No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 1
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No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1)

No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1)

Por Rosie Promise

© inepub.com

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Laura

La pantalla del portátil lleva encendida tantas horas que empiezo a sospechar que vamos a acabar jubilándonos juntas.

Son las diez y media de la noche de un viernes, estoy sentada en el suelo de mi apartamento de Manhattan con las piernas cruzadas, una manta sobre el sofá y una campaña de cosmética de lujo abierta en tres ventanas distintas, porque mi clienta ha decidido que el eslogan «necesita transmitir una energía más aspiracional».

Aunque todavía no sé qué significa exactamente «una energía más aspiracional» y dudo que ella lo sepa.

Lo único que sé es que llevo cuarenta minutos cambiando palabras de lugar para terminar regresando a la misma versión que tenía al principio.

Cuando más agobiada estoy, mi móvil vibra sobre la mesa y al instante vuelve a vibrar y otra vez. No necesito mirarlo para saber quién me escribe de esa manera y abro directamente el chat del grupo «Decisiones cuestionables», que mis amigas y yo creamos cuando íbamos al instituto.

Pamela:

Laura, ¿sigues viva o

tenemos que llamar a una ambulancia?

Eve:

Adjunto prueba gráfica

de que existe vida más allá del trabajo.

La prueba gráfica resulta ser una copa de vino blanco gigantesca apoyada sobre la barandilla de una terraza con vistas al río.

Violet:

Trabajar un viernes por la noche

no cuenta como autocuidado.

Kim:

Laura necesita una cita

o un exorcismo.

Aunque no sé cuál de las

dos opciones es más urgente.

Se me escapa una sonrisa mientras leo el último mensaje.

Yo:

Tías,

estoy ocupada construyendo

mi carrera profesional.

Pamela:

Lo que estás construyendo es

una relación tóxica con el ordenador.

Yo:

Es Photoshop.

Pamela:

Eso es aún peor.

Dejo el móvil junto al portátil y vuelvo al documento. Mi concentración dura aproximadamente quince segundos antes de que alguna de ellas envíe otro mensaje.

Eve:

¿Has cenado?

Laura:

Sí, mami.

Kim:

Mentira.

Laura:

He comido galletas.

Pamela:

Eso no cuenta como cena.

Laura:

Depende de cuántas sean.

Violet:

Tíaaaaaa.

Laura:

Me he comido doce.

La avalancha de respuestas es tan inmediata que casi puedo imaginarlas riéndose al otro lado de la pantalla.

Sin duda, hay amistades que se construyen sobre valores profundos y apoyo emocional, pero nuestra amistad se sostiene sobre la capacidad colectiva de humillar a cualquiera que tome una mala decisión. Especialmente si esa persona soy yo.

Pamela:

Necesitas salir de casa con urgencia.

Laura:

Ya salgo de casa.

Kim:

Para ir a trabajar.

Laura:

Eso también cuenta como salir.

Violet:

¡Qué va!

Eso solo cuenta como cambiar de edificio.

Pamela:

¿Cuánto hace que no tienes una cita?

Ahí está, la pregunta, la maldita pregunta. Resoplo y apoyo la espalda contra el sofá mientras observo el chat pensando en qué responder.

Laura:

No lo sé.

Pamela:

Respuesta incorrecta.

Eve:

Estoy con Pamela.

Kim:

Yo también estoy de acuerdo con Pamela.

Jamás pensé que escribiría esa frase.

Laura:

Sois unas exageradas.

Pamela:

Laura, llevas tanto tiempo sin una cita,

que los arqueólogos podrían utilizar

tu vida sentimental para datar civilizaciones antiguas.

Pongo los ojos en blanco, aunque ellas no puedan verme.

Laura:

Mi vida sentimental está perfectamente.

Pamela:

Eso lo diría alguien

cuya vida sentimental está en coma inducido.

Eve:

¡Un punto para Pamela!

Violet:

Por desgracia.

Kim:

Y cuando Pamela tiene razón

es porque la cosa se ha puesto fea.

Estoy a punto de responder cuando una notificación de una historia de Instagram aparece en la parte superior de la pantalla y pulso en ella por pura inercia, sin pensar en lo que estoy haciendo.

La historia se abre y veo a Mark. Siento el impacto antes de procesar lo que estoy viendo, aunque no es un golpe fuerte, sino uno pequeño, pero molesto, como cuando te golpeas siempre el mismo dedo del pie contra la esquena del mismo mueble.

Reconoces el dolor, porque no es la primera vez que lo sientes y por eso crees que no puede afectarte, pero aun así lo hace.

En la pantalla está Mark, mi ex novio, sonriendo a la cámara desde una terraza que parece sacada de una revista de viajes.

Lleva una camisa azul marino subida hasta los codos y la expresión relajada que utilizaba cuando sabía que alguien lo estaba mirando.

La mujer que hay junto a él tiene el pelo oscuro, unas gafas de sol enormes y la cabeza apoyada sobre su hombro.

No sé quién es, aunque tampoco necesito saberlo.

Así que cierro la historia, bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo sobre la mesa.

No obstante, dos segundos después vuelve a vibrar avisándome de que tengo un nuevo mensaje en el chat de mis amigas.

Pamela:

¿Qué pasa?

Levanto la cabeza y miro al techo. Después regreso la mirada a mi teléfono, pero vuelvo a mirar hacia el techo otra vez.

Laura:

¿Cómo sabes que pasa algo?

Pamela:

Porque llevas dos minutos sin responder.

Kim:

Definitivamente te pasa algo.

Eve:

¿Mark?

Laura:

No.

Violet:

Ha sido Mark.

Kim:

Sin duda ha sido tu ex.

Pamela:

Ya te digo. Ha sido él.

Traidoras.

Laura:

No me importa Mark.

Pamela:

Claroooo

Kim:

¿Nos lo tenemos que creer?

Laura:

Lo digo en serio.

Eve:

Laura, cariño, no estamos diciendo

que quieras volver con él.

Eso hace que me detenga, porque tiene razón.

Ni loca volvería con él. Es más, la sola idea de compartir otra cena con Mark me produce el mismo entusiasmo que una colonoscopia.

No obstante, lo que me molesta no es echarlo de menos, sino acordarme de lo que pasó.

Recordar la conversación, su expresión de culpabilidad perfectamente ensayada y el momento en que descubrí que llevaba seis meses viendo a otra mujer, mientras yo seguía pensando que estábamos construyendo un futuro juntos.

Además, dos semanas después de que le descubriera ya vivía con ella.

Solo dos semanas después de aquello. Hay yogures en mi nevera que tardan más en caducar.

Laura:

No quiero volver con él.

Kim:

Lo sabemos.

Violet:

Lo que pasa es que sigues enfadada.

Eve:

Y tienes derecho a estarlo.

Pamela:

También tienes derecho a salir con hombres

que no sean unos imbéciles.

Laura:

No necesito salir con nadie.

Pamela:

Eso no es verdad.

Laura:

Claro que sí.

Pamela:

Laura, trabajas doce horas al día,

cenas galletas y pasas los viernes por la noche

peleándote con una campaña de cosmética.

Laura:

La campaña es de un cliente nuevo.

Pamela:

Ya pero la campaña no puede abrazarte

cuando tienes un mal día.

Laura:

Pero tampoco se deja calcetines sucios por casa.

Kim:

Punto para Laura.

Una sonrisa amenaza con aparecer en mis labios y me maldigo por eso, porque odio cuando mis amigas consiguen hacerme reír aunque no quiera.

Pamela:

He tomado una decisión.

Un escalofrío me recorre la espalda, porque nunca es buena señal cuando Pamela dice eso y, en especial, cuando me afecta a mí.

Laura:

No pienso hacer nada de lo que digas.

Pamela:

Claro que sí.

Laura:

Ni de coña.

Pamela:

Ya está hecho.

Laura:

¿QUÉ HAS HECHO?

La respuesta de Pamela es una captura de pantalla y tardo unos segundos en entender lo que estoy viendo. Después otros dos segundos en aceptar que es real y cinco más en decidir si prefiero estrangular a Pamela o desaparecer del país.

Mi fotografía ocupa media pantalla. Por suerte es una buena fotografía. Es la foto que Eve me hizo el verano pasado en Brooklyn y que es la misma que utilizo para LinkedIn cuando quiero parecer una adulta funcional.

Debajo de la imagen veo que aparece una biografía. La leo una vez, después otra e incluso una tercera para asegurarme de que no estoy sufriendo una alucinación provocada por exceso de cafeína.

«Laura Wells.

Treinta y dos años.

Directora creativa.

Capaz de detectar una mala tipografía a cincuenta metros.

Consume café de forma irresponsable.

Busca hombre emocionalmente disponible y que no esconda cadáveres en el sótano».

Abro la boca, la cierro y la vuelvo a abrir, incrédula ante lo que acabo de leer.

Laura:

Voy a matarte.

Pamela:

Antes tendrás que admitir que la foto es fantástica.

Violet:

La foto es la mejor que tienes de los últimos años.

Kim:Objetivamente fantástica.

Eve:Tía, sales muy guapa.

Laura:

No os estaba pidiendo vuestra opinión.

Pamela:Pero nosotras te la damos,

para eso estamos las amigas XD.

Resoplo y me armo de paciencia para continuar con esta conversación, porque mis amigas son de lo que no hay.

Laura:

Además, no pienso usar

ninguna aplicación de citas.

Pamela:

Ya la estás usando.

Laura:

NO.

Pamela:

Técnicamente sí.

Te he creado un perfil hace veinte minutos

y ya tienes tres me gusta.

Me quedo inmóvil al leer lo de los tres me gusta, porque eso quiere decir que tres desconocidos han decidido que quieren hablar conmigo mientras yo estaba reescribiendo eslóganes sobre sérums faciales. No sé si eso resulta inquietante o deprimente o las dos cosas.

Pamela:

Voy a enseñarte uno.

Laura:

No quiero verlo.

Pamela:

Mentira.

Laura:

No quiero verlo.

Pamela:

Mentira otra vez.

Justo después de escribir su último mensaje, Pamela envía una nueva captura en la que aparece un hombre de cabello oscuro y sonrisa agradable. En principio, no tiene nada raro, ni alarmante, ni que sugiera que colecciona órganos humanos en el congelador de su casa, lo cual ya es un avance.

Pamela:

Se llama Louis Philipps.

Eve:

Es mono.

Kim:

Parece normal.

Violet:

Eso es sospechoso.

Laura:

No voy a conocer a nadie

que aparezca en una captura de pantalla

enviada por Pamela.

Pamela:

Pues ya has hecho match.

Laura:

¿Qué?

Pamela:

Ups.

Ese «ups» permanece unos segundos suspendido en la pantalla, como si acabara de derramar su café sobre una camisa o hubiera confundido dos correos electrónicos o no acabara de intervenir activamente en mi vida sentimental.

Laura:

Tía, Pamela.

Pamela:

Sí.

Laura:

Dime que estás de coña.

Pamela:

Preferiría no hacerlo.

Laura:

Tía.

Pamela:

Escúchame antes de enfadarte.

Kim:

Eso nunca funciona.

Violet:

Jamás.

Eve:

Ni una sola vez.