23
피난처가 있어야 한다
(Pinancheo-ga isseoyeoya handa)
«Hay que tener un refugio».
Clara abrió los ojos con dificultad.
Durante un segundo no se movió, todavía atrapada en aquella frágil suspensión que precedía al regreso de la realidad.
El techo. La lámpara apagada. La cortina corrida a medias.
El calor que había dejado en la cama un cuerpo ausente desde hacía ya un rato.
La almohada junto a la suya aún conservaba la huella de Jae-min.
La camisa que se había puesto antes de marcharse al amanecer ya no estaba sobre la silla.
Entonces su teléfono vibró.
La realidad regresó de golpe, con tanta brutalidad que sintió que el estómago se le encogía antes incluso de mirar la pantalla.
Se incorporó, con el pelo revuelto, la garganta seca y las sábanas todavía enredadas alrededor de las piernas.
Eran las 6:43. Había dormido poco más de una hora desde que él se marchara.
El teléfono ya rebosaba de notificaciones: mensajes, llamadas perdidas, capturas de pantalla, menciones, solicitudes de entrevista, números desconocidos, enlaces enviados por personas a las que ni siquiera habría sabido identificar.
Arriba del todo había un mensaje de Jae-min enviado a las 5:12.
He llegado al hotel. Intenta dormir un poco. No abras las redes cuando despiertes.
Clara mantuvo la vista fija en la frase durante varios segundos.
Y abrió las redes de todos modos.
El escándalo había seguido creciendo durante la noche.
El día anterior aún parecía una tormenta desatada en páginas de fans.
Aquella mañana era otra cosa. Una avalancha.
Los artículos coreanos se acumulaban unos debajo de otros y repetían siempre las mismas palabras: traición, caída, crisis, vergüenza .
Algunos programas de cotilleo ya emitían vídeos montados a partir de las fotografías del fin de semana.
Analistas del mundo del espectáculo, sentados tras mesas relucientes, hablaban de él con una seriedad absurda, como si se tratara de un asunto de Estado.
En las capturas traducidas al inglés, el nombre de Jae-min aparecía en letras enormes y, justo debajo, el de Clara, más pequeño y rodeado de preguntas despectivas.
Clara notó que el calor le subía al rostro.
Le temblaban tanto los dedos que falló dos veces al intentar pulsar el icono para cerrar la aplicación. Su respiración se acortó. El teléfono volvió a vibrar en su mano, casi con violencia. Esta vez era Théo.
Dejó que sonara.
Enseguida llegó un mensaje.
Contéstame. Esta mañana es peor.
Después, otro.
Han vuelto a publicar en un foro la zona donde vives. Contéstame.
Clara dejó el teléfono sobre la cama como si el objeto le quemara los dedos.
De pronto, el estudio le pareció minúsculo. Demasiado abierto. Demasiado visible. La ventana. La puerta. El pasillo del edificio. Todo le pareció expuesto.
Se levantó deprisa, cruzó la habitación y apartó la cortina con un gesto brusco. Sin embargo, en la calle todo parecía normal. Un hombre paseaba al perro. Una mujer con un abrigo beige recorría la acera con un café para llevar. Una furgoneta de reparto esperaba ante el semáforo.
Normal.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Eun-hee.
Clara respondió con una voz ya quebradiza.
—¿Diga?
—Estás despierta.
Ni siquiera era una pregunta.
—Sí.
—Escúchame. Ven directamente al estudio. No contestes a nadie. No leas nada más durante el trayecto. En cuanto llegues, quédate conmigo.
Clara se apoyó en el alféizar.
—¿Es todavía peor?
Un silencio muy breve.
—Sí. La agencia de Jae-min está preparando una respuesta. Los canales coreanos hablan de ti. Los periodistas han empezado a llamar a producción. Morgane ya está aquí. Su representante también.
Clara cerró los ojos.
—¿Y él?
—De camino. Ha salido temprano del hotel.
Clara dejó pasar un segundo.
—De acuerdo.
—Clara.
La voz de Eun-hee cambió un poco. Más baja. Más dulce.
—Aguanta hasta llegar, ¿de acuerdo?
Clara habría querido responder que sí con firmeza. En vez de eso, murmuró:
—Lo intentaré.
Cuando llegó a los estudios, aún no eran las ocho.
El ambiente había cambiado. Dos personas a las que no conocía merodeaban ante la entrada, con el teléfono en la mano. Un vigilante de seguridad hablaba con firmeza con alguien junto a la puerta secundaria. Un coche negro estaba aparcado un poco más lejos, con el motor encendido.
Clara agachó la cabeza de inmediato y aceleró el paso.
Dentro, las miradas fueron peores que el día anterior.
Ya no se apartaban de ella por incomodidad. Se detenían. Algunas con compasión. Otras con una curiosidad casi obscena. Clara sintió que se le tensaban los hombros.
Eun-hee la esperaba cerca del camerino de maquillaje. Se dirigió hacia ella, le cogió los brazos y casi la obligó a quedarse quieta.
Su teléfono mostraba un artículo coreano.
Un vídeo se reproducía de forma automática.
Un tertuliano vestido con un traje oscuro hablaba delante de una pantalla donde aparecían las fotografías de París.
A la derecha, una banda roja desplazaba el nombre de Jae-min.
Debajo, en caracteres más pequeños, un subtítulo traducido decía:
La francesa en el centro del escándalo.
En el centro del escándalo.
Eun-hee detuvo el vídeo.
—No necesitas verlo todo.
Pero Clara ya había visto bastante.
Apareció una notificación. Después otra. Luego una captura enviada desde un número desconocido. Una cuenta había vuelto a publicar su retrato con las palabras Encontradla . Alguien ya había transcrito su nombre al coreano.
Clara sintió que algo cedía en su interior.
La puerta del camerino se abrió a sus espaldas. Entró Jae-min.
Tenía el rostro de quien ya estaba agotado por una jornada que ni siquiera había comenzado. La gorra le contenía el pelo, pero nada suavizaba sus facciones. Sus ojos se posaron de inmediato en Clara. Aún llevaba el teléfono en la mano. Los nudillos blanqueaban alrededor de la funda.
—Clara.
Su voz estaba ronca.
Eun-hee se apartó sin decir nada.
Clara permaneció de pie en mitad del camerino. Durante el trayecto había preparado diez frases posibles. Estoy bien. No pasa nada. Seguimos. Son idiotas.
No acudió ninguna.
Jae-min se acercó.
—Mi agencia publicará un comunicado dentro de una hora –dijo–. Quieren hablar de una relación privada, pedir que se respete mi intimidad, ganar algo de tiempo.
Clara parpadeó.
—¿Y va a funcionar?
—A veces. Cuando la gente quiere que funcione.
—¿Y ahora?
Su mirada apenas vaciló.
—Ahora quieren verme pagar.
A Clara se le cerró la garganta.
—Han colocado mi cara en el centro de una diana –murmuró.
Él inclinó muy ligeramente la cabeza, como si la frase lo hubiera alcanzado físicamente.
—Lo sé.
—Dicen la francesa en el centro del escándalo .
—Lo sé.
—Cuentan que lo he planeado todo. Que me aprovecho de ti. Están buscando a mis amigos.
Su voz subía sin que pudiera contenerla.
—Me miran como si estuviera sucia, Jae-min.
Él dio otro paso.
—Clara…
—No he hecho nada.
Las palabras salieron con una sencillez casi infantil.
—No he hecho nada salvo quererte.
El final de la frase tembló.
Jae-min permaneció inmóvil un segundo. Cerró brevemente los ojos y después alzó una mano hacia ella. Clara retrocedió antes incluso de ser consciente de ello. Fue un movimiento minúsculo. No supo si él lo había advertido. Pero Jae-min bajó la mano despacio.
Y aquel gesto le hizo todavía más daño.
El teléfono de Clara vibró.
Otra vez.
Y de nuevo, sin pausa.
Lo sacó sin pensar. Théo. Otra vez. Después, un número oculto. Luego, un mensaje de voz de un periodista. A continuación, el nombre de una antigua compañera del colegio de la que no había sabido nada en años.
—Deja de mirar –dijo Jae-min.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No puedo.
El tono había subido.
Dejó el teléfono. Lo recuperó de inmediato.
Volvió a dejarlo. La estancia pareció encogerse a su alrededor.
Le faltaba el aire. Las luces del espejo brillaban demasiado.
El ruido del plató le llegaba como a través del agua.
Oyó que Eun-hee decía algo. Que Morgane entraba.
Que una silla se movía. Después, nada volvió a ser del todo nítido.
Las manos empezaron a temblarle.
—Clara.
La voz de Jae-min le llegaba desde muy lejos.
Retrocedió hasta la pared. Se golpeó el hombro contra ella. Su respiración se había vuelto corta, entrecortada, incontrolable. Se llevó una mano a la garganta, incapaz de tragar. Estaba sufriendo un ataque de pánico.
—Eh, mírame.
Esta vez Jae-min estaba justo delante de ella.
Se agachó casi hasta quedar a su altura cuando comprendió que estaba perdiendo el control. Su rostro entró en el campo de visión de Clara. Sus ojos. Solo sus ojos.
—Clara, mírame.
Ella lo intentó.
—Respira conmigo.
Imposible.
Negó con la cabeza.
—Sí. Conmigo.
Él levantó su propia mano, abrió los dedos despacio e inspiró de forma visible.
—Eso es. Otra vez.
Clara inspiró a trompicones.
El aire le abrasó el pecho.
Las lágrimas acudieron de golpe. Pesadas, irreprimibles, humillantes. La primera rodó por su mejilla. Después otra. La vista terminó por nublársele por completo.
—No puedo más –dijo.
El susurro se quebró.
—Lo sé.
—De verdad que no puedo más.
Jae-min se incorporó apenas y le sostuvo el rostro entre las manos con infinita cautela, como si la menor presión pudiera romperla aún más.
—Entonces te detienes.
Morgane estaba detrás de él. Clara la oyó pedir que cerraran la puerta, que saliera todo el mundo y que aplazaran diez minutos la preparación de la siguiente toma. El director protestó en el pasillo. Alguien respondió que, de momento, trabajarían sin Clara.
Pero todo le llegaba a retazos.
Jae-min seguía ante ella.
—Siéntate –dijo con suavidad.
Clara sintió su mano en la espalda, la de Eun-hee en el brazo y, de pronto, se encontró sentada en la silla alta frente al espejo sin saber siquiera cómo había llegado hasta allí.
Bajó la cabeza. Ahora las lágrimas fluían sin freno, imposibles de contener.
El teléfono continuaba vibrando sobre la mesa.
Lo contempló como se contempla a una bestia que no deja de morder.