Capítulo 32
Carlos
La luz de la luna se filtraba por los cristales de la cocina, dibujando sombras alargadas sobre el suelo de baldosas blancas.
Yo tenía el informe en las manos, esas hojas que pesaban toneladas, y la miré fijamente tratando de encontrar las palabras exactas para no destrozarla del todo.
Pero no había forma suave de decirlo. La verdad era un cuchillo y tenía que clavarlo.
—Es Laura —dije, y mi voz sonó extraña, ajena, como si viniera del fondo de un pozo.
Daniela parpadeó. Una vez. Dos. Su rostro se quedó en blanco, esa expresión particular que adopta cuando el cerebro se niega a procesar información demasiado dolorosa. Se tambaleó ligeramente, agarrándose al respaldo de una silla con una mano que empezó a temblar inmediatamente.
—¿Laura? —repitió, y el nombre salió de su garganta como un susurro roto—. No… no puede ser. Se odiaban. Miguel decía que era una zorra envidiosa, que solo quería hacerme daño…
Negué con la cabeza, acercándome un paso, temiendo que se cayera. Tenía que sujetarla, físicamente, antes de que el golpe emocional la derribara del todo.
—Era todo fachada, Daniela —dije, y extendí el informe hacia ella, aunque sabía que no podría leerlo en ese estado—. Nunca se odiaron. Todo ese teatro de la amiga tóxica, de la enemiga que intentaba separos… era un montaje. Un plan perfecto para que tú la alejaras de tu vida sin sospechar nada.
Ella negó con la cabeza, violentamente, como si pudiera hacer desaparecer mis palabras con el movimiento. Sus ojos se habían vuelto enormes, oscuros, pozos de incredulidad.
—No… —susurró—. No, Carlos. Laura era mi amiga. Desde los doce años. Compartíamos… compartíamos todo. Ella no podía…
—Ella sabía todo —corté, y ahora mi voz se endureció, tomando el tono profesional que usaba en los tribunales cuando tenía que exponer hechos crudos—. Sabía de las empresas fantasma. De las transferencias. De la cuenta 4587. Y sabía del seguro.
Daniela se quedó inmóvil. El temblor se había extendido por todo su cuerpo, haciendo que sus dientes castañearan levemente. Se agarró con más fuerza a la silla, los nudillos blancos, la respiración agitada.
—¿Qué seguro? —preguntó, y su voz era un hilo.
Me acerqué hasta quedar a su lado, pero no la toqué todavía. Necesitaba que escuchara, que entendiera la magnitud de la amenaza antes de que la abrazara.
—Hace dos años —dije, bajando la voz—, Miguel contrató un seguro de vida a tu nombre. Una póliza millonaria. Él era el único beneficiario.
Ella abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Solo aire.
—Estaba en quiebra —continué, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta al pronunciar cada palabra—.
Sus negocios oscuros se habían ido al traste.
Debía dinero a gente peligrosa. Y entonces ideó esto.
Te convertiría en una ladrona pública, en una estafadora, en alguien que todo el mundo creería capaz de lo peor. Y luego… luego tendrías un accidente.
—¿Un accidente? —Repitió ella, atónita.
—Un accidente que no sería tal —confirmé, y ahora sí, la cogí del brazo suavemente, sintiendo su piel fría bajo mis dedos—.
Un accidente mortal. Algo trágico, lamentable.
Y al morir, él cobraría millones. Millones que le permitirían saldar sus deudas y vivir a cuerpo de rey con su amante.
Mientras tú… mientras tú quedarías como la villana de la película.
La ladrona que se suicidó por la culpa. O la borracha que se estrelló contra un árbol. O la loca que se tiró por el balcón.
Daniela se desplomó. Literalmente. Sus piernas cedieron y se agarró con desesperación a la encimera de la cocina, evitando caer al suelo por milímetros.
Todo su cuerpo temblaba ahora con una violencia que me aterrorizó.
No lloraba. Eso era lo peor. No derramaba ni una lágrima, solo temblaba, con los ojos vidriosos mirando al vacío, procesando la monstruosidad de lo que acababa de escuchar.
—Nunca… —susurró, y su voz se quebró—. Nunca pensé… que pudiera ser así. Que fuera capaz de… de matarme.
Se inclinó sobre la encimera, jadeando, como si le faltara el aire. Sus manos se aferraban al mármol con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Estaba a punto de desmayarse, o peor, de perder la cordura allí mismo.
Me acerqué por detrás. Lentamente, dándole tiempo de rechazarme si quería.
Pero ella no se movió. Estaba paralizada por el horror.
Rodeé su cintura con mis brazos, apretándola contra mi pecho, sintiendo su espalda contra mi torso, su respiración agitada contra mi cuello.
Le acaricié la mejilla con una mano, deslizando el pulgar por su piel fría, y besé su sien con infinita ternura.
—No va a pasar —susurré contra su pelo, con una determinación absoluta—. Te lo juro por mi vida, Daniela. No voy a permitir que te pase nada. Estoy aquí. Te tengo. Y no te suelto.
Ella se quedó rígida un segundo. Luego, lentamente, giró la cabeza hacia mí. Sus ojos, esos ojos marrones que habían visto demasiado horror, se encontraron con los míos. Y entonces, sin previo aviso, me besó.
Fue un beso desesperado, hambriento, que sabía a miedo y a necesidad.
Sus manos soltaron la encimera y se enredaron en mi camisa, tirando de mí hacia ella con una fuerza sorprendente.
Sentí su cuerpo contra el mío, cada centímetro de ella pegado a cada centímetro de mí, y supe que necesitaba esto.
Necesitaba borrar el miedo, anular la realidad, sustituir el horror por sensaciones físicas que la devolvieran al presente, a la vida, a la seguridad de mis brazos.
—Hazme olvidar —suspiró contra mi boca, y su voz era un gemido ronco—. Por favor, Carlos. Hazme olvidar todo. Solo por un rato.
La miré. Realmente la miré, viendo la vulnerabilidad absoluta en su mirada, la confianza ciega que me estaba regalando en medio de su peor momento. Y supe que no podía negarme. No quería negarme.
La besé de nuevo, profundamente, tomando posesión de su boca con una mezcla de ternura y ferocidad que me sorprendió a mí mismo.
Mis manos bajaron por sus caderas, agarrándola con firmeza, y ella arqueó la espalda contra mí, frotándose contra mi erección que ya pulsaba con urgencia contra los vaqueros.
—Te deseo —dije, y era la verdad más cruda que conocía.
—Entonces tómame —respondió ella, girándose en mis brazos para enfrentarme—. Aquí. Ahora. Hazme sentir viva.
No necesitaba más invitación. La cogí en brazos, sintiendo su peso ligero contra mi pecho, y la llevé hasta la isla central de la cocina.
La deposité sobre la encimera de mármol frío, y ella jadeó cuando su piel desnuda, porque llevaba una falda y nada más debajo, descubrió al levantarla, tocó la piedra.
Sus piernas se abrieron para mí de inmediato, invitándome, reclamándome.
Me situé entre sus muslos, besándola con una pasión que crecía con cada segundo. Mis manos subieron por sus muslos, acariciando la piel suave, ascendiendo hasta encontrar su centro. Estaba húmeda, preparada, temblando no por el miedo ahora sino por el deseo.
—Dios, estás preciosa —gemí, separándome un segundo solo para mirarla.
Ella tenía el pelo desordenado, los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas. Parecía una diosa pagana sentada en mi cocina, ofreciéndose sin reservas. Y era mía. En ese momento, completamente mía.
Desabroché los botones de mi camisa con torpeza, desesperado por sentir su piel contra la mía. Ella me ayudó, tirando de la tela, y cuando mi torso quedó al descubierto, se inclinó para besarme el pecho, mordisqueando mis pezones hasta que gemí con fuerza.
—Ahora —ordenó ella, y su voz era un látigo de seda—. No puedo esperar más.
Me desabroché los vaqueros, liberando mi erección que saltó hacia ella, dura, palpitante, desesperada por encontrar su calor. La cogí en la mano, guiándome hacia su entrada, y cuando la punta rozó su humedad, ambos gemimos al unísono.
—Mírame —susurré, agarrando su barbilla para que nuestros ojos se encontraran—. No cierres los ojos. Quiero verte.
Asintió, y la penetré.
Fue un movimiento lento, profundo, que nos unió de forma casi dolorosa.
Ella se estiró para recibirme, sus paredes internas apretándome con una fuerza que me volvió loco.
Estaba tan caliente, tan húmeda, tan perfectamente ajustada a mí, que tuve que contenerme para no terminar en ese mismo instante.
—Carlos… —suspiró, y mi nombre en sus labios fue la única palabra que necesitaba.
Empecé a moverme, un ritmo pausado al principio, saliendo casi por completo para volver a hundirme hasta el fondo, haciendo que ella arqueara la espalda y jadeara. Mis manos se posaron en sus caderas, agarrándola con fuerza, marcándola, poseyéndola con cada embestida.
—Más fuerte —pidió ella, y sus uñas se clavaron en mis hombros—. No me trates como si fuera de cristal. Necesito… necesito sentirte. Todo.
Obedecí. Aumenté el ritmo, embistiendo con más fuerza, más profundidad, haciendo que la encimera se moviera ligeramente con cada golpe de nuestras caderas.
Ella respondía con igual fervor, moviéndose contra mí, encontrando el ángulo perfecto para que cada penetración rozara ese punto sensible que la hacía ver estrellas.
—Así… —gemía ella, con la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto, ofreciéndome su piel—. Dios, Carlos, así…
La besé el cuello, succionando suavemente, dejando marcas que mañana serían su prueba de que había estado viva, que había sentido placer, que no era solo una víctima sino una mujer deseada.
Mis manos subieron por su cuerpo, encontrando sus pechos bajo la camiseta, amasándolos con urgencia, pellizcando sus pezones erectos hasta que ella gritó mi nombre.
—No pares —suplicó, y su voz era un lamento desesperado—. No pares nunca…
La cogí en brazos de nuevo, sin salir de ella, y la llevé contra la pared del armario.
Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, aferrándose a mí con una fuerza que me impresionó.
Ahora tenía el control total, la profundidad absoluta, y la follé con una pasión que borraba todo excepto nosotros.
El sonido de nuestras pieles chocando llenaba la cocina, mezclado con nuestros jadeos y gemidos. Era primitivo, salvaje, una danza de supervivencia donde el placer era nuestra única arma contra el horror que nos acechaba fuera.
—Voy a… —avisó ella, y sentí cómo se contraía a mi alrededor, cómo su cuerpo se preparaba para el estallido.
—Córrete conmigo —gruñí contra su oído, aumentando el ritmo hasta límites casi dolorosos—. Ahora, Daniela. Ahora.
El orgasmo la atravesó con una violencia que la hizo gritar, un sonido ronco y desinhibido que resonó en la habitación.
Su cuerpo se tensó, se contrajo, y sentí cómo su placer me arrastraba con ella.
Me corrí profundamente dentro de ella, un estallido cegador que me dejó sin aliento, sin pensamientos, sin nada excepto la sensación de ella, de nosotros, de esta unión que era más que sexo, era redención.
Nos quedamos así, pegados a la pared, jadeando, sudorosos, con mi frente apoyada contra la suya y mis brazos rodeándola como si fuera lo único que me mantenía en pie.
—Dios… —suspiró ella finalmente, con la voz rota.
La besé suavemente, con ternura ahora, con reverencia. La sostuve hasta que ambos dejamos de temblar, hasta que la realidad se filtró de nuevo, pero de forma diferente. Más suave. Más soportable.
Cuando nos separamos, la ayudé a bajar, acomodándola sobre sus piernas que aún temblaban. La abracé contra mi pecho, acariciando su espalda, besando su pelo desordenado.
—Necesito que esto acabe —dijo ella de repente, con la voz amortiguada contra mi piel—. Todo esto. La pesadilla. Miguel. La incertidumbre. Necesito que termine cuanto antes, Carlos. No puedo… no puedo vivir así más tiempo.
La aparté suavemente para mirarla a los ojos. Estaban claros ahora, determinados, a pesar del cansancio y el trauma.
—Acabará pronto —prometí, y era una promesa de sangre, de hueso, de alma—. Te lo juro. Presentaremos la denuncia mañana. Tenemos pruebas suficientes para hundirlo. Y cuando esto termine… cuando esté entre rejas y tú estés a salvo…
Hice una pausa, buscando las palabras correctas. Ella me miró con atención, esperando.
—Cuando esto acabe —continué, tomando su rostro entre mis manos—, quedará como algo a lo que no deberemos volver nunca. Una pesadilla del pasado. Pero nosotros… nosotros seguiremos adelante. Juntos. Sin miedo. Sin mirar atrás.
Ella asintió, y por primera vez desde que le revelé la verdad sobre Laura y el seguro, sonrió. Fue una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
—Juntos —repitió, y entrelazó sus dedos con los míos.
La besé de nuevo, suavemente, sellando esa promesa con nuestras bocas, sabiendo que el camino por delante sería difícil, pero que ya no estaría sola. Y que yo tampoco.