Chapter 24
Fue la propia Consuelo quien, un domingo de julio, mientras Aurora dormía la siesta en el cuarto de invitados de su piso y Elena aprovechaba para ordenarle el armario de la cocina como hacía cada pocos meses, "porque a mis casi ochenta años ya no llego bien a las baldas de arriba, hija, y prefiero que lo sepas tú antes que se me caiga algo encima", retomó por su cuenta algo que había dicho meses atrás, el día que fue a conocer a la recién nacida, y que Elena no había vuelto a preguntarle desde entonces.
—¿Te acuerdas de lo que te dije cuando nació Aurora? Que sabía sostener bebés porque había cuidado a los hijos de mis vecinas, cuando yo ya no podía tener los míos propios.
—Me acuerdo, sí. Iba a preguntarte más, pero con todo el jaleo de esos días se me pasó.
—No pasa nada. Ahora tengo tiempo, y tú también, por lo que veo, con las manos metidas en mi armario de las especias.
Consuelo se sentó a la mesa de la cocina, con el mismo gesto pausado con el que abordaba cualquier conversación que le costara, y esperó a que Elena se sentara también antes de continuar.
—Estuve casada, ¿sabes? Antes de que tú nacieras, incluso antes de que se casaran tus padres.
Con un hombre que se llamaba Casimiro, nada que ver con el alguacil de la historia de Bazán, no vayas a confundirlos, era un nombre bastante corriente en aquella generación.
Nos casamos en el 73, cuando yo tenía veintitrés años, y estuvimos intentando tener hijos casi diez años, sin conseguirlo nunca.
En aquella época no había los tratamientos que hay ahora, ni la información, ni siquiera el permiso social para hablar abiertamente de ello.
Una simplemente esperaba, mes tras mes, y cuando no llegaba, se suponía que había que aguantarlo en silencio, como tantas otras cosas de aquella generación.
Elena dejó lo que estaba haciendo, con un bote de especias todavía en la mano, y se sentó frente a su tía, dándole toda la atención que la conversación merecía.
—¿Y qué pasó con Casimiro?
—Nos separamos en el 79, once años después de casarnos.
Él quería adoptar, y yo también, al principio, pero cuanto más tiempo pasaba, más me daba cuenta de que él en realidad no quería un hijo cualquiera: quería, aunque nunca lo dijera tan claro, "seguir intentándolo un poco más" con la esperanza de que llegara uno propio, como si adoptar fuera una especie de rendición que prefería posponer indefinidamente.
Yo ya no tenía fuerzas para seguir esperando.
Nos separamos de mutuo acuerdo, algo poco habitual entonces, y cada uno siguió su camino.
Él se volvió a casar dos años después y tuvo, por fin, dos hijos propios con su segunda mujer. Yo no me volví a casar nunca.
—¿Y te arrepientes de esa decisión? De separarte, quiero decir.
Consuelo se quedó pensando la respuesta con la misma pausa reflexiva de siempre.
—Algunos días sí, otros no. Lo que sí sé con certeza es que no me arrepiento de haber dejado de esperar algo que no llegaba.
Me costó mucho tiempo aprender que una puede construir una vida entera, y una buena vida, sin que sea exactamente la vida que había planeado de joven.
Cuidé a los hijos de mis vecinas, sí, y también a los hijos de mis amigas, y con los años me convertí en la tía de medio barrio, aunque no tuviera ningún lazo de sangre con la mayoría de ellos.
No es lo mismo que tener hijos propios. Pero tampoco es nada, ni mucho menos.
—Nunca me habías contado nada de esto.
—Nunca me lo habías preguntado, hija. Es la historia de toda esta familia, ¿no te has dado cuenta ya? Nadie cuenta nada hasta que alguien, por fin, se decide a preguntar con la suficiente concreción.
· · ·
Elena se quedó pensando en aquella conversación durante días, dándole vueltas a la cantidad de historias que llevaba dos años reconstruyendo sobre desconocidos —Aurelio, Bazán, Puri, Marta— sin haber hecho, hasta hacía muy poco, el mismo ejercicio con las dos mujeres de su propia familia más cercanas y más vivas: su madre y su tía.
Pensó que había algo profundamente irónico, y también profundamente humano, en el hecho de que le hubiera resultado más fácil investigar la vida de un médico rural muerto hacía casi un siglo que preguntarle a su propia tía, sentada frente a ella en cientos de comidas familiares a lo largo de los años, por qué nunca había tenido hijos.
—¿Puedo contarle esto a Aurora, cuando sea mayor? —le preguntó a Consuelo, semanas después, en otra de sus visitas—. Me parece una historia importante, y no quiero que se pierda otra vez, como estuvo a punto de perderse la del maestro Fructuoso.
—Cuéntasela cuando quieras, hija. Ya he aprendido, gracias a ti, que las historias que no se cuentan no desaparecen sin más.
Se quedan esperando, calladas, a que alguien vuelva a preguntar.
Prefiero que la mía se cuente mientras yo todavía estoy aquí para confirmar los detalles, que esperar a que alguien tenga que reconstruirla entera a partir de papeles sueltos, como te ha tocado hacer a ti con tanto de lo demás.
· · ·
Consuelo murió cuatro años después, a los ochenta y tres, en su propia cama, con Elena a su lado en las últimas horas, después de una enfermedad breve que no le dio tiempo a sufrir demasiado.
En el funeral, más concurrido de lo que Elena esperaba, se acercaron a darle el pésame varias personas que Elena no conocía, hijos e hijas de aquellos vecinos a los que Consuelo había cuidado sin ser suyos, ya todos adultos con sus propias familias, todos con una anécdota parecida que contar sobre "la tía Consuelo", como la llamaban aunque no tuvieran ningún lazo de sangre con ella.
—Nos cuidó como si fuéramos suyos, en los veranos que mis padres trabajaban —le dijo una mujer de unos cincuenta años, con los ojos todavía enrojecidos—.
Nunca entendí del todo por qué se tomaba tantas molestias con nosotros, niños de los vecinos, sin ninguna obligación de hacerlo.
Ahora, con lo que usted me acaba de contar en el tanatorio, entiendo un poco mejor de dónde salía esa entrega.
Elena asintió, sin poder añadir mucho más en aquel momento, pero guardó aquella conversación, junto con todas las demás historias que fue recogiendo aquella tarde, como el último capítulo de la memoria de procedencia de Consuelo que ella misma decidió escribir, meses después, y que donó, con el mismo cuidado con el que había donado el fondo de Aurelio, al mismo archivo provincial: "Consuelo Duarte.
1950-2033. Sin descendencia biológica, con una descendencia afectiva más amplia de lo que ningún registro civil podría documentar jamás. "
· · ·
Casimiro, el exmarido de Consuelo, había muerto años antes, pero Elena localizó, por pura curiosidad archivística que ya no podía contener del todo, a los dos hijos que él había tenido con su segunda mujer.
Les escribió, sin saber muy bien qué esperar, contándoles brevemente quién había sido Consuelo para su padre, y recibió, semanas después, una respuesta amable de uno de ellos, que no la conocía en absoluto pero que le agradeció el gesto.
"Mi padre habló muy poco de aquel primer matrimonio, la verdad. Solo una vez, ya muy mayor, me dijo que se arrepentía de no haber sabido escuchar a tiempo lo que su primera mujer necesitaba de él. Nunca supe si se refería a Consuelo concretamente, hasta que usted me lo ha confirmado ahora."
Elena guardó aquella carta junto con el resto de la documentación de Consuelo, pensando que incluso el arrepentimiento tardío de un hombre al que ya casi nadie recordaba con precisión, merecía quedar, de alguna forma, documentado.
· · ·
Año y medio después, ya con Aurora empezando el colegio, Elena decidió organizar, en la propia casa de Consuelo, una pequeña reunión con algunos de los hijos e hijas de los vecinos que su tía había cuidado a lo largo de los años, ya todos adultos, para que se conocieran entre ellos y compartieran recuerdos.
Fue una tarde extraña y cálida a la vez, con gente que apenas se conocía descubriendo que compartían la misma figura de referencia en la infancia, aunque ninguno hubiera sido, en sentido estricto, de la misma familia que los demás.
—Es como descubrir que tenemos una hermana mayor común, sin haberlo sabido nunca —dijo uno de los asistentes, un hombre de unos cuarenta años que Consuelo había cuidado durante los veranos de su infancia—. Qué curioso que haga falta que ella muera para que nos conozcamos entre nosotros.
—A ella le habría encantado ver esto —dijo Elena, mirando alrededor de aquel salón lleno de gente que no compartía sangre pero sí una misma gratitud—. Siempre decía que la familia no se mide solo por el registro civil. Ahora entiendo mejor lo que quería decir con eso.
· · ·
De aquella reunión salió, sin que nadie lo hubiera planeado del todo, la idea de mantener el contacto de manera más regular, y con el tiempo se convirtió en una comida anual, siempre en el aniversario de la muerte de Consuelo, a la que Elena y Aurora acudían religiosamente, junto con una decena larga de personas que se habían conocido gracias a aquella mujer sin hijos propios que había dedicado buena parte de su vida a cuidar a los hijos ajenos.
—¿Por qué venimos aquí cada año, mamá? —le preguntó Aurora, con siete años, la tercera vez que asistieron—. Yo no conocí a la tía Consuelo casi nada.
—Venimos porque ella nos enseñó algo importante, cariño, aunque tú fueras muy pequeña cuando ella vivía.
Nos enseñó que una familia se puede construir de muchas maneras distintas, no solo con la sangre.
Toda esta gente que ves aquí forma parte de esa familia que ella construyó, sin que nadie se lo pidiera oficialmente.
Venimos para que esa familia no se olvide de que existe.
Aurora asintió, sin necesitar mucha más explicación, y se fue a jugar con los hijos de otros asistentes, niños que tampoco tenían ningún lazo de sangre con ella pero que, año tras año, se habían convertido en algo parecido a primos lejanos, unidos por la memoria compartida de una mujer a la que la mayoría de ellos ni siquiera había llegado a conocer en persona.
· · ·
Uno de esos "primos lejanos", un chico llamado Bruno que no tenía relación alguna con el Bruno Escrivá de la investigación de Elena, coincidencia de nombre que a Elena siempre le hacía gracia cada vez que lo pensaba, se convirtió con los años en el mejor amigo de Aurora, a pesar de la diferencia de dos años entre ambos y de no compartir ningún colegio ni ningún barrio.
Se veían, principalmente, en aquella comida anual, y mantenían el contacto el resto del año a través de mensajes esporádicos que, con la adolescencia, se hicieron más frecuentes.
—Es raro pensar que nos conocimos gracias a una mujer que ninguno de los dos llegó a conocer bien —le dijo Bruno a Aurora, una de esas comidas, ya los dos adolescentes—. Si Consuelo no hubiera cuidado a mi abuela de pequeña, nosotros ni siquiera nos habríamos cruzado nunca.
—Mi madre dice que así funcionan casi todas las cosas importantes de la vida: alguien hace algo generoso, sin pensar en las consecuencias a largo plazo, y esas consecuencias siguen apareciendo generaciones después, cuando la persona que empezó todo ya ni siquiera está para verlo.
—Suena a algo que también podría aplicarse a tu propia familia entera, por lo que me has contado del cuaderno aquel.
—Sí, la verdad. Empiezo a pensar que es la misma historia contada de formas distintas, una y otra vez.