¡No estamos en un K-drama! 31 #5
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Jae-min entró, se detuvo, contempló la escena y dejó el vaso de agua.

—¿Qué ocurre?

Clara alzó hacia él una mirada furiosa.

—Me he convertido en un problema logístico.

Él se arrodilló frente a ella, tomó con cuidado el calcetín entre las manos y declaró con absoluta seriedad:

—Entonces me ocuparé personalmente del expediente.

Ella se echó a reír entre lágrimas.

Cuando nacieron los gemelos, una mañana de lluvia torrencial, Jae-min lloró antes siquiera de tocarlos.

El primer llanto lo desarmó.

El segundo acabó con el poco aplomo que le quedaba.

Clara, agotada, lo vio permanecer allí, pálido, conmovido, incapaz de apartar los ojos de aquellos dos seres diminutos que acababan de hacer saltar por los aires toda la antigua lógica de su vida.

—Parece que te haya alcanzado un rayo –murmuró.

—Es exactamente eso.

Regresaron a Seúl a principios de otoño.

Demasiadas maletas, un cochecito doble, juguetes extraviados en todos los bolsillos, dos bebés preciosos y tiránicos, y aquella sensación persistente de estar iniciando el último acto de su historia.

En el aeropuerto, Clara sostenía a uno de los gemelos contra su pecho, arropado con una manta ligera.

Jae-min empujaba el cochecito con una mano y llevaba al otro niño apoyado en el hombro con esa concentración solemne de los padres primerizos, como si cada gesto pudiera alterar en cualquier momento el equilibrio del mundo.

—¿Sabes que pareces un guardaespaldas encargado de proteger a un príncipe diminuto? –murmuró Clara.

—Me tomo muy en serio mi papel.

—Se nota.

El coche los condujo directamente a la residencia familiar.

Durante el trayecto, Clara revivió viejos recuerdos.

La angustia. Las jerarquías invisibles. La conciencia aguda de cada uno de sus gestos.

Después observó su reflejo en la ventanilla, a los bebés dormidos, la mano de Jae-min apoyada en su rodilla, y comprendió enseguida que nada volvería a suceder de la misma manera.

Cuando entraron en el gran salón, el presidente Han ya se encontraba de pie.

El paso del tiempo había afinado aún más su silueta. La misma rectitud. La misma mirada precisa. La misma economía de palabras. Y, sin embargo, en cuanto vio a los niños, algo se quebró en su rostro.

Clara lo percibió de inmediato.

Había orgullo, por supuesto.

Pero también algo más. Una emoción auténtica, casi indefensa.

Avanzó más deprisa de lo habitual. Sus ojos pasaron de Jae-min a Clara y después a los bebés. Se detuvo ante ellos como si, de pronto, todo el protocolo de una vida ya no sirviera de gran cosa.

—Así que estos son mis nietos –dijo con una voz menos seca que de costumbre.

Jae-min esbozó una sonrisa que Clara nunca le había visto en aquella casa. La sonrisa de un padre.

—Sí.

El presidente Han miró a Clara.

Largo rato.

Después inclinó ligeramente la cabeza.

—Bienvenida a casa.

Las palabras la conmovieron de forma tan inesperada que notó cómo se le humedecían los ojos.

Ni siquiera tuvo tiempo de responder.

Uno de los gemelos se removió en brazos de Jae-min, arrugó la nariz y después abrió unos ojos enormes ante aquel abuelo al que aún no conocía. El presidente Han tendió las manos con una cautela casi conmovedora.

—¿Puedo?

Jae-min intercambió una mirada con Clara. Después depositó con cuidado al bebé en brazos de su padre.

El pequeño agarró de inmediato la impecable corbata del presidente Han con una fuerza asombrosa.

El anciano dio un respingo y después se le escapó un sonido ahogado.

Clara se llevó una mano a la boca.

Jae-min apartó la cabeza, vencido ya por su propia risa.

El segundo gemelo, ofendido por haber perdido la exclusividad del espectáculo, empezó a llorar en el cochecito.

El presidente Han levantó de inmediato los ojos hacia su hijo.

—¿A qué esperas? Coge a tu hijo.

Clara contempló cómo Jae-min se inclinaba para recoger al segundo bebé mientras su padre intentaba conservar toda la dignidad a pesar de que una manita destruía metódicamente la perfecta colocación de su corbata.

Sintió crecer en su interior una emoción tan inmensa que tuvo que respirar más despacio para no llorar.

Todo cuanto los había roto, alejado y transformado seguía existiendo, pero ahora solo en su memoria.

Jae-min alzó los ojos hacia ella.

En aquella mirada estaban París, Londres, la separación, la puerta, las noches demasiado largas, los trenes, los viajes, el miedo, los nuevos comienzos… Y ahora también aquella estancia coreana donde dos bebés acababan de derribar la última fortaleza de un hombre.

Clara le sonrió. Entonces el primer gemelo dio un fuerte tirón de la corbata del presidente Han, que comentó con notable dignidad:

—Creo que me está juzgando.

Clara se echó a reír.

Jae-min también.

Hasta el presidente Han acabó sonriendo abiertamente, con el bebé todavía aferrado a él. Fuera, Seúl se iluminaba, indiferente o cómplice, como si la propia ciudad contuviera el aliento.

Dentro, en medio de una corbata arrugada, un cochecito doble y dos niños demasiado pequeños para comprender todo lo que acababan de reparar, su historia encontró por fin su forma más sencilla.

Una familia.