Capítulo 34
—Eso no vale —se quejó Eva, dando un pisotón en el suelo, con todas sus fuerzas.
Jon, que era hacia el que iba el comentario, soltó una carcajada y después le siguieron los demás.
Sonreí observándolos.
Eran las cinco de la tarde, estábamos apurando los últimos momentos en la casa. En este momento, en la parte de la hierba que daba al porche, en el lateral.
Yo estaba en él. En el porche. Había jugado con ellos al principio del partido de fútbol, pero al cabo de media hora me di por vencida. Solo hacía que correr viendo las pelotas pasar de unos a otros, de punta a punta.
Estaba mucho mejor tomándome uno de los últimos refrescos, a la sombra del porche y sentada en un sillón cómodo. Lo demás que me llegara desde lejos, como era el caso.
Eva continuó quejándose, yendo detrás de Jon. Él parecía encantado de que fuera así.
—Eh, ¿qué tal?
Levanté la cabeza hacia Eloy. Se había salido del partido para ir al baño.
—Aquí genial —contesté.
Sonrió de medio lado y nos quedamos en silencio, entretenidos con nuestros amigos.
—Eloy…
—Ha llegado bien y ya está a tope —me dijo, sin la necesidad de que le preguntara directamente.
Solté un suspiro.
—Bien —susurré.
—Sí. A eso y a él me refería cuando te he preguntado por el qué tal.
Lo miré de reojo. Ahora él me observaba con la cabeza girada hacia mí.
—Iba a contártelo cuando estuviéramos en casa.
—No importa cuándo. Más que nada porque ya lo sabía. No pongas esa cara —rio—. Ha sido muy evidente y ni siquiera os habéis dado cuenta.
—¿Igual que lo tuyo con Nadia? —le pregunté sonriendo.
—No pretendo que sea un secreto. Siento no habértelo contado antes de enterarte.
—Eh… no pasa nada.
Moví el sillón para quedarme frente a él.
—No me ha sentado mal ni nada parecido.
—Gracias. Me quitas un peso de encima.
Negó con la cabeza.
—No te imaginaba enamorado —sonreí.
—Ya ves…
No lo negó y eso corroboró lo que me contó Alan, que lo de Nadia y él era de hacía tiempo.
—Algún día le pondré un anillo en el dedo. Bueno, dos —rio—, que como no le ponga primero el de compromiso, ciertas partes de mi cuerpo peligran. Y les tengo mucho cariño.
Soltamos una carcajada.
—Veo muy capaz a Nadia de ello.
—No tengas dudas —sonrió de medio lado—. Ya te hablaré de nosotros y de cómo comenzó todo.
—Vale. Nos debemos una cena tranquila en la terraza.
—Yo llevo la comida —me dijo con un guiño.
—Y yo me encargo de todo lo demás.
—Hecho. —Asintió—. ¿El viernes que viene?
—Vale —sonreí—. Joder, no quiero ir mañana a trabajar —dije haciendo un puchero.
Eloy rio.
—No eres la única, preciosa. Creo que los lloros serán colectivos esta noche.
Señaló hacia todos nuestros amigos.
—¿Cuándo nos iremos? —le pregunté.
—Ya han acabado.
Me fijé en que ya no jugaban. Lucas tenía el balón bajo un brazo y estaban hablando en un círculo.
—En la nevera queda una botella de agua, un par de botellines de cerveza y algunas latas de refresco. ¿La vaciamos?
—No. —Negó con la cabeza—. No pasa nada porque se queden dentro, como todo lo demás fuera que no se echa a perder.
—Vale.
Nos levantamos cuando los demás se acercaron a nosotros. Dejamos el porche recogido y entramos al salón los sillones, las sillas y el banco. La mesa era fija, por lo que fue lo único que se quedó fuera.
Nos aseguramos de cerrar bien la corredera del salón, después de cerrar la reja. Bajamos la persiana y después de echar un último vistazo a toda la casa y comprobar que todo se quedaba bien y cerrado, salimos por la puerta principal.
Fue Eloy el encargado de llevar todas las llaves encima, menos la de las rejas, que se quedó en un cajón del armario de la cocina.
Nos dirigimos a la cochera y después de despedirnos con abrazos y besos, nos dividimos en los coches como llegamos.
Esta vez, como salíamos todos juntos, quedamos en no separarnos hasta que llegáramos a la ciudad y cada vehículo tuviera que tomar una dirección para llevar a los que ocupaban el interior del vehículo.
Así lo hicimos. El primero en cabeza fue Eloy, con Nadia y Lucas. En medio me dejaron a mí, con Maya, Jon y Eva. Y en último lugar fueron Alan y Claudia.
Y de esa manera recorrimos los kilómetros que nos separaban de donde vivíamos todos. Nos llevó dos horas y media a buen ritmo y sin encontrar ningún atasco.
Cuando llegó el momento, nos despedimos tocando el claxon y nos separamos hasta la próxima vez que nos viéramos. Algunos antes, otros pasarían más días hasta que llegara ese momento.
Lo que estaba claro era que habíamos encajado genial y nos habíamos caído muy bien, por lo que queríamos continuar en contacto y afianzando lo que había nacido este fin de semana entre todos.
La primera dirección a la que me dirigí fue la de Maya, ya que quedaba antes en el recorrido.
—Descansad, guapísimos —nos pidió Maya, cuando llegamos frente al edificio en el que vivía—. Son casi las ocho, así que yo seguramente, en cuanto me dé una ducha, que voy de cabeza, me meteré en la cama. No tengo ni hambre —rio.
—Más o menos ese será el plan de todos —comenté, sonriendo.
—Que vayan bien los trabajos —nos deseó.
—Igualmente —le dijeron Eva y Jon.
—Vosotros tenéis que hacer algo ya con esa sincronización —les comentó con diversión.
Eva se sonrojó y Jon apretó los labios, conteniéndose para no reír.
Le hice un guiño a Maya, por el pequeño empujón hacia ellos, y ella me lo devolvió sin que se dieran cuenta de nuestro intercambio.
—Envíame un mensaje cuando estés en tu piso —me pidió.
—Claro.
Nos dimos un abrazo y un beso, y cuando bajó, hizo lo mismo con Eva y Jon, después de abrir la puerta de los asientos de atrás. Se despidió de los tres hasta la próxima vez que quedáramos y fue al maletero.
Una vez que cogió su mochila, se dirigió a la entrada del edificio en el que vivía. Arranqué cuando nos dijo adiós con una mano, dentro ya del edificio.
A la siguiente dirección a la que me dirigí fue a la de Eva, siguiendo la ruta más rápida.
Con ella sucedió lo mismo y después de los besos y los abrazos, sí, de Jon y ella también, nos despedimos hasta el día siguiente.
Como cada mañana de lunes a viernes, nos veríamos a primera hora en la cafetería.
Esa cita no nos la perdíamos ninguno de los tres, ya que la necesitábamos para empezar con energía el día.
Jon se bajó de la parte de atrás y se montó en el asiento del copiloto, para hacer el último tramo del recorrido hasta su dirección.
—Ha valido muchísimo la pena el fin de semana —comentó, haciéndome sonreír.
—Me alegro de decíroslo a Eva y a ti, aunque iba bastante a ciegas con esta escapada.
—Yo también me alegro —sonrió de medio lado.
—Te noto diferente. ¿Ha cambiado algo? —le pregunté con interés.
—No se te escapa una, ¿eh? —habló con diversión—. Tal vez.
—¿Vas a dejarme con la intriga? —Jadeé, haciéndome la ofendida.
—Te prometo que te lo contaré pronto, pero primero necesito aclararme del todo yo —rio—. Quiero meditarlo bien con mi almohada, ya que descansado se ven las cosas diferentes.
—Si me aceptas un consejo…
Lo miré de reojo.
—Sabes que siempre —me dijo y sonreí.
—A veces pensar solo sirve para cagarla. Te lo digo por experiencia, porque al pensar nos creamos en la cabeza cosas, teorías o nos damos las suficientes excusas para no ver algo bien, cuando en realidad es realmente bueno.
—Ya… Soy especialista en cagarla.
Negó con la cabeza.
—Eso no es verdad —reí—. Eres muy listo y sabes lo que quieres. Y lo más importante, creo que este fin de semana te ha servido para abrir los ojos y ver lo que tienes delante, para darte cuenta de muchas cosas. ¿Me equivoco?
—No —sonrió de medio lado—. Has dado en el clavo y ya veo que vas por buen camino.
Elevó las cejas y solté una carcajada. Después me encogí de hombros, dejándole claro que no iba a hablar sobre eso. Entonces fue él quien rio, entendiéndolo.
—¿Y tú y Gael? ¿Ha pasado algo? Yo diría que sí.
—Ha pasado mucho. —Asentí.
Le conté cómo había vivido el fin de semana con Gael cerca. No se sorprendió cuando lo supo todo y me dio la enhorabuena por lo que sea que tuviéramos. Como me dijo, solo nosotros dos lo sabíamos, pero estaba claro que el brillo en la mirada era innegable.
Cuando paré frente al edificio en el que vivía Jon, ya habíamos terminado de ponernos al día. En parte, porque de lo suyo todavía quedaba mucho por hablar. Respeté su decisión y esperé, ya que era muy importante que saliera bien lo de Eva.
Nos despedimos con un abrazo fuerte y varios besos, y cuando Jon entró en su edificio, yo tomé la dirección de mi piso. Por fin.
Tenía ganas de llegar para darme una ducha y ponerme cómoda con el pijama. Estaba por saltarme también la cena, como había dicho Maya, ya que no me quedaban muchas ganas para eso.
Durante todo el trayecto que me quedaba, centré la mente en el trabajo, recordando lo que dejé pendiente y haciendo un repaso de las clases que tocaban para iniciar la semana.
De esa manera se me pasó muy rápido el tiempo y cuando me di cuenta, estaba accediendo al estacionamiento de mi edificio.