No estoy para abogados Capítulo 33
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Capítulo 33

Carlos

Siempre había pensado que enamorarse era un proceso ordenado.

Una secuencia de momentos perfectamente coreografiados: una conversación reveladora durante una cena a la luz de las velas, un paseo por la playa al atardecer donde las palabras fluían con naturalidad, una mirada cómplice cruzada en una habitación llena de gente que de repente se vaciaba hasta dejar solo a dos personas.

Había imaginado que el amor verdadero llegaba con la serenidad de una mañana de domingo, suave, predecible, reconfortante.

Con Daniela, todo había sido exactamente lo contrario.

Era caos puro. Era un huracán que entraba por la puerta sin avisar, derribando muebles y convenciones.

Discutíamos por el café; ella lo tomaba demasiado fuerte; yo lo dejaba enfriar demasiado; nos provocábamos con comentarios afilados que otros habrían interpretado como hostilidad; nos reíamos de cosas que nadie más encontraba graciosas y nos desafiábamos constantemente, como si cada intercambio fuera una batalla de ingenio donde rendirse no era opción.

Y luego, cuando el polvo se asentaba, cuando la discusión terminaba o el chiste agotaba su efecto, nos mirábamos.

Y en esos silencios eléctricos, en esos segundos suspendidos en los que el aire parecía vibrar entre nosotros, éramos las únicas dos personas del mundo.

El resto se desvanecía. Incluida la lógica.

Esa mañana, el desayuno había sido un ejercicio de contención.

Estábamos en la cocina de Carmen, con el sol entrando por la ventana e iluminando el polvo flotante entre nosotros.

Daniela estaba sentada a la mesa, con una taza humeante entre las manos, mirando fijamente el azúcar como si contuviera la respuesta a algún enigma universal.

Yo estaba de pie junto a la encimera, intentando parecer ocupado revisando unos papeles que ya conocía de memoria.

—¿Me pasas el azúcar? —dijo ella de repente, sin levantar la vista.

La alcancé sin decir palabra. Nuestros dedos se rozaron cuando la cogió, un contacto eléctrico que duró una fracción de segundo pero que dejó marcas invisibles en mi piel.

—Gracias —murmuró.

—De nada —respondí.

El silencio volvió, denso, cargado de todo lo que no estábamos diciendo. De todas las noches compartidas, de las confesiones a media voz, de los besos que habían traspasado la barrera de la mera atracción física para convertirse en algo más peligroso, más real.

—Qué agotadores sois —dijo la voz de Carmen desde la puerta.

Ambos giramos la cabeza. Allí estaba, con su bata de seda azul y su pelo blanco perfectamente recogido, observándonos con una mezcla de diversión y exasperación.

—¿Qué? —preguntamos al unísono, con la misma entonación defensiva.

Carmen se acercó a la mesa, sirviéndose una taza de café con la elegancia de quien ha visto pasar décadas de dramas familiares.

—Lleváis semanas peleando por no reconocer lo evidente —dijo, sentándose en su silla habitual—.

Discutiendo, provocándoos, huyendo el uno del otro como si fuerais a enfermaros de gravedad.

Y ahora… —hizo una pausa, mirándonos alternativamente—.

Ahora parecéis adolescentes en su primera cita.

Todo silencios incómodos y miradas furtivas.

Es agotador. Decidíos de una vez, por el amor de Dios.

Sentí cómo el calor subía por mi cuello.

A mi lado, Daniela se había puesto roja, un rubor intenso que contrastaba con su piel bronceada.

Intenté no reír, realmente lo intenté, pero la situación era demasiado absurda.

La sonrisa se me escapó, primero contenida, luego abierta, hasta convertirse en una carcajada que rompió la tensión.

—No tiene gracia —susurró Daniela, pero sus labios se curvaban hacia arriba, traicionando su enfado fingido.

—Sí la tiene —dije yo, y me senté frente a ella, finalmente abandonando la pose de indiferencia.

Carmen nos observó un segundo más, asintiendo satisfecha, como si hubiera resuelto un problema que no le correspondía, y se marchó con su café hacia el jardín, dejándonos solos con la verdad que ella había puesto sobre la mesa con la misma naturalidad con la que dejaba el azucarero.

El silencio que siguió fue diferente. No era el silencio incómodo de dos extraños, ni el silencio cargado de deseo no consumado. Era el silencio de dos personas que sabían que algo tenía que decirse, pero que temían las palabras como se teme a un precipicio.

—¿Qué estamos haciendo, Carlos? —preguntó Daniela finalmente, y su voz era seria, vulnerable.

La miré. Realmente la miré, viendo la incertidumbre en sus ojos, el miedo que intentaba disimular con determinación.

—No lo sé —respondí con honestidad—. Pero sé que no quiero dejar de hacerlo.

Ella suspiró, pasándose una mano por el pelo desordenado.

—Yo tampoco —admitió—. Pero tengo miedo. Mucho miedo. Vengo de… bueno, ya sabes de dónde vengo. De cinco años de estar convencida de que amar significaba perderse.

—Y yo vengo de dos años convencido de que era mejor no sentir nada —dije, extendiendo la mano sobre la mesa, ofreciéndola—. De que el control era la única forma de no sufrir.

Nuestros dedos se encontraron sobre el mantel de hilo blanco. No nos agarramos con fuerza, solo… existimos juntos, en ese espacio compartido.

—No quiero promesas imposibles —dijo ella, y sus ojos se clavaron en los míos—. No quiero que me prometas que estarás siempre, porque nadie puede prometer eso. No quiero que intentes salvarme, porque ya me he salvado sola. No quiero que cambies por mí, ni que yo cambie por ti.

Asentí, sintiendo el peso de cada palabra.

—¿Entonces qué quieres? —pregunté, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.

Ella apretó mi mano ligeramente.

—Quiero intentarlo —dijo, simple, directa—. Sin etiquetas todavía. Sin definir qué somos ni a dónde vamos. Solo… estar. Aquí. Ahora. Contigo. Y ver qué pasa.

El alivio que sentí fue físico, una oleada de calor que me recorrió desde el pecho hasta las extremidades. Era más de lo que esperaba, más de lo que me atrevía a pedir. Era una puerta abierta, no un destino final, y eso la hacía más valiosa.

—Sin salvarnos —añadí, sonriendo—. Sin cambiarnos. Solo estar.

—Solo estar —repitió ella, y por primera vez desde que nos conocíamos, su sonrisa fue completamente libre de miedo.

Desayunamos juntos. Hablamos de tonterías, de los planes de Lucía para el fin de semana, de cómo Alba estaba reorganizando la biblioteca de Carmen según un sistema decimal que ni la propia Carmen entendía.

Y durante todo ese tiempo, sentí algo que no recordaba haber sentido en años: paz.

No la paz del silencio o de la soledad, que era la que yo había cultivado durante tanto tiempo.

Era la paz de la conexión. La certeza de que, aunque el mundo exterior fuera un caos, y Dios sabía que lo era, en ese espacio reducido, en esa cocina llena de olor a café y jazmín, todo estaba bien.

Esa paz duró hasta las once de la mañana.

El móvil sonó con una insistencia que rompió el hechizo. Miré la pantalla: número desconocido, pero con prefijo de la comisaría. El corazón se me detuvo un segundo antes de responder.

—¿Sí?

—¿Señor Díaz? —Era una voz masculina, profesional, seca—. Soy el inspector Ruiz. Llamo de la comisaría de Málaga. Necesito que venga urgentemente. Tenemos novedades sobre el caso Salvatierra.

Me puse de pie de golpe, el estómago encogiéndose.

—¿Qué tipo de novedades?

—Hemos procedido a la detención de Miguel Salvatierra —dijo el inspector, y su voz bajó un tono—. Pero antes de entrar en su domicilio, dejó algo. Un mensaje grabado. Para usted. Para la señorita Vega.

Sentí que la sangre se me helaba en las venas.

—¿Qué dice el mensaje?

El inspector dudó. Escuché cómo respiraba hondo al otro lado de la línea.

—Dice: «Si yo caigo, Daniela también. Díselo a ese abogado. Que sepa que no ha ganado nada. Que esto no termina aquí».

La llamada terminó, pero yo seguía con el teléfono pegado a la oreja, paralizado, con las palabras resonando en mi cabeza como campanas de iglesia.

—Carlos —llamó Daniela desde la puerta de la cocina. Había oído mi tono de voz, debía de haber visto mi expresión—. ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?

La miré. Allí estaba, con su camiseta blanca y sus vaqueros, con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros, con esa paz que acabábamos de construir juntos todavía reflejada en sus ojos.

Y supe, con una certeza que me partió el alma, que la parte más difícil todavía no había terminado.

Que Miguel, incluso entre rejas, seguía teniendo el poder de destruirla.

Que había subestimado la profundidad de su odio, la extensión de su red de complicidades, la magnitud de su deseo de venganza.

—Carlos —insistió ella, acercándose, poniendo una mano sobre mi brazo—. Me estás asustando. Dime qué ha pasado.

Abrir la boca me costó un esfuerzo sobrehumano. Decir las palabras significaba romper el hechizo, significaba arrastrarla de vuelta a la pesadilla justo cuando estábamos empezando a soñar despiertos.

—Han detenido a Miguel —dije finalmente, y vi cómo su rostro se iluminaba por un segundo, un destello de alivio que no duraría.

—¿Pero? —preguntó, porque conocía mi expresión, porque ya me leía mejor de lo que nadie me había leído nunca.

—Dejó un mensaje —continué, y tuve que tragar saliva para poder seguir hablando—. Para nosotros. Dice que, si él cae, tú también. Que esto no ha terminado.

El color desapareció de su rostro. La mano que tenía sobre mi brazo se tensó, los dedos clavándose en mi piel. Pero no lloró. No se desmoronó. Vi cómo su mandíbula se apretaba, cómo sus ojos pasaban del miedo a la furia, cómo se enderezaba la espalda asumiendo el golpe.

—Eso es todo —susurró, más para sí misma que para mí—. Eso es todo lo que tiene. Amenazas vacías desde la celda.

—No son vacías —dije, y odié tener que ser el portador de malas noticias, odié tener que quitarle esa esperanza—. Tiene cómplices, Daniela. Gente que sigue libre. Gente que… —no terminé la frase, pero ella entendió.

Laura. Otros. Una red que seguía operando.

Ella se apartó de mí, caminando hasta la ventana, mirando hacia el jardín donde Carmen estaba regando sus plantas, ajena al huracán que acababa de entrar en su casa. La vi respirar hondo, varias veces, viendo cómo intentaba procesar, cómo intentaba armarse de valor.

—Entonces seguiremos luchando —dijo finalmente, girándose hacia mí. Y aunque su voz temblaba, había acero en ella—. No nos esconderemos. No huiremos. Si cree que puede asustarnos con mensajes de amenaza desde la cárcel, se equivoca.

Asentí, admirado de su fuerza, de su capacidad para levantarse una y otra vez.

—Juntos —dije, acercándome a ella, tomándola entre mis brazos.

—Juntos —repitió ella, apoyando la cabeza en mi pecho.

Pero mientras la sostenía, mientras sentía su corazón latiendo contra el mío, no pude evitar mirar por encima de su hombro hacia el jardín soleado, hacia esa paz que habíamos creído tener al alcance de la mano.

Y supe, con una certeza oscura que se instaló en mi estómago como plomo, que la guerra apenas estaba empezando.

Que Miguel había preparado un campo minado antes de caer, y que estábamos caminando sobre él con los ojos cerrados.

La parte más difícil, efectivamente, todavía no había terminado. Y esta vez, cuando explotara, podría llevarse con ella todo lo que estábamos intentando construir.