Niégame cuanto quieras
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Capítulo 1
Se ató el cordón de su bota de piel y dejó caer las faldas.
Con cuidado salió de la habitación que compartía con sus hermanas y se apartó su larga trenza morena dejándola caer por su espalda.
Bajó los escalones muy lentamente para no despertar a su padre, que se había quedado dormido en su silla por el hidromiel como la mitad de sus hombres.
Apretó los labios y cuando llegó al salón, caminó por el suelo de piedra lleno de paja hasta llegar al enorme disco de hierro que estaba suspendido.
Cogió la maza que tenía colgada a un lado y la agarró con las dos manos antes de empezar a golpear con fuerza una y otra vez, sobresaltando a los hombres que se levantaron de sopetón con las espadas en la mano.
La confusión fue tal, que varios se chocaron entre sí para llegar a la puerta porque pensaban que les estaban atacando y su padre cayó de la silla hacia atrás gritando aún borracho —¡A las armas!
Su padre consiguió levantarse y fue a sacar su espada, pero se debió marear porque giró en redondo antes de tropezar con sus propios pies y caer sobre uno que debía estar muerto en el suelo porque no se había enterado de nada. —¿Pero qué haces, inútil? ¡Defiende a tu pueblo!
—Eh…
Le agarró por las trenzas de la barba con su gran mano y tiró de su cabeza hacia arriba. —¡Escoria humana, si no te matan nuestros enemigos, te destriparé yo mismo como no corras a defender a tu pueblo!
—¿Jarl? —preguntó babeándose.
Esben Davensen gruñó soltándose antes de correr hacia la puerta.
Se trastrabilló en los escalones cayendo en el suelo del patio sobre una boñiga de vaca.
El jarl gruñó levantando su rostro y se pasó las manos por los ojos para ver como sus hombres miraban confusos hacia el fiordo.
Aren se volvió y gritó —¡Jarl no veo que llegue nadie! ¿Ha sonado el cuerno?
Brynhild en los escalones de su casa mientras sus ojos verdes refulgían de furia gritó desgañitada —¿Acaso lo hubieras oído, maldito inútil?
¡Bien podríamos estar todos muertos, pues tenéis tanto alcohol en la sangre que ni os mantenéis en pie!
Qué vergüenza. ¡Qué ni se os ocurra entrar en esta casa hasta que no estéis serenos!
¡Y eso también va por ti, padre! —Entró en la casa y cerró de un portazo.
Varios hombres corrieron hacia el jarl y le pusieron en pie. Este se tambaleó. —Esta hija mía, menudo susto me ha dado.
—Jarl, manda más que tú —dijo Hakon antes de soltar una risita. Un puñetazo le tiró desmayado en medio del lodo.
—Repite eso si puedes —siseó haciendo que varios dieran un paso atrás.
Eigil gruñó y le dijo a su hermano —Jarl, tienes que hacer algo, ya ni nos deja beber a gusto.
—No, mi hija tiene razón, ¡sois unos gandules!
—¡Estábamos celebrando una boda! —dijo otro indignado—. Tampoco es para tanto. Mi mujer nunca me trataría así.
—¿Tu mujer? —dijo el jarl con desprecio—. Cuando tu mujer sea como mi hija, podrás hablar. —Fue hasta el abrevadero y se echó agua en la cara. —¡No hay mujer como mi Brynhild, ni más bella ni más lista!
Todos hicieron una mueca. —¿O miento? —gritó furibundo.
—No, hermano, no mientes, pero se le está poniendo un carácter que no hay quien la soporte. Así no se casará en la vida.
—¿Casarse? Mi Brynhild no tiene que casarse.
Al parecer sus hombres no pensaban lo mismo. Es más, por su cara parecía que querían que se fuera de allí cuanto antes. —¿Qué ocurre? ¿No estáis de acuerdo?
—Mi jarl… —dijo el viejo Frode—. Seguro que querrá tener hijos.
—Ya tiene siete míos que cuidar, ¿por qué iba a querer más?
—Igual quiere un marido, alguien que la ame —dijo su hermano.
—¿Que la ame?
—Es mujer, ellas siempre quieren esas cosas —dijo el viejo—. Ella también merece tener su propia familia, ¿vas a negarle eso? ¿Si tan buena hija es por qué la castigas?
El jarl entrecerró los ojos y se pasó la mano por la barba mojada. —¿Creerá que la estoy castigando? Igual por eso tiene ese humor inquieto.
Varios carraspearon y la puerta de la casa se abrió de golpe.
El joven Eigil salió corriendo de la casa y detrás de él salió volando una jarra de madera que le dio de lleno en la cabeza haciéndole caer de cara ante los pies del jarl.
Esben hizo una mueca mientras su hija gritaba —¿Te atreves a seguir bebiendo, maldita cucaracha?
¿Es que estás sordo, escoria de caballo?
—Brynhild apareció en la puerta. —¡Suerte tienes de que seas mi primo, porque si fuera otro el que se atreve a burlarse de mí a la cara, le saltaría los dientes! —Entró de nuevo dando otro portazo.
—¿Inquieto, jarl? Ni Loki tiene tan mal carácter.
Su primo gimió levantando el rostro, mostrando que tenía la mitad de la cara raspada. —Tío, menuda puntería.
Esben sonrió orgulloso y tiró de sus pantalones de cuero hacia arriba. —Es única.
—¿Vas a negarle un futuro dichoso? —dijo el anciano—. Tú no vivirás para siempre y tus hijos se irán, su belleza se marchitará y se quedará sola.
Eso al jarl no le gustó nada. —Eso no puede ser.
—Debes buscarle marido.
—¿Debo?
Todos asistieron vehementes. —Un gran guerrero que la ame por encima de todo. —Los ojos del jarl brillaron. —Un hombre como ella se merece.
—Sí, jarl. —Frode sonrió. —Un hombre como no haya otro, con el suficiente carácter para aplacar su inquietud.
—Sí… —Miró a su alrededor. —¿Alguna sugerencia?
Parpadearon sin saber qué contestar. —Esta noche quiero los nombres —dijo el jarl muy serio—. ¡Quiero los nombres de los mejores guerreros vikingos! ¡Mi hija se merece lo mejor, que ella es muy especial! —Fue hasta la casa y abrió la puerta.
—¿Sigues borracho? —gritó ella desde dentro.
Carraspeó. —Claro que no, hija.
—¡Vergüenza debería darte, debes dar ejemplo!
—Serás una esposa de jarl buenísima.
—¿De un jarl? ¡Bastante he tenido contigo, como para aguantar más! ¡Venga, a desayunar!
En cuanto el jarl entró, todos se miraron. —¡Decid un nombre! —gritó su primo.
—¿Un nombre? —preguntó su padre—. Como no elijamos bien, mi hermano nos mata.
—¿De veras creéis que algún guerrero querrá casarse con ella? —preguntó el viejo—. En cuanto le suelte un ladrido, sale espantado.
—O la mata, que también puede ser —dijo Owen.
Todos asintieron. —Qué dilema —dijo Eigil—. Pero es la solución perfecta para que nos deje vivir en paz.
—Cierto. —Frode asintió apoyándose en su espada—. Tiene que ser alguien muy valiente.
—Y rico o el jarl no lo querrá, debe tratarla como a una de esas reinas del sur —añadió Are.
—Rico, valiente, soltero…
—Oh sí, eso es indispensable —dijo Owen.
Todos le miraron como si fuera idiota.
Eigil sonrió. —Lo tengo.
—¿De veras? —preguntaron a la vez.
—¿Y Hrafn Orvansen?
—¿Estás mal de la cabeza? —preguntó el viejo asombrado—. Es un asesino despiadado.
—Seguro que son exageraciones.
—¡En cuanto la niña le pegue un grito, le arranca la cabeza! ¡Y el jarl nos la arrancará a nosotros!
—Otro, otro —dijo Owen asustado—. Y que viva bien lejos.
—Muy bien, no hace falta que sea rico —dijo el viejo. Todos se quedaron en silencio—. ¡Tiene que haber alguno!
—¿Y Arne Geirsen? —preguntó Owen.
—Tiene doce años —dijo Eigil como si fuera idiota.
—Así podrá dominarle todo lo que quiera. No protestará y no la matará.
—Es hijo de un jarl —apostilló el hijo de Eigil.
—Le acabamos de decir a su padre que no la prive de que se enamore, ¿crees que se va a enamorar de un imberbe? ¿Necesita un guerrero que le deje las cosas claras y que no le importen un par de gritos de vez en cuando?
—¿De vez en cuando, padre?
—Igual nos estamos equivocando pidiendo tanto —dijo el viejo—. ¿Y si es pobre? Tendrá que enamorarla para convencerla de que se case, ¿no? Tendrá que esforzarse un poco, digo yo.
—Si su jarl dice que se case, se casará —dijo Eigil.
Todos le miraron levantando una ceja y gruñó. —Muy bien, lo he entendido. Tenemos que hacer que sea apuesto para que la enamore.
—Exacto. —El anciano entrecerró los ojos. —Y si la vieja hace un hechizo no podrá evitar perder el corazón por él.
—La vieja Arna la adora, no hará nada que la aleje de estas tierras —Owen bufó mirando hacia la casa. —¿Creéis que ya se le ha pasado? Tengo hambre.
—Entra ahí dentro y eres hombre muerto —dijo su amigo dándole un codazo—. ¿Quieres pensar?
—Es que no puedo cuando me gruñe el estómago. Voy a probar, ayer por la noche me sonrió, puede que me dé una de esas tortas con miel.
Eigil miró a su hijo y le preguntó incrédulo —¿Le sonrió?
—¿Mi prima? Claro que no. Hizo una mueca de asco cuando eructó en la cena.
—¿Qué te había dicho? —vociferó ella desde el interior de la casa. Owen cerró la puerta a toda prisa y el filo de un hacha la atravesó quedando la punta ante la nariz de su amigo.
—Se ha librado por los pelos. —El viejo soltó una risita.
—Sí, la oreja de Dag no tuvo tanta suerte —dijo Eigil—. Ni rico, ni pobre ni imberbe. Debe ser un guerrero, alguien que soporte sus exabruptos o esto no saldrá bien y la tendremos aquí antes de que nos demos cuenta porque su marido fallezca inesperadamente.
El viejo suspiró. —Puede que tengas razón, un marido a su altura debe tener carácter. La niña no soportaría alguien sin sangre en las venas. Pero con un gran guerrero también podemos estar en problemas, porque si la mata entraríamos en guerra.
Todos suspiraron como si no encontraran la solución. —La aprecio muchísimo, no me gustaría que le ocurriera nada malo —dijo el viejo—. Será mejor que nos olvidemos del tema, igual hay suerte y aparece alguien que la enamore. Odín nos ayudará.
Eigil asintió. —Sí, nuestro dios de dioses intervendrá.
Arna le limpió la herida que tenía en la mano antes de ponerle un ungüento. —Niña, deberías tener más cuidado. Una mala herida puede enviarte a la muerte, ya lo sabes.
—Es que me sacan de quicio —dijo entre dientes—. Deberían haber salido a cazar al amanecer, ¿pero lo han hecho? No, por supuesto que no, porque ni podían tenerse en pie.