Capítulo 39
Carlos
Debería haber sabido que una boda organizada por la abuela Carmen sería cualquier cosa menos tranquila. De hecho, debería haberlo imaginado desde el momento en que accedí a dejarle las riendas de la organización.
Pero allí estaba, tres meses después, contemplando el caos que se desplegaba ante mis ojos en el jardín de la finca que habíamos alquilado en las afueras de Málaga.
Carmen tenía una lista de invitados que había revisado tantas veces que ya la conocía de memoria.
Una lista de flores que incluía especies que ni siquiera sabía que existían.
Una lista de posibles problemas que había elaborado con la precisión de un general preparando una campaña militar.
Y, por supuesto, una lista de cosas que, según ella, no podían salir mal, lo cual, en la lógica carmeniana , significaba que inevitablemente saldrían mal.
—Carlos, ¿has visto a la florista? —Apareció Héctor a mi lado, con una copa de champán que claramente no era la primera que tomaba—. Digo, ¿existe realmente o es un producto de la imaginación de tu abuela?
—La florista existe —murmuré, observando cómo Carmen dirigía a un equipo de cinco personas con la autoridad de quien ha comandado ejércitos en vidas pasadas—. El problema es que la abuela le ha cambiado el pedido cuatro veces en la última semana.
Héctor soltó una carcajada que atrajo varias miradas.
—La mujer que consiguió domesticarte ahora está siendo dominada por su abuela. Es poético, ¿no te parece?
Lo miré con el ceño fruncido, pero no pude evitar una sonrisa.
Tenía razón, por supuesto. Daniela, que en el tiempo que llevábamos juntos había desarrollado una capacidad envidiable para imponer su criterio, se había rendido ante la fuerza de la naturaleza que era Carmen.
La había visto intentar discutir sobre el menú, sobre la música, sobre la disposición de las mesas, y en cada ocasión mi abuela la había derrotado con una combinación de sonrisas encantadoras, argumentos imposibles de refutar y esa mirada que decía «Llevo años soñando con este día, niña, no me lo estropees».
—Deja que disfrute de su momento —dije, cogiendo la copa que Héctor me ofrecía—. Ha estado planeando esto desde el día que supo que Daniela y yo íbamos a casarnos.
La verdad era que no podía quejarme. La finca era espectacular, un jardín andaluz exuberante que descendía en suaves terrazas hacia el Mediterráneo.
El mar se extendía al horizonte con ese azul particular que solo existe en la costa malagueña, y el sol de la tarde doraba cada rincón con una luz cálida y generosa.
Habíamos conseguido que todo estuviera listo para las seis de la tarde, cuando el calor empezaba a suavizarse y la brisa del mar traía consigo el olor a sal y a jazmines.
—¡Carlos! —la voz de Alba cortó el aire como un látigo—. Ven aquí, por favor.
Intercambié una mirada con Héctor, que se encogió de hombros con gesto teatral.
—Ve, soldado. Tu capitana te reclama.
Alba estaba en el centro de lo que yo había empezado a llamar la zona de operaciones, un espacio junto a la pérgola donde se celebraría la ceremonia.
Llevaba un vestido azul marino elegante y sencillo y su Tablet en una mano.
Su expresión era la de alguien que había visto el abismo y había decidido organizarlo por categorías.
—El cóctel de bienvenida tiene que empezar en veinte minutos —dijo, sin preámbulos—.
La abuela Carmen quiere cambiar el orden de entrada de los testigos, Lucía no encuentra el velo de Daniela, y Alejandro está intentando mediar entre el DJ y el grupo de flamenco que Carmen contrató ayer porque le dio el presentimiento de que haría falta.
Parpadeé.
—¿Flamenco?
—No me mires así. Yo solo soy la coordinadora. La abuela es la directora de orquesta.
—¿Y dónde está Alejandro?
Alba señaló hacia un rincón del jardín donde mi amigo estaba efectivamente intentando mantener la calma mientras un hombre con chaqueta de lentejuelas y un guitarrista discutían sobre espacios sonoros y tradición.
Alejandro me vio y sus ojos suplicaron ayuda.
Levanté la mano en señal de «Ya voy», aunque en realidad no tenía ni idea de cómo mediar en una disputa entre música electrónica y arte jondo.
—Ve con él —dijo Alba, ya volviendo a su Tablet—. Y dile a Héctor que deje de beber champán o no llegará al banquete consciente.
—¿Cómo sabes que…?
—Lo conozco desde hace dos años, Carlos. Sé absolutamente todo.
Me dirigí hacia el grupo en conflicto, pero fui interceptado por Lucía, que emergió de la casa con el rostro desencajado.
—No encuentro el velo —dijo, sin aliento—. Lo tenía hace media hora, lo dejé en el dormitorio de Daniela y ahora ha desaparecido. He buscado por todas partes, he preguntado a todo el mundo…
—Tranquila —dije, poniendo las manos en sus hombros—. Respira. ¿Has mirado en el armario de la entrada?
Lucía parpadeó.
—¿El armario de la entrada?
—La abuela lo mencionó esta mañana. Dijo que el velo era demasiado delicado para dejarlo en cualquier sitio y que lo guardaría en el armario del recibidor para que no le pasara nada.
Lucía me miró con una mezcla de alivio y desesperación.
—La abuela va a matarme. O yo voy a matar a la abuela. Todavía no he decidido cuál de las dos opciones es más probable.
—Ninguna de las dos —sonreí—. Ve a buscar el velo y dile a Daniela que… —dudé un instante—. Dile que estoy aquí. Que todo está bien. Que… que la quiero.
Lucía sonrió por primera vez en lo que llevaba de día.
—Eso no hace falta que se lo diga, creo que ya lo sabe.
Cuando Lucía se marchó, me dirigí finalmente hacia el grupo de Alejandro, que para ese momento parecía haber alcanzado algún tipo de acuerdo precario. El DJ asentía con gesto resignado y el guitarrista guardaba su instrumento con aire de suficiencia.
—¿Solucionado? —pregunté.
—Solucionado —confirmó Alejandro, secándose la frente—. Habrá flamenco durante el cóctel, música moderna durante la cena, y ambos harán algo fusionado para el baile. No preguntes qué significa «fusionado», porque no quiero saberlo.
—Eres un héroe.
—Soy un hombre agotado que necesita una cerveza. Pero gracias.
Los minutos previos a la ceremonia transcurrieron en una especie de torbellino organizado.
Carmen apareció de repente, como solía hacer, emergiendo del interior de la casa con la elegancia que la caracterizaba.
Llevaba un vestido de seda color lavanda que le sentaba como si hubiera sido confeccionado para ella, y su pelo canoso estaba recogido en un moño impecable.
Caminaba con el bastón que usaba solo para ocasiones especiales, lo cual significaba que quería que todo el mundo la viera llegar.
—Carlos —me llamó, y me acerqué obedientemente—. Estás guapísimo. Tus padres estarían orgullosos.
Me tocó la mejilla con una mano arrugada pero firme, y por un momento sentí un nudo en la garganta. Mi padre había fallecido dos años antes, y aunque nunca había sido un hombre de muchas palabras, sabía que habría querido estar allí.
—Gracias, abuela —dije, y ella asintió como si eso fuera todo lo que necesitaba oír.
—Ahora vete a tu sitio. Y recuerda: no llores antes de tiempo. Guarda las lágrimas para cuando importen.
Me empujó suavemente hacia la pérgola, donde ya se habían reunido los invitados.
Eran pocos, pero los que realmente importaban: amigos de toda la vida, algunos compañeros de trabajo, los primos que habían podido venir, los vecinos de Carmen que la querían como a una reina.
No éramos cientos, pero éramos los que debíamos estar.
Héctor ocupaba su lugar como testigo, luciendo una sonrisa traviesa que prometía que haría algún comentario inapropiado en el discurso.
Alba había logrado que todo estuviera en su sitio: las flores, las sillas, la alfombra de pétalos que conducía al altar improvisado.
Alejandro me guiñó un ojo desde la primera fila, junto a su novia. Todo estaba listo.
Y entonces sonó la música.
No recuerdo qué pieza eligió Carmen, solo sé que no era la tradicional marcha nupcial.
Era algo español, algo que tenía alma, algo que me hizo sentir de repente que las piernas me flaqueaban.
Porque en el momento en que la música empezó, en el preciso instante en que todos los invitados se giraron para mirar hacia la casa, apareció ella.
Daniela llevaba un vestido sencillo pero perfecto, de un blanco roto que no competía con el bronceado de su piel.
El velo, que Lucía había encontrado, por supuesto, exactamente donde Carmen dijo que estaría, caía suavemente sobre sus hombros.
Lucía caminaba detrás, sosteniendo la cola, pero apenas la noté. Solo veía a Daniela.
Y entonces, mientras caminaba hacia mí por esa alfombra de pétalos, mientras sonreía con esa sonrisa que había tardado meses en aparecer completamente, la vi de verdad. Y la vi por primera vez.
La vi en el jardín de Carmen donde nos conocimos, enfadada con el mundo, herida por hombres que habían creído que podían poseerla sin amarla, convencida de que todos éramos iguales.
La vi con sus defensas levantadas, con sus puertas cerradas, con su corazón convertido en fortaleza.
La vi desconfiando de mí, probándome, esperando que fallara como habían fallado los demás.
Y la vi después. La vi abriendo las puertas una a una, dejando que la luz entrara.
La vi riendo de verdad por primera vez, sin miedo, sin reservas.
La vi llorando en mis brazos cuando el pasado volvía a visitarla, y la vi levantándose después, más fuerte cada vez.
La vi eligiendo confiar, eligiendo creer, eligiendo amar.
Ahora estaba delante de mí. Sonriendo. Sin miedo.
El oficiante, un juez de paz amigo de la familia que Carmen había convencido de que era su deber cívico participar, comenzó a hablar.
No recuerdo sus palabras exactas. Hablaba de amor, de compromiso, de compañerismo.
Cosas que sonaban a verdad porque estábamos allí, porque habíamos llegado hasta ese momento a través de caminos llenos de obstáculos.