Niñera en la zona neutral (Romance de hockey Guardianes de Gold Coast nº 2) Capítulo Dieciocho
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Capítulo Dieciocho

PIPER

Las mañanas adquieren su propio ritmo. Doy la vuelta a las tortitas con una mano y programo el microondas con la otra. A Christopher le gusta el sirope caliente.

Chiara arrastra sus pinturas por la superficie mientras le cuenta aventuras de princesas a Juke, que se ha convertido en su fiel compinche.

Es graciosísimo ver cómo ese perro enorme obedece a una aspirante a bailarina de un metro de altura.

Chris devora salchichas con las dos manos.

Pongo las tortitas en la mesa, corto una y le echo el sirope caliente, y después cojo a Luke en brazos.

Chase entra arrastrando los pies en la cocina, en chándal y con ojeras. La cadera parece irle mejor. Dejé de preguntarle cuando siguió quitándole importancia, como si fueran los achaques normales del hockey.

Mientras mezo a Luke apoyado en mi cadera, Max entra como Pedro por su casa y deja caer la bolsa del gimnasio en el suelo.

—Aquí huele como si una guardería y un vestuario hubieran tenido un hijo —anuncia, robando una tostada directamente del plato.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Y sigues aquí porque...?

—Comida gratis —dice con una sonrisa, antes de hacerle muecas a Chiara hasta que se ríe tan fuerte que se cae de la silla. Las bromas y el jaleo son cosa de cada día, un caos reconfortante que ahora valoro.

Pero por debajo late algo más silencioso.

Chase se mueve a mi alrededor con demasiada intención.

Su mano roza la mía cuando nos cruzamos en el pasillo.

Cómo se queda cerca cuando preparo los biberones, como si fuera a agarrarme de las caderas si olvidara que lo nuestro no es eso.

Su mirada se demora en mí más de lo debido, y sé lo que le ronda la cabeza, aunque se lo calle.

Cuando la casa por fin se queda en silencio, lo oigo dar vueltas, inquieto, en el dormitorio principal.

Pasos pesados sobre el suelo. El sonido de la ducha mucho después de medianoche.

Y a veces, un silencio tan denso que presiona las paredes de mi cuarto.

Y hay noches en que me quedo despierta preguntándome cuánto tardará Chase Maddox en dejar de fingir que no somos más que un arreglo temporal.

Luke llora a las dos de la mañana, como hacen los bebés de cuatro meses, y Chase entra medio dormido antes de que yo pueda llegar a la cuna con un biberón que me saqué antes.

Luke por fin lo está aceptando, pero no estoy lista para dejar de darle el pecho.

Chase insistió, y acepté que él le diera de comer a veces.

Está tenso, con los brazos torpes, pero lo intenta. Se mece de un lado a otro, murmurando:

—Tranquilo, campeón, con calma, ¿eh? —hasta que Luke se calma.

Desde la cama, observo cómo se le tensan los hombros mientras forcejea con el biberón, soltando maldiciones canadienses entre dientes.

Se me encoge el corazón. Este hombretón, este portero que se lanza delante de los discos sin miedo, parece aterrorizado ante un bebé de siete kilos. Y aun así, sigue intentándolo.

Los días siguen pasando. Fuera, los árboles son todo fuego y oro, y Chiara no puede resistirse a pisar cada hoja crujiente que ve. Las mañanas ya piden jersey; me pongo uno mientras el aire huele a leña quemada.

—Mami, ¿de qué me voy a disfrazar en Halloween? —da vueltas con el cochecito de Luke—. Las tiendas ya están llenas de calabazas.

—No lo sé, cariño —cojo el mango del cochecito mientras nos acercamos a la entrada—. Si quieres que te haga el disfraz, tendré que empezar pronto. A lo mejor esta tarde podemos ir a la tienda de telas a echar un vistazo.

Levanta los bracitos al aire.

—¡Bien! ¿Podemos disfrazar a Luke también? —me hace gracia que crea que puede vestir a Luke como a una de sus muñecas.

El equipo viene más a menudo, con la excusa de «ver al bebé», aunque las miradas de reojo que nos lanzan a Chase y a mí dicen otra cosa.

Scarlett pasa con Trey, Sophie con Anthony.

El salón bulle de conversaciones. Scarlett no para de mimar a Luke.

Sophie susurra algo que hace que Anthony se atragante con la bebida.

Max está repantingado en el sofá, autonombrándose canguro.

—Si esto se convierte en un culebrón, quiero mi parte de los derechos —anuncia.

Me río con ellos, pero la mirada de Chase me encuentra desde el otro lado de la sala. Un segundo. Dos. El tiempo suficiente para prenderme fuego por dentro.

El salón bulle de risas. Scarlett y Sophie se han hecho cargo del bebé como profesionales, pasándose a Luke como si ya fueran madres.

Trey está apoyado en la pared, trasteando con la guitarra de Fuze, cantando tan mal que Chiara se ríe hasta casi caerse.

Max sigue sin moverse del sofá, con un bol de palomitas en equilibrio sobre el pecho, lanzándole granos a Christopher, que cree que es el mejor juego del mundo.

—Venga, fuera —dice Sophie, echándome hacia la puerta cuando me paro en el pasillo—. Nosotros nos encargamos. Vosotros dos necesitáis un descanso antes de volveros locos.

—¿Qué quieres decir? ¿Ir adónde?

Scarlett añade:

—Id a un bar, tomaos un cóctel, escuchad música en directo y tened una conversación de adultos. En serio, Piper. Si no te tomas una noche libre, vamos a hacerte una intervención.

Chase se queda a mi lado, con cara de que lo han pillado robando galletas del tarro, pero sus compañeros de equipo forman una pared detrás de él, sin dejarnos escapatoria.

Arquea una ceja, como esperando que proteste. En cambio, me oigo decir:

—Vale. Una noche.

Max sonríe como el diablo mientras me empuja hacia la puerta. El equipo estalla en vítores. Las llaves caen en la palma de Chase. La puerta principal se cierra tras nosotros, amortiguando el ruido.

Chase camina a mi lado, con esos hombros anchos que ocupan demasiado espacio, con una presencia tan intensa que me descoloca. Y así es como acabo en el asiento del copiloto de su camioneta, de camino al centro de Chicago con el pulso desbocado.

Apenas habla. Solo trastea con la radio hasta que encuentra jazz y lo deja de fondo.

—Bueno, no hay nada como que tus amigos te echen a empujones de tu propia casa. Todavía no me creo que lo hayan hecho —intento bromear, pero Chase se limita a mirarme, y las palabras se me mueren en la boca.

Paramos frente a un hotel con luces doradas que se derraman sobre la acera. Se me revuelve el estómago. Es ridículo estar tan nerviosa después de vivir con él tanto tiempo.

—Trey dice que aquí tienen bebidas buenísimas y música en directo. ¿Te parece? —murmura Chase.

—Sí, me vendría bien una copa de vino.

Ahora estamos en un reservado del rincón del bar del hotel, y el local bulle de conversaciones y tintineo de copas. Mi copa de vino está delante de mí, dejando cercos húmedos en la mesa porque llevo siglos sin tocarla.

Chase apura su bourbon sin quitarme los ojos de encima. No creo que sea consciente de cuánto revela con su silencio. De cómo su mirada puede encender un fuego dentro de mí que se convierte en un volcán con lava corriéndome por las venas.

Finalmente, Chase se inclina hacia delante; su tono es áspero. —Es raro, ¿eh? Salir sin que los pañales y los biberones invadan la mesa.

Suelto una risa. —¿Raro? Parece ilegal. ¿Ahora quién intenta romper el hielo?

Esa sonrisa suya, torcida y peligrosa, me golpea como un tiro directo al pecho. Me estudia de una manera que me corta la respiración; sus ojos se oscurecen como si estuviera grabándose la imagen de mí con vestido en lugar de pantalones de yoga.

—No puedo dejar de pensar en ti, Piper —admite, frotándose la mandíbula, con la voz algo ronca—. Estoy en medio de un ejercicio, sudando a mares, y de repente, bum, apareces tú en mi cabeza. ¿Y sabes qué? Eso me asusta de cojones.

Esa honestidad atraviesa todo el ruido que nos rodea. Se inclina, lo suficientemente cerca como para que su colonia me envuelva. No es abrumadora, pero tiene algo que me atrae, y no me fío de mí misma para sujetar la copa, así que la dejo en la mesa.

—No eres el único, Chase. —Mi voz se quiebra un poco—. No paro de repetirme que lo mantenga todo sencillo, que me centre en los niños. Pero cada vez que estás cerca...

No puedo terminar. Su mirada me atrapa y todo lo demás desaparece. La tensión entre nosotros podría partir el acero. Siento el corazón oprimido, casi doloroso. La camarera se acerca. Chase se levanta, le pasa algo de efectivo, murmura algo. Ella me mira y luego desaparece.

El silencio que sigue es denso, pero no incómodo. Sus dedos se deslizan por la mesa y se detienen a centímetros de los míos. A ciegas, dejo que los míos encuentren los suyos, apenas un roce. ¿Esa pequeña chispa? Es más intensa de lo que esperaba.

Su pulgar me roza los nudillos y todo desaparece.

La camarera regresa y deja un sobre frente a Chase. Él me lanza una sonrisa pícara.

—¿Recuerdas que dijiste que esto parecía ilegal? —murmura, con los ojos brillándole de picardía. Desliza el sobre hacia mí—. Esto lo hace oficial.

Lo recojo con los dedos temblorosos. Es una tarjeta llave de hotel para el piso de arriba, dentro de una funda de la recepción.

—¿Qué es esto? —susurro con la garganta seca de repente.

Se recuesta y da otro sorbo de bourbon, pero su mirada no se aparta de mi rostro.

—Es una llave de habitación, Pipe. Y ya les he dicho a los chicos que no volvemos esta noche.

Wanda también cubrirá el turno de la mañana con Luke, así que nada de biberón a las cinco de la mañana para ninguno de los dos.

—Hace una pausa, dejando que la insinuación flote en el aire—.

He pensado que si vamos a hablar de todos esos sentimientos, probablemente deberíamos hacerlo en algún lugar donde no haya riesgo de que una niña de cuatro años nos pille.