¡No estamos en un K-drama! 20
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사랑의 길은 가시로 가득하다

(Sarang-ui gil-eun gasi-ro gadeukhada)

«El camino del amor está sembrado de espinas».

Jae-min permanecía junto a la mesa, todavía afectado por todo lo que acababa de ver y comprender en apenas unos minutos. La entrada inesperada. Los cruasanes aplastados. La serenidad de Théo. Su mirada. La forma en que hablaba con Clara, con aquella familiaridad nacida de los años.

Clara permaneció inmóvil un segundo en mitad de la habitación. Después se pasó una mano por el pelo, soltó un largo suspiro y por fin levantó los ojos hacia él.

—Creo que mi domingo acaba de alcanzar un nivel de caos difícil de superar.

Intentaba imprimir ligereza al tono. También a la sonrisa. Sus ojos, sin embargo, aún reflejaban la conmoción.

Jae-min dio un paso hacia ella.

—Puedo marcharme, si lo prefieres.

Clara negó con la cabeza casi de inmediato.

—Ni se te ocurra.

Y añadió, con una cansada media sonrisa:

—Si me quedo sola aquí, me pasaré el día dando vueltas en veinte metros cuadrados con mi angustia y mis cruasanes masacrados. Si sales conmigo, todavía podré creer que este día tiene alguna posibilidad de ser bonito.

—Una estrategia excelente.

—Soy una experta en supervivencia romántica bajo presión.

Cogió unos vaqueros, desapareció diez minutos en el cuarto de baño y regresó tras arreglarse deprisa, con un jersey color crema, un abrigo azul marino y el pelo todavía un poco húmedo de la ducha.

—Ven –dijo–. Voy a enseñarte un París distinto al de ayer.

Salieron poco después.

Los cafés aún tardaban en llenarse. Las aceras conservaban restos de humedad bajo el sol pálido.

Esta vez, Clara eligió el metro, lo que primero sorprendió a Jae-min y después casi llegó a divertirlo.

Con gorra, mascarilla y gafas, y los hombros ligeramente encogidos dentro del abrigo, siguió el flujo de viajeros con la diligencia de un estudiante aplicado.

Clara lo observó cruzar el torno con el abono que había comprado en la máquina.

—Das bastante el pego como hombre que coge la línea 8.

—Estoy poniendo todo de mi parte.

—Se nota. Quizá demasiado.

Subieron al vagón, con su estruendo metálico, sus anuncios nasales y sus asientos de terciopelo gastado. Nadie lo miró. Nadie reparó en él. Jae-min volvió a experimentar aquella sensación casi irreal de atravesar el mundo sin hacer que este se volviera hacia él.

Salieron cerca del canal Saint-Martin.

El barrio tenía un ritmo distinto al del día anterior.

Menos de postal. Más cotidiano. Cochecitos, perros, bicicletas, parejas, hombres solos con un periódico enrollado en el bolsillo del abrigo.

El agua gris. Los plátanos adquirían ese verde tierno de las estaciones que regresan.

Varias barcazas dormían junto a los muelles, cubiertas de macetas, cadenas y ropa tendida como pequeñas banderas domésticas.

Aquel domingo tenía otro color.

El sábado había pertenecido al descubrimiento, al deslumbramiento, a la alegría casi insolente de estar juntos. Ese día afloraba algo más profundo.

Se detuvieron en una panadería de la esquina para comprar unos cruasanes dignos de tal nombre. Clara hizo su elección con suma gravedad. Jae-min pagó. Después fueron a sentarse en un banco de madera junto al agua.

Clara le tendió un cruasán.

—Reparemos al menos una parte del drama.

Él lo aceptó.

El hojaldre crujió bajo sus dedos. La mantequilla, el calor, el domingo: todo poseía una sencillez casi dolorosa por lo excepcional que le resultaba.

Comieron unos minutos sin hablar.

Después, Clara volvió ligeramente la cabeza hacia él.

—Desde hace un rato pareces ausente.

Jae-min contemplaba el agua.

—Estaba pensando en Théo.

Ella bajó los ojos hacia su cruasán.

—Ya.

—Te quiere mucho.

Clara percibió de inmediato que en su voz había algo más que una simple constatación.

—Es mi mejor amigo –dijo con dulzura–. Siempre ha estado a mi lado.

Jae-min asintió. Contempló el canal un instante más y volvió la mirada hacia ella.

—Esta mañana te ha dicho la verdad.

—Sí.

—Y te ha hecho daño.

Clara suspiró.

—Ha metido el dedo justo donde ya me dolía.

No añadió nada más. Todavía no. Él lo percibió, así que optó por otro camino.

—Me has preguntado por qué tú –dijo.

Clara levantó los ojos.

—Sí.

Jae-min hizo girar entre los dedos el papel de la bolsa vacía antes de responder.

—Mi infancia nunca se pareció a esto.

—¿A qué?

Señaló vagamente cuanto los rodeaba: el banco, los cruasanes, el agua, los transeúntes, aquel domingo casi sencillo.

—A algo ligero.

Clara guardó silencio. Su rostro cambió un poco, se dulcificó todavía más.

Jae-min respiró hondo.

—Mi padre piensa en líneas rectas. Objetivo, esfuerzo, resultado.

Desde que yo era muy pequeño, consideró que la vida se construía ante todo con disciplina.

En el colegio importaban las notas. Las clasificaciones.

También importaba la imagen. En mi país, muchos niños crecen convencidos de que el éxito protege, arregla y justifica cualquier cosa.

Uno aprende pronto a resistir, a ascender, a demostrar su valía.

—¿Hasta qué punto? –preguntó Clara.

Él miró el agua.

—Hasta el punto de que la infancia a veces se convierte en un pasillo.

Clases, exámenes, expectativas, comparaciones.

Algunos padres quieren asegurar el futuro de sus hijos con una intensidad casi asfixiante.

El mío era así. Para él, el amor se demostraba mediante la exigencia. Mucho más que con gestos de cariño.

Clara dejó el cruasán sobre la bolsa. Sus dedos fueron a buscar los de él en el banco. Aquel contacto le dio fuerzas para continuar.

—Todavía estudiaba cuando me descubrieron. Primero hice publicidad. Después, una película. Luego, una serie. Acepté porque me ofrecía algo inesperado: una vida aparte, un respiro fuera de los planes de mi familia.

—¿Y tu padre?

Jae-min esbozó una sonrisa carente de alegría.

—No puso ninguna objeción.

—¿De verdad?

—Con dos condiciones.

El viento rizó ligeramente la superficie del canal.

—La primera: que ni mi comportamiento ni mi carrera perjudicaran jamás a la empresa. La segunda: que, al cumplir treinta años, ocupara el puesto que me correspondía al frente de ella.

Clara lo miró fijamente.

—¿Como un contrato?

—Exactamente como un contrato.

Ella guardó silencio, todavía con la mano entrelazada con la suya, como si estuviera calibrando el verdadero peso de aquella frase.

—¿Y ha cumplido su palabra? –preguntó al fin.

—Siempre.

—¿Incluso cuando tu carrera alcanzó semejante magnitud?

Jae-min volvió un poco la cabeza hacia ella.

—Sobre todo entonces. Mi fama le resultó útil. Mucho más de lo que admitiría delante de mí. Algunos contratos se negociaban mejor si yo aparecía en una cena. De pronto, ciertas empresas se mostraban muy receptivas cuando las hijas de sus presidentes querían conocerme.

Clara hizo un movimiento casi imperceptible.

—Es repugnante.

—Es eficaz –la corrigió él–. Para mi padre, la eficacia siempre ha tenido la última palabra.

Regresó el silencio.

El canal seguía fluyendo. Un ciclista pasó detrás de ellos. Al otro lado de la calle, una niña le pidió a su madre un globo rojo. Todo aquello confería a la conversación una extraña ternura: las verdades más duras pronunciadas bajo la luz de un domingo.

Clara se volvió un poco más hacia él.

—Mi padre era contable –dijo–. Mi madre, maestra.

Nunca tuvimos mucho dinero, pero crecí en algo sencillo y muy sólido.

Ruido. Sobremesas demasiado largas. Vacaciones desastrosas que nos tomábamos con humor.

Mi madre cantaba fatal mientras cocinaba.

Mi padre llevaba las cuentas con un rigor aterrador y después olvidaba dónde había dejado las gafas.

Una sonrisa asomó a sus labios y enseguida se volvió más frágil.

—Crecí rodeada de amor y alegría. En una casa llena de vida. Y luego murieron cuando yo tenía diecinueve años. Un accidente de coche. De repente.

Jae-min le apretó un poco más la mano.

—Me quedé unos meses en mi ciudad –continuó ella–. Después me vine a París. Por trabajo. Pero, sobre todo, para estar cerca de Théo, que se había instalado aquí para estudiar. Creo que tenía miedo del silencio. Miedo de quedarme a solas con una casa vacía.

Soltó un suspiro.

—Así que elegí los estudios pequeños, los retrasos del metro y las panaderías demasiado caras. Había más vida en todo eso que en la ausencia.

Jae-min no respondió de inmediato. Contemplaba su perfil, la suave línea de sus labios tras aquellas palabras, la luz clara sobre su mejilla. De pronto comprendía mejor el lugar que ocupaba Théo en su vida. Su importancia exacta. Su preocupación.

Después caminaron durante mucho tiempo.

Clara lo condujo hacia Belleville y luego hasta el parque de Buttes-Chaumont.

El lugar le gustó enseguida. Senderos sinuosos, puentes colgantes, praderas en pendiente, árboles inmensos, una gruta artificial, escaleras que ascendían hacia miradores inesperados.

Allí, París se mostraba más viva que perfecta.

Tomaron un café en un quiosco y después subieron hacia el mirador. Por el camino, Clara le enseñó algunos bancos, ciertos árboles, rincones concretos que le gustaban a una hora determinada.

—¿Vienes a menudo? –preguntó él.

—Cuando necesito creer que París puede ser tierna.

—¿Y hoy?

Ella lo miró de soslayo.

—Hoy estoy poniendo a prueba mi teoría.

Al llegar arriba, se detuvieron.

Ante ellos se extendían tejados grises, chimeneas, campanarios y edificios apiñados hasta el horizonte.

Jae-min se quitó las gafas un momento. Clara se acercó lo justo para que ambos contemplaran el paisaje desde el mismo punto.

—Si hubieras tenido una infancia como la mía, ¿qué habría sido de ti? –preguntó ella.

Él se lo pensó de verdad.

—Creo que habría aprendido antes a hacer lo que deseaba.

Clara volvió la cabeza hacia él.

—¿Y ahora?

Jae-min soltó una leve exhalación.

—Ahora todavía intento comprender qué significa eso.