11
—¿Crees que estás aquí por venganza? —proseguí, inclinándome hacia ella.
Su voz era un hilo, apenas un susurro. Mi proximidad la hacía sentirse acorralada. Retrocedió hasta que su espalda chocó con el borde del escritorio. Su corazón latía con fuerza, y la furia comenzaba a reemplazar al miedo. Alzó la barbilla, dispuesta a plantarme cara.
—¿Esto es lo que querías? ¿Manipularme, encerrarme, usarme como un peón en tu retorcido juego? Eso no es amor, Jorge. Es obsesión, y es patético.
Su declaración me dejó congelado un segundo, pero solo un segundo. Incliné la cabeza, como si evaluara sus palabras, antes de responder con una sonrisa enigmática.
—Llama a esto lo que quieras, Macarena. Pero te prometo una cosa: cuando todo esto termine, entenderás por qué nunca debiste subestimarme.
Había algo en mi mirada que la hacía sentirse acorralada, y eso me gustaba. Como si con cada palabra tejiera una red invisible que no era capaz de romper. Me agaché acercándome a su cara, invadiendo su espacio con esa confianza que siempre había detestado de mi.
—¿Sabes qué es lo curioso? —dije, apoyando una mano en el escritorio, bloqueándole la salida—. Siempre supe que llegaría este momento, todo en la vida tiene una forma de cerrarse, Maca.
Intentó responder, pero las palabras se atascaron en su garganta. Su corazón latía con fuerza, podía sentirlo incluso en mis oídos. Me acerque hasta que mi aliento cálido rozó su mejilla.
—Tantos años, y aquí estamos otra vez —murmuré, dejando que mis palabras se deslizaran como veneno—. ¿Sabes qué es lo que más odiaba de ti? Que siempre tenías el control, siempre. Incluso cuando éramos niños. Pero ahora... ahora las cosas son diferentes.
Intentó moverse, pero levanté una mano, apenas rozándola el hombro. Fue suficiente para detenerla. No era fuerza lo que utilizaba, sino algo más poderoso: mi presencia, mi dominio.
—¿Qué haces, Jorge? —susurró, su voz temblando.
No respondí, en lugar de eso, deje que el silencio hablara por mí, mi mano bajó lentamente por su brazo. Cerré los ojos, intentando apagar el torbellino en mi mente, pero mi cercanía lo hacía imposible. Sentía mi cuerpo contra el suyo, mi aliento cada vez más cerca de su cuello.
—Jorge... no… ¡aparta! —intentó seguir, pero sus palabras quedaron ahogadas por mis labios.
La arrastré contra la mesa, mis manos buscando su cintura, mientras ella intentaba recuperar el control.
Sus uñas se clavaron en mi cuello, en mi espalda, en mi cara… pero no la solté. Su respiración era rápida y entrecortada, sus labios temblaban. Intentaba luchar, pero las fuerzas le fallaban. Y eso me volvía loco.
La levanté y la senté sobre el borde del escritorio, empujando papeles y objetos al suelo sin importarme nada más. Mi mano se deslizó por su cintura hasta su espalda, atrayéndola hacia mí con una fuerza que no sabía que tenía.
—Siempre quise esto —le murmuré contra la piel, recorriendo con mis labios su cuello, dejando una estela de calor en su piel—. Desde el primer día. Desde que te vi en aquel patio del colegio, mirándome como si yo no valiera nada.
—¿Y esto es tu venganza? —respondió ella, con un tono desafiante mientras seguía intentando zafarse de mí.
—Esto no es venganza, Maca —contesté, deslizando mi mano por su muslo.
El miedo tiene olor. Es sutil, casi imperceptible para los que no saben reconocerlo, pero yo lo huelo. Lo siento en el aire, en la respiración entrecortada, en la forma en que las pupilas se dilatan cuando el cerebro entra en modo supervivencia.
En ese momento, Macarena Banderas estaba empapada de miedo.
Me observaba con los ojos muy abiertos, como si estuviera a punto de gritar.
Pero sabía que gritar no serviría de nada, sabía que nadie vendría a salvarla, que aquí yo era la única persona que tenía el control.
Con un movimiento seco, la tomé del brazo y la empujé contra la pared.
Para que supiera lo que significaba desafiarme.
Para que entendiera que su destino no le pertenecía.
—¿Sigues creyendo que vas a salir de esta?
Ella respiraba agitadamente, su pecho subiendo y bajando con un temblor involuntario. No me respondió, no lo necesitaba, porque los dos sabíamos la verdad: Macarena ya no era una amenaza, solo una pieza más de este juego.
La rabia no llegó como un arrebato. Fue algo más peligroso, más calculado.
La certeza fría y absoluta de que necesitaba aprender una lección.
Mis pasos resonaron en la habitación. No tenía prisa.
Quería que sintiera cada segundo, que su cuerpo entendiera antes que su mente lo que estaba a punto de ocurrir.
Ella intentó retroceder, pero la pared le cortó el paso. Un animal acorralado. Perfecto.
Me incliné sobre ella, lo justo para sentir su respiración agitada, para ver en sus ojos ese brillo de desafío que aún no lograba extinguir.
—Tienes la maldita costumbre de morder la mano que te da de comer —murmuré con una calma casi irreal.
Macarena no respondió, solo respiraba rápido, con los puños cerrados a los lados. Como si pudiera hacer algo contra mí, como si aún creyera que tenía una salida. Ilusa.
Fue entonces cuando decidí dejar de jugar, le sujeté la muñeca y la retorcí con suficiente fuerza como para arrancarle un gemido de dolor.
—Dime, Macarena… ¿qué se siente al saber que no tienes escapatoria?
Ella me escupió en la cara y fue lo peor que pudo hacer. Porque ahí se acabó la paciencia, ahí despertó la bestia. La giré de un tirón y la estampé contra la mesa, presionando su cuerpo contra la madera mientras su aliento se cortaba en un jadeo.
—¿Crees que puedes joderme y salirte con la tuya? —apreté su muñeca contra la superficie, inmovilizándola con mi peso—. ¿ Crees que puedes desafiarme sin consecuencias?
Podía sentir su cuerpo temblar. Me acerqué a su oído, dejando que sintiera mi aliento.
—Voy a explicarte algo muy simple, Macarena. —mi tono bajó hasta volverse un susurro venenoso—. Aquí no hay héroes. No hay rescates. No hay nadie que venga por ti.
Ella seguía luchando, pero era inútil, porque el miedo ya había hecho su trabajo, ya entendía lo que significaba desafiarme. Lo que pasó en ese despacho nunca saldría de esas cuatro paredes. Pero estaba seguro de una cosa: ella había aprendido la lección.