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Capítulo 30

Gael

—A la mierda la espera —susurré.

Lía soltó un pequeño grito cuando, de un movimiento rápido, la agarré de la cintura y rodé con ella en la cama.

Me quedé sobre ella, con nuestros cuerpos en contacto.

Estaba preciosa con los ojos brillantes y las pupilas dilatadas, con las mejillas sonrosadas y los labios entreabiertos y enrojecidos todavía por nuestros besos.

La agarré de la mano con la que se había tocado y la acerqué a mi boca. Ella tragó con dificultad cuando, uno a uno, le chupé los dedos.

—Intenta no gritar muy alto. —Me referí al grito que acababa de dar y asintió—. No queremos más interrupciones, ¿verdad?

—No —contestó con un susurro.

—Vamos a evitar que alguno de tus amigos entre de golpe para asegurarse de que todo está bien contigo.

—Todo está más que bien.

Al decirlo, subió las piernas y me rodeó la cintura con ellas. De esa manera nuestros cuerpos se pegaron más y solté un jadeo tembloroso, al contacto de mi miembro con su sexo.

—Joder… —Siseé, apretando la mandíbula—. Se siente tan jodidamente bien.

Sacudí la cabeza y me permití unos segundos disfrutando de esa manera, mientras deslizaba el glande por toda su zona íntima. Lía jadeó, apretándose más a mí, intentando que entrara en su abertura cuando pasaba cerca.

Lo hacía inconscientemente, por la necesidad que sentía, pero no iba a hacerle eso porque sabía que con la mente fría se arrepentiría. Ambos lo haríamos y no era lo que quería que recordáramos de este encuentro.

Me separé de ella lo suficiente para alargar la mano. Alcancé la tira de los sobres con los preservativos que no me paré a separar cuando decidí en mi habitación venir a la de Lía, y arranqué uno.

Tuve que apartarme más para colocármelo y cuando lo hice, volví a unirme al calor de su cuerpo. Continué con la misma tarea, entreteniéndome en mojar bien el preservativo con sus fluidos, mientras repartía besos por su cuello, hombro y mandíbula.

Los jadeos de Lía eran la puñetera melodía perfecta mezclada con la lluvia que no paraba de caer en el exterior.

La pillé desprevenida cuando, sin darle ningún aviso que la preparara, empujé dentro de ella con fuerza. Ambos gemimos y el sonido quedó amortiguado en nuestras bocas porque la besé con ese fin.

Me quedé quieto, enterrando hasta el fondo en su interior, mientras nos besábamos con la necesidad que latía en nuestros cuerpos.

Ya habíamos tenido demasiada contención por un día, por lo que comencé a moverme. Primero despacio, y poco a poco fui aumentando el ritmo y la intensidad.

Lía hizo fuerza con sus piernas en mi cintura, aguantando cada embestida dura y profunda. Me acogía que era una maravilla. La sensación podía llevarme a perder la puñetera cabeza por completo.

No quería salir de su interior, perder su calor y el contacto tan íntimo. No quería que este momento se terminara nunca, pero mi cuerpo y, sobre todo, mi miembro, no estaban por la labor de colaborar.

No pude evitar tomar un ritmo frenético en el que llegamos a punto en el que nos costaba respirar. Nuestros sexos chocaban de una manera gloriosa y el sonido se unía a todos los demás, envolviéndonos en una burbuja de placer y bienestar.

Supe el momento exacto en el que Lía llegaba al orgasmo. Se dejó llevar entre mis brazos, mientras con mis movimientos se lo alargaba.

Acallé sus gemidos y gritos besándola, y cuando se tranquilizó, quedándose floja sobre la cama, aumenté todavía más la velocidad.

No tardé mucho en liberarme también, con la cara enterrada en su cuello.

Me estremecí al sentir sus caricias en la espalda y cerré los ojos, disfrutando de una sensación que nunca me permitía vivir.

Cuando tenía sexo, no era muy dado a las caricias y los mimos. De hecho, nunca dejaba que sucedieran. A ver, tampoco era grosero, pero me quedaba el tiempo justo junto a la persona para que no se sintiera mal.

Pero con Lía todo parecía ser diferente, desde la primera vez que la vi.

Me quedé recostado un poco en ella, sin fuerzas para moverme. Que siguiera con sus caricias no me ayudó para cambiar de postura.

—¿Estás bien? —me preguntó con la voz soñolienta.

Sonreí de medio lado y entonces sí, me obligué a separarme de ella para mirarla a la cara.

Tenía los ojos entrecerrados, con los párpados pesados. Me salió darle un beso en la punta de la nariz porque me regaló una imagen preciosa de ella. No pude resistirme.

Retrocedí saliendo de su interior y me dejé caer a su lado unos segundos.

—Estoy tan bien que me cuesta moverme —contesté, provocándole una bonita sonrisa.

—A mí también me cuesta —suspiró.

Esa fue la señal para activarme, antes de que cogiera frío. Me levanté de la cama y la subí hasta que su cabeza tocó la almohada. Con la acción nos habíamos desplazado bastante hacia abajo.

Coloqué bien el nórdico y lo estiré en la cama, cubriéndola con él. Lía soltó un suspiro con los ojos cerrados.

Me la quedé mirando durante no sabría decir cuánto tiempo. Me costó moverme para ir al baño. En él me quité el preservativo y me aseé. Al terminar, regresé junto a ella y comencé a ponerme toda la ropa.

Cuando me faltó solo irme, no pude hacerlo tan rápido como pretendía. Respiré profundo antes de subirme a la cama y quedarme encima del nórdico.

Me senté con la espalda apoyada en el cabecero, sin dejar de observar a Lía. Ella, al notar mi presencia de nuevo al lado, se giró hacia mí y pasó un brazo por encima de mis piernas.

Me sorprendí a mí mismo al pensar que me habría encantado estar tumbado para que su brazo estuviera sobre mi pecho en este instante, y su mejilla colocada también sobre mi piel. El problema era que, si me bajaba por la cama para hacerlo realidad, sabía que no conseguiría alejarme de Lía.

Le retiré un mechón de la cara y durante unos minutos, quizás más, esperé a encontrar las ganas y el valor de salir de la cama para alejarme de ella.

Cuando lo conseguí, me moví despacio para no despertarla. Me bajé de la cama y me aseguré de dejarla bien tapada. Lía agarró el nórdico y se lo llevó al cuello, al faltarle mi calor y contacto.

Apreté la mandíbula, antes de girarme y darle la espalda. Cogí las zapatillas de estar por casa que me puse al llegar de la excursión y ducharme, y caminé descalzo hacia la puerta de la habitación.

Agarrando el pomo y después de girarlo, miré por encima del hombro a Lía. No se había movido, continuaba en la misma postura.

Abrí y la dejé sola, cerrando con cuidado. El pasillo estaba solitario y en silencio, de esa manera lo recorrí hasta mi habitación. En cuanto entré, dejé caer las zapatillas en el suelo y me tumbé en la cama bocarriba, sin molestarme en apartar el nórdico.

Estaba en la habitación que fue mía desde la primera vez que me trajeron mis padres a la casa.

Y daba la casualidad de que Lía había ocupado la que fue mi habitación de juegos, una a la que siempre le tuve mucho cariño y que, con el tiempo, al hacerme yo mayor, fue convirtiéndose en otras cosas, hasta que pasó a ser una habitación más.

Dirigí la mirada hacia la ventana, cuando fuera se iluminó por un relámpago.

Después de eso cerré los ojos e intenté relajarme solo. Lo que siempre conseguía rápido, esta vez me costó demasiado.

Me sentía inquieto, como si no estuviera donde debía estar. Tuve que retener las ganas que me impulsaban para volver junto a Lía y para ello terminé metiéndome debajo del nórdico.

No me paré ni a quitarme la ropa, por lo que terminaría sudando. Me dio igual porque, como me moviera más saldría de mi habitación para volver a la de Lía.

Cuando estaba consiguiendo tranquilizarme y volver a la normalidad que conocía, mi móvil vibró en la mesita de noche.

Soltando un bufido, alargué la mano para cogerlo y al leer el mensaje que acababa de llegarme, mis peores pensamientos se hicieron realidad.

Me incorporé de golpe, quedándome sentado en la cama. No pude quedarme quieto, por lo que me levanté de un salto y me acerqué a la ventana.

La abrí, sin importarme que el agua entrara dentro. Las gotas daban en mi cuerpo y comenzaron a mojarme, pero también me dio igual, mientras en mi cabeza se repetía el mensaje de mi jefe y mis palabras: otra vez no.

Como si el destino jugara conmigo, me quitaba lo que había conseguido. Al menos de manera provisional, lo que era lo suficientemente importante como para hacerme desesperar.

Me pasé las manos por el pelo, con la vista perdida en la negrura del exterior. Y tuve claro lo que hacer, aunque fuera en contra de todo lo que había luchado hasta este momento.

Tomé una decisión definitiva que me llevaría a alejarme igualmente, pero que protegería a los míos.