22
파도 치는 바다에서 배는 더 단단해진다
(Pado chineun badaseo baeneun deo dandanhaejinda)
«Un barco se vuelve más fuerte al navegar por un mar embravecido».
Desde el lunes por la noche, los días se repetían casi de manera idéntica.
Por las mañanas, Clara llegaba al estudio y encontraba a Jae-min bajo los focos, entre cables, monitores e instrucciones que se daban en francés para después repetirlas en coreano.
Delante de los demás, hablaban poco. Un comentario sobre unos polvos demasiado claros.
Una palabra acerca de un mechón que no se mantenía en su sitio.
Una mirada en el espejo. Un roce de dedos cuando ella le devolvía un bálsamo labial o él mismo le ponía el tapón.
Por las noches, todo era distinto.
Clara regresaba a casa con el olor del plató todavía prendido a la ropa y él casi siempre terminaba apareciendo.
A veces a las diez. A veces más tarde. Llegaba con aquella fatiga tensa en los hombros, con el rostro cerrado que mostraba antes de verla.
Su chófer lo dejaba a dos calles. Jae-min subía la escalera, cruzaba la puerta y, durante unas horas, el resto del mundo dejaba de existir.
Se besaban en el pasillo, contra la puerta, junto al fregadero, al borde de la cama.
A veces se echaban a reír en mitad de la noche por alguna nimiedad absurda.
También hablaban. Durante horas. Tumbados uno junto al otro bajo la luz amarilla de la lámpara, con las piernas entrelazadas entre las sábanas arrugadas, hablaban del padre de Jae-min, de los rodajes, de la lluvia sobre París, de cómo cambia una ciudad cuando la recorres de la mano de alguien.
Después, hacia las cinco, él se vestía bajo la luz gris del amanecer, la besaba una última vez y regresaba al hotel con aquel rostro cerrado que Clara empezaba a conocer.
Faltaban apenas diez días para que se marchara.
Diez días.
Clara llevaba la cuenta a pesar suyo.
En su cabeza ya se acercaba el fin de semana. Había empezado a imaginar cosas muy sencillas. Una comida tardía. Un paseo junto al agua. Un museo casi vacío. Una panadería escondida en una calle tranquila.
El jueves a las ocho de la mañana, entró en el estudio con aquella idea todavía presente.
Un maquinista cruzaba con un flight case . Dos ayudantes hablaban deprisa delante de una puerta cortafuegos. Alguien se reía cerca de la máquina de bebidas. Todo parecía normal.
Entonces percibió las miradas.
No una sola. Varias.
Una que se deslizó sobre ella antes de apartarse. Otra, más directa, procedente de una becaria junto a recepción. Una tercera, acompañada de un silencio muy repentino en mitad de una conversación.
Clara aminoró el paso.
El bolso le golpeó la cadera.
Bajó la mirada hacia el teléfono y consultó la hora para aparentar normalidad.
Quizá te lo estés imaginando.
Tres noches casi en blanco dejaban huella. Se colocó un mechón detrás de la oreja y siguió por el pasillo principal.
Eun-hee apareció en la esquina de un estudio anexo.
Caminaba deprisa. Demasiado.
—Clara.
El tono bastó.
Antes de que Clara tuviera tiempo de hablar, Eun-hee la agarró del brazo y se la llevó dos puertas más allá, junto a un perchero cubierto de fundas transparentes. Su rostro había perdido la dulzura habitual. Sostenía el teléfono en una mano.
—Mira.
Clara cogió el aparato.
Reconoció la fotografía antes incluso de verla de verdad.
Jae-min y ella.
En la rue des Francs-Bourgeois, el sábado. Él llevaba una gorra oscura y la mascarilla bajada bajo la barbilla; ella, su abrigo claro. La imagen estaba tomada desde lejos, pero tenía nitidez suficiente para mostrar sus manos entrelazadas.
Algo se le contrajo de inmediato en el vientre.
Eun-hee deslizó el dedo por la pantalla.
Apareció una segunda fotografía.
Esta vez se habían detenido junto a la calzada, justo antes de cruzar. Jae-min se inclinaba hacia ella. Clara tenía la mano apoyada en su muñeca. La cámara había captado el instante preciso en que sus labios se encontraban.
Clara sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—Dios mío…
Bajo las imágenes, los comentarios se sucedían a toda velocidad. Coreano, inglés, francés. Al principio, corazones. Signos de interrogación. Después, todo lo demás.
¿Quién es esa chica?
Otra europea que se aprovecha de él.
Sabía perfectamente quién era.
Que se largue de su vida.
Trepadora asquerosa.
Averiguad cómo se llama.
Lo está atrapando antes de que regrese a Corea.
Debería darle vergüenza.
Algunas cuentas ya habían encontrado sus perfiles en las redes sociales.
Su nombre. Fotografías antiguas. Una foto borrosa delante de los estudios.
Un comentario en francés la llamaba «chica fácil».
Otro insinuaba que había «vendido» las imágenes.
Un hilo entero diseccionaba su rostro, su ropa, su boca.
Clara retrocedió un paso.
—¿Está… está por todas partes?
—Por todas partes –respondió Eun-hee en voz baja–. Desde primera hora. Los foros coreanos ya se han hecho eco. También las cuentas de fans. Y la prensa rosa francesa está empezando a recogerlo.
Clara estuvo a punto de devolverle el teléfono, pero lo recuperó enseguida, como si necesitara seguir comprobándolo.
Tenía los dedos helados. Abrió otra publicación.
La misma foto. La misma avalancha. Algunos comentarios eran terriblemente insultantes.
Otros, aparentemente más serenos, le daban aún más miedo.
Por favor, protegedlo de esa mujer.
Ha destrozado su imagen.
Debería desaparecer sin montar ruido.
La agencia tiene que actuar de inmediato.
—Clara.
Ella levantó la cabeza.
Jae-min estaba ante ellas.
No lo había oído llegar. Sostenía el teléfono en una mano. Bajo las luces del pasillo, tenía una palidez casi alarmante. Miró a Eun-hee, después a Clara y volvió a detenerse en ella.
—Mi agencia me ha llamado hace veinte minutos –dijo–. Mi padre también.
Su voz sonaba estrangulada.
—Los programas coreanos han empezado a difundirlo. Las páginas de entretenimiento, los canales de comentarios, las cuentas de fans… todo el mundo exige una respuesta.
Clara lo contemplaba sin conseguir poner orden en lo que veía, en lo que oía, en lo que sentía dentro.
—¿Una respuesta a qué? –preguntó–. ¿A dos personas caminando por una calle?
Jae-min se pasó una mano por la nuca.
—Allí todo va muy deprisa. Aparecen las fotos.
Después la gente identifica a la mujer. Luego los artículos construyen el resto con tres detalles y mucha imaginación.
La agencia observa la reacción del público, de los fans, de los anunciantes.
Si el revuelo crece demasiado, publican un comunicado.
A veces lo confirman. Otras lo niegan. En ocasiones hablan de un malentendido.
Y muchas veces… uno se disculpa, incluso cuando no hay nada por lo que pedir perdón.
Clara parpadeó.
Él continuó con una voz cada vez más apagada, como si recitara algo que conocía demasiado bien.
—Los programas hablan del tema durante todo el día.
Los tertulianos diseccionan las fotografías.
Los fans envían camiones de protesta ante la agencia.
Las marcas preguntan si su imagen sigue siendo viable.
Y la mujer, aquella a la que han visto con él, se convierte en un blanco.
Investigan su trabajo, a sus amigos, a su familia.
Todo sirve. A todo se le puede dar la vuelta.
El teléfono vibró en su mano. Ni siquiera miró la pantalla.
—¿Y tu padre? –preguntó Clara a pesar suyo.
La mandíbula de Jae-min se tensó.
—Quiere que esto desaparezca de inmediato.
Desaparezca.
Como si aquel fin de semana pudiera borrarse. Como si su mano en la de él pudiera volver a ser un detalle sin peso.
Clara bajó los ojos hacia la pantalla de Eun-hee. Acababa de aparecer un nuevo comentario bajo una ampliación de su rostro.
Un insulto en francés. Después, otro. Luego un mensaje en inglés afirmando que una chica como ella debía «saber cuál era su lugar».
Los ojos empezaron a escocerle.
—Están locos –murmuró–. Completamente locos.
—Clara…
Jae-min dio un paso hacia ella.
Clara levantó la mano sin saber si quería detenerlo o simplemente conservar algo de espacio.
Le faltaba el aire. Todo avanzaba demasiado deprisa.
El sábado se reía contra su hombro en una calle tranquila.
El miércoles aún pensaba en el fin de semana siguiente.
Y el jueves por la mañana unos desconocidos hurgaban en su vida como si les perteneciera.
—Tienen mi nombre –dijo–. Están buscando mis fotos, comentan mi trabajo, están…
La voz se le quebró.
Eun-hee apoyó una mano leve entre sus omóplatos.
—Vamos a ocuparnos de esto, ¿de acuerdo? Encontraremos la forma de actuar.
Pero las palabras resbalaron sobre Clara sin alcanzarla.
En el pasillo empezaron a sonar varios teléfonos casi a la vez.
El de Eun-hee. Después otro, más lejos. Y luego otro más.
El estudio se llenaba de una tensión nerviosa que casi podía palparse en el aire.
Un ayudante pasó junto a ellos con los ojos clavados en la pantalla.
Dos técnicas murmuraban cerca de la puerta del plató A.
Alguien pronunció el nombre de Jae-min con demasiada claridad.
Morgane fue la primera en llegar.
Todavía tenía el teléfono pegado a la oreja. Al verlos, lo bajó. Su rostro adquirió al instante aquella fría concentración propia de los días de catástrofe.
—Lo he visto –dijo.
Detrás de ella llegó el director, con una tableta bajo el brazo y expresión sombría. Miró a Clara, a Jae-min y después a Eun-hee, como si ya intentara calibrar la magnitud de los daños.
—¿Qué hacemos? –preguntó Morgane.
La pregunta quedó suspendida durante un segundo.
El director inspiró y lanzó una mirada hacia el plató, donde los ayudantes ya instalaban paneles difusores.
—Tenemos que terminar un rodaje –dijo–. De momento, nadie habla con la prensa. Nadie. Mantendremos la jornada mientras sea posible. Centralizaremos las llamadas. Y evitaremos que el estudio caiga presa del pánico.
Clara soltó el aire, tratando de recomponerse.
Ya hemos caído presa del pánico.
Miró a Jae-min.