No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1)
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CAPÍTULO 1. El socio que faltaba
El socio que faltaba
El correo llegó a las ocho y cuarenta y tres, justo cuando estaba decidiendo si el dolor de cabeza se arreglaba con otro café o con una vida completamente distinta.
«Estimada Nora: después de revisar nuestras prioridades para el segundo trimestre, hemos decidido centralizar la organización de los próximos encuentros en nuestro departamento interno».
Hay frases que uno reconoce como malas noticias antes de terminar de leerlas. «Centralizar» es una de ellas. «Revisar prioridades», otra. Y «te agradecemos enormemente el trabajo de estos años» suele significar que ya no van a necesitar agradecértelo en persona.
Leí el mensaje tres veces. Lo había enviado Silvia, de Senda Retail, con la que dos semanas antes había estado eligiendo una fecha para su encuentro de equipos de mayo.
Sin querer miré el calendario de pared. Berta había rodeado aquella fecha en azul.
En la esquina inferior había dibujado un paraguas, porque la última vez que Senda nos contrató terminamos trasladando setenta y cinco sillas bajo una tormenta que ninguna aplicación meteorológica había tenido la delicadeza de anunciar.
Debajo del mensaje había una despedida amable y nada parecido a un pedido firmado.
El acuerdo marco que manteníamos con Senda no les obligaba a encargar un número mínimo de eventos.
Yo lo sabía. También sabía que aquella cuenta había sostenido más de la mitad de la facturación del último año, una circunstancia que hasta ese momento me parecía una muestra de fidelidad.
A las ocho y cuarenta y ocho, me pareció una forma especialmente sofisticada de estupidez.
Abrí el cajón donde guardábamos las cápsulas de café y encontré una bolsita de azúcar, dos pilas que no eran de nada y un rotulador seco. La máquina llevaba una semana estropeada. Seguíamos sin decidir quién tenía que llamar al servicio técnico.
Berta apareció con el abrigo aún puesto y un tubo de planos bajo el brazo.
—Antes de que me lo preguntes, sí, el proveedor puede mover las mamparas del jueves. Y antes de que te ilusiones, no, no lo hará gratis.
—Buenos días para ti también.
Dejó el tubo junto al teclado. Tenía treinta y dos años, una libreta negra donde apuntaba lo verdaderamente importante y la admirable costumbre de decir «no lo sé» cuando no lo sabía. Por eso era mucho mejor productora que cualquiera de nosotros dos.
—¿Has hablado con Silvia? —preguntó, viendo la pantalla.
No le contesté lo bastante rápido.
Berta se quitó el abrigo despacio.
—Nora.
—Han decidido organizarlo internamente.
—¿El de mayo?
—Los próximos encuentros.
Miró otra vez el monitor. Después se acercó al calendario y borró con la palma el círculo azul de mayo. El paraguas sobrevivió.
—Vale —dijo—. ¿Eso qué significa para los proveedores?
Me dieron ganas de responder que todavía no lo sabía, que Silvia era una persona sensata, que podíamos proponer formatos más pequeños. Mi cerebro estaba desplegando toda una exposición de buenas intenciones.
—Que no confirmamos nada que no esté contratado —dije al fin—. Ni reservas ni materiales. Revisamos qué trabajo de preparación estaba aprobado y qué podemos facturar, si procede.
Berta asintió.
—Eso me vale de momento. ¿Y para mi puesto?
No esperaba aquella pregunta a las nueve menos diez de un lunes. En los negocios pequeños uno se acostumbra a hablar de personas como si pudieran esperar a que resolvieras primero lo demás.
—No voy a darte una respuesta improvisada.
—Bien. Porque llevo un mes escuchando «lo sacamos» cada vez que te pregunto si puedo contratar apoyo para los montajes. No quiero que «lo sacamos» sea ahora el plan de empresa.
No había subido la voz. Eso lo empeoraba.
—Te daré cifras hoy.
—Perfecto.
Se fue a su mesa sin una escena ni un portazo. Yo habría agradecido cualquiera de las dos cosas. Me habría permitido enfadarme con alguien que no fuese yo.
En La Azotea el pasillo olía a tostadas.
El coworking ocupaba dos plantas de un edificio rehabilitado; nuestra agencia alquilaba un despacho con cristales que dejaban pasar la luz y los rumores.
Desde dentro se escuchaba una carcajada, el zumbido de una impresora y a alguien ensayando en inglés una presentación con una confianza superior a su pronunciación.
Cinco años antes, cuando fundamos Fuera de Guion, me había enamorado de ese ruido. Parecía la banda sonora de la gente que estaba haciendo cosas.
Ahora oía una suma de alquileres.
Mi móvil vibró.
Leo: «Estoy en copia del correo de Senda. Llego a las once».
No tenía su número guardado como «Leo». Figuraba «Leo Soria — SOCIO», una denominación suficientemente precisa para no llevarme a equívocos. Había pasado catorce meses entrando y saliendo del despacho solo para revisiones de cuentas, firmas o conversaciones demasiado breves.
Escribí: «Estoy ocupándome».
Borré el mensaje.
Escribí: «No hace falta que vengas».
También lo borré.
Al final puse: «A las once tengo quince minutos».
La respuesta llegó casi enseguida.
«Trae el extracto de la póliza. Necesitaremos más de quince».
Lo bloqueé antes de que se me ocurriera contestar una barbaridad.
A las diez llamé a Silvia. No para pedirle que cambiara de opinión —no exactamente—, sino para averiguar si había algún proyecto aprobado que aún no nos hubieran comunicado.
No lo había. Me explicó que estaban reordenando costes y que prefería decírmelo cuanto antes, precisamente por los proveedores.
Le agradecí la claridad y conseguí mantener la voz estable hasta despedirnos.
Después me quedé escuchando el tono de fin de llamada.
Yo había vendido a aquella empresa sus reuniones menos aburridas, una jornada para mandos intermedios en la que por primera vez alguien escuchó a quienes hacían el trabajo de verdad, y hasta un acto de aniversario que acabó con el director general sujetando el pie de un photocall mientras nosotros arreglábamos un soporte.
Conocía los nombres de sus empleados, las alergias alimentarias que siempre olvidaban incluir en las listas y la contraseña del wifi de dos de sus sedes.
Nada de eso constituía un ingreso garantizado para junio.
Cuando Leo entró, a las diez y cincuenta y ocho, yo estaba haciendo una lista de clientes a los que llamar. Había llegado al nombre de una directora de marketing que se había jubilado el año anterior. Mi plan necesitaba, evidentemente, algunos retoques.
Llevaba una mochila oscura, una camisa con las mangas dobladas y el mismo gesto de concentración con el que antes aparecía en un montaje cuando alguien preguntaba dónde estaba el cuadro eléctrico. No entró con aire de salvador. Dejó la mochila al lado de una silla.
—Hola, Berta.
—Hola, Leo. ¿Te han informado ya de lo de Senda?
—Sí. ¿Hay compromisos con proveedores sin orden firmada?
—No. Había consultas de disponibilidad, nada cerrado.
—Gracias por comprobarlo.
Fue una conversación de veinte segundos. No debería haberme molestado. Quizá me molestó que, después de catorce meses, siguiera sabiendo cuál era la primera pregunta que había que hacer.
—Podemos usar la sala pequeña —dije—. Si sobrevives a que no tenga vistas.
—Sobreviví al montaje del congreso de fabricantes de tornillos. Tengo antecedentes.
Berta soltó una risa breve. Yo le lancé una mirada traidora.
Alma, la responsable de La Azotea, nos interceptó en el pasillo con una carpeta.
—La sala está libre hasta las doce. Después entra una reunión de ocho personas, así que nada de ocuparla para siempre.
—¿En tu agenda eso aparece como categoría? —pregunté—. ¿Reuniones de personas que se quedan para siempre?
—En mi agenda aparece «socios que piensan que las paredes son suyas». Tiene mucho éxito.
Leo se apartó para dejar pasar a un hombre que transportaba una caja de archivadores. Luego abrió la puerta de la sala y me dejó entrar primero. Un gesto normal. No un acontecimiento que mereciera comentario.
Me senté frente a él y abrí el portátil.
—Te adelanto que ya he llamado a Senda. No hay otro contrato. Estoy buscando nuevas cuentas y tenemos Norte Comunicación, los pequeños proyectos de abril y algunas facturas pendientes.
—Lo sé. He revisado lo que tenía disponible.
—Qué reconfortante. ¿Quieres un diploma?
—Preferiría el saldo actualizado.
El problema con Leo nunca había sido que se le dieran mal las discusiones. Era que se negaba a participar en las partes menos útiles.
Saqué el extracto del banco. Él extendió a su lado una hoja con cuatro columnas impresas.
—La póliza es de veinticinco mil —dijo—. Tenemos dispuestos diecisiete mil ochocientos.
—Lo sé.
—El saldo disponible no es una hucha. Es dinero que tendríamos que devolver.
—También sé eso.
—Y los gastos fijos rondan los cinco mil seiscientos al mes, sin contar costes variables de los eventos.
—Leo.
Dejó el bolígrafo.
—¿Quieres que no repita lo que ya sabes o que no lo diga en voz alta?
El aire pareció atascarse entre nosotros.
—Quiero que no vengas aquí como si hubieras descubierto una empresa en problemas después de abandonarla.
Él apoyó los antebrazos en la mesa.
—No he dejado de ser socio. He seguido revisando cuentas y firmando lo que exigía nuestra participación. Y no voy a fingir que estuve al pie del cañón estos meses, porque no lo estuve.
Aquella admisión me desarmó lo justo para enfadarme de otra manera.
—Estupendo. Ya hemos reconocido un hecho. ¿Podemos trabajar?
—Eso intento.
No había abierto aún la lista de clientes cuando comprendí que los dos estábamos mirando el mismo agujero desde lados distintos. Yo contaba posibles trabajos. Leo contaba obligaciones que existían aunque nadie nos contratara.
—Si consigo dos proyectos medianos en mayo —empecé—, podríamos respirar.
—Si los firmas, tienen margen suficiente y los clientes pagan a tiempo, sí. Pero necesitamos un escenario que no dependa de que todo salga bien.
—No nos van a contratar por nuestra prudencia.
—Tampoco nos pagarán por nuestro optimismo.
No contesté. Recordé una tarde, catorce meses atrás, en la que él había dicho una frase muy parecida delante de nuestro equipo y de un cliente.
Recordé cómo me ardieron las mejillas. No recordaba con la misma claridad qué habíamos presupuestado, ni por qué aquella conversación tuvo que ocurrir precisamente allí.
Leo giró la hoja hacia mí.
—La revisión y el vencimiento de la póliza son el tres de junio. Ya he hablado con la gestoría. Antes tendremos que presentar contratos, previsión de cobros y una propuesta realista para reducir el saldo o devolverlo con un calendario que podamos asumir. No sé qué aceptará el banco.
—Podríamos pedir que nos amplíen el plazo.
—Podemos pedirlo. No podemos organizar la empresa como si ya nos lo hubieran concedido.
Saqué el calendario del móvil. Abril. Mayo. Tres días de junio.
—Dos meses —dije.
—Sesenta días naturales, contando hoy.
Aquella precisión, por una vez, no sonó pedante. Sonó peor.
Berta llamó suavemente a la puerta de cristal. No entró hasta que le hicimos un gesto.
—Perdón. Tengo que enviar una respuesta a Yago antes de las doce. ¿Le bloqueo las fechas de mayo?
Miré a Leo. Durante un segundo odié necesitar que él estuviera allí para responder. Después pensé que la alternativa era darle a Berta otra frase que no significaba nada.
—No —dije—. Dile que estamos revisando el calendario y que no queremos reservarle días sin un proyecto confirmado.
Berta me sostuvo la mirada.
—Gracias.
Cuando se marchó, Leo dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Hay otra opción, Nora.
—Como sea vender el mobiliario, las sillas ni siquiera son nuestras.
—Podemos preparar el cierre si no aparecen proyectos suficientes. Ordenado, pagando lo que se pueda según las obligaciones y sin contratar trabajo que no podremos asumir.
La palabra «cierre» me golpeó con una violencia inesperada.
Miré al otro lado del cristal. Berta estaba hablando por teléfono y apuntando algo en su libreta.
En la pared del despacho seguía colgada la fotografía de nuestro primer evento: quince personas en un patio, unos centros de mesa espantosos que yo había defendido como «industriales» y Leo sujetando un alargador fuera de plano.
Nadie sabía que había dormido tres horas.
—No voy a cerrar Fuera de Guion porque una cuenta haya decidido hacer sus reuniones sola.
—Entonces habrá que demostrar que podemos mantenerla abierta.
Se levantó para borrar una de las columnas de la pizarra. Quedó un espacio vacío, tan blanco que molestaba.
—Tenemos hasta el tres de junio —dijo—. Sesenta días para que los números cuenten una historia distinta.
Fuera de la sala alguien aplaudió el final de una videollamada. Me quedé mirando la pizarra, el hueco limpio donde todavía no había ningún contrato y, al otro lado de la mesa, al hombre al que llevaba más de un año esforzándome por no necesitar.
—No esperes que te dé la bienvenida —le dije.
Leo recogió el rotulador seco que yo había dejado junto al ordenador, lo probó y lo cambió por otro que escribía.
—Con que mañana traigas la lista de clientes, me conformo.