hondo.
—Estoy intentando no odiarlo.
—No tienes que hacerlo por mí.
—No lo hago por ti. Lo hago porque no quiero empezar lo nuestro, si hay un nuestro, llenando otra habitación de enemigos.
Clara sintió que la frase la tocaba.
—Si hay un nuestro.
—Sí. No quiero darlo por hecho.
—Gracias.
—Me cuesta.
—Lo sé.
—Quiero decir “ven, quédate, ya basta, hemos perdido demasiado”. Quiero decirlo desde que te vi entrar.
Ella se estremeció.
—¿Y por qué no lo dices?
—Porque también sé que sería otra forma de pedirte que pagues el pasado con una decisión inmediata.
Clara apoyó las manos sobre la mesa.
—Gabriel, yo te amo.
Él cerró los ojos, como en la playa.
—No sé si algún día dejaré de necesitar oír eso.
—No quiero que dejes de necesitarlo del todo. Pero sí que no te duela cada vez.
—Quizá algún día.
—Te amo —repitió ella—. Pero necesito que entiendas algo.
No puedo volver como si estos siete años fueran un paréntesis injusto que se cierra.
No puedo entrar aquí y convertirme en la novia que no llegó a la iglesia.
No puedo darte la Clara de entonces, porque esa Clara ya no existe.
Y tampoco quiero que me la pidas, aunque la amases.
Gabriel la miró con una calma intensa.
—No te la pediré.
—Tampoco puedo prometerte que no tendré miedo.
—No te pediré que no lo tengas.
—Ni que olvidaré lo que me dijiste al volver.
Él bajó la mirada.
—No te pediré que lo olvides.
Clara sintió que aquella frase abría el centro de la conversación.
Gabriel continuó, despacio:
—No te pediré que olvides mi rencor. Ni mis palabras.
Ni que dudé de ti incluso cuando trajiste la carta.
No te pediré que olvides que estuve a punto de convertir mi dolor en una forma de castigarte.
No te pediré que olvides a Leonardo, ni tu casa, ni lo que tu madre hizo, ni lo que tu padre firmó demasiado tarde.
No te pediré que olvides nada, Clara. Porque si te pido olvido, estaría pidiendo una mentira nueva para vivir más cómodo.
Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas.
—Yo tampoco quiero olvidar.
Gabriel la miró.
—¿No?
—No. Durante mucho tiempo creí que la felicidad sería poder borrar.
Borrar la noche de mi marcha. Borrar tu espera.
Borrar la carta quemada. Borrar a Leonardo entrando en mi vida desde una información que yo no tenía.
Borrar a mi madre con el sobre en la mano.
Borrar a mi padre enseñándome documentos como si el amor pudiera ejecutarse legalmente.
Pero no quiero olvidar. Porque incluso el dolor nos ha enseñado cuánto valía lo que nos arrebataron.
Gabriel respiró con dificultad.
Clara continuó:
—Si olvido, vuelvo a ser una mujer fácil de engañar.
Si olvidas, vuelves a ser un hombre que necesita una versión sencilla para no sufrir.
No quiero eso. Quiero recordarlo sin que nos gobierne.
Quiero que algún día podamos hablar de la boda que no fue sin que se nos hunda el cuerpo.
Quiero que mi carta no sea solo una prueba, sino una memoria de la mujer que intentó, mal, tarde, con miedo, dejarte una verdad.
Quiero que tus años de rencor no sean una condena eterna, sino una advertencia de lo que el silencio puede hacerle a un amor.
Quiero elegirte después de saber. No antes. No a ciegas. No como huida. Después.
Gabriel se levantó despacio.
No se acercó de inmediato. Caminó hasta la ventana, como si necesitara respirar antes de tocar aquella esperanza.
—Yo pasé años soñando con que volvieras y me pidieras perdón —dijo.
Clara permaneció sentada.
—Lo imaginaba.
—En mis peores días, imaginaba que llorabas y yo te rechazaba. En mis mejores días, que te escuchaba y después me iba con dignidad. Nunca imaginé esto.
—¿Qué es esto?
Él se volvió.
—Que la verdad me diera también vergüenza de mí.
Clara se levantó.
—Gabriel...
—No. Déjame decirlo. Me avergüenza haber necesitado tanto que fueras culpable.
Me avergüenza que una parte de mí sintiera alivio cuando te vi con Leonardo, porque eso confirmaba la historia que me permitía odiarte.
Me avergüenza haber pensado, aunque fuera un instante, que tu carta podía ser una estrategia.
Y me duele que tuvieras que volver a defender tu amor ante el mismo hombre que debió reconocerlo antes que nadie.
Clara se acercó.
—Tú también fuiste engañado.
—Sí. Pero después elegí muchas veces no mirar más allá del engaño.
—Porque mirar dolía.
—Eso no me absuelve.
—No.
—Bien.
Ella casi sonrió entre lágrimas.
—¿Bien?
—Sí. No quiero que me absuelvas rápido. Quiero que podamos decirnos las culpas sin que eso destruya todo lo demás.
Clara llegó hasta él.
Había menos de un paso entre ambos.
—Entonces tendremos que aprender a discutir sin huir.
—Y sin condenar.
—Y sin salvarnos a la fuerza.
—Eso me costará.
—A mí también.
Gabriel miró sus manos, pero no las tomó todavía.
—¿Quieres quedarte a comer?
La pregunta, tan sencilla después de tanto dolor, la conmovió más que una declaración solemne.
—Sí.
—Marina estará insoportable.
—Lo sé.
—Probablemente dirá que no hay que celebrar demasiado.
—Tendrá razón.
—Y que yo no debo mirarte como un perro agradecido.
Clara sonrió.
—También tendrá razón.
Gabriel sonrió por primera vez sin sombra completa.
—La tiene con demasiada frecuencia. Es un defecto.
El silencio que siguió fue distinto. Vivo. No limpio, no ingenuo, no desmemoriado. Pero vivo.
Clara miró alrededor.
—Esta era la casa de la que me hablabas.
—Sí.
—La pequeña.
—La que no servía para ceremonias.
—¿Todavía piensas eso?
—Más que nunca.
Ella caminó hasta la puerta y salió al pequeño porche. Gabriel la siguió. Desde allí se veía la vega, la línea distante de Villa Belmonte y, más allá, una franja de mar apenas azulada bajo la luz de la tarde.
—No puedo venir aquí como si todo estuviera resuelto —dijo Clara.
—No lo está.
—Tendré que volver a Villa Belmonte. Mi padre sigue enfermo. Mi madre seguirá allí. La herencia necesita cerrarse. Hay documentos, deudas, consecuencias.
—Lo sé.
—No quiero que nuestra vida empiece como una fuga.
Gabriel se apoyó en el marco de la puerta.
—Entonces no fugaremos.
—Tampoco quiero esperar eternamente a que todo sea perfecto.
—No lo será.
—No.
Él la miró.
—Podemos empezar sin precipitarnos.
—¿Eso existe?
—No lo sé. Podemos inventarlo con torpeza.
Clara respiró hondo.
—Quiero venir algunos días. Irme otros. Hablar. Callar. Conocer al hombre que eres ahora. Dejar que conozcas a la mujer que soy sin intentar corregirme hacia la de antes.
—Sí.
—Quiero que Marina pueda desconfiar de mí cuando necesite hacerlo.
—Lo hará aunque no se lo permitas.
—Mejor.
—Quiero que algún día entres en Villa Belmonte sin sentir que vas a una guerra.
Gabriel miró hacia la casa distante.
—Eso tardará.
—Lo sé.
—Pero lo intentaré.
Clara se volvió hacia él.
—Y quiero que, si un día decidimos casarnos...
La palabra quedó entre ambos, no como urgencia, sino como posibilidad lejana y serena.
Gabriel no se movió.
—Si un día —repitió él.
—No sea para recuperar aquella boda.
—No.
—Sea otra. Pequeña. Sin espectadores necesarios. Sin alianzas familiares. Sin acuerdos patrimoniales escondidos debajo del mantel.
—Sin nadie esperando que representemos una reparación.
—Sí.
Gabriel levantó la mano y, esta vez, le tocó el rostro con una calma que no pedía permiso porque ya lo había recibido en la forma de la espera.
—Si un día ocurre, será porque tú llegas caminando, no empujada.
Clara cerró los ojos.
—Y porque tú esperas sin exigirme pagar la espera.
—Sí.
Se quedaron así un instante.
Después Gabriel retiró la mano.
No la besó todavía.
Clara abrió los ojos.
—Puedes besarme —dijo.
Él la miró con una emoción que casi parecía dolor.
—¿Estás segura?
—No de todo. De esto sí.
Gabriel se inclinó despacio.
El beso no fue arrebatado.
No fue el beso de la terraza, nacido al borde de una traición.
No fue el beso de dos jóvenes antes de una boda.
Fue un beso lento, contenido, casi reverente, en el que ninguno intentó borrar los años sino reconocer que habían llegado al otro lado con heridas, culpas y memoria.
Clara sintió la mano de Gabriel en su mejilla, la otra apenas en su cintura, sin retenerla.
Sintió que el cuerpo recordaba, sí, pero también aprendía.
El amor de antes estaba allí, no intacto, no suficiente por sí solo, pero transformado en algo más grave.
Cuando se separaron, Gabriel apoyó la frente contra la suya.
—No me pidas que te olvide —dijo él, con voz baja.
Clara abrió los ojos.
—No voy a pedirte eso.
—Ni lo que dolió.
—No.
—Ni lo que perdimos.
—No.
—Ni lo que hice mal.
—Tampoco.
Él respiró con dificultad.
—Entonces ¿qué me pedirás?
Clara tomó su mano.
—Que me elijas sabiendo.
Gabriel entrelazó sus dedos con los de ella.
—Eso ya ha empezado.
Marina apareció al fondo del patio justo en ese momento, con una cesta en la mano.