Capítulo 42. Belisa
Belisa
Estoy agotada. Tras una semana horrible, llego al viernes de milagro.
Sedrik me ha dicho que me esperaba en la cafetería cuando acabara, y me traje ropa para cambiarme en el aseo para nuestra cena, Portia me mandó varios vestidos suyos y me he decidido por uno de tirantes blanco con topitos de flores, es elegante y no muy de fiesta.
He estado haciendo horas extras que ni sé si me van a pagar; dicen que sí, ya veremos luego.
Nunca me han pagado de más. Un día, Defin me dijo que si hacía horas de más era porque yo quería.
Claro, quería porque no llegaba a mi trabajo con las ocho horas diarias y sin ayuda.
No he visto a Sedrik en varios días. Se fue a casa de sus padres a ayudar a su padre con una máquina de café nueva.
Me mandó fotos de la cafetería, de él, y yo también de mí.
Elio o Lavi me han subido comida cada día.
Y hasta cena preparada. Es todo cosa de Sedrik.
Odia mis sopas de sobre y sabe que estoy llegando tarde porque, a pesar de que Defin todo lo está modificando con la IA, yo quiero dejarme la piel y demostrar que soy mejor que ella.
Ya lista, salgo del trabajo y me marcho hasta la cafetería, nerviosa por verlo.
La persiana está medio bajada, entro y llamo a Sedrik.
Lo encuentro en la cocina metiendo galletas en el congelador. Se gira a mirarme y me regala una de esas sonrisas que me encantaría atrapar entre mis dientes. Luego devora mi vestido. Él lleva un traje de chaqueta, aunque se ha quitado la chaqueta y la corbata.
—Estás preciosa. —Se acerca y coge la corbata. Lo veo ponérsela deseando que me ate con ella—. Si me miras así, mando la cena a la mierda.
—Tal vez quiera pasar directamente al postre. —Su mirada se hace hambrienta.
—Gunther no me perdonaría que lo dejase tirado. Si no fuera por eso, te llevaría a mi casa.
—¿Es una promesa? —Lo ayudo a atarse la corbata—. No quiero que huyas más de mí. De lo que te hago sentir.
Su mirada absorbe la mía.
—Es una promesa, sí. —Se acerca y me deja un leve beso en los labios. Luego mete las manos bajo mi falda y toca mi liguero. Llevo unas medias transparentes atadas a él—. No sabes cómo me excitas toda tú.
Sus ojos dorados están hambrientos. Saber que le gusta tanto cómo soy solo me da alas para no cambiar nunca y ser siempre yo misma a su lado.
—Vámonos. —Deja otro beso en mi boca y se separa para ponerse la chaqueta mientras yo aprieto las piernas para contener mi deseo.
Vamos hasta su coche tras cerrar el local.
No puedo dejar de mirarlo. De acercarme a él.
Quiero sentirlo un poquito. Robarle una caricia y recordar lo que fue sentir sus manos por mi cuerpo.
Abre la puerta y no se aparta cuando entro.
Sus caricias me hacen gemir. Sobre todo cuando acaricia mi cuello tras apartar mi pelo, antes de que entre.
La promesa de un luego más ardiente creo que hará que no pueda concentrarme en esta cena.
Conduce hasta una pizzería nueva que han abierto. Bajamos y vamos hasta la puerta, donde nos espera Gunther nervioso.
—Está aquí —dice cuando ve a Sedrik, y sé que se refiere a Salma—. No sé cómo cojones ha conseguido saber que estarías aquí. O que vendrías. Esta mujer parece tener espías en todos lados.
—Pensaba que esta cena era para ti solo.
—No, han decidido meter a más influencers y, bueno, ella y su marido lo son.
Miro hacia dentro. El lugar parece muy bonito, sacado de la Toscana italiana. Me alzo para murmurarle a Sedrik al oído:
—Tú solo piensa en el postre. —Cojo su mano y su mirada se posa en mi boca.
Asiente y entramos con Gunther, que parece aliviado.
El metre nos pone en la mejor mesa. Sedrik le dice a Gunther que no lo saque, pero a mí no me importa, por eso me pongo en medio de los dos.
Veo al fondo a Salma, que nos fulmina con la mirada.
Sedrik no la mira y pienso si es porque le duele verla con su marido.
Nos traen aperitivos y Gunther habla de ellos y luego me graba.
—¿Qué te parecen?
—Me encanta la explosión en mi boca de las esferificaciones.
—Sí, ese toque de remolacha explotando en boca es bueno.
Lamo mis labios y cuando me giro a mirar a Sedrik, veo que está siguiendo los movimientos de mi lengua.
—Vas a conseguir que todos los que vean el vídeo se exciten —me dice cuando la cámara deja de grabar.
Hoy no lo graba Gunther, sino un hombre que está tomando fotos y planos de todos con su cámara. Algo más profesional.
—¿Y eso te molesta? —le pregunto coqueta.
—No, si solo piensas en mí entre tus piernas. —Agitada, lo miro. Luego miro a Salma—. No te digo esto porque esté ella mirando.
—No para de mirarnos.
—Ignórala.
—¿Lo haces tú?
—Yo no puedo, pero no por los motivos que crees. —Acaricia mi mano, puesta sobre mi pierna—. Es complicado.
—Me gustaría saberlo.
—Lo sé. —Sus dedos suben hasta cerca de mi sexo. Nos traen más comida y la miro—. Sigue disfrutando de la comida —susurra en mi oído—, como yo disfruto imaginando todo lo que le haré luego a esa boquita tuya.
Nos miramos con tanta intensidad que Gunther nos dice entre risas que nos cortemos.
Pruebo varias cosas con él y cuando traen la pizza hasta me chupo los dedos.
Qué delicia, por favor. Miro a Sedrik, que solo me observa.
Su mirada está cargada de promesas que quiero que se hagan realidad.
Dios, cómo me gusta este hombre. Me pone a cien.
Es tan sexi que me pasaría horas perdida en él.
El postre nos dicen que lo tomaremos en la terraza. Salimos hacia ella y Salma se nos acerca. Hace amago de darme dos besos, pero me mantengo al lado de Sedrik con los dedos entrelazados con los suyos. Él está tenso, muy tenso, y su mirada es fría.
—Y yo que pensaba que esta historia ya se habría acabado. —Me mira de arriba abajo con repulsa—. Al menos, hoy estás medio decente.
—Algo que tú no puedes decir —le responde Sedrik—. Si ya has acabado, mejor nos libras de tu presencia.
—Como quieras, ya tendrás noticias mías.
Salma y su marido se alejan. Sedrik está tenso, agitado, y Gunther me hace señas para que lo saque de aquí. Nos despedimos y andamos hasta su coche. Cuando entramos, me pongo sobre él.
—No le des tanto poder. —Sus manos se clavan en mis caderas—. ¿Te hago olvidar?
—Sí, por favor —me suplica.
Lo beso como he ansiado hacer durante toda la cena. Meto las manos entre su pelo y devoro su boca mientras mi cuerpo se mece contra el suyo, duro y fibroso. Tiro de su corbata y la pongo en mi cuello.
—Ella no está aquí y conmigo puedes hacer lo que quieras. —Mete una mano bajo mi falda y tira de mis ligueros antes de llegar a mi sexo y tocarlo levemente.
—¿Eso deseas?
—Sí. —Pasa los dedos por mi sexo.
—Me encanta lo rápido que te mojas por mí…, pero este no es lugar. Vamos a tu casa.
Regreso a mi sitio y me pongo el cinturón. El viaje se me hace muy largo por las ganas que tengo de seguir donde lo hemos dejado. Esta noche pienso ser suya, y ambos lo sabemos. No hay vuelta atrás; no pienso pensar en Salma, ni en si la ama.