Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) DIECISÉIS
18%

DIECISÉIS

CHAD

Al día siguiente, Chad supo que las cosas habían cambiado entre Liz y él. Que se hubiera levantado en plena sesión de besos apasionados y no hubiera vuelto la había enfurecido, sin duda. Había sido un rechazo en toda regla, y ella había pasado de mostrarse ardiente a volverse fría e indiferente.

A Chad no le gustaba nada aquello. Intentó hablar con ella sobre Kinsley, sobre cómo le iban las clases de cocina que estaba haciendo en línea, e incluso se ofreció a quedarse con la niña una noche para que ella pudiera descansar en el jacuzzi del piso de arriba.

Pero cada vez que lo hacía, la respuesta de Liz era gélida, y apenas era capaz de mirarlo a los ojos.

—No pasa nada, Chad. Para eso me contrataste, ¿no?

Se había ido a la cama nada más acostar a Kinsley, alegando que estaba cansada y necesitaba dormir más. En cuanto Chad oyó que se cerraba la puerta de su habitación, salió de la casa. Necesitaba correr libre por la naturaleza con más desesperación que nunca.

Se transformó como siempre: se desnudó en el porche, bajo la pálida luz de la luna, y adoptó rápidamente su forma de pantera. Dejó escapar un gruñido profundo y gutural antes de cruzar la carretera con cautela hacia el bosque desnudo y hermosamente solitario.

Corrió a toda velocidad, como solía hacer, liberando la energía que había estado atrapada en su cuerpo humano. Mientras galopaba con fuerza por el suelo del bosque, su sensible olfato de pantera captó un aroma familiar.

No era Liz. De eso estaba seguro. Era otra persona. Alguien de quien había estado cerca, aunque muy brevemente.

Cayó en la cuenta en el último segundo, justo antes de que otra pantera, una hembra, apareciera corriendo en el bosque junto a él. Lo sobresaltó un poco, pero en cuanto llegó, una oleada de aquel sabor a vinagre de manzana le devolvió la memoria de golpe. Barb.

Chad clavó las garras para frenar, se deslizó por la tierra y se detuvo justo antes de estrellarse contra un arce añejo. Barb hizo lo mismo, pero luego empezó a brincar de un lado a otro, aparentemente emocionada aunque también agitada.

—¿Qué haces aquí? —le espetó mentalmente.

—¿Que qué hago aquí? —repitió con una risotada mientras saltaba de un lado a otro—. Aquí la que debería hacer las malditas preguntas soy yo, Chad.

Él gruñó y se inclinó hacia delante en posición amenazante, de ataque. Barb le devolvió el gruñido, pero siguió moviéndose de un lado a otro como una pelota en una máquina de arcade.

—Lo que yo haga con mi vida no es asunto tuyo —rugió Chad.

Barb lo ignoró y comenzó a bombardearlo con preguntas retóricas mientras sus movimientos se volvían cada vez más amenazantes.

—¿Por qué dejas que una mujer humana críe a tu sobrina? ¿No sabes lo absurdo que es eso?

La luna casi llena los iluminaba, y los escasos árboles y ramas a su alrededor formaban un público de vegetación. Barb siempre había sido de las frenéticas, desesperada de un modo que no resultaba atractivo. A Chad no le gustaba aquel tono inestable en su voz.

—Ya no es mi sobrina, ¿recuerdas? —siseó Chad en respuesta—. Ahora es mi hija, y solo yo decido qué hacer con mi maldita niña.

Barb siguió riéndose, y su risa se fue convirtiendo en algo histérico, incluso delirante. Chad no estaba de humor para una pelea física, pero si tenía que defenderse, defender a su hija y, por supuesto, a Liz, lo haría.

El mero pensamiento de que alguien pudiera hacerles daño lo hacía hervir de rabia.

—Estás cometiendo un error enorme, Chad. Por no hablar del error que ya cometiste con lo nuestro. Se suponía que íbamos a estar juntos.

Entonces Chad soltó una carcajada. A Barb no le gustó nada.

—Barb, estás delirando. Nunca fuimos una buena pareja. No somos almas gemelas. De hecho, estamos a años luz de serlo.

Barb dejó de moverse. Chad sintió la energía inestable de ella rebotando dentro de su forma de pantera como un sismógrafo enloquecido. Permaneció quieto como una estatua, listo para defenderse en cualquier momento.

Ella retrajo los labios sobre los dientes de pantera, mostrando unos colmillos afilados como navajas en un gesto amenazante. Le gruñó, y él le devolvió un gruñido igual de ensordecedor.

—Te prometo una cosa, Chad Lynx —dijo mientras siseaba y se agachaba en posición defensiva—: vas a arrepentirte de haber contratado a esa mujer. Y vas a arrepentirte de haberme rechazado. Te lo prometo.

—¡Pues demuéstramelo! —rugió Chad—. Demuéstrame cómo voy a arrepentirme.

A lo largo de su vida, Chad había aprendido que, cuando un cambiante lo amenazaba, la mejor manera de quitárselo de encima era superar su amenaza. Así que cargó contra Barb, aunque sin intención de hacerle daño de verdad.

La respuesta de ella fue de manual. Se tambaleó hacia atrás con un grito agudo de sorpresa, volvió a ponerse en pie y luego intentó cargar contra él a su vez.

Pero Chad ya estaba huyendo. Le había sacado demasiada ventaja, y ella se rindió a mitad de la persecución de vuelta a casa de él.

Patrulló los alrededores de la mansión durante unas horas antes de retirarse por fin. Esperaba que Barb hubiera captado el mensaje, pero sus duras amenazas le habían dejado un peso en el estómago, como un pez podrido. ¿Qué había querido decir con que iba a arrepentirse de contratar a Liz?

Barb era una mujer celosa que lanzaba amenazas vacías. Eso ya lo sabía de antes. Pero algo en su tono la hacía parecer más seria esta vez, y mucho más desquiciada.

Chad intentó quitárselo de la cabeza mientras entraba y comprobaba que todas las puertas y ventanas estuvieran bien cerradas. Se asomó a ver a Kinsley, que dormía plácidamente en su cuna.

Se preguntó si Liz lo aceptaría si entraba en su habitación, la despertaba y le hacía el amor con dulzura. Su corazón anhelaba las caricias de ella, su abrazo. Eso curaría todas las dolencias que había tenido que soportar.

Pero decidió no hacerlo, ya que no sabía en qué punto estaban. Se fue a dormir aquella noche, todavía inquieto y afligido.