Capítulo Veintisiete
PIPER
El equipo para por los Juegos Olímpicos, diecinueve días de descanso en la liga. Abro la puerta de un empujón esperando gritos, cereales derramados, quizás Max haciendo malabares con cuchillos. El desastre que al universo le parezca gracioso hoy.
Pero no. Silencio.
Entro en el salón y me quedo clavada.
Chase está arrodillado en la alfombra junto a Chiara, los dos sepultados entre cartulinas, cinta adhesiva, rotuladores y una torre de cartón que parece una nave espacial.
Chiara me tiende un tubo cubierto de purpurina.
—¡Vamos a la luna!
Chase levanta la vista con el pómulo lleno de rayas de purpurina.
—Esta se ha raspado la rodilla —dice, señalando la tirita de princesas de Chiara—. No te encontraba. Así que la limpiamos. Ahora estamos construyendo un cohete porque, por lo visto, es la única cura. Parecía el siguiente paso lógico.
¿Lógico?
Se me aflojan las rodillas de una forma que no pienso admitir en voz alta.
—¿Has hecho todo esto? —pregunto.
Se encoge de hombros, avergonzado.
—Me necesitaba. Me las apañé.
Chiara sonríe radiante y se trepa a su regazo.
—Ha usado las pegatinas buenas.
—Eso ha sido un accidente —gruñe, con las mejillas coloradas.
Me muerdo el labio para no sonreír tanto que me parta en dos.
Esto no es suerte ni obligación ni adrenalina.
Esto es Chase dando la cara sin que yo se lo pida.
—¿Qué tal si almorzamos? —sonrío.
—¡Perritos calientes! ¡Parecen naves espaciales! —grita Key.
Chase se va a entrenar y yo me acomodo para una tarde de manualidades con los niños. Key parlotea sobre los disfraces de la función del cole cuando me vibra el móvil.
El nombre de Scarlett parpadea en la pantalla, seguido de una ristra de signos de exclamación y un enlace.
Lo abro esperando otro vídeo de bebés. Pero no: el titular me salta a la cara en letras brillantes y despiadadas:
«El galán del hockey Chase Maddox
¡FUERA DEL MERCADO!
¡La misteriosa niñera resulta ser su novia y conviven juntos!»
Se me encoge el estómago. Debajo del titular, una foto mía con Luke en un brazo, la mano de Chiara en la otra y empujando el cochecito de Chris. Chase está tan cerca detrás de nosotros que me roza la cadera. La foto parece sacada de una película romántica, no de nosotros volviendo del parque.
Bajo por la pantalla. Más fotos. Chase besándome la frente después de un partido. Yo sonriéndole como si viviéramos en un cuento de hadas.
Chiara me saca del trance.
—¡Mami, esa eres tú!
Fuerzo una sonrisa con el corazón desbocado.
—Sí, cariño. Parece que alguien nos ha hecho una foto.
Antes de que pueda procesar nada, la puerta se cierra de golpe. Max irrumpe agitando el móvil.
—¿Has visto esta mierda? TMZ, Sports Daily, joder, hasta el Canadian Sports Network se ha hecho eco.
«Maddox, el soltero de oro de la liga,
¡por fin cazado!»
Los periodistas deben de haber pillado a Chase justo después del entrenamiento. Entra detrás de Max con la camisa medio por fuera y cara de disculpa e irritación.
—Pipes —dice en voz baja mientras se acerca—. Ahí fuera es un circo. Esperaba que no estallara así.
Niego con la cabeza y cojo a Luke del parque. Luego le tapo los piececitos a Christopher con la manta.
—Sabíamos que tarde o temprano pasaría.
Chase me rodea la cintura con la mano, cálida y firme.
—Ya, pero no es asunto suyo, joder.
Antes de que pueda responder, el móvil de Max vuelve a sonar. Su cara pasa de divertida a preocupada.
—Eh, tío... esto no te va a gustar.
Gira la pantalla.
Un nuevo titular se desplaza:
«EXCLUSIVA:
Shelly Danvers rompe el silencio
Quiero recuperar a mi bebé».
Todos los sonidos de la habitación se apagan. El pulso se me dispara. Su nombre remueve algo en lo más hondo de mí. Shelly. La mujer que dejó a Luke en la puerta de Chase.
—Hijo de... —Chase le quita el móvil a Max y lee deprisa. La mandíbula se le tensa con cada línea.
El artículo la muestra sentada con pose estudiada en un plató, rímel perfecto, la voz temblándole lo justo para las cámaras. Habla de confusión posparto, miedo, arrepentimiento. De cómo «no quiso dejar a su bebé para siempre». Quiere «arreglar las cosas».
Los periodistas la pintan como una figura trágica, incomprendida.
Y Chase no lo desmiente.
Le citan diciendo: «Lo resolveremos en privado».
En privado. La palabra se me retuerce en las entrañas.
Cuando el bebé se queja, me lo acerco más al pecho, parpadeando con fuerza.
—¿Así que ahora ella vuelve a estar en el ajo?
Su mirada se clava en la mía.
—Piper, no es así.
—¿Cómo que no? —susurro—. Ella dice que quiere recuperarlo, y tú... ¿qué? ¿Le estás dando tiempo para decidir?
Se pasa una mano por la cabeza, con voz ronca.
—Es complicado. Abogados, custodia. Si la corto de raíz, quedo mal. Estoy intentando proteger a Luke.
Asiento lentamente, cada palabra arañándome la garganta como grava.
Max percibe la tensión y murmura:
—Llevaré a Chiara a su habitación.
Cuando se marchan, el silencio se espesa.
—Protegerlo —repito, casi sin voz—. Claro. Porque yo solo soy la niñera, ¿no? No soy familia. No cuento.
Chase se acerca con las manos en alto, como si intentara calmar a un animal salvaje.
—No hagas eso, Pipes. Sabes que no es verdad.
Retrocedo hasta que el borde de la encimera me golpea la cadera.
—Siempre supe, en el fondo, que esto pasaría.
No puedo pasar por esto. Perder lo que hemos construido.
Mis hijos merecen algo mejor que haberse enamorado de ti y de Luke para que ahora los echen.
Son mi máxima prioridad, y no puedo permitir que mis sentimientos por ti y el bebé lo pongan en riesgo.
Ya no sé nada. Ni lo que somos. Ni lo que quieres.
—Joder, te quiero a ti —gruñe, con la frustración a flor de piel—. Tengo que hacer esto bien. Si la cago, podría perderlo.
—Quizás ya lo estás perdiendo.
Mi voz se quiebra en la última palabra. Piensa en lo que esto significa para nosotros.
Las cosas apenas habían empezado a ir como debían.
¡Key quería llamarte papá! Chris duerme la siesta en el parque junto a Luke.
¿Cómo he podido hacerles esto a mis hijos?
¿Cómo dejé que nos prepararan para semejante golpe?
Luke rompe a llorar, captando la tensión. Los hombros de Chase se hunden, el rostro crispado de ira y culpa. Agarro mi abrigo y meto a Luke en su traje de nieve acolchado con las manos temblorosas.
—Necesito aire —digo mientras paso junto a él.
Afuera, el viento corta. Los reporteros aguardan más allá de la verja electrónica, ya cerrada, con los objetivos brillando como ojos. Sigo caminando, con Luke apretado contra mí, sin responder a las preguntas.
¡No podemos perder a Luke! No solo Chase: Key, Chris y yo también lo queremos con locura. Nos hemos convertido en una familia, lo hayamos visto claro desde el principio o no.
Por primera vez desde que conocí a Chase Maddox, no tengo ni idea de qué hará, y eso me aterra.
La maleta está abierta de par en par sobre la cama, retándome a decidirme de una vez. Meto un jersey. Doblo las mallas diminutas de Chiara. Luego me detengo al coger una de las sudaderas de Chase. Todavía huele a cedro y a un rastro tenue de su colonia. Se me paralizan las manos.
La lluvia helada golpea la ventana, constante, despiadada. La lluvia de Chicago siempre muerde con un filo más cortante y frío. La de Florida era diferente. Espesa, perezosa, que iba y venía como un amigo caprichoso. Me encantaba. Ahora, solo pensar en ella me hace un nudo en la garganta.
El móvil brilla desde la cómoda, con la oferta de trabajo clavándome la mirada: Directora de Programa de Cuidado Infantil - Sarasota County Schools. Es lo que dije que quería. Estabilidad. Sol. Un nuevo comienzo para Chiara. Una oportunidad de reconstruir lo que el huracán Milton destrozó.
Entonces, ¿por qué me tiemblan los dedos cada vez que paso el cursor sobre «responder»?
Me acerco a la cómoda y abro los cajones. Calcetines, camisas dobladas, gomas del pelo. Me muevo con método, igual que cuando preparé las bolsas de evacuación antes de que llegara el huracán. Solo que esta vez no hay amenaza directa para nuestras vidas, ninguna razón salvo mi cobardía.
Un marco de fotos cae boca abajo cuando golpeo la mesita de noche.
Se me hace un nudo en el estómago. Es la foto que Scarlett sacó en la barbacoa: Luke en mi regazo, Chiara a hombros de Chase, Christopher colgado de su pierna.
Me estoy riendo de alguna tontería que dijo Max.
La mano de Chase descansa en la parte baja de mi espalda.
Es imposible no verlo. Parecemos una familia de verdad.
La verdad es que lo éramos.
Se me forma un nudo en la garganta. Levanto el marco, lo enderezo, pero no puedo dejar de mirarlo. Su sonrisa no es perfecta; una comisura se eleva más que la otra. Pero sus ojos... son dulces, abiertos de par en par. Nunca lo he visto mirar así a nadie más.
Me seco las mejillas antes de que empiecen las lágrimas de verdad.
—Prometiste que no harías esto —murmuro—. Prometiste que serías fuerte.
La puerta cruje. El corazón me da un vuelco.
Es Chiara, medio dormida, con su dragón de peluche a rastras, los rizos alborotados, las mejillas sonrosadas del sueño.
—Mami, ¿por qué estás haciendo la maleta?
Me agacho y le coloco el pelo detrás de la oreja.
—Estoy… solo organizando, cariño. Para asegurarme de que tengamos ropa limpia.
Me lanza esa mirada, la que dice que no se lo traga.
—Estás triste.
El dragón cae al suelo. Me abraza fuerte; su voz queda amortiguada contra mi clavícula.
—No estés triste, mami. Me gusta estar aquí. Chase me hace girar como lo haría un papá.
Se me encoge el pecho.
—Lo sé, cariño.
Se aparta un poco y entorna los ojos.
—Él también se va a poner triste.
Dios, no puedo con esto.
Cuando sale arrastrando los pies, me dejo caer al suelo junto a la maleta a medio hacer.
El corazón me late contra las costillas como si quisiera escapar y caer al suelo como un pez moribundo.
La sudadera sigue sobre la cama. La cojo, me la aprieto contra la cara, respiro el recuerdo de él: jabón, sudor, un toque de café.
Quizá sea lo más sensato. O quizá solo estoy protegiendo a mis hijos, mi corazón, mi cordura.
Pero cada célula de mi cuerpo susurra la misma verdad: dejar a Chase Maddox me dolerá más que cualquier tormenta que haya sobrevivido.