No estaba en mis planes Capítulo 1
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No estaba en mis planes

No estaba en mis planes

Por Astrix Borges

© inepub.com

Capítulo 1

—Señor Hall —el tono afilado y desagradable llega a cada rincón de la sala sin necesidad de que tenga que levantar la voz—. Su trabajo ha sido patético, por resumirlo en una sola frase.

Las doce personas sentadas a la mesa ni siquiera son capaces de respirar.

Diane Carter aprieta un botón del mando a distancia que sostiene en su mano y la pantalla detrás de ella cambia de color mostrando varios gráficos.

—Ha tenido dos semanas para analizar los datos financieros de la empresa Gales y dos extras para diseñar una estrategia de crecimiento que le permitiera llevar a cabo la expansión internacional que quieren lograr —Diane gira ligeramente la silla y apunta la pantalla con su largo dedo y su manicura perfecta—.

Y lo que ha hecho en treinta días es señalar problemas en vez de oportunidades, incrementar costes en lugar de reducirlos y no asesorar debidamente a la alta dirección para que tomara las decisiones correctas.

—Eso no... —Levi Hall balbucea y el solo levantamiento de una de las cejas de Diane hace que cierre la boca de golpe.

—¿Quiénes han formado el equipo para el proyecto Gales?

Diane Carter cruza una pierna con calma y pasea la mirada por cada uno de los rostros que hay en ese despacho.

Ha hecho la pregunta solo para medir la capacidad de reacción de los que forman parte de su personal, porque la respuesta la conoce muy bien.

En el departamento de desarrollo de negocios de Whitestone Consulting Group no pasa absolutamente nada sin que ella lo sepa, y si se atreve a aventurarse, cada vez que ocurre algo en la compañía, ella ya está al tanto antes de que emitan un comunicado.

El silencio se extiende por unos segundos hasta que Michael García eleva la mano, seguro de que se está ofreciendo voluntario para su fusilamiento público.

Diane lo mira un instante y empieza a darse golpecitos rítmicos en los labios, como si estuviera decidiendo el trágico final de un enemigo.

—¿Solo usted, señor García? —ahora empieza a mover la silla de un lado a otro; le aburre de sobremanera el pánico que algunas personas le tienen.

Varias manos se levantan y ella puede contar a los cuatro que estuvieron a cargo del proyecto Gales.

—Bien —se pone de pie con la elegancia que la caracteriza—. Estáis despedidos con efecto inmediato.

Se abotona la chaqueta negra que lleva puesta y coge una carpeta de cuero que tiene sobre la mesa.

Hay un leve murmullo en la sala, pero nada tan alto como para que ella pueda entenderlo. Si es sincera, no le interesan los chismes de pasillos ni las quejas absurdas de quienes trabajan para ella.

—Recursos Humanos ya tiene vuestras cartas —informa antes de salir de la sala—. Os aconsejo que las recojáis y salgáis de esta empresa ahora mismo.

—No es justo —se levanta Tessa Daniels, que hasta ahora se había mantenido en silencio con los ojos fijos en la mesa.

Diane pasea su mirada desde esos horribles tacones azules hasta la blusa dos tallas más pequeña que la —ahora ex— empleada se empeña en usar.

—Lo que no es justo, señorita Daniels, es que durante meses le hayamos pagado un salario que desde luego no ha estado al mismo nivel de su incompetencia —Diane sisea como una serpiente arrastrándose por el bosque—.

Hágase un favor: estudie, fórmese y conviértase en una profesional digna de trabajar en un lugar como Whitestone, y si no es capaz de hacerlo, siempre podrá servir hamburguesas en un diner de mala muerte.

Cuando sale de la sala lo hace con la barbilla arriba y con el ritmo perfecto en sus pasos, que anuncian que Diane Carter está caminando por los pasillos de la planta tres del edificio.

El personal nunca le sostiene la mirada, se apartan de su camino cuando se la encuentran en algún sitio, y en los quince años que lleva dirigiendo el departamento de desarrollo de negocios, nadie ha tenido la osadía de llevarle la contraria.

No hay empleado que tenga el conocimiento de Diane; ninguna persona en esa empresa es capaz de lo que ella ha logrado en más de una década y, lo mejor de todo, es que se ha encargado de demostrarlo para que nunca intenten poner en tela de juicio sus decisiones.

Entra a su despacho ignorando la expresión angustiada de su secretaria, una chica menuda que le parece deplorable, pero que según Tatiana —su asistente personal que lleva dos días encerrada en su casa con un virus estomacal— es muy válida para el trabajo que desempeña.

En ese espacio, Diane pasa más de diez horas cada día.

Llega a las ocho de la mañana a Whitestone mientras que el resto del personal entra a las nueve, y al final se marcha más de doce horas después, exhausta, pero con la certeza del deber cumplido.

Su oficina es aséptica, pero tan cómoda que podría vivir ahí sin ningún problema si tuviera que hacerlo.

A sus cuarenta y cinco años tiene muy claro que el trabajo es su vida y siempre lo primero en su agenda, por lo que tiene todo lo necesario para pasar ahí dentro el tiempo que haga falta: un sofá grande pegado a la pared del fondo, una mesa con una cafetera, un pequeño mueble donde guarda barritas de proteínas y cualquier cosa comestible que la ayude a mantenerse viva y, en el centro, su trono.

Un escritorio tan grande que está segura de que podría dormir sobre él, hecho de madera de nogal y detalles en bronce.

Se sienta en su silla y recuesta la espalda sintiendo el peso del cansancio. Ha sido una semana complicada, sobre todo después del fracaso con el proyecto Gales que, casi al final, pudo salvar convenciendo al CEO de que será ella quien personalmente se ocupe de la estrategia.

Mira la hora; apenas son las cinco de la tarde y está tan agotada que podría irse a casa, pero tan solo de pensar en el silencio que la espera, su cuerpo reacciona con un escalofrío que no ha podido controlar.

La puerta suena con dos toques y cuando se abre, Diane sabe de quién se trata. Solo una persona tiene los ovarios para hacerlo.

—Se rumorea que has batido tu récord esta semana —Clara Fitzgerald entra moviéndose con la sensualidad que lleva acompañándola toda la vida—. ¿Seis?

—Siete —Diane la mira con la barbilla levantada, refiriéndose a los empleados que ha despedido en apenas cuatro días—. ¿No te han enseñado que no se puede acceder a los despachos sin avisar?

—He tocado la puerta.

—Y no has esperado a que te diera permiso de entrar —un pequeño rugido emerge de la garganta de Diane y la respuesta de Clara es sentarse frente a ella.

—Lo que más me impresiona es que la junta directiva está de acuerdo con todos esos despidos —Clara coge una pieza de cristal tallado, sostenido en una base de madera veteada con el nombre de Diane Carter como ganadora de un galardón como mejor estratega de negocio del estado de California.

Diane le arranca el premio de las manos y tiene que soportar la risa sofocada de Clara. Se levanta y lo coloca con cuidado en un mueble que va de pared a suelo, junto a su biblioteca, donde guarda todos los premios que ha ganado durante los últimos quince años de su vida.

—Claro que lo están —afirma volviendo a su silla—. Despedir a esos inútiles les ahorra millones de dólares en demandas por parte de las otras compañías por poner en juego una fusión o una expansión.

Clara Fitzgerald lleva el mismo tiempo que ella en Whitestone; la diferencia es que no comenzó dirigiendo un departamento como lo hizo Diane: a ella le costó varios años llegar a liderar la división de marketing de la consultoría.

Es consciente de que ha aprendido mucho de su compañera, ha seguido sus pasos en muchos aspectos, menos en eso de ser una bruja a la que todos temen.

Clara está hecha de otro material, uno más blando que, aunque también sea de las exigentes, tiene una capacidad de la que Diane carece: la de empatizar con el mundo.

—En fin, solo quería darte la enhorabuena por el premio e invitarte el sábado a casa —hace una pausa mientras busca los ojos de su amiga—. Elizabeth hará una barbacoa con unas compañeras del softball. Habrá mucha gente; quizá te interese ir.

Diane suelta el aire con tanta calma que quien no la conozca bien pensaría que se está preparando para dar una excusa educada y declinar la invitación.

—Deja. De. Tratar. De. Emparejarme —el veneno que destila su voz es capaz de acabar con una ballena azul de doscientas toneladas—. No estoy interesada y prefiero quedarme en mi casa.

Clara sabía la respuesta, pero está segura de que nunca dejará de invitarla a los tantos eventos que celebra su mujer en casa.

Elizabeth —por una razón tan misteriosa que parece incluso siniestra— siente cariño fraternal hacia Diane.

Desde que la conoció —hará unos ocho años—, cuando su relación empezó a ir en serio, vio en ella algo que nunca le ha sabido explicar a Clara; entonces insiste una y otra vez en llevarla a sitios que su amiga y compañera de trabajo detesta.

—Tú te lo pierdes —se levanta de la silla la directora de marketing—. No te quedes hasta tan tarde y no te olvides de cenar.

Diane levanta sus ojos azules tan fríos como el océano Ártico y los clava en el rostro de Clara.

—Cierra la puerta al salir —escupe, y desvía la mirada hacia la pantalla del ordenador.

Una hora después, los ojos le arden y empieza a ver las letras mezcladas unas sobre otras. Decide que su cuerpo necesita un descanso y, aunque estar en su casa es una especie de tortura que normalmente suele evitar, hoy está bastante segura de que, tras un buen baño, caerá rendida en la cama.

Cuando está a punto de salir de su oficina, la imagen de Samuel Barnes —uno de los socios mayoritarios de Whitestone— se materializa en su despacho, logrando que tenga que morderse la lengua para no preguntarle si no tenía otra hora de joderle la existencia con su presencia que no fuera precisamente a la que ella había decidido marcharse.

—Samuel —dice Diane sin apenas mover los labios.

—¿Ya te vas? —pregunta, aunque ella está de pie con el bolso colgado en el hombro.

—Eso intento.

El hombre sonríe con una amabilidad que Diane nunca ha comprendido. No sabe si es el mayor hipócrita del universo o si solo es estúpido y no sabe identificar en qué momentos debe estirar los labios y en cuáles no.

—Te robo unos minutos —el hombre se sienta y Diane se ve obligada a imitarlo—. Quería decírtelo en persona y no que mi secretaria te mandara un correo.

Cualquier persona sentiría cierto temor ante esas palabras, que al parecer no auguran nada bueno. Diane solo quiere que le suelte lo que tiene que decirle para poder irse a su casa.

No abre la boca; se mantiene en silencio mientras espera que Samuel hable.

—El lunes comienza una becaria en tu departamento —la información es peor que si le hubiera dicho que estaba despedida—.

En realidad, el objetivo a medio plazo es que trabaje con Clara en marketing, pero vuestros departamentos están estrechamente ligados y prefiero que comience familiarizándose con desarrollo de negocios porque...

—Samuel —lo interrumpe Diane sin importarle que sea su jefe—.

Esta semana he despedido a siete personas que habéis insistido en contratar para mi equipo, cuando sabéis bien que solo yo elijo a mi personal.

Siete personas que han cometido errores imperdonables que no estoy dispuesta a asumir nuevamente, por lo que debo negarme a aceptar tu propuesta.

Samuel Barnes es un hombre alto y corpulento, pero de mirada afable.

Tiene el cabello completamente blanco porque a sus setenta años solo un buen tinte podría disimular todas esas canas.

Es uno de los socios más accesibles de la compañía, de esos que siempre tienen la puerta abierta, colabora con causas nobles y trabaja casi ad honorem en la Universidad de California como mentor del alumnado.

Diane no confía en él; en realidad no confía en nadie más que en ella misma, por lo que ese gesto comprensivo en su rostro le parece una trampa de cazar osos.

—No es una propuesta, Diane —vuelve a sonreír y ella aprieta la mandíbula—. Cassidy Collins entrará a tu departamento, estará seis meses trabajando contigo y después pasará al de Clara.

Diane lo observa por unos segundos sin evitar poder pensar en lo triste que tiene que ser para un hombre de su edad que una chica joven le hable dulcemente al oído —como seguro hizo la tal Cassidy— e incluso se deje manosear un poco para conseguir favores de ese estilo.

Sabe que no va a ganar esta partida; con irritación le toca asumir que no puede pelear con un gigante dentro de la empresa como Samuel, pero eso no significa que se deje pisotear.

Se pone de pie dando por finalizada la breve reunión.

—Será bajo mis métodos. No tolero incompetencias en mi departamento y mucho menos faltas —la voz tiene un tono espeso, peligroso—. Si no funciona, va fuera.

Samuel también se levanta.

—No esperaba menos de ti, Diane —se mete las manos en los bolsillos—, pero no te preocupes, confío en el talento de Cassidy.

En el talento de comérsela , piensa mientras Samuel camina hasta la puerta.

—Gracias —dice el hombre de manera afable.

Diane no contesta; deja que el hombre salga de su despacho para maldecir en voz baja el día del nacimiento de Cassidy Collins.