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Chapter 17

Diego había entrado en el sector de la logística casi por casualidad, después de terminar una carrera de Económicas que en realidad había elegido más por descarte que por vocación, en unos años en que ni él mismo tenía muy claro qué quería hacer con su vida más allá de encontrar un trabajo estable que le permitiera, algún día, independizarse del piso de sus padres.

Había entrado como becario en el departamento financiero de la empresa donde seguía trabajando dieciocho años después, y en todo ese tiempo había ido ascendiendo despacio, sin sobresaltos, con la misma constancia metódica con la que hacía casi todo, hasta convertirse en el responsable de una de las áreas de control presupuestario, un puesto que nunca le había apasionado especialmente pero que tampoco le había hecho infeliz, y que le había dado, sobre todo, la clase de estabilidad que Elena valoraba en él desde los primeros meses de conocerse, cuando ella misma vivía todavía la incertidumbre laboral de encadenar contratos temporales en distintos archivos antes de conseguir la plaza fija en el municipal.

Llevaba ya dieciocho años trabajando en el departamento financiero de aquella empresa de logística, que gestionaba, entre otras cosas, el transporte refrigerado de media docena de cadenas de supermercados de la región, y en todo ese tiempo Elena lo había visto pasar por dos reestructuraciones menores sin que ninguna de las dos le afectara directamente.

La tercera, anunciada un lunes de noviembre en una reunión general convocada con apenas dos días de antelación, sí lo afectaba: la empresa había perdido el contrato con su cliente más grande, adjudicado a una competidora que operaba con una flota más moderna y unos costes que la suya no podía igualar, y la dirección hablaba de un ajuste de plantilla que rondaría, según los rumores que corrían ya por los pasillos antes incluso de que nadie lo confirmara oficialmente, entre el quince y el veinte por ciento.

—No sé todavía si me toca a mí —le dijo a Elena esa noche, sentado a la mesa de la cocina con el móvil delante, revisando por tercera o cuarta vez un correo interno que no decía gran cosa más de lo que ya sabía—.

Llevo más años que la mitad de mi departamento, eso juega a mi favor.

Pero también soy de los que más cobra dentro de mi categoría, y eso juega en mi contra.

Elena, que llevaba toda la tarde con la cabeza en el archivo provincial y en una nueva incongruencia de fechas que había encontrado en el legajo de Bienvenido Ferraz, tardó un segundo de más en reaccionar, un segundo que Diego no dejó pasar.

—Sé que tienes lo tuyo entre manos —dijo, sin reproche pero sin suavizarlo tampoco—. Pero esto también es real, Elena. Si me quedo sin trabajo, la hipoteca la pagamos igual, con el sueldo del archivo y poco más, y no sé cuánto tiempo aguantaríamos así.

—Lo sé. Perdona. Cuéntame.

Diego se lo contó, con el detalle metódico con el que solía explicar cualquier cosa relacionada con números, y Elena lo escuchó esta vez sin que su cabeza se fuera a ningún otro sitio, consciente de que llevaba semanas —quizá meses— dando por hecho que la crisis de la casa era la suya, sin plantearse que Diego pudiera estar cargando con una propia y callándosela, más o menos, por la misma razón exacta por la que tantos personajes de su propia investigación habían callado lo suyo: porque no parecía el momento, porque había algo más urgente encima de la mesa, porque siempre hay algo más urgente encima de la mesa si se espera lo bastante.

·  ·  ·

Las semanas siguientes fueron, según las describiría después el propio Diego, "las más raras de mi vida laboral": nadie en la oficina hablaba abiertamente de otra cosa, pero tampoco nadie hablaba de ello del todo abiertamente, en una especie de tensión colectiva que se manifestaba sobre todo en gestos pequeños —conversaciones que se interrumpían al entrar alguien en la sala, currículums actualizados a toda prisa durante la hora de la comida, un compañero que empezó a llegar visiblemente más temprano que de costumbre, como si la puntualidad pudiera pesar en una decisión que, según todos sabían, ya estaba tomada de antemano en algún despacho de recursos humanos al que ninguno de ellos tenía acceso.

Elena, que veía a Diego llegar cada noche más callado de lo habitual, intentó, sin mucho éxito al principio, ofrecerle el mismo tipo de ayuda práctica que sabía ofrecer en su propio trabajo: revisar con él su currículum, buscarle ofertas parecidas en otras empresas del sector, por si acaso.

Diego se lo agradecía, pero rechazaba casi siempre la ayuda concreta, con una excusa distinta cada vez, hasta que una noche, ya cansada de que la rechazara sin más explicación, se lo dijo directamente.

—No necesito que me busques ofertas, Elena. Necesito que estés aquí conmigo, sin más, aunque no puedas arreglarlo. Llevas dos años arreglando cosas de gente que ni siquiera conoces. A mí solo pídeme que te cuente cómo estoy, y quédate a escucharlo.

·  ·  ·

La lista definitiva de afectados se publicó tres semanas después. El nombre de Diego no estaba en ella, y la noticia, cuando llegó, no trajo el alivio limpio que Elena había imaginado. Trajo una mezcla más complicada de alivio y de un malestar que a Diego le costó nombrar durante los primeros días.

—Se ha ido gente que llevaba menos tiempo que yo pero que tenía hijos pequeños, hipotecas más recientes, situaciones peores que la mía en algunos casos —le dijo, un sábado por la mañana, mientras desayunaban tarde con Aurora todavía dormida—.

No sé por qué me quedé yo y no ellos. Nadie me lo ha explicado, y sospecho que ni siquiera hay una explicación completamente racional, más allá de una hoja de cálculo que alguien de recursos humanos ajustó una tarde con criterios que probablemente ni el propio departamento sabría reconstruir hoy si se lo pidieran.

Elena lo miró un momento, con la taza de café a medio camino de la boca, reconociendo en la frase de Diego, sin que él pareciera darse cuenta del todo de lo que acababa de decir, la misma estructura exacta que llevaba meses persiguiendo en el otro lado de su vida.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de describir?

Diego se quedó pensando un momento, y después soltó una risa corta, casi incómoda.

—Un criterio que decide algo importante sobre la vida de alguien, sin que nadie pueda explicarlo del todo después. Sí, me doy cuenta. No hace falta que me lo señales con el dedo.

—No te lo estoy señalando. Es que empiezo a pensar que esto no es solo cosa de aseguradoras y archivos centenarios. Es cosa de cualquier sitio donde alguien tenga que decidir algo sobre mucha gente a la vez, con prisa, con una hoja de cálculo delante y una fecha límite encima.

—Puede ser. Pero yo no tengo dos años para reconstruir por qué me quedé yo y se fueron los demás, Elena. Tengo que ir a trabajar el lunes y hacer como si no pasara nada, aunque sepa que la mitad de mis compañeros de toda la vida ya no están, y que la otra mitad me mira raro por seguir yo.

Se quedó unos segundos en silencio, removiendo el café que ya se le había quedado frío.

—Hay uno, Ezequiel, que llevaba conmigo desde que entré, uno de los pocos con los que de verdad tenía confianza.

Tiene dos hijos pequeños y la hipoteca del piso todavía por la mitad.

Le he escrito un par de veces, y no me ha contestado.

No sé si es porque está mal, o porque le da vergüenza, o porque me guarda rencor por seguir yo dentro.

Y no sé cuál de las tres cosas sería peor.

·  ·  ·

Aquella conversación se quedó rondando entre los dos varias semanas, sin que ninguno volviera a sacarla del todo, hasta una noche de diciembre en que Diego, después de una cena más silenciosa de lo habitual, dijo algo que Elena no esperaba.

—A veces me pregunto si no vas a acabar así tú también.

Metida en el expediente de otro, o de otra empresa, o de otro sistema que no te concierne directamente, en vez de ocuparte de lo que tenemos delante.

No te lo digo como reproche. Te lo digo porque a mí me ha costado la reestructuración entera darme cuenta de que llevaba meses sin contarte lo mío porque tú ya tenías bastante con lo tuyo, y no sé si eso es sano para ninguno de los dos.

Elena no respondió enseguida. Pensó en Adrián, a quien todavía no conocía pero conocería meses después; pensó en las horas dedicadas a Marta, a Ismael, a un pueblo que no era el suyo hasta que decidió que sí lo era; pensó, sobre todo, en que Diego llevaba razón en algo que ella no se había permitido considerar del todo: que su propia investigación, por justa que fuera su causa, también podía convertirse en una forma cómoda de no mirar lo que tenía más cerca.

—Tienes razón en parte —dijo finalmente—. Voy a intentar hacerlo mejor. No prometo dejarlo, porque no puedo, ya lo sabes. Pero sí prometo no usarlo como excusa para no preguntarte a ti cómo estás.

—No te pido que lo dejes. Te pido que a veces me preguntes a mí lo mismo que le vas a preguntar, dentro de unos meses, a un desconocido en el mostrador del archivo.

·  ·  ·

Ezequiel, el excompañero de Diego, contestó finalmente uno de sus mensajes, casi dos meses después de la reestructuración, con una llamada que Diego recibió mientras cenaban, y que se alargó cerca de una hora, la mayor parte de ella con Diego escuchando más que hablando.

Colgó con una expresión que Elena no le había visto en semanas, mezcla de alivio y de una tristeza nueva que tardó en explicarle del todo.

—Estaba mal, sí, como pensaba. Lleva dos meses sin encontrar nada, y la mujer ha tenido que volver a trabajar a jornada completa para cubrir lo que falta.

Me ha pedido perdón por no contestar antes, dice que le daba vergüenza que yo siguiera dentro y él no.

Le he dicho que no tenía que darme explicaciones de nada, que la vergüenza debería sentirla la empresa, no él.

—¿Le has podido ayudar en algo?

—Le he pasado un par de contactos, y le voy a revisar el currículum este fin de semana, si le parece bien. No es mucho. Pero es más de lo que hice las primeras semanas, cuando estaba tan aliviado de seguir dentro que ni siquiera pensé en preguntarle cómo estaba él.

Elena lo escuchó sin decir nada, reconociendo en el propio relato de Diego el mismo patrón exacto que él mismo le había señalado semanas atrás: la facilidad con la que cualquiera, incluso la persona más consciente de esa trampa, podía caer en ella de todos modos, hasta que algo o alguien se lo recordaba.

Ezequiel encontró trabajo, finalmente, cinco meses después, en una empresa de la competencia, con un sueldo ligeramente inferior al que tenía antes pero con la estabilidad suficiente para dejar de preocuparse por la hipoteca.

Diego y él siguieron viéndose, ya sin la incomodidad de los primeros meses, en las que se habían convertido, sin planearlo del todo, en cenas trimestrales que incluían a sus respectivas familias, y Elena llegó a conocer a la mujer de Ezequiel, Almudena, con quien coincidía en gustos de lectura y con quien terminaría intercambiando libros durante años.

Fue, pensaría Elena después, una de las pocas cosas verdaderamente buenas que había salido de aquella reestructuración dolorosa: una amistad nueva, nacida de una crisis compartida, que ninguno de los dos habría buscado por sí mismo en circunstancias normales.

Diego, por su parte, cambió algo en su forma de estar en el trabajo tras aquella reestructuración: empezó a fijarse, sin proponérselo del todo, en los compañeros más callados de su departamento, en quienes parecían llevar alguna carga que no compartían con nadie, y a preguntarles, sin insistir demasiado, cómo estaban llevando el día a día.

No se convirtió en ningún tipo de consejero oficial de la empresa, ni pretendía serlo.

Pero varios compañeros, con los años, le agradecerían, casi de pasada, haber sido de los pocos que preguntaban de verdad, no solo por cortesía de pasillo.

Elena no supo entonces que aquella frase, dicha por Diego casi de pasada en una cocina de diciembre, se le quedaría rondando meses después, la tarde en que Adrián entrara por primera vez en el archivo municipal con una carpeta de plástico gastada en las esquinas.