Capítulo 32
Miré la hora en el móvil. Faltaba poco para que fueran las once de la noche y Gael todavía no había regresado.
No había querido insistir en preguntar. Ya no por delatarme, eso había llegado a un punto en el que me importaba una mierda que todos supieran mi interés por Gael. Aunque dudaba que no estuvieran al tanto ya, como Nadia me dejó claro en la cocina.
Si no había preguntado mucho por él había sido para no agobiar a los demás, ya que poco más sabían que el resto.
Lo último fue un mensaje escueto de Gael en el que le decía a Lucas que tardaría un poco más en llegar, para que no lo esperásemos para cenar. Y eso fue a las ocho y media de la tarde, desde entonces nada.
Solté un suspiro, con la vista fija en la chimenea. Me llevé la copa a los labios y les sonreí a Alan y a Eloy. Mis amigos se sentaron a ambos lados de mí en el sofá, los demás estaban jugando al mismo juego de mesa.
—¿Quieres emborracharme? —le pregunté a Eloy.
Él sonrió de medio lado, mientras me rellenaba la copa de vino.
—Si les pongo a los demás terminan todos encima de la mesa —comentó con diversión y reí.
—Para que veas que no es solo a ti —me dijo con un guiño.
Cuando terminó con mi copa, pasó a la de Alan.
—Ahora sí. Una vez cumplida mi misión aquí, me voy con el resto. Me esperan para darle una paliza.
Riendo, se levantó del sofá y fue a la mesa alta a dejar la cocina, antes de unirse a los demás. Como no, se sentó al lado de Nadia. Ambos se miraron y él colocó el brazo en la pierna flexionada de ella, para estar en contacto. Sonreí observándolos.
—¿Lo sabías? —le pregunté a Alan, hablando bajo.
—No es un secreto. Como has visto, no ocultan nada —me contestó sonriente.
—Pero ¿están juntos?
—Oficialmente no.
—¿Por qué?
Fruncí el ceño.
—Nuestro trabajo muchas veces no es fácil, Lía.
—¿No me digas? —pregunté con las cejas elevadas.
Alan rio y me pasó el brazo por los hombros. Me acurruqué en el abrazo de mi amigo.
—Cada uno lleva su ritmo —habló con la barbilla apoyada en mi cabeza—. Lo importante es que vaya por un buen camino. ¿No te parece?
—Sí.
En ese momento, Nadia le lanzó una pieza del juego a Eloy y él soltó una carcajada.
—Y ellos van por ese buen camino —comenté, sonriendo mientras los observaba interactuar.
—Estoy de acuerdo y seguirán por él —aseguró Alan.
—Tú los conoces más. ¿Y qué me dices de ti?
—No, no… Esta conversación no puede desviarse tanto —dijo indignado.
Soltamos una carcajada.
—Es que no sé a qué estás esperando para dar varios saltos con Claudia.
—Aunque no lo parezca, esta escapada nos ha venido muy bien —carraspeó.
—Me lo imagino —sonreí.
Me llevé la copa a los labios y bebí un buen sorbo de vino.
—La noche anterior la pasamos juntos.
Su confesión me dejó con la boca abierta, lo que hizo que Alan tuviera que cerrármela para que nadie preguntara qué pasaba. Después de hacerlo, volvimos a reír.
—Qué fuerte.
Me moví en el asiento del sofá, para mirarlo bien a la cara. Él bebió mirando a Claudia. Ella estaba entretenida con la partida del juego y no se daba cuenta de nada. O eso parecía.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Porque tú tenías algo más urgente que contar y después siempre hemos estado con más gente.
Se encogió de hombros.
—¿Y esta noche? —le pregunté con picardía.
No me contestó, pero el guiño que me hizo me dio su respuesta. Me contuve para no soltar un grito y ponerme a saltar, porque eso sí que hubiera parado el juego de los demás.
No hizo falta que le dijera lo que me alegraba, me lo vio en la expresión y sonrió por ello.
—Por las cosas buenas —dije levantando mi copa.
—Por las cosas buenas —repitió imitándome.
Chocamos las copas y bebimos.
—Esta tarde he tenido sexo con Gael —susurré.
A Alan se le fue el trago por mal camino y comenzó a toser. Nuestros amigos nos miraron, por si necesitábamos ayuda, pero al ver la rapidez con la que se recompuso Alan, continuaron a lo suyo.
Le hice un guiño a Claudia, para que no se preocupara, y ella me sonrió antes de volver al juego.
—Joder. Ya te vale —se quejó, negando con la cabeza.
—Si te lo he dicho muy bajito y despacio —dije con diversión.
—Mierda… Como si el impacto no fuera el mismo que si me lo gritas a la cara.
Volvimos a reír.
—¿Y? —quiso saber ante mi silencio.
—Genial —contesté con un suspiro—. Ha superado mis expectativas. Muy, muy por lo alto.
Sonrió de medio lado, pero enseguida se puso serio.
—¿Y ahora estás preocupada? Por eso no has querido jugar.
—No tengo la cabeza para concentrarme y no me apetece.
Me encogí de hombros.
—Estoy bien —añadí, al ver su expresión.
—Gael es muy buen tío, de los mejores, Lía.
Asentí.
—Si no fuera así, le daría una patada bien lejos de ti.
Sonreí.
—Pero si lo quieres, tendrás que lidiar con su profesión y el compromiso que tiene con esta.
—Entiendo. Aunque no quiero hablar de eso, ya que no sé lo que ha significado para él lo de hoy.
Alan me mostró una gran sonrisa.
—Si no le importaras, no habría dado el paso. Ni siquiera habría dado pie a que sucediera —me dijo con un guiño—. Gael no hace las cosas por hacer, ni por un calentón rápido.
—¿Eso qué significa?
Fruncí el ceño.
—Significa que esperes a hablar con él, antes de sacar conclusiones que te llevarán a equivocarte. Si esta tarde no ha estado y todavía no ha vuelto, créeme que debe tener un motivo lo suficientemente importante para ello. Y no tiene nada que ver contigo. Te lo aseguro.
—He pensado que era por mí, porque se había arrepentido —susurré.
—Por eso te lo digo y va en serio. No pierdas ni un segundo con ese pensamiento ni otros parecidos, porque te equivocarás.
Se acercó a mí y me abrazó, para susurrarme al oído.
—Si Gael no te quiere a su lado, te lo dirá claro, sin rodeos y sin hacerte esperar. Es así de simple.
Antes de separarse, me dio un beso en la mejilla y se lo devolví en la punta de la nariz, provocándole una carcajada.
Continuamos hablando, pero cambiamos de tema y pasamos a hablar normal, dejando el tono bajo olvidado. Comentamos lo bien que se estaba en la casa y para mi sorpresa, me contó que el dueño no era un desconocido, sino Gael.
—Pensaba que lo sabías —comentó divertido—. No te lo he dicho antes porque creía que lo había hecho Eloy.
Negué con la cabeza.
—Esta casa es suya…
—Sí. Y se conoce los alrededores como las palmas de sus manos.
—Con razón siempre me encontraba —dije sonriendo.
Estuvimos un tiempo más hablando, mientras nos bebíamos el vino. Nuestros amigos enlazaron una partida con otra, porque estaban muy animados. De esa manera el tiempo fue pasando. Todos queríamos aprovechar la última noche juntos.
Gael no apareció y decidí aferrarme a las palabras de mi amigo Alan. Me tranquilicé porque que no estuviera no era cosa mía, de manera que al final me uní a una partida.
Reí, me quejé y volví a reír, pasándomelo muy bien con todos. Casi una hora después, cuando terminé y con mi derrota, porque desde el comienzo tenía claro que no ganaría ni me acercaría, decidí ponerle fin a la noche.
—Me voy a dormir, chicos —les dije.
Me levanté del cojín, mientras me deseaban que descansara.
—Igualmente —sonreí.
—Yo no tardaré mucho más en irme —comentó Nadia.
Hacía esfuerzos por mantener los ojos abiertos y llevaba un rato apoyada en el cuerpo de Eloy.
—¿Recogemos ya? —propuso Eloy.
Todos estuvieron de acuerdo y, mientras Lucas se encargó del fuego de la chimenea y de dejarla protegida, los demás recogimos el juego, las copas, y algunas de las botellas vacías que había alrededor.
Con las luces del salón apagadas, solo con el pequeño punto de luz que todavía salía de la chimenea, subimos la escalera y nos despedimos en la planta superior.
Cada uno se fue a su habitación, como niños buenos, lo que estaba segura de que cambiaría al cabo de pocos minutos.
Eloy terminaría en la habitación de Nadia, Alan en la de Claudia, y ojalá que Jon apareciera por la de Eva.
Ellos iban a darme más trabajo extra, aunque tenía que hablar con ellos porque lo mismo habían hecho algún avance y no me había enterado.
Sonreí pensando en ello, mientras cerraba la puerta de mi habitación.
Encendí la luz y solté un suspiro. Mientras me dirigía al baño, pensé que estaría genial que Maya entrara en la habitación de Lucas. Eso no lo ponía muy en duda, o tal vez sucedía al revés, porque desde que estábamos aquí las miraditas y los piques entre ellos habían sido constantes.
Piques de los buenos, de los que se notaba la tensión de la atracción entre ellos.
Siendo la última noche, todo podía pasar y estaba segura de que mi amiga no desaprovecharía la oportunidad.