Epilogo
D iane se muerde el puño con tanta fuerza que sabe que más tarde tendrá un buen moratón y le dolerá horrores, pero si se permite que un ruido salga de su garganta, ese estruendo será incontenible y lo escucharán en las oficinas contiguas.
Gira la cabeza, intentando centrarse en otra cosa que no sea el dolor punzante que está acabando con su raciocinio.
Se fija en su despacho, en el gran ventanal del fondo, en la estantería alta y gruesa que le instalaron hace poco y en la moqueta verde claro bajo sus pies.
Cierra los ojos, fue un error mirar hacia abajo.
—Hoy sabes mejor que nunca —las palabras de Cassidy salen amortiguadas porque tiene la boca pegada al sexo de Diane.
—Joder, cariño —balbucea la morena y pone una mano en la parte de atrás de la cabeza de su chica mientras abre un poco más las piernas—. Estoy tan cerca.
La última frase le sale como un lloriqueo, un quejido lamentable de una mujer de casi cincuenta años a la que le están devorando el coño sobre la costosa mesa de madera de su nuevo despacho.
Cassidy ralentiza los movimientos de su lengua y cuando nota la exhalación furiosa de Diane, empuja dos dedos en su interior, logrando que la mujer se corra de golpe y acabe hecha nada sobre el escritorio.
—Cuando te referías a que estabas cerca —la rubia se incorpora y se abraza a Diane—, era muy, muy cerca.
No le gusta nada esquivar el manotazo de su chica porque ha quedado tan debilitada por el orgasmo que no es capaz de ejercer la fuerza necesaria para borrarle la sonrisa burlona a Cassidy.
—Ahora entiendo tu insistencia por acompañarme esta mañana —dice la mayor de las dos y después toma una bocanada de aire.
—Necesitaba que te relajaras, llevas semanas al borde del colapso y anoche eras un manojo de nervios —Cassidy le aparta el flequillo de la frente con gesto cariñoso—. Hoy es un gran día y tienes que estar calmada.
Diane frunce el ceño y la expresión fría aparece de inmediato. Levanta una mano y la deja suspendida en el aire. Ambas notan que tiembla como un flan.
—Déjame decirte que tu plan ha fracasado —tuerce los labios—. Ahora estoy peor.
Cassidy suelta una carcajada que hace que el pecho de Diane Carter se hinche. Que después de dos años desde que decidieron estar juntas —uno de ellos viviendo bajo el mismo techo— pueda seguir arrancándole risas solo le confirma que algo está haciendo bien.
La rubia la besa suavemente, aunque después le muerde el labio inferior, sonríe y la suelta.
—Estoy bastante segura de que ahora sí que podrás llevar la reunión sin sentirte asfixiada —se separa del cuerpo de Diane—. Siempre te ha funcionado, ahora no finjas que tu momento favorito en Whitestone no era cuando entraba a tu despacho a las siete de la mañana.
La morena siente un temblor en su vientre al recordar aquellos momentos en los que ella todavía era demasiado idiota como para pensar que Cassidy solo podría llegar a ser eso: la mujer con la que tenía encuentros clandestinos —y muy satisfactorios— que lo tenía todo controlado y que podía acabarlo cuando quisiera.
La chica sale del baño y camina hacia su novia mientras se unta crema en las manos.
—¿Necesitas que te ayude en algo? —quiere saber. Todavía tiene tiempo suficiente como para estar allí y luego marcharse a la consultoría sin llegar tarde.
Diane suelta una exhalación y, aunque sigue inquieta, ni de lejos experimenta los nervios agónicos que ha sentido horas antes.
—Creo que lo tengo controlado —mueve las piernas sintiendo una ligera incomodidad y ladea la cabeza.
—Te he dejado unas en el mueble —Cassidy se muerde los labios para sofocar una sonrisa—. Diane Carter sigue teniendo el efecto de enloquecerla y le cuesta controlarse en la mayoría de las ocasiones.
—A este ritmo tendré que comprar bragas al por mayor —se queja con un tono hosco y desaparece tras la puerta del baño.
Cassidy se deja caer en la silla frente al escritorio y sonríe cuando observa la carpeta sobre la mesa.
Tiene un logo redondo de color verde y una tipografía elegante que ella misma ayudó a elegir.
Es el logotipo de la firma de Diane, una pequeña consultoría que cobró vida un año atrás y que sorprendió a ambas para bien.
La morena se tomó libre un mes completo con sus días y sus noches —muy a su pesar, porque a la segunda semana ya estaba ladrando en casa incluso al repartidor de comida a domicilio— para descansar y pensar cuál sería la mejor estrategia para su nueva etapa laboral.
Ya tenía varios clientes pactados que había logrado enamorar mientras trabajaba en Whitestone y que habían confiado en ella para asesorarlos con sus inversiones, fusiones o adquisiciones.
Le parecía bien y estaba segura de que podía trabajar con ellos sin necesitar ayuda extra, pero al cabo de unos pocos meses se dio cuenta de lo equivocada que estaba.
Su fama la precedía y no tardó en firmar con más empresas, así que tuvo que empezar a contratar personal adicional hasta que decidió crear Carter Consulting, una consultoría que tiene una pequeña oficina en un edificio profesional en Manhattan y en la que trabajan cinco personas.
Hoy es un día de los importantes porque hace cuatro semanas Cassidy la convenció de asistir a una gala a la que ella no tenía pensado ir ni bajo amenaza de muerte, pero al parecer la idea de quedarse sin sexo durante un mes fue suficiente incentivo para enfundarse en un vestido negro y aparecer de la mano de una rubia terriblemente guapa.
Allí conoció a Néstor Ochoa, un empresario mexicano del que jamás había escuchado hablar, pero que poseía un patrimonio bastante interesante.
Hablaron durante una hora y dos días después, Néstor estaba en su despacho porque quería comprar un pequeño grupo de hoteles y necesitaba asesoría experta.
Hubo muchas reuniones hasta que llegó el momento de firmar el contrato entre ellos, el primero de Diane en el que varios millones de dólares estaban en juego.
—¿No vas tarde? —pregunta Diane revisando la hora en su reloj y caminando hacia su mesa.
—¿Es tu forma de echarme? —Cassidy levanta una ceja y la mirada afilada de su novia le corta la cara.
—No, me protejo de futuras culpas —Diane la mira con intensidad—. Después dices que has llegado tarde gracias a mí.
Diane tiene razón en parte, pero la rubia sabe que en la mayoría de los casos es la excusa perfecta que Clara acepta con una resignación estudiada.
Sobre todo al principio, cuando Carter Consulting estaba en plena creación, Cassidy se volcó en ayudar a su novia y a menudo no podía evitar quedarse dormida por la mañana y llegar unos minutos tarde a su hora de entrada.
Entonces Clara le dejaba mensajes pasivo-agresivos a su mejor amiga y Diane estallaba en furia.
—Después de la firma tendrás toneladas de trabajo —la rubia cambia el tema y frunce los labios—. Deberíamos ir a la cabaña este fin de semana y olvidarnos de todo durante un tiempo.
Diane pone los ojos en blanco. Cassidy se ha vuelto una enamorada de Big Bear Lake y dramatiza lo suficiente como para volverla loca cuando pasan más de dos semanas sin ir.
—Tendría menos de qué preocuparme si tuviera una experta en marketing trabajando conmigo.
Cassidy esquiva el comentario como puede. Ambas son conscientes de que lo mejor es que cada una trabaje por separado, pero su novia a veces aprovecha para señalar lo que a ella le parece obvio.
—En todo caso, ya sabes que los fines de semana no trabajo, para eso tengo un personal al que le pago más de lo que merece —continúa con hielo en su voz—. Y si no puedo acompañarte alguna vez, ya sabes que puedes ir con tus hermanos, sobre todo antes de que Payton dé a luz.
Cassidy se muerde los labios; no era una fanática de los bebés hasta que su hermana anunció hace unos meses que estaba embarazada.
Hubo una boda rápida en la que estaban la familia de Owen, Kenny, Zoe —una dentista con la que lleva un año saliendo después de que le cambiara las cuatro ruedas del coche, que la mujer le dejara una propina de cinco dólares y hubieran tenido una pequeña discusión al respecto—, Cassidy y Diane, que por alguna razón ese día se relajó tanto que Kenny le hizo muchas bromas al respecto.
Esos dos se llevan de maravilla, aunque la morena finja y diga lo contrario.
—Lo pensaré —la rubia se pone de pie de un salto—. Voy a pasar por esa pastelería que le encanta a Elizabeth para encargar las galletas de canela.
—Aún falta una semana —Diane frunce el ceño; lleva días tan caóticos que las fechas en su cabeza se mezclan.
—Lo sé, pero no quiera Dios que no queden cuando vayamos a comprarlas; prefiero encargarlas y asegurarme de que las tenemos —sonríe con suficiencia.
—Qué eficiente —suelta la morena y, como es habitual, parece más un insulto que un elogio.
Cassidy se acerca a Diane, que también se ha puesto de pie.
—No te acostumbres, no soy tu secretaria —lo dice al mismo tiempo que sonríe cuando siente el brazo fuerte de su novia atraerla a su cuerpo.
—Cuida esa boca, Collins —sisea pegada a sus labios.
—Te quiero —es la respuesta de la chica y Diane la besa.
—Y yo a ti.
Cassidy se aleja de su novia, coge su bolsa y camina hasta la puerta. Se gira antes de abandonar la oficina.
—¿Nos encontramos directamente en el Marlowe?
Diane asiente.
—A las siete, no llegues tarde —responde a la vez que ocupa su silla.
—No estaba en mis planes —la rubia le guiña un ojo.
Cassidy se marcha, dejando tras de sí esa energía que Diane sabe que necesita para seguir viva.
Pega la cabeza al respaldo de la silla y sonríe cuando se da cuenta de que sus manos siguen temblando.
Es un gran día, claro que lo es; lleva mucho tiempo deseando que su nombre brille, pero de verdad, sin estar trabajando para alguien más, y hoy va a consolidarse una gran parte de ese éxito. Sin embargo, no es lo más importante.
Abre el cajón derecho de su escritorio y aprieta la pequeña caja aterciopelada. La saca, la abre y los labios le vibran.
—Lo lograste.
Lo dice en voz baja, pero se lo dice a aquella chica sola y demasiado asustada bajo la lluvia en Portland que escapó de unos padres que ponían el dinero por encima de las necesidades de sus hijos.
A la que humillaron en Nueva York, la que luchó contra el alcoholismo y la que supo romper con una familia a la que no le importaba su vida en absoluto.
Logró lo que había soñado y, a sus casi cincuenta años, se da cuenta de que no se trataba de estatus o dinero, sino de ser feliz.
Consiguió a la chica, conoció el amor verdadero y ahora solo le resta que Cassidy Collins le diga que sí.