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Chapter 25

El proceso de donación, según le explicó Rosa la primera vez que se sentaron a formalizarlo, no era tan sencillo como Elena había imaginado.

Hacía falta redactar una memoria de procedencia completa, catalogar cada documento según las normas internacionales de descripción archivística, y establecer las condiciones de acceso que Elena quisiera fijar para el fondo, en caso de que hubiera partes que prefiriera mantener restringidas por un tiempo determinado.

—Es tu propia investigación, al fin y al cabo —le dijo Rosa, sentadas ambas en la sala de trabajo del archivo, con los tres cuadernos originales entre ellas, digitalizados ya página por página con el escáner profesional que Elena tan bien conocía de su propio trabajo—.

Puedes donar solo los cuadernos, o puedes donar también todo el trabajo de reconstrucción que has hecho tú misma: las notas, las cartas de la aseguradora, la correspondencia con Ismael, con Marta.

Eso también es, en cierto modo, un documento histórico.

—¿Tiene sentido hacerlo así? No sé si mi propia investigación cuenta como algo que merezca conservarse.

—Elena, llevas quince años trabajando en un archivo.

Sabes mejor que nadie que la mayoría de lo que se conserva no se conservó porque en su momento pareciera importante.

Se conservó porque alguien decidió que podía llegar a serlo.

Tu expediente es exactamente eso: la reconstrucción completa, documentada y verificable, de cómo un dato administrativo atravesó un siglo entero cambiando de manos.

Si algún día alguien más se encuentra con un código parecido al tuyo, aplicado a su propia vida sin que nadie se lo sepa explicar, este fondo le va a ahorrar meses de trabajo.

—¿Y si nadie lo consulta nunca? A veces pienso en todos esos fondos que catalogo yo misma en el archivo municipal y que llevan décadas sin que nadie pida verlos.

Rosa se encogió de hombros, con la calma de quien lleva media vida conviviendo con esa misma incertidumbre.

—Puede que pase eso, sí. O puede que dentro de treinta años alguien con un problema parecido al tuyo llegue hasta aquí buscando exactamente lo que tú vas a dejar escrito. Nuestro trabajo nunca ha sido garantizar que se use. Es solo garantizar que, si hace falta, esté.

Elena aceptó, y pasó las semanas siguientes, en sus ratos libres, redactando la memoria de procedencia con el mismo rigor que aplicaba a cualquier informe profesional, estableciendo el orden cronológico de los documentos, anotando las fuentes orales —las conversaciones con Consuelo, con Fermín Otazu, con Ismael, con Marta— con la misma disciplina de atribución que exigía a cualquier investigador que consultara el archivo municipal, distinguiendo siempre entre lo que cada fuente afirmaba haber vivido y lo que solo especulaba a partir de fragmentos ajenos.

Le llevó más tiempo del que había calculado al principio: cada vez que releía una entrada, encontraba algún matiz que le parecía necesario precisar, alguna fecha que convenía verificar de nuevo contra el registro civil, algún nombre que había escrito de memoria y que ahora quería confirmar contra el documento original antes de darlo por bueno.

Diego, que la veía trabajar algunas noches hasta tarde en la mesa del salón, le preguntó una vez si no le parecía que estaba siendo excesivamente meticulosa con algo que, al fin y al cabo, nadie iba a revisar con tanto detalle.

—Puede que nadie lo revise nunca con este detalle —le respondió Elena, sin levantar la vista de la pantalla—.

Pero si alguien lo hace, dentro de cincuenta años o de cien, quiero que encuentre exactamente lo que yo hubiera querido encontrar cuando empecé todo esto: los datos, sí, pero también el cuidado con que se reunieron.

·  ·  ·

A mitad del proceso, Elena tuvo que decidir algo que no había previsto: qué hacer con las conversaciones que no tenía documentadas por escrito, solo recordadas de memoria, como la primera visita a Fermín Otazu en la delegación de la calle Colón, o la tarde entera en casa de Ismael antes de que él le entregara el contrato y el listado impreso.

Rosa le explicó que el archivo aceptaba, en fondos de este tipo, "declaraciones del donante" firmadas, un formato pensado precisamente para ese tipo de recuerdo no documental, con la condición de que quedaran señaladas como tales, distintas de los documentos originales, para que ningún investigador futuro las confundiera con una fuente primaria.

—Tienes que firmar cada una, reconociendo que es tu memoria de la conversación y no una transcripción —le explicó Rosa, entregándole un modelo—.

Puede parecer excesivo, pero así, si dentro de treinta años alguien encuentra alguna imprecisión, sabrá que la imprecisión es humana y no un error de catalogación.

Elena pasó una tarde entera redactando aquellas declaraciones, releyendo sus propias notas de la libreta que había llevado durante toda la investigación, y descubrió, en el proceso, que su memoria de algunas conversaciones —la de Fermín, sobre todo— se había ido puliendo con los años hasta parecer más ordenada de lo que probablemente había sido en el momento, con las dudas y las repeticiones ya limadas por tantas veces que la había contado después.

Se esforzó, al escribir, por devolverle a aquella conversación parte de su desorden original, aunque le costara reconocer, delante de un formulario oficial, cuánto de lo que recordaba era ya, en realidad, una versión narrada de sí misma.

—Es más difícil de lo que pensaba —le confesó a Rosa, al entregarle las declaraciones firmadas—. Escribir sobre documentos ajenos toda mi vida me ha enseñado a desconfiar de las fuentes de otros. Pero nunca había tenido que desconfiar tanto de la mía propia.

—Bienvenida al oficio de investigar tu propia vida, Elena. Es el único caso en el que el investigador y la fuente son la misma persona, y por eso mismo es el más difícil de hacer bien.

El fondo quedó registrado, finalmente, en octubre de 2029, un año y siete meses después de aquella mañana de marzo en que Elena había firmado por segunda vez el mismo formulario en la sucursal del Banco Atlántico, con una signatura nueva que Rosa le mostró con cierta solemnidad la tarde en que fueron a comprobar juntas que todo estuviera correctamente catalogado: Fondo Duarte-Bazán.

Valdehierro, 1912-2028. Donación particular.

—Es raro ver mi propio apellido en una signatura de archivo —dijo Elena, mirando la etiqueta impresa en la caja donde se conservaría, a partir de entonces, la copia completa de toda la documentación—. Llevo quince años poniendo signaturas a los apellidos de otras familias.

—Pues ya sabes lo que se siente al otro lado —dijo Rosa, con una sonrisa que no ocultaba del todo cierta emoción genuina—.

Y ahora, cuando alguien pida consultar este fondo dentro de cincuenta años, va a encontrar el cuaderno de un médico rural de 1912.

Y también la reconstrucción completa de todo lo que ese cuaderno provocó, escrita por la persona que finalmente decidió tirar del hilo hasta el final.

—¿Sabes qué es lo que más me sorprende de todo el proceso?

—dijo Elena, sentándose en una de las sillas de la sala de consulta, ya vacía—.

Que llevo quince años trabajando al otro lado de este mostrador, ayudando a la gente a encontrar sus propios orígenes, y nunca había entendido del todo lo que se siente cuando el origen que se busca es el de uno mismo.

Es distinto. Duele de una manera que no esperaba, y también reconforta de una manera que tampoco esperaba, a veces las dos cosas a la vez, en la misma tarde.

—Es lo que siempre les digo a los investigadores que vienen buscando su propia genealogía, aunque casi nunca me creen del todo hasta que lo viven ellos mismos: los archivos no son solo papel.

Son la prueba de que alguien, en algún momento, existió con la suficiente importancia para alguien más como para que se anotara.

Cuando ese alguien eres tú, o tu propia familia, el papel deja de ser un objeto de trabajo y se convierte en otra cosa.

Elena asintió, sin decir nada durante un momento, y se quedó un rato más en la sala de consulta, ya vacía a aquella hora de la tarde, mirando la caja gris con su nueva etiqueta, pensando en Puri Lasso, que había etiquetado a mano, cuarenta y dos años atrás, otra caja con la instrucción de no destruirla sin autorización expresa, sin saber jamás que aquel gesto de prudencia individual sería, décadas después, la razón por la que existía siquiera la posibilidad de que aquella historia se conservara completa en algún lugar.

Pensó que ella misma, al fin y al cabo, no había hecho nada muy distinto: dejar una señal, ordenada y accesible, para quien viniera después.

La misma cosa exacta que Puri, que Bazán, que Marta habían hecho antes que ella, cada uno con las herramientas de su propia época, sin que ninguno hubiera podido ver, desde su propio momento, hasta dónde llegaría aquel gesto.

·  ·  ·

Se lo contó a Diego esa misma noche, ya en la cama, con la luz de la mesilla todavía encendida.

—¿Sabes qué parte me ha costado más de todo el proceso de donación?

—dijo—. No fue reunir los documentos, ni escribir la memoria, ni ninguna de las partes técnicas.

Fue decidir qué contar de mí misma en esa memoria, y qué dejar fuera.

Porque al final, aunque el fondo lleve el nombre de mi bisabuelo, la mitad de lo que hay ahí dentro es también mi propia historia, y tuve que decidir cuánto de eso quería que fuera público para cualquiera que consultara el archivo dentro de cincuenta años.

—¿Y qué decidiste?

—Casi todo. Al final decidí que si mi bisabuelo pudo dejar constancia de sus dudas, de sus miedos, hasta de sus errores, en un cuaderno que no sabía si alguien iba a leer nunca, yo podía hacer lo mismo con mi propia parte de la historia.

Me pareció que ocultarla habría sido, de alguna manera, traicionar el espíritu de todo lo que llevaba dos años aprendiendo de él.

Diego se quedó pensando un momento, ya con los ojos medio cerrados.

—Me parece bien esa decisión. Aunque signifique que dentro de cincuenta años alguien va a leer con detalle lo torpe que fui yo la primera vez que te pregunté algo importante sobre tu familia.

—Nadie va a leer eso con tanto detalle, tranquilo. Pero sí, es posible que alguien sepa algún día que exististe, y que estuviste aquí, en esta historia, aunque solo fuera esperando fuera del tanatorio con el carrito de Aurora. Me parece un final bastante digno para cualquiera, la verdad.

·  ·  ·

Rosa organizó, unas semanas después de completar el registro, una pequeña presentación del fondo para un grupo reducido de investigadores habituales del archivo, algo que no solía hacer con cada donación particular pero que en este caso le pareció justificado, "porque no todos los días llega un fondo tan bien documentado, con memoria de procedencia incluida y todo".

Elena asistió, incómoda al principio con la idea de que su propia historia familiar se convirtiera en objeto de charla pública, pero terminó, para su propia sorpresa, disfrutando de las preguntas que le hicieron los asistentes: un estudiante de doctorado interesado en historia rural que quiso saber más sobre el sistema de clasificación de Bazán, una investigadora local que reconoció, entre los apellidos mencionados, el de una rama lejana de su propia familia, un jubilado aficionado a la genealogía que le preguntó, con genuina curiosidad, cómo se sentía "siendo, a la vez, la investigadora y el objeto de la investigación".

—Rara —respondió Elena, con sinceridad—.

Al principio sentía que estaba mezclando dos cosas que debían mantenerse separadas: mi trabajo y mi vida personal.

Con el tiempo entendí que esa separación, en este caso concreto, nunca había sido del todo posible, y que quizá tampoco tenía por qué serlo.

A veces la mejor investigadora para un caso es, precisamente, la persona a la que ese caso le importa demasiado como para tratarlo con la distancia habitual.

El estudiante de doctorado, un joven llamado Teodoro que preparaba una tesis sobre sistemas sanitarios rurales de posguerra, le pidió permiso para citar el fondo Duarte-Bazán como caso de estudio principal de un capítulo entero, algo que Elena no había previsto y que la dejó, durante unos segundos, sin saber qué responder.

—Por supuesto que puede citarlo —dijo finalmente—. Para eso está donado, al fin y al cabo. Aunque le pediría un favor, si no le importa.

—Lo que necesite.

—Que cuando escriba sobre Bazán, no lo simplifique en ningún sentido.

Ni como héroe silencioso sin más, ni como villano encubierto.

Fue las dos cosas, en momentos distintos, y creo que esa complejidad es, precisamente, lo más valioso que este fondo puede enseñarle a cualquiera que lo estudie con seriedad.

Teodoro anotó aquello en su libreta con el mismo cuidado con el que anotaba cualquier otro dato relevante, y Elena sintió, viéndolo escribir, una satisfacción parecida a la que había sentido meses atrás al catalogar sus propias notas: la certeza tranquila de que aquella historia, con toda su complejidad intacta, iba a seguir viva mucho después de que ella misma dejara de estar allí para vigilarla.