No debí hacer match contigo Capítulo 4. Belisa
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Capítulo 4. Belisa

Belisa

Al fin van a abrir RHC. Llego casi corriendo, ansiosa por pedirme un mocca y saber si está tan delicioso como dice todo el mundo.

Entro, y el ambiente huele a café, a mantequilla caliente y a canela.

Se me está haciendo la boca agua y no sé qué pedirme para acompañar mi café.

Miro la vitrina cuando me pongo en la cola.

Quiero un poco de todo. Pero mi economía piensa otra cosa.

Me acerco peligrosamente a números rojos.

Dudo entre la tarta de queso, la berlina glaseada, las galletas… Joder, lo quiero todo.

—Hola, ¿qué te pongo? —Alzo la mirada y me encuentro con un hombre muy sexi, pero sexi de verdad.

Lleva el pelo oscuro sobre la frente. Despeinado con ese aire de alguien que no se pasa horas arreglándose, pero sabe que, con lo que se haga, será un mojabragas. Sus ojos son dorados. De un dorado intenso. Seguro que según la luz cambian de color.

Tras verlo ya sé que lo que quiero no está en las vitrinas.

Nos miramos a los ojos y pierde la sonrisa, como si no le gustara lo que ve tras un leve escrutinio. Es solo un segundo antes de que sonría de nuevo, recordando que debe ser amable. ¿Lo habré imaginado?

—¿Perdona?

—Eh…, hola… Un café mocca , con extra de chocolate y nata. —Lo anota y me mira con sus intensos ojos dorados bajo esas pestañas negras—. Eh…, ¿me puedes recomendar algo para acompañarlo? Es que lo quiero todo.

—Es para hoy —dice el de detrás.

Noto como me avergüenzo y me hago pequeña. Esto me pasa siempre y lo odio. Tomo aire mientras el barista lo fulmina con la mirada y yo pienso rápido qué quiero.

—Una galleta —digo, y le tiendo un billete.

—Invita la casa. —El hombre me tiende un tique—. Eres la clienta cien de esta mañana.

—¡Anda! Así da gusto empezar el día. —Sonríe y me recuerdo no mirarlo embobada.

De golpe noto algo en sus ojos dorados que no sé cómo identificar. Al final me dice que busque sitio y que ahora me llevan el pedido antes de seguir con los siguientes clientes.

Vale, mejor dejar de ver cosas donde no las hay.

Envío fotos a mis amigas, pero solo las ve Portia. Como siempre.

Conocí a Portia y a Nela en la universidad. Compartía cuarto con ellas y, aunque al principio las tres estábamos muy perdidas, luego nos hicimos inseparables. Al acabar la universidad, cada una siguió su camino. Pero estamos siempre ahí para las otras.

Yo seguí mi sueño de venir a la gran ciudad, y tener un buen trabajo y una casa increíble, aunque de momento solo son sueños. Pero vivo aquí, y todo podría ser peor.

Miro el móvil, me quito la chaqueta y la dejo en la otra silla libre.

Dejo a la vista mi jersey fino de color rosa palo.

Me gusta porque se me ajusta a la cintura y con los vaqueros de talle alto que llevo queda muy elegante.

Aunque, para estar todo el día metida en mi trabajo, no sé por qué me arreglo tanto.

Me hago varias fotos para cambiar la de la app de citas. Retoco mi pelo corto castaño sobre los hombros y poso coqueta. Las miro: parezco, en vez de coqueta, idiota. Hago varias más antes de sentir que alguien se me acerca.

—Tu pedido —me dice el hombre de antes, el de los ojos dorados—. Las galletas están recién hechas.

—Oh, eso me encanta. —Lo miro sonriente y él mira mi móvil, que he dejado abierto por el perfil de la app de citas—. Ah…, bueno, estoy buscando el amor.

—En una app de sexo. —Es sincero y directo. Sonríe de medio lado.

—Bueno, sí. Te debo de parecer idiota —me muerdo el labio inferior—, pero es que nadie sabe dónde encontrará al gran amor de su vida.

—No, nunca se sabe. —Me mira intensamente y se marcha, y yo no sé muy bien qué acaba de pasar aquí.

Vale, esto ha sido raro. Lo miro más de lo que debería y lo peor es que me pilla cuando entra tras la barra. Lo saludo con la mano como una pava, como si no acabara de verlo.

Ese hombre sería mi tipo. Pero ese hombre nunca repararía en mí.

Por eso ni lo tengo en cuenta. Soy realista. Busco el amor, pero no jugamos en la misma liga. He tenido las suficientes parejas como para saber qué tipos de hombre se sienten atraídos por alguien como yo. Y hombres como ese, ni uno. No quiero sufrir más de lo que ya sufro buscando el amor.

Por eso lo miro trabajar, me alegro la vista y me conformo con alguien que al menos se quede en mi vida lo suficiente para darme una oportunidad.

Miro el café y lo pruebo lentamente. Primero sin azúcar. Está delicioso. Me hago una foto para redes. Para que mis veinte seguidores me miren tomarme un café.

Cojo trozos de la galleta. Me gusta comerme las galletas espizcando trocitos y me dejo lo mejor para el final. Por eso me jode mucho que llegue el tonto de turno y me robe el mejor trozo. La comida no se comparte. Que me pongan la etiqueta de mala persona si quieren.

Alzo la mirada y pillo al camarero mirándome. Le enseño los dientes con una sonrisa.

—¡Delicioso! —grito, y la gente me mira.

Vale. Mejor agachar la cabeza… y disfrutar de esto sin llamar la atención.

Al irme le dejo una nota de la libreta que llevo en mi bolso, con un dibujo de un chibi suyo y un mensaje: «Volveré».

Le he dejado de propina lo que cuesta el café y la galleta, por majo. Y ya en mi puesto, le dejo una buena nota y fotos en redes. Pongo que el empleado me atendió muy bien. Listo. Seguro que al dueño una reseña no le importa, pero yo soy feliz siendo yo misma.

Y que les den a todos a los que les molesta mi gran sonrisa.

¡A trabajar!