No estoy para abogados Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

La ceremonia fue sencilla, como habíamos querido. No había sermones largos ni tradiciones religiosas que ninguno de los dos practicaba. Solo nosotros, nuestros amigos, nuestra familia, y la promesa de seguir eligiéndonos cada día.

Llegó el momento de los votos. Yo había preparado algo, por supuesto, pero cuando llegó mi turno, las palabras que había ensayado se evaporaron. Lo que salió de mi boca fue más simple, más verdadero.

—Te prometo que nunca intentaré ser tu solución —dije, y vi que Daniela sonreía con los ojos vidriosos—.

Que nunca te pediré que seas menos de lo que eres para que quepas en mi vida.

Que estaré aquí, en las mañanas tranquilas y en las noches difíciles, en los días en que todo funciona y en los que todo se desmorona.

Te prometo que te veré, de verdad, y que seguiré viéndote cada día como si fuera la primera vez.

Héctor se movió incómodo a mi lado, emocionado a pesar de sus esfuerzos por mantener la fachada de cinismo. Alba se secaba una lágrima con disimulo. Y Carmen… mi abuela tenía la espalda recta y la barbilla alta, pero vi brillar sus ojos.

Y entonces fue el turno de Daniela.

Ella me miró, y durante un segundo el mundo entero desapareció. No había jardín, no había mar, no había invitados. Solo sus ojos, verdes y profundos, que habían aprendido a mirarme sin miedo.

—Llegaste cuando yo estaba intentando recoger mis pedazos —dijo, y su voz tembló apenas, pero se mantuvo firme.

Hizo una pausa, respirando hondo. El silencio se extendió, lleno de posibilidades, de memoria, de todo lo que habíamos construido.

—Y descubrí que no necesitaba que nadie me reconstruyera —continuó, y ahora sonreía, esa sonrisa que me había robado el corazón hacía ya demasiado tiempo—. Que no necesitaba que vinieras con pegamento y buenas intenciones a intentar encajar lo que estaba roto.

Me cogió las manos, y sentí que sus dedos estaban cálidos, seguros.

—Solo necesitaba a alguien que me quisiera mientras volvía a encontrarme —dijo, y ahora las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, pero no intentó secarlas—.

Alguien que entendiera que estar rota no significaba estar incompleta, que recoger los pedazos era trabajo mío, pero que no tenía que hacerlo sola.

Alguien que me quisiera en pedazos y me quisiera entera, sin prisa, sin condiciones.

No pude evitarlo. Sentí cómo las lágrimas subían por mi garganta, cómo mis ojos se llenaban, cómo todo el maldito jardín se convertía en un borrón de luz y color. No era tristeza, era algo más grande, algo que no tenía nombre en ningún idioma que conociera.

—Te quiero —susurré, y no importaba que no fuera mi turno, que no fuera el momento, que rompiera el protocolo—. Te quiero, te quiero, te quiero.

El oficiante nos dejó un segundo, luego otro, y cuando finalmente dijo «Pueden besarse», ni siquiera escuché las palabras exactas.

Solo supe que podía coger a Daniela entre mis brazos, que podía besarla mientras los aplausos estallaban a nuestro alrededor, que podía perderme en ella sabiendo que, por primera vez en mi vida, estaba exactamente donde debía estar.

Héctor fue el primero en abrazarnos, y lo hizo con fuerza, con ese afecto que siempre disfrazaba de broma.

—Bien jugado, abuelo —susurró en mi oído—. Aunque sigo pensando que estás completamente dominado.

—Y a mí sigue sin importarme —respondí, y reímos los dos.

Alba nos abrazó con eficiencia, ya organizando mentalmente el traslado al banquete.

Alejandro nos miró con esa ternura que siempre intentaba ocultar bajo su apariencia de hombre práctico.

Y Carmen… mi abuela se acercó con paso lento pero digno, y cuando llegó a nosotros cogió la mano de Daniela y la mía, y las unió entre las suyas.

—Bien —dijo simplemente—. Esto está bien.

No había mayor elogio en el vocabulario de Carmen. Y no hacía falta nada más.

El coctel transcurrió en una neblina de felicidad.

Recuerdo fragmentos: el sabor del vino, el sonido de la risa de Daniela mezclándose con la de nuestros amigos, el calor del sol que ya declinaba sobre el Mediterráneo, el olor de las flores que Carmen había elegido con tanto cuidado.

Recuerdo a Daniela quitándose los zapatos para bailar descalza sobre el césped, recuerdo a Héctor intentando enseñar a Alejandro a bailar sevillanas con resultados catastróficos, recuerdo a Alba y Lucía sentadas en un banco, hablando en voz baja, sonriendo.

Recuerdo mirar a mi alrededor y pensar: esto es mío. Esto es nuestro. Esto es real.

En algún momento de la noche, cuando la cena había terminado y el flamenco fusionado, que resultó ser menos catastrófico de lo temido, daba paso a una música más tranquila, encontré a Daniela en el borde del jardín, mirando al mar.

Me acerqué por detrás y la abracé, apoyando mi barbilla en su hombro.

—¿Penas prematrimoniales? —bromeé.

—Nunca —dijo ella, apoyando su cabeza contra la mía—. Solo estoy intentando memorizarlo todo. Para cuando necesite recordar que la vida puede ser así de buena.

La estreché más contra mí, sintiendo su respiración, su calor, su peso real contra mi cuerpo.

—Siempre será así —prometí, sabiendo que era una mentira, sabiendo que habría días difíciles, noches de discusión, momentos de duda—. Siempre volveremos a esto.

Daniela se giró en mis brazos y me miró, y en sus ojos vi reflejado todo lo que habíamos construido y todo lo que aún nos esperaba.

—Lo sé —dijo—. Porque ahora sé cómo volver. Y sé que tú estarás aquí, esperando.

Besé su frente, luego sus párpados, luego sus labios.

Y mientras el mar susurraba debajo de nosotros y las estrellas empezaban a aparecer sobre el horizonte, supe que tenía razón.

Que habíamos encontrado algo que no era perfecto, pero que era real.

Que éramos dos personas que habían decidido caminar juntas, no porque necesitaran ser completadas, sino porque habían descubierto que caminar de la mano era mejor que caminar solas.

La boda había sido caótica, sí. Había tenido más listas de las necesarias, más contratiempos de los previstos, más momentos de pánico de los que cualquier organizador profesional habría soportado.

Pero había sido perfecta. No porque todo saliera según lo planeado, sino porque, al final, estábamos allí. Juntos. Empezando.

Y cuando Daniela apoyó su cabeza en mi hombro y suspiró contenta, supe que no cambiaría ni un solo segundo de ese día caótico, maravilloso, irremplazable.

Porque era nuestro. Y eso era suficiente.