Capítulo 10
T eo despertó al día siguiente sabiendo ya que tendría un problema.
No era Milo, que dormía atravesado a los pies de la cama y parecía completamente satisfecho con su propia existencia. Tampoco era el trabajo, aunque tenía una reunión a las diez y tres correos electrónicos que todavía necesitaba responder.
El problema era que, antes incluso de levantarse de la cama, Teo ya estaba pensando en el apartamento de al lado.
Pensaba en la cocina de Adrian, en la mano sobre la suya, en aquella proximidad interrumpida y, sobre todo, en el hecho de haber pasado buena parte de la noche deseando no haber retrocedido.
Intentó seguir su rutina normal. Se duchó, preparó café, alimentó a Milo, abrió el ordenador y trabajó.
En algún momento de la mañana recibió un mensaje de Adrian informándole de que había actualizado el registro de alimentación del gato.
Teo respondió únicamente con un «de acuerdo» y se quedó mirando la conversación durante demasiado tiempo, esperando alguna provocación que no llegó.
Adrian parecía haber decidido respetar su retroceso de la noche anterior, y eso debería haber facilitado las cosas.
En cambio, dejaba en manos de Teo la responsabilidad de hacer algo al respecto.
A primera hora de la tarde, Milo cruzó al apartamento vecino.
Teo se dio cuenta, comprobó la hora y volvió al trabajo.
Cuarenta minutos después abrió el registro compartido de alimentación aun sabiendo que no había nada que comprobar.
Adrian lo había registrado todo con normalidad.
Teo lo cerró. Diez minutos después, volvió a abrirlo.
La excusa que se le ocurrió era tan mala que fue consciente de ello incluso antes de levantarse de la silla.
Aun así, esperó a terminar lo que estaba haciendo, cerró el portátil y cruzó el pasillo.
Adrian abrió la puerta con una camiseta oscura y pantalones cortos, el cabello apartado hacia atrás de cualquier manera. La sorpresa apareció brevemente en su rostro antes de dar paso a la sonrisa conocida.
—¿Ha pasado algo?
—Vine a comprobar el registro de Milo —respondió Teo.
Adrian lo miró durante unos segundos.
—¿Cruzaste el pasillo para comprobar una información que tienes en el teléfono?
—Quería asegurarme de que estuviera actualizado.
—Lo está.
—Lo sé.
—Entonces ya lo comprobaste.
Teo sostuvo su mirada. Adrian inclinó ligeramente la cabeza, percibiendo claramente lo débil que era la justificación, pero no la desmontó de inmediato.
—¿Quieres pasar? —preguntó simplemente, abriendo más la puerta.
Teo entró. Milo dormía sobre el brazo del sofá, lo que hacía que la excusa fuera todavía peor porque el gato ni siquiera parecía necesitar ninguna intervención. Adrian cerró la puerta y caminó hacia la sala, dejando que Teo decidiera si quería seguirlo. Lo siguió.
—El registro está ahí —dijo Adrian, señalando el teléfono sobre la mesa—. Puedo abrirlo si quieres hacer una auditoría presencial.
—No hace falta.
—Me lo imaginaba.
Teo cruzó los brazos.
—Estás muy satisfecho contigo mismo.
—Un poco. —Adrian se apoyó contra la mesa—. Estoy intentando decidir cuánto tiempo estuviste parado en tu casa buscando un motivo para llamar a mi puerta.
—Dos minutos.
—Mentira.
—No tienes forma de saberlo.
—Por la calidad de la excusa, al menos quince.
Teo puso los ojos en blanco.
—Quizá debería irme.
—Quizá. —Adrian no se movió para abrir la puerta—. Pero acabas de llegar.
El silencio que vino después no era exactamente incómodo.
Estaba cargado. Teo se dio cuenta de que Adrian hacía un esfuerzo consciente por no llevar la conversación hacia donde ambos sabían que podía ir.
No hizo ningún comentario sobre la noche anterior, no se acercó y ni siquiera lanzó una provocación más directa. Simplemente esperó.
—¿Siempre eres tan engreído? —preguntó Teo.
—No. A veces soy inseguro en silencio para preservar mi reputación.
—Me cuesta creerlo.
—Funciona.
—No demasiado.
Adrian sonrió.
—Y aun así sigues viniendo aquí.
—Por Milo.
—Claro.
Teo miró al gato dormido.
Adrian también.
—Está inconsciente —comentó.
—Ya lo veo.
—Entonces quizá tengas que actualizar la excusa.
Teo volvió los ojos hacia él.
—Estabas mejor cuando fingías que no te habías dado cuenta.
—Lo intenté. Duró más de lo que esperaba.
—Unos tres minutos.
—Para mí es crecimiento personal.
Teo soltó el aire por la nariz, intentando no sonreír.
Adrian lo notó y dejó que su propia sonrisa se ensanchara, pero aun así no se acercó.
Aquello empezó a irritar a Teo de otra manera.
La noche anterior, Adrian se había detenido en el instante en que él retrocedió.
Ahora seguía haciendo exactamente lo mismo: le daba espacio, esperaba, no convertía el deseo evidente entre ellos en presión.
Era Teo quien había cruzado el pasillo. Teo quien estaba allí sin una justificación real.
Y si quería algo diferente, tendría que dejar de esperar a que Adrian lo resolviera por él.
—¿Vas a seguir haciendo esto? —preguntó Teo.
—¿El qué?
—Fingir que no sabes por qué vine.
Adrian descruzó los brazos lentamente.
—Sé por qué creo que viniste. No sé si es la misma razón que tú vas a admitir.
—Eso es irritante.
—Tengo experiencia.
Teo se pasó una mano por la nuca.
—Ayer...
—No tienes que explicar lo de ayer.
—Lo sé.
—Entonces no lo expliques solo porque crees que me debes algo —respondió Adrian, ahora sin humor—. Retrocediste. Lo entendí.
Aquello hizo que la situación fuera todavía más difícil.
Teo había preparado mentalmente algunas justificaciones durante la madrugada, casi todas malas.
Podía decir que se había asustado, que no esperaba que la aproximación se volviera tan real, que todo había sucedido demasiado rápido.
Adrian acababa de darle una salida que no exigía ninguna de ellas.
—¿Y si no quiero que lo hayas entendido de esa manera? —preguntó Teo.
Adrian se puso más atento.
—¿De qué manera?
—Como si quisiera que pararas.
Su rostro cambió poco, pero lo suficiente para que Teo lo notara.
—¿Quieres que deje de coquetear contigo? —preguntó Adrian.
Era exactamente la pregunta que Teo no quería responder con explicaciones. Adrian había facilitado y complicado todo al mismo tiempo, reduciendo el problema a una respuesta que no le permitía esconderse detrás de nada.
—No.
Adrian permaneció inmóvil.
Teo tragó saliva.
—No quiero.
El silencio que siguió pareció ocupar toda la sala. Adrian no sonrió, no celebró ni convirtió la respuesta en una provocación. Simplemente sostuvo la mirada de Teo.
—De acuerdo —dijo por fin.
Teo esperó.
Adrian no hizo nada.
—¿Solo eso?
—¿Qué esperabas?
—No lo sé.
—Yo sí sé lo que me gustaría hacer —respondió Adrian, con la voz más baja—. Pero ayer retrocediste. Hoy viniste hasta aquí. Así que creo que el siguiente paso es tuyo.
Teo sintió subir la ansiedad junto con una irritación que, esta vez, estaba dirigida completamente contra sí mismo.
Adrian estaba a pocos pasos. No había nadie observando, ninguna pregunta que responder, nada salvo la sencilla decisión de continuar o volver a casa.
Milo dormía en el sofá. El pasillo estaba al otro lado de una puerta cerrada. Teo no tenía que justificar nada.
Caminó hasta Adrian.
Adrian permaneció quieto.
—Estás disfrutando mucho de esto —murmuró Teo.
—Estoy intentando no arruinarlo.
—Milagro.
Teo agarró su camiseta cerca de la cintura y lo besó.
La primera sensación fue alivio. No hubo tiempo para analizar de qué manera respondió Adrian porque su mano ya había llegado al costado del rostro de Teo y el beso se profundizó casi de inmediato.
Teo había pasado horas imaginando aquel momento y ninguna versión mental había preparado su cuerpo para la realidad de la cercanía.
Adrian besaba con menos prisa de la que Teo esperaba, pero sin ninguna vacilación, dejando claro que llevaba bastante tiempo deseándolo.
Teo apretó los dedos contra la tela de la camiseta y se acercó más, sintiendo la otra mano de Adrian posarse en su cintura y permanecer allí, firme, sin atraerlo más allá de lo que él mismo ya había avanzado.
Cuando se separaron apenas lo necesario para respirar, Adrian se quedó con la frente casi pegada a la suya.
—¿Todavía quieres quejarte de algo? —preguntó en voz baja.
—Hablas demasiado.
—Puedo trabajar en eso.
Teo volvió a besarlo antes de que pudiera responder otra cosa.
Esta vez no necesitó reunir valor para empezar.
Adrian soltó una risa breve contra su boca y la mano en la cintura de Teo se deslizó un poco por su espalda.
La sensación de estar haciendo por fin aquello en lugar de limitarse a pensarlo ocupó demasiado espacio, y Teo se permitió quedarse.
Durante unos minutos no existió la necesidad de medir las palabras ni de decidir qué significaba lo que estaban haciendo.
Solo estaban la boca de Adrian, el calor de su cuerpo, los dedos de Teo aferrados a su nuca y un deseo que había pasado demasiado tiempo escondido detrás de la irritación.
Fue precisamente darse cuenta de cuánto quería continuar lo que hizo aparecer el miedo.
Teo interrumpió el beso y retrocedió.
Adrian apartó las manos de inmediato.
A Teo le faltó el aire por una razón que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico. Se pasó una mano por la boca, intentando ordenar algo dentro de su cabeza mientras Adrian lo observaba.
—Perdón —dijo Teo.
—No tienes que disculparte.
—Fue...
La palabra equivocada apareció antes de que pudiera impedirlo.
—Fue un impulso.
La expresión de Adrian se endureció.
Teo se dio cuenta de inmediato.
—No era eso lo que quería decir.
—Cruzaste el pasillo, dijiste que no querías que dejara de coquetear contigo y me besaste —respondió Adrian, manteniendo la voz controlada—. Si después de todo eso todavía necesitas llamarlo impulso, sinceramente no sé qué hacer con esa información.
—No estoy diciendo que no quisiera.
—Lo parece bastante.
Teo se pasó una mano por el cabello.
—Quise hacerlo. Solo pasó muy rápido.
—Tú viniste hasta mí.
—Lo sé.
—Entonces no tienes que minimizar lo que acabas de hacer para sentirte mejor con ello.
La frase golpeó a Teo porque era demasiado cierta. Abrió la boca, pero no encontró ninguna respuesta que no empeorara las cosas.
Adrian respiró hondo y retrocedió otro paso.
—No voy a convertir esto en una pelea. Te asustaste. Está bien. Solo no me conviertas en un accidente en el proceso.
—No dije que fueras un accidente.
—Bien. Entonces piensa en lo que realmente quieres decir antes de intentar explicarlo.
Teo asintió, aunque lo que quería era arreglarlo todo en ese mismo instante. Sabía que seguiría hablando hasta encontrar alguna justificación que pareciera segura y probablemente terminaría haciendo más daño a Adrian.
—Voy a volver a casa.
—Está bien.
Teo miró a Milo, que seguía dormido.
—Puede quedarse. Luego vengo a buscarlo.
—De acuerdo.
La ausencia de cualquier intento por detenerlo hizo que algo se le cerrara en el pecho. Teo caminó hacia la puerta y se detuvo con la mano sobre el picaporte.
—Adrian...
—No tienes que resolverlo ahora —respondió él—. Solo no me mientas porque estás asustado.
Teo salió.
Cruzar el pasillo le llevó apenas unos segundos.
En cuanto cerró la puerta de su propio apartamento, se apoyó contra ella y se pasó ambas manos por el rostro.
Su boca todavía conservaba la sensación del beso.
Todo su cuerpo parecía estar en desacuerdo con la palabra «impulso» que había utilizado.
No había sido un impulso. Teo había pensado en aquello durante la noche, durante la mañana y durante los quince minutos que Adrian había adivinado correctamente que pasó buscando una excusa para cruzar el pasillo.
Había elegido.
Ese era precisamente el motivo de su miedo.
Intentó trabajar, fracasó, bebió agua, abrió la nevera sin tener hambre y regresó al sofá. Milo apareció algún tiempo después por el balcón, entró en la sala y subió junto a él sin la menor preocupación por el desastre emocional provocado por los adultos implicados.
—Eliges unos momentos estupendos para volver —murmuró Teo.
Milo se acomodó.
Teo cogió el teléfono. Abrió la conversación con Adrian, empezó a escribir un mensaje largo y lo borró. Escribió otro explicando que no solía actuar de aquella manera y también lo borró. Ninguna justificación importaba tanto como lo único que necesitaba corregir.
Escribió:
El beso no fue un error. Quise hacerlo. Solo me asustó.
Lo leyó tres veces antes de enviarlo.
La respuesta tardó unos minutos.
Lo entendí. Hablamos mañana.
Teo se quedó mirando el mensaje. No había provocación, reproches ni ningún intento de continuar la conversación aquella noche.
Mañana.