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Capítulo 35

—Y ese es el resumen de mi fin de semana completito —le dije a Eva.

Jon, que ya lo sabía, se tomaba su café tranquilo. Eva se quedó emocionada al contarle mis avances con Gael.

—Vaya… Me alegro mucho por ti, cariño —me sonrió.

—Lo sé. Gracias —le devolví la sonrisa.

—¿Habéis hablado de vosotros? —se interesó.

—No —contesté pensativa.

Dirigí la vista a la cristalera.

Hoy hacía un día soleado y lo que menos apetecía era estar encerrados en un edificio. Estaba siendo un buen inicio de semana porque, como me acosté tan pronto, había dormido mucho y me desperté descansada y sin sueño antes de que sonara la alarma.

Eso para ser lunes era muy bueno. Otra cosa sería cómo transcurriría el día, lo cansado que se hiciera hasta terminar el horario de trabajo.

—Bueno, no te preocupes ni le des muchas vueltas —me pidió, con una sonrisa.

—Todos me decís eso, pero no es tan fácil —reí, negando con la cabeza.

—Ya. Me hago una idea —suspiró.

—¿Os apetece alguna pasta o algo? —nos preguntó Jon.

Era la primera vez que hablaba desde que nos sentamos a la mesa.

—No —contestamos al mismo tiempo Eva y yo.

—¿Seguras? Vamos muy bien de tiempo —insistió—. El fin de semana nos ha sentado tan bien que hemos llegado con mucha antelación —comentó con diversión.

—Yo estoy segurísima —le contesté—. Ve a coger tú lo que te apetezca, pero no pienses en mí.

Jon miró a Eva.

—Tú sí que quieres algo. Te lo noto —le dijo sonriendo de medio lado.

Eva reaccionó riendo.

—¿Quieres que coja lo poco que perdí con la dieta? —le preguntó Eva, con un bufido—. Ahora tengo que conservar el peso. Fueron pocos kilos, pero buenos son.

Por suerte, a Eva no le duró mucho lo de la dieta estricta. Dejó de obsesionarse con hacerla y con perder kilos, y hacía tiempo que había vuelto a comer como siempre.

Hacía bien en mirar según qué cosas para comer, eso también lo hacía yo. Un equilibrio estaba perfecto y ella lo había conseguido, para tranquilidad de Jon y mía.

—No digas tonterías —le dijo Jon, sobre el peso—. Antes estabas perfecta y no necesitabas ningún cambio —dijo mientras se levantaba—. Y no te preocupes porque, igual que puedo hacerte coger los kilos, también puedo conseguir que los pierdas con sesiones intensivas. Si quieres.

Le hizo un guiño y nos dio la espalda. Caminó tranquilo y con seguridad hacia la barra.

Yo apreté los labios y miré a Eva. Mi amiga se había quedado sin saber qué decir, pensativa.

—¿Qué ha querido decir? —me preguntó.

Se inclinó sobre la mesa, con el ceño fruncido.

—¿Ahora quiere ser mi entrenador personal? —continuó.

Solté una carcajada, sin poder contenerme.

—Eso parece, ¿no? A mí me da que Jon debe ser un entrenador personal muy, pero que muy bueno —sonreí de medio lado.

—Para deportes estoy yo… —rio.

—Hay ciertos tipos de actividades que te hacen sudar y quemar calorías, pero que no están consideradas como un deporte —comenté como si nada.

Desvié la vista a la cristalera, con la taza en las manos. Bebí varios sorbos pequeños de café, seguidos, con la vista perdida en la hierba del jardín.

—No lo he pillado —me dijo Eva y fruncí los labios.

Busqué su mirada.

Iba a contestarle, pero Jon se acercaba y lo dejé pasar.

—Eso no vale —se quejó Eva, en cuanto llegó a la mesa.

Jon y yo reímos, porque en el plato que dejó en el centro de la mesa había todo lo que le gustaba a Eva.

—Más tarde te hago una propuesta —comentó él.

—No vas a convencerme para eso de la vida sana y hacer deporte juntos —rio ella.

—Yo no lo diría tan rápido, cuando no sabes qué voy a proponerte —le advirtió él, con la taza rozándole los labios.

Bebió sin apartar la vista de Eva y ella se quedó pensativa, pero sin poder desviar sus ojos de los de Jon.

Sentí que en este instante sobraba, aunque sabía que ambos agradecían mi presencia silenciosa. Al menos por el momento.

Cogí el móvil de la mesa cuando comenzó a vibrar, con una gran sonrisa. Era mi abuelo el que me llamaba. Descolgué rápido.

—Hola, abuelo.

—Hola, cariño.

Sonreí de oreja a oreja.

—Espera un momento —le pedí.

Les hice un guiño a Jon y a Eva y les di la oportunidad que necesitaban, ahora que Jon parecía ir en la dirección correcta y sin frenos.

Me levanté dejando la chaqueta y el bolso colgados en la silla y pasé por detrás de Jon, para alejarme.

Lo hice con mi taza de café, para continuar tomándomelo en el jardín, que era hacia donde me dirigía para hablar tranquilamente con mi abuelo.

En la cafetería había pocas personas y podía haberme puesto en otra mesa, pero estar al aire libre siempre sentaba bien.

—Ya está —lo avisé, al salir de la cafetería.

—¿Es un buen momento?

—Claro. Todavía es muy temprano, pero igualmente, si estuviera liada con algo de la universidad, no habría podido descolgar.

—Vale, cariño. Igualmente, no te quitaré mucho tiempo.

—El que quieras, abuelo. ¿Todo va bien? —le pregunté preocupada, al caer en lo temprano que era.

—Sí, sí… Todo genial.

—¿Seguro?

—No te preocupes por nada.

—Vale —sonreí—. ¿Y la abuela?

—Despertándose. Ya sabes que aún le quedan unos buenos minutos para que se ponga en pie.

—Sí —reí.

—¿Cómo se presenta la semana?

—Sin ganas de trabajar y con muchas de irme de viaje otra vez, pero por más tiempo.

Reímos.

—Eso sería estupendo.

—Pues sí.

—Y más si ese viaje lo haces aquí.

—Jo, con las ganas que tengo de veros —suspiré.

—Nosotros también. ¿Estás de camino a la universidad?

—Hace un rato que llegué —sonreí—. Pero que no te engañen las prisas porque no eran por venir antes —comenté con diversión.

—Me había preocupado.

Reímos.

—Voy a salir a dar un paseo, así le doy tiempo a tu abuela para que se prepare.

—Vale, abuelo. Me has alegrado el día, te quiero mucho.

—Tú a mí también, pequeña. Nosotros también te queremos muchísimo.

—Hablamos en otro momento.

—Aquí estaremos, esperando.

Sonreí.

Alargamos un poquito más la despedida y cuando colgué, me quedé un poco más de tiempo en el jardín.

Miré disimuladamente hacia la cristalera, a la parte en la que se veía la mesa que compartía con mis amigos, y sonreí de oreja a oreja al verlos.

Jon estaba hablando y por lo que parecía de algo muy importante, por su seriedad.

A Eva no podía verle la cara, pero podía hacerme una idea de cómo estaba.

Le di un sorbo al café, muy satisfecha por cómo estaba yendo el día, y me senté en uno de los escalones de la entrada de la cafetería. También había una rampa para acceder.

Mientras bebía, me puse a echar un vistazo a las noticias en el móvil. Estaba en ello cuando, al cabo de unos minutos, noté una sensación extraña. Eso me hizo levantar la cabeza y mirar hacia la cristalera, al pensar que Jon o Eva estaban mirando hacia mí, pero no fue así.

Mis amigos seguían hablando entre ellos, concentrados el uno en el otro.

Dirigí la vista al frente y hacia los lados, haciendo un recorrido por el espacio de mi alrededor

No noté nada extraño, pero igualmente me quedé observando el ir y venir de las personas y a las estudiantes que se habían sentado en bancos o sobre la hierba, antes de que sus clases comenzaran.

La sensación no se me fue, pero al final dejé de buscar porque no tenía sentido.

Solté un suspiro y bajé la mirada al teléfono. Sonreí al ver un mensaje de Jon.

Jon: Ya puedes venir. Gracias.

Lía: Solo si me dices que lo que creo que ha pasado ha ido genial; si no, ya puedes continuar para arreglarlo.

Sonreí de oreja a oreja, esperando con muchas ganas su respuesta.

Jon: Eres libre de venir cuando quieras. Todo está aclarado.

Solté un pequeño grito.

Lía: Dime que vais a hacer mucho, mucho deporte en horizontal, en vertical, a la pata coja… yo qué sé.

Jon: Ja, ja, ja… ¡Ya te vale! Casi se me sale el café de la boca.

Lía: Eso no me aclara nadaaa…

Jon: Quién sabe, lo mismo esta misma tarde comenzamos con ese deporte. Hemos quedado, aunque por ahora eso es lo que más me importa.

Lía: Oooh…

Jon: Si vienes rápido te cuento resumida mi versión, antes de que Eva vuelva del baño.

No me paré a contestarle. Me levanté de un salto y entré casi corriendo en la cafetería. Al verme, Jon rio.

Para mi mala suerte, no nos dio tiempo a casa nada porque cuando comenzó a contarme cómo les había ido la conversación, Eva salió del baño y se dirigió a la mesa.

Puse una mueca, haciendo reír de nuevo a mi amigo.

No me quedó otra que esperar para saber ambas versiones, las que serían buenísimas. Mis amigos me preguntaron por mi abuelo y les conté la breve conversación que habíamos mantenido.

De esa manera y hablando de otras cosas, mientras notaba la vergüenza de Eva y la satisfacción de Jon, se nos pasó el tiempo volando.

Quince minutos antes de la hora de la primera clase dejamos el edificio de la cafetería para dirigirnos al principal. En él nos separamos al subir a la planta donde estaban los despachos de los docentes y la sala de reuniones.

Mis amigos se fueron a sus despachos, para comenzar el día. Yo también, pero con la diferencia de que mi primera clase empezaba una hora y cuarto más tarde.

Tenía un buen rato libre de alumnos, pero no de trabajo porque debía hacer bastantes cosas antes.

Abrí con llave el despacho y cuando entré, no me dio tiempo a encender la luz. Me vi arrastrada hacia un lado, contra la pared.

Solté un jadeo por la impresión y el miedo, y di un bote en el sitio por el sonido que hizo la puerta al cerrarse de golpe.