Capítulo 29. Belisa
Belisa
Llego al trabajo con el tiempo justo y ni me molesto en coger cafés de la máquina, pero cuando me siento veo en mi mesa una bolsa de RHC y sé que esto es cosa de Mocca.
La ha mandado para mí. No sé quién es, pero la forma en que me cuida me cala por dentro.
No recuerdo la última vez que alguien me cuidó así sin ser Portia o mi tía.
Porque cada vez siento más lejos a Nela, a veces hasta me resulta raro hablar en el chat de las tres, porque ella no comparte nada de su vida, apenas sabemos nada de lo que hace salvo que está estresada, y eso al final cansa.
Al ver la bolsa me doy cuenta de lo sola que en realidad he estado siempre.
Aprendí demasiado joven a cuidarme a mí misma con las películas románticas como única compañía.
Tal vez por eso me conformé con las migajas.
Me hago una foto con la bolsa y se la mando a Mocca.
Escucho a Defin acercarse y en cuanto llega a mi mesa tira una carpeta.
—Esto es un informe de todo lo que ChatGPT ha hecho, y, como puedes ver, es brillante. No, no podemos usarlo si queremos ser serios, pero, o mejoras esto, o estás en la calle. ¿He sido lo suficientemente claro?
—¿Eres consciente de que yo no soy una máquina?
—Pues tal vez deberías, si quieres seguir viviendo en esta ciudad… O siempre puedes irte a casa de tus padres a ponerte cientos de películas estúpidas sobre el amor.
Lo miro con tanto odio que no sé como no se le vuela la cabeza por los dardos de mis ojos.
Se da media vuelta y se va. Tomo aire. Contengo la rabia y el dolor. Luego miro los informes de la IA y son buenos; tengo que competir con una máquina que lo sabe todo. Defin prueba su eficiencia haciendo que otros hagan su trabajo. Lo que les faltaba a los vagos con la IA.
* * *
A la hora de la comida me llega un mensajero con comida deliciosa. La disfruto en mi mesa de trabajo sin poder tomarme un descanso. Cuando salgo de trabajar es tarde y voy corriendo a mi casa con el tiempo justo de cambiarme y hacer algo con mi pelo.
Llamo a Portia mientras me arreglo el pelo.
A Nela la doy por perdida; no ha dicho nada en todo el día sobre mi cita.
Al final eso cansa, no puedo ir detrás de alguien que siempre parece vivir en otro mundo.
Con decir «os quiero, chicas» una vez al mes ya está todo arreglado.
Pero ahora que estoy viviendo este caos en mi vida, no tenerla me hace preguntarme si en verdad la tenía antes o solo dejé pasar todas las veces que la necesité y no estaba.
Y no creo que esto sea algo malo. Crecer a veces es aceptar que tus mejores amigos un día solo serán conocidos a los que nunca vas a dejar de querer.
El problema es que no me siento cómoda hablando con ella si a todo lo que digo no le da la importancia de leerlo. No sé cómo acabará esto.
—Déjate la mitad del pelo suelto.
—Sí, me voy a hacer un medio recogido. Voy con el tiempo justo.
—Eso por culpa de Defin.
—No me lo recuerdes. Me está explotando y no me sale otra cosa.
—No tienes que irte a casa de tus padres. Vente a mi casa si decides romper con todo. Mi compañera de piso se va, no sé cuándo pero se va, y mientras podemos comprar una cama hinchable para ponerla en mi cuarto.
—Mira, ahora mismo no descarto nada.
Termino de arreglarme y cuando me visto me miro al espejo con dudas. El vestido es de tonos verdes. Sencillo, si no fuera porque es un verde llamativo. De golpe me miro al espejo y me siento fuera de lugar. ¿Qué narices estoy haciendo?
Las dudas, los miedos y los prejuicios me exprimen el corazón hasta dejarlo sin aire.
Al mirarme recuerdo la noche de mi graduación.
Estaba lista. Esperando al chico que había quedado en llevarme.
Llevaba enamorada de él desde Primero. Mi tía me hacía fotos.
Mis padres estaban muy ocupados con la tienda.
Pero ahí estaba mi tía con la cámara de fotos.
La puerta se abrió y mi cita llegó. Era como vivir un sueño.
Al fin era la protagonista de mi propia historia de amor.
Llegamos a la fiesta de la mano. Me sentía flotar. No recordaba un momento de mi vida más feliz. Nos pusimos a bailar cerca de las gradas y… me tiraron un cubo de restos de comida y agua.
Lo peor es que eso también parecía sacado de una película, pero era real. Las risas. Las fotos y la humillación.
—¿De verdad esperabas que yo, entre todas las personas, te eligiera a ti?
Ahora me doy cuenta de que fue el momento en que dejé de aspirar a hombres de diez y me conformé con sapos mediocres. Llamo a Portia.
—No puedo hacerlo.
—Puedes hacerlo. Así que no dejes de hablarme. ¿Has pedido un Uber?
—No tengo dinero ni para café. —Me río y tomo aire—. Voy en metro.
—Una entrada elegante. Vamos, estoy contigo, y, por favor, dime que te has puesto ropa interior sexi.
—Por supuesto.
Salgo de mi casa sin dejar de hablar con ella. Y cuando salgo del portal veo un coche negro con un hombre al lado.
—¿B26? —me dice el hombre.
—¿Debería salir corriendo porque Mocca sepa la dirección de mi casa?
—Sí, claro…, o lo mismo es tu casero.
Voy a salir corriendo cuando la puerta se abre y sale un hombre. Miro sus relucientes zapatos mientras le digo a Portia que Mocca está en el coche. Mi amiga grita y dice que si doy la señal llama a la policía.
Trago nerviosa mientras Mocca sale del coche. Y cuando lo hace se me cae el móvil por la impresión. No puede ser.
Mocca no puede ser Sedrik.