No debí hacer match contigo Capítulo 44. Sedrik
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Capítulo 44. Sedrik

Sedrik

Preparo el desayuno en mi cocina. Ayer intentamos ver la tele, pero acabamos en su cama de nuevo, esta vez con ella encima montándome. La cama no resistió el peso de los dos de nuevo y se destrozó.

Por suerte, se destrozó tras el segundo orgasmo más alucinante de mi vida, tercero si cuento el del otro día con su boca rodeando mi polla. Aunque he perdido la cuenta de todos los que he tenido pensando en ella.

Nos dimos una ducha rápida y le propuse venir a mi casa. No se lo pensó dos veces y vinimos andando a altas horas, entre besos y abrazos para entrar en calor. No hemos dormido mucho, por eso ella sigue dormida y yo he hecho el esfuerzo de levantarme y preparar algo de comer.

En realidad, la culpa no me deja dormir.

Le he dicho que conozco a un amigo que tiene una cama de sobra y la van a llevar a su casa mientras ella está en la mía.

Es mentira. Le he comprado una cama y un sofá.

Odio mentirle. No me gusta, pero tampoco me gusta ser quien no soy.

Y más tras ver ayer a Salma. Me ha escrito a primera hora para decirme que tiene algo importante que comunicarme, seguramente será que quiere más dinero, y más ahora que sabe que Belisa me importa.

Por eso nos miraba; sabe que esta mujer es importante para mí.

Odio esta presión, este miedo. Esta angustia de revivir lo mismo, de estarme equivocando con Belisa, cuando ella es toda luz. Estoy muy jodido. Ayer lo vi. Porque si no lo estuviera, le diría la verdad.

—Huele de maravilla. —Belisa se acerca a la cocina y al llegar me abraza, como si fuera lo más natural del mundo—. Buenos días. —La beso lentamente hasta que emite un ronroneo. Me encantan sus ruiditos.

—Buenos.

—Podría acostumbrarme a esto.

No lleva nada de maquillaje y puedo ver sus pecas. Me he fijado en que su pelo castaño cuando le da el sol es más cobrizo. Es como si cada día descubriera algo nuevo de ella. No sé en qué momento se miró y no se vio preciosa.

Nos sentamos a comer y miro mi camiseta en su menudo cuerpo.

Verla con mi ropa me pone mucho. Seguimos comiendo.

Intento dejarla comer, pero es complicado al verla gemir por la comida y relamerse los dedos.

Llevo años en la cafetería y nunca he experimentado este placer al ver a alguien tomar algo mío.

Al final, cuando se chupa el chocolate de los dedos, no puedo más y tiro de ella.

—¡Eh, que tengo hambre!

—Yo también. —La subo a la isla de la cocina y aparto los platos.

Busco su boca. Se frota contra mi cuerpo.

Siempre me ha gustado el sexo, pero tras un primer asalto no tenía necesidad de más.

Con ella no me canso, quiero empaparme de cada curva.

De cada ruido, de cada mirada vidriosa que me lanza antes de correrse.

Me encanta la cara que pone antes de llegar al orgasmo.

Es una mezcla entre placer y tortura. Con Salma, con una vez cada varios días todo estaba bien, pero con Belisa no puedo apartar mis manos de ella, ahora que sé lo bien que encajamos.

Meto la cabeza entre sus pechos tras quitarle mi camiseta y ver sus senos, cremosos y sonrojados en la punta. Ya están fruncidos y cuando paso la mano por ellos se endurecen aún más.

Llevo uno de ellos a mi boca y lo saboreo. La miro y sus ojos parecen brillar por el deseo.

Tiro de uno y luego de otro y se me ocurre la idea de coger chocolate de las tortitas y llevarlo a sus puntas. Lo dejo ahí y luego lo lamo sin dejar gota alguna.

—Este desayuno sí me gusta. —Llevo el chocolate a su boca y la beso lamiendo el dulce de sus labios.

Luego tiro de su tanga y la dejo desnuda sobre la isla.

Abro sus piernas. Me mira a la espera de saber qué pienso hacer.

Dejo caer el sirope de chocolate en su sexo.

El frío le hace pegar un bote. Beso sus cremosos muslos antes de dejar mi lengua en su sexo y lamer el dulce entre sus pliegues suaves y rosados. Quiero más.

Devoro su sexo mientras, descarada, se restriega contra mí y tira de mi pelo. Suplica más mientras meto la lengua en su sexo y bebo de su cuerpo. La miro, sonrojada, con el pelo enmarcando su cara, esos ojos en los que me encanta perderme y su dientes tirando de su labio mientras jadea.

Meto los dedos dentro de ella para acompañar las lametadas de mi lengua en sus zonas más erógenas. Entro y saco los dedos con fuerza mientras el orgasmo se anida en su sexo. Sus pezones se ponen más duros.

—Me encanta tenerte así.

—¿Así como?

—Cachonda, mojada, abierta a mí. —Lamo su sexo de arriba abajo—. Tira de tus pezones.

Ronronea cuando la lamo de nuevo y lleva su mano a sus pezones. Tira de ellos mientras la miro entre sus piernas. Cierra las piernas por el placer, sonrío y meto los dedos más hondo.

—Eran tres. —Me río y meto uno más—. Los tuyos me gustan más.

Meto y saco los dedos mientras me suplica correrse. No le doy ese placer. Cuando está a punto, me detengo y la tiento con mi boca antes de empezar de cero.

—Sedrik —suplica, sonrojada y mojada por el sudor.

—¿Quieres correrte en mi boca?

—¡Sí!

—Hazlo. —Lamo su sexo tras sacar los dedos y meto la lengua todo lo que puedo en su vagina. La follo con ella mientras su cuerpo se mueve contra mí. Toco su clítoris. Echa el cuerpo atrás cuando se corre en mi boca.

Disfruto de su placer con mi lengua y luego la beso. Para que se saboree.

Acabamos en mi cama de nuevo teniendo sexo del bueno, del que te deja saciado y a la vez ansías más.

Su cuerpo es muy estrecho. Pero no quiero correrme antes que ella. Por eso la pongo sobre mí y dejo que lleve el control. Sube y baja su cuerpo apoyando las manos en mi torso. Pongo una de las mías en las suyas y otra en sus tetas. No me canso de tocarlas. Son perfectas.

No deja de moverse hasta que se corre y la sigo. Cae sobre mí agotada.

—No puedo más. —Me río y la abrazo.

Al poco se queda dormida. Yo no. De nuevo tengo miedo de que todo esto se estropee, sobre todo por lo mucho que callo. O que se lo cargue Salma, porque aceptando sus chantajes le doy demasiado poder a esa mujer que nunca quiso mi bien.

* * *

Recibo un mensaje de Salma en el que me anuncia que el lunes, a primera hora, me enviará a su abogado. Nunca pensé que llegaría tan lejos, que fuera tan cabrona…

De nuevo, me he equivocado con ella.

¿En qué más me he equivocado?