No consta Chapter 1
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No consta

No consta

Por Javi Rodriguez

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Chapter 1

—Es un trámite de rutina —dijo el empleado, un hombre joven con la corbata mal anudada al que ella había visto ya tres veces en dos semanas y cuyo nombre no conseguía retener—. La entidad aseguradora necesita confirmar unos datos antes de emitir la póliza definitiva.

—Eso mismo me dijo hace quince días.

—Sí. —El hombre miró la pantalla como si esperara que cambiara de opinión—. Y hace quince días era verdad. Ahora hay una incidencia más.

Elena no se alteró, o no exactamente: notó, eso sí, una tensión concreta en la mandíbula, el tipo de gesto que llevaba años estudiando en los demás sin haber aprendido todavía a reconocerlo en sí misma hasta que ya estaba hecho.

La incidencia, según la pantalla del empleado, afectaba al seguro de vida vinculado a la hipoteca que ella y Diego habían solicitado para comprar el piso de la calle Rúa Nueva, un tercero con vistas parciales al río que llevaban ocho meses considerando suyo aunque todavía no lo fuera, con las cajas ya medio hechas en el piso de alquiler, con la fecha de la mudanza escrita en el calendario de la cocina en un rotulador que Diego había comprado especialmente para eso.

El seguro de vida no era una cortesía del banco: era una condición del préstamo, la letra pequeña que nadie lee hasta que deja de ser pequeña, y sin él la hipoteca completa quedaba, según las palabras exactas del empleado, "en suspenso".

—¿Qué incidencia?

—Aquí pone que la prima ha sido recalculada por la aseguradora.

—El hombre giró un poco la pantalla, como si eso fuera a servir de algo, y Elena vio una tabla de cifras que no significaban nada sin contexto: columnas, porcentajes, un código alfanumérico en la última fila—.

Y que se requiere justificación adicional antes de proceder.

—¿Justificación de qué?

—Eso no lo pone.

Elena se inclinó un poco hacia la pantalla, con el gesto profesional de quien lleva media vida leyendo documentos ajenos y ha aprendido a no fiarse nunca de un resumen cuando puede consultar el original.

En la columna de la derecha, junto a un número que sin duda era la nueva prima —más alta que la anterior, aunque no espectacularmente más alta, lo bastante para no ser un error evidente y lo bastante poco para que a nadie le compensara pelearla— había un código: L-07.

Debajo, en una casilla más pequeña titulada "Origen del coeficiente", el sistema había impreso, en la misma letra gris de manual que todo lo demás, dos palabras que Elena leería después, muchas veces, en muchos otros documentos de aquella misma investigación, sin que dejaran nunca de producirle la misma inquietud concreta: No consta.

No decía nada más. Ni una nota, ni una referencia, ni una de esas frases de manual que suelen acompañar a las decisiones automáticas para dar la impresión de que alguien las ha revisado.

Solo las dos letras, el número, y esas dos palabras, como una matrícula y su ausencia de dueño.

—¿Y esto qué es? —preguntó, señalando el código con el índice sin llegar a tocar la pantalla.

—Ni idea —dijo el empleado, y por primera vez en la conversación pareció sincero—. Es un código interno de la aseguradora. Nosotros solo vemos si la póliza está aprobada, pendiente o denegada. Ahora mismo está en pendiente.

—¿Puedo hablar con alguien de la aseguradora?

—Puede llamar al número de atención al cliente que le indico en el resguardo. —El hombre ya estaba imprimiendo el papel, con la misma velocidad ansiosa con la que se cierra una conversación incómoda—. Aunque le aviso de que suelen tardar.

Lo que más la desconcertaba, mientras se levantaba de la silla de skay verde y recogía el bolso, no era la cifra —que todavía no conocía con exactitud—.

Era otra cosa: un sistema que producía una decisión concreta, con consecuencias económicas concretas, sin que nadie de los encargados de ejecutarla pudiera dar cuenta de su origen.

En quince años de archivo había aprendido que la mayoría de las incoherencias burocráticas no son mentiras.

Son acumulaciones. Un formulario que en 1975 pedía un dato que en 2028 ya no significa nada, pero que sigue en la casilla porque nadie se planteó nunca rediseñar el formulario entero solo para quitarlo.

Los sistemas no mienten casi nunca. Toleran.

Absorben lo que ya no tiene sentido y lo arrastran, generación tras generación de funcionarios, mientras se respete la forma del procedimiento, aunque el contenido haya dejado de significar lo que significó en origen.

El código L-07 tenía esa misma pinta. No parecía una decisión tomada aquella semana sobre ella.

Era el eco de una decisión mucho más antigua, tomada sobre alguien más, que el sistema seguía aplicando por pura inercia.

Elena guardó el resguardo en el bolso sin mirarlo del todo, porque ya sabía, por experiencia con otras burocracias parecidas, que mirarlo del todo en ese momento no iba a cambiar nada, y que era mejor guardar la irritación para un momento en que pudiera hacer algo útil con ella.

Salió a la calle bajo la lluvia sin abrir el paraguas —otro de esos gestos que hacía sin decidirlos, una pequeña rebeldía menor contra un día que ya había decidido salirse de su cauce— y caminó las cuatro manzanas hasta el archivo.

No pensaba en el dinero, que no era mucho.

Ni en la hipoteca, que en el peor de los casos podrían renegociar.

Pensaba en la letra. En la ele. En por qué una aseguradora con la que nunca había tenido relación alguna, ni ella ni nadie de su familia hasta donde sabía, tenía en alguna base de datos un código de dos letras asociado a su nombre que nadie, ni siquiera sus propios empleados, sabía explicar.

De camino al archivo se cruzó con Nuria, la restauradora del taller de encuadernación, que fumaba en la puerta del edificio con la bata todavía puesta y el pelo recogido con un lápiz.

Se conocían desde hacía diez años y compartían esa clase de confianza silenciosa que se construye trabajando codo con codo con papeles ajenos, sin necesidad de contarse gran cosa de la vida propia.

—Tienes cara de padrón mal cuadrado —dijo Nuria, a modo de saludo.

—Es un seguro. El del piso.

—¿Se lo han denegado?

—Peor. Lo han dejado pendiente por algo que nadie sabe explicar.

Nuria dio una última calada y aplastó el cigarro contra el cenicero de pie, con el mismo gesto metódico con el que despegaba etiquetas antiguas de los lomos de los libros que llegaban al taller.

—Eso es lo peor que te pueden hacer —dijo—. Un no, se pelea. Un pendiente sin motivo, no hay por dónde cogerlo. Es como esos expedientes que llegan con un sello ilegible: no puedes discutir lo que no puedes leer.

La comparación se le quedó a Elena rondando toda la mañana, mientras clasificaba el lote de actas municipales de los años sesenta, un trabajo mecánico que en otras circunstancias le habría resultado casi meditativo.

Cada acta llevaba, en el margen superior derecho, un sello de registro con un número correlativo y una firma que en muchos casos se había vuelto ilegible por el paso del tiempo y la mala calidad de la tinta de la época, y Elena, que llevaba media vida reconstruyendo procedencias documentales a partir de indicios mínimos —un membrete, un tipo de papel, una manera concreta de escribir la fecha—, se descubrió pensando que el código L-07 era, en el fondo, exactamente ese tipo de sello: una marca que en su origen había significado algo preciso para alguien concreto, y que ahora sobrevivía como una cicatriz sin historia clínica, aplicada de forma automática a quien tuviera la mala suerte de heredarla.

Había pasado años enseñando a los investigadores que acudían al archivo una regla que a ella misma le costaba a veces aplicarse: que ningún documento aparece solo, que cada uno remite necesariamente a otro que lo precede.

La pregunta correcta ante un dato incomprensible nunca es qué significa. Es de qué expediente se ha desprendido.

Aquella tarde, después de comer un bocadillo de pie frente al ordenador —algo que se había prohibido a sí misma hacía años y que seguía haciendo cada vez que un asunto la irritaba lo suficiente como para no querer perder el tiempo sentándose bien—, llamó al número de atención al cliente de la aseguradora, Previsión Peninsular, una compañía que reconocía vagamente de anuncios de televisión de su infancia y que, según descubrió mientras esperaba en la cola telefónica escuchando una versión instrumental de una canción que no consiguió identificar, llevaba operando desde 1958.

La mujer que finalmente la atendió, después de veintitrés minutos de espera, tenía la voz entrenada de quien lee un guion sin que se note demasiado que lo está leyendo.

—El código L-07 corresponde a un ajuste de coeficiente actuarial —dijo, tras consultar el sistema durante un silencio incómodamente largo—. Estos coeficientes se aplican en función de distintos factores de riesgo estadístico.

—¿Qué factores?

—No tengo esa información en pantalla.

—¿Quién la tiene?

—Tendría que derivar su consulta al departamento técnico. Pero le aviso de que ese departamento no atiende directamente a clientes, solo a mediadores y agentes.

—¿Y el coeficiente lo calculan ustedes mismos, o lo compran a alguien externo?

—No podría decirle eso tampoco. —Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el ruido de un teclado de fondo, tecleado despacio, como si la mujer buscara en una pantalla algo que no terminaba de aparecer, y luego la voz recuperó el tono de manual—: Lo que sí le puedo confirmar es que el coeficiente no está vinculado a ningún dato médico suyo.

Procede de una tabla actuarial de base territorial.

—¿Territorial? ¿Territorial de qué?

—De zona de procedencia familiar. Es lo único que me deja ver el sistema, no el detalle.