No Admitas Nada (Grant Hunter 1)
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Capítulo 1
Bangkok se movía despacio a altas horas de la noche; el calor y la humedad del día habían doblegado a la ciudad.
Yo me movía aún más despacio. Lento para apurar la botella de Wild Turkey que llevaba toda la noche despachando.
Lento para coger el móvil, que se empeñaba tercamente en no dejar de sonar.
Lento para comprender del todo la cadencia seca y profesional de la voz al otro lado de la línea.
—Señor Hunter, soy el sargento Garcia, del Puesto Uno de los Marines. Tenemos una situación «Black Eagle».
Eso me espabiló. Black Eagle. El código de la embajada para un oficial ilocalizable.
Sin contacto. Presuntamente herido o muerto.
La notificación del oficial de guardia de los Marines era el primer paso del protocolo de respuesta inmediata.
Escuché con atención el resto del escueto informe, di las gracias al sargento y colgué.
Me tomé un momento para armarme de valor ante lo que ya preveía como una noche larga, o, técnicamente, una madrugada.
Apuré la botella de bourbon y la lancé al otro lado de mi pequeño piso, apuntando más o menos al cubo de la basura de la cocina.
Sorprendentemente, entró. Por lo visto, mi coordinación mano- ojo no estaba del todo perdida aquella noche.
Supongo que había ido cogiendo tolerancia con mis borracheras nocturnas.
En algún rincón de la mente registré que aquello no era buena señal.
Tras considerar brevemente, y descartar acto seguido, la idea de abrir otra botella de bourbon, me levanté de la silla con esfuerzo.
La habitación dio vueltas. Solo un poco.
Nada que no arreglara un poco de agua fría en la cara.
Me metí unos caramelos de menta en la boca, cogí el petate de debajo de la cama y salí por la puerta.
El aire de la noche me golpeó como un puñetazo. Seguía siendo asombrosamente cálido y húmedo pese a lo temprano de la hora. El Rolex Submariner vintage de mi muñeca izquierda, un regalo de boda de mi mujer, marcaba las 0315.
Mi coche, un Chevy sedán de dotación oficial, empezaba a acusar los años.
Tras años de uso duro, había acumulado más abolladuras y arañazos de la cuenta, y la pintura hacía mucho que había perdido su brillo original.
Puede que en su día saliera de la fábrica de GM en un color que la gente de marketing había bautizado con creatividad como «cobalto medianoche» o «azul mar profundo».
Ahora, años bajo el abrasador sol tailandés lo habían dejado de un apagado y desigual gris azulado.
Completamente anodino. Fácil de pasar por alto.
Fácil de olvidar. Un coche perfecto para moverse de incógnito por la ciudad.
El interior no había corrido mucha mejor suerte que el exterior.
Las manchas y los desgarros estropeaban la tapicería, y el aire acondicionado no funcionaba.
Bajé las ventanillas con la intención de captar algo de brisa fresca. Eso tampoco funcionó.
Metí la mano en el bolsillo delantero de la chaqueta, saqué un puro Cohiba Siglo VI y, con un cortapuros, recorté el extremo redondeado.
El olor del tabaco intenso se mezcló con el del bourbon barato de mi aliento mientras le acercaba la llama.
Di una calada larga y exhalé una nube de humo azul.
No me cabía duda de que el jefe del parque móvil volvería a echarme la bronca por fumar en un vehículo de la embajada.
Que se joda , pensé. No esperaba tener que aguantar mi afición a los puros durante mucho más tiempo.
Era ya mi tercera TDY, o asignación temporal, en menos de dos años.
Lo más probable era que me mandaran a otro destino en los próximos meses.
No precisamente un voto de confianza sobre el estado de mi carrera.
A aquella hora, las calles residenciales del barrio de Wireless Road estaban tranquilas.
La zona albergaba muchas grandes fincas antiguas, algunas de las cuales servían ahora de embajadas y consulados internacionales.
También se habían construido cerca varios edificios residenciales de lujo de gran altura.
La seguridad y las comodidades que ofrecían eran muy codiciadas por el personal diplomático.
Era un buen sitio para vivir. Yo me dirigía a la parte más sórdida de la ciudad.
La llamada del sargento Garcia me había dirigido a una dirección en pleno barrio de ocio de Patpong, cerca del centro de Bangkok.
Patpong había sido en su día una de las zonas de prostitución más tristemente célebres de todo el Sudeste Asiático.
Un destino popular de descanso y esparcimiento para cientos de miles de militares estadounidenses de permiso del conflicto de Vietnam.
Aunque no lo admitirían en una conversación educada, cualquier veterano militar de aquella época conocería bien los enormes bares go-go que dominaban la zona, con sus carteles de luces brillantes que anunciaban los célebres espectáculos de pelotas de ping-pong y las chicas ligeras de ropa que llamaban desde los portales.
Cada una con un número prendido en el biquini para que a los clientes les resultara más fácil identificar con cuál querían pasar más tiempo.
Las dos calles principales que flanqueaban la zona habían recibido los nombres, poco imaginativos, de Patpong 1 y Patpong 2.
Cada una bullía de actividad. Incluso a aquellas horas, las aceras estaban abarrotadas de turistas sexuales, en su mayoría hombres extranjeros en busca de una compañía que no podían, o no debían, encontrar en casa.
Las calles laterales se volvían más estrechas y congestionadas a medida que me adentraba en el barrio.
Los letreros de neón parpadeaban y proyectaban un resplandor inquietante sobre los rostros de los juerguistas de madrugada y de las cansadas trabajadoras del sexo.
De los comedores al aire libre y las salas de baile salía a borbotones una música estridente que daba a todo el lugar un ambiente de feria.
Maniobré con mi Chevy lleno de humo entre los bares cada vez más escasos y giré hacia un callejón mal iluminado, lejos de donde la mayoría de los turistas ocasionales se atreverían a aventurarse. A una manzana de mi destino, me arrimé al bordillo y apagué el motor.
Me quedé allí sentado un momento, escuchando el tictac apagado del motor mientras se enfriaba.
La brasa del puro brillaba débilmente en el retrovisor y proyectaba una luz tenue que titilaba mientras miraba alrededor y esperaba.
No pasó nada. Observé el ir y venir de las pocas personas que caminaban por aquellas callejuelas.
Un grupo de turistas africanos cruzó la calle con estrépito por delante de mí.
Tres jóvenes, vestidas con minivestidos escotados y ceñidos —uno rojo, uno verde y uno de un color cercano al naranja que no existe en la naturaleza—, salieron de un bar enfrente de mí y echaron a andar calle abajo.
Al mirarlas por segunda vez, no estaba en absoluto convencido de que aquellas tres «señoritas» no hubieran nacido cada una con un cromosoma Y que trataban desesperadamente de ocultar.
«Lady boys», o «tías con tranca», las había oído llamar.
Dejando a un lado la cómoda aliteración, me parecía anatómicamente más exacto referirse a ellas como «tíos con tetas».
Pero ¿quién era yo para discutir la semántica del asunto?
Un hombre blanco de mediana edad, solo, con un arrugado traje gris que le quedaba mal, se apoyaba en una farola más abajo de la calle, fumando un cigarrillo.
Nadie me prestaba la menor atención. Esperé un poco más.
Seguía sin pasar nada. Mi demora no se debía del todo al dolor de cabeza atroz que arrastraba.
En mi oficio, no lanzarse de cabeza a lo desconocido es buena técnica operativa.
Pasaron tres minutos más. Las «chicas» habían doblado la esquina del fondo.
Los africanos habían entrado en el mismo bar del que habían salido.
Bien podían llevarse una sorpresa a medida que avanzara la noche.
El tipo de la esquina encendió otro cigarrillo y habló por el móvil.
Nada parecía fuera de lugar. Ningún signo evidente de problemas.
Salí del coche y caminé hacia una puerta sin distintivos, suavemente iluminada desde arriba por una única bombilla roja.
A diferencia de los bulliciosos bares de la calle principal, orientados sobre todo al lucrativo negocio del turismo sexual extranjero, aquel burdel era casi exclusivamente para clientela local.
No era un local de lujo que proporcionara escorts a ricos y poderosos, pero tampoco una operación cutre para el putero cualquiera en busca de sexo rápido y barato con una prostituta enganchada a la heroína.
Era un sitio donde nadie hacía preguntas y donde podías conseguir casi cualquier cosa por el precio adecuado.
Cuando me acercaba, una pareja de borrachos del lugar salió dando tumbos, del brazo, riendo demasiado alto.
Tras un último vistazo a la calle, pasé junto a ellos y me colé en el interior en penumbra.
Me quedé quieto para dejar que los ojos se me acostumbraran a la luz tenue y saludé con un gesto a la mujer de belleza deslumbrante que había tras el mostrador de recepción del vestíbulo.
La larga melena negra le caía por la espalda en ondas sedosas.
El pintalabios de un rojo intenso destacaba contra su piel de porcelana.
Llevaba una blusa blanca sujeta por un solo botón obstinado, que dejaba entrever su figura insinuante.
Sonaba música suave de fondo y unas butacas mullidas se alineaban por todo el perímetro de la sala.
El aire estaba cargado de una mezcla de perfume, humo de tabaco, incienso y cerveza derramada.
Tenues pero inconfundibles toques de sudor se entremezclaban con los demás olores.
Un recordatorio del trabajo físico y las actividades eróticas que tenían lugar a puerta cerrada.
Una camarera de cócteles, vestida con un top halter negro, una microminifalda negra, medias negras de rejilla y tacones de quince centímetros, atendía a dos caballeros tailandeses, que disfrutaban de sus copas mientras esperaban su turno para sus acompañantes favoritas.
La joven del mostrador parecía saber por qué estaba allí.
Me recibió con una mirada de preocupación; sus ojos almendrados brillaban de comprensión.
Hizo un gesto sutil, una ligera inclinación de cabeza, hacia el pasillo que tenía detrás.
Le sonreí y le di las gracias, intentando mantener el contacto visual sin que la mirada se me fuera a su más que generoso escote. No lo conseguí.
El pasillo se extendía a lo largo de todo el edificio y estaba tan poco iluminado como el vestíbulo.
A cada lado se alineaba una serie de habitaciones con las puertas cerradas.
De vez en cuando salían de su interior gemidos suaves y risitas.
Tapices y cuadros antiguos adornaban las paredes y aportaban un aire de distinción pese a la naturaleza sórdida del negocio.
La primera puerta a la izquierda daba a una especie de vestuario.
Los clientes guardaban la ropa en una taquilla con llave junto a una de las paredes y se ponían un albornoz y unas zapatillas.
Enfrente de las taquillas había una hilera de lavabos con un gran espejo sobre un estante bajo que sostenía una variedad de tónicos, lociones, desodorantes, peines, cepillos y otros artículos de aseo personal.
A la vuelta de la esquina había retretes y un pasillo corto que conducía a una zona húmeda con duchas, un baño turco y una sauna.
Un último pasillo desembocaba en una sala de «ducha de mesa».
Al entrar el cliente, una joven en topless lo liberaba del albornoz y lo tumbaba desnudo sobre una mesa acolchada.
Vertía agua templada y jabonosa de un cubo de madera y frotaba con diligencia hasta llevarse las preocupaciones del día.
Una vez que el cliente estaba limpio y discretamente inspeccionado en busca de cualquier signo de enfermedades indeseadas, las chicas de la ducha de mesa lo secaban, le entregaban otro albornoz más, amplio y suave, y lo emparejaban con su chica para la velada.
Tenía entendido que, tras la primera puerta de la derecha, había un vestuario idéntico, aunque de uso menos frecuente, para las clientas.
El resto de las puertas daban a las pequeñas suites donde las trabajadoras ejercían su oficio.
Hacia la parte trasera del edificio, al final del pasillo, la penúltima puerta de la derecha estaba entreabierta.
Un policía tailandés montaba guardia fuera, con el uniforme impecablemente limpio y recién planchado.
Impresionante, dado el calor y la humedad agobiantes.
Por un instante me sentí cohibido por mi ropa arrugada y mi aspecto desaliñado.
Si el agente lo notó, su rostro no dejó traslucir nada mientras me echó un vistazo rápido y se hizo a un lado. Entré en la habitación.