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Hace mucho tiempo, tenía la vida que, según todos, debía tener .
Esa que te programan desde pequeño: una esposa fascinante, un trabajo de funcionario lo suficientemente estable como para que no te quite el sueño, y una rutina que se suponía era la envidia de cualquiera .
La típica historia de éxito socialmente aceptable, con una hipoteca a 30 años y una previsibilidad que a otros les resultaría reconfortante .
Vamos, la vida a la que supuestamente todo el mundo aspira, p ero viéndolo desde mi perspectiva actual… no se la deseo ni a mi peor enemigo.
No es que me haya vuelto un rebelde sin causa, ni un predicador del caos, pero la verdad es que en ese momento me sentía más como un autómata que como una persona .
Todo estaba diseñado para ser “correcto”, pero nunca para ser pleno .
Y ahí me di cuenta de una verdad incómoda: no importa cuántos “éxitos” consigas, si son los éxitos de otros, terminas viviendo una vida que no es la tuya .
Era como estar en una jaula dorada, una muy bonita, pero jaula al fin y al cabo.
De repente todo cambió. Nunca olvidaré esa sensación .
Un segundo antes estábamos en el coche, riéndonos por alguna tontería de las nuestras, y al siguiente, todo fue caos .
Recuerdo vagamente el sonido del metal aplastándose, el grito de Laura…
y luego, nada . Oscuridad total . Me dicen que estuve en coma profundo durante un año .
Un año entero que para mí fue como un parpadeo .
Pero cuando desperté, el mundo había cambiado . Y yo también.
Lo primero que noté al abrir los ojos fue el techo blanco del hospital .
Esas luces frías y clínicas que siempre odié .
M e tomó un momento darme cuenta de que no estaba en la playa, ni en el Caribe, ni en ninguna parte cercana a esa vida que habíamos planeado .
Lo siguiente que noté fue su ausencia . Laura no estaba ahí .
Ni una nota, ni una señal, ni un mísero “te estaba esperando” .
Nada . Solo una enfermera y un médico que me daba la bienvenida al mundo de los vivos.
—Has estado en coma un año — me dijo el doctor —. Es un milagro que estés aquí, Daniel .
He escuchado muchas veces a mis colegas hablar del coma como un estado de suspensión, una pausa en el tiempo, pero hasta que no lo vives, no sabes lo que realmente significa estar atrapado en esa nada .
Es como estar en un sueño del que no puedes escapar, ni recordar completamente .
A veces sentía que el mundo continuaba a mi alrededor, pero yo estaba flotando en algún lugar, sin capacidad de volver, sin forma de gritar para que alguien me escuchara.
No tengo recuerdos exactos de ese año . Dicen que fue largo, pero para mí fue como un instante eterno, donde no había ni dolor ni placer, solo una sensación de pérdida, como si todo lo que era yo se estuviera disolviendo lentamente .
A veces tenía sueños fragmentados: Laura y yo en la playa, riendo bajo el sol .
Otras veces, solo era oscuridad, una especie de vacío sin forma que se estiraba más allá de mi comprensión.
La parte más difícil fue el despertar . Ahí sí sentí algo .
No fue un renacimiento glorioso como muestran en las películas, fue...
confuso . Lo primero que me golpeó fue el frío, como si todo mi cuerpo hubiese estado congelado durante años .
No tenía la mente clara , y cuando traté de moverme, me di cuenta de que no podía .
Los músculos no respondían , era como si estuviera aprisionado en mi propio cuerpo .
Miré a mi alrededor, pero no había nada ni nadie conocido .
Mi respiración se aceleró y el miedo comenzó a infiltrarse por las grietas de mi conciencia.
¿Dónde estaba Laura? No podía pensar en otra cosa .
Las palabras estaban atrapadas en mi garganta, ahogadas por los tubos y las máquinas que me mantenían vivo .
Estaba solo, rodeado de enfermeras y doctores que me miraban con una mezcla de sorpresa y alivio, pero ellos no eran lo que necesitaba.
Con el tiempo, las piezas del rompecabezas empezaron a encajar .
El accidente, el coma, el año perdido...
pero aún faltaba una pieza clave: Laura .
Cuando finalmente pude hablar, esa fue la primera pregunta que hice, pero la respuesta no llegó tan rápido como esperaba .
Al principio, nadie sabía qué decirme . Me decían que debía concentrarme en mi recuperación, que había mucho tiempo para preguntas, pero lo que no entendían es que yo no tenía tiempo .
Mi mundo había colapsado, y lo único que podía darme algo de estabilidad era ella . Pero no estaba.
Cuando me dijeron que había desaparecido, que no había estado ahí para verme despertar, algo dentro de mí se rompió . Estaba preparado para enfrentar cualquier cosa, menos eso . Me sentía abandonado. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no estaba a mi lado cuando más la necesitaba?
Despertar no fue un milagro . No fue ese momento de euforia que muestran en las películas, donde el paciente abre los ojos y, de repente, el mundo es brillante y lleno de posibilidades .
F ue más bien un acto cruel, un recordatorio de que, mientras yo había estado suspendido en el vacío, la vida había seguido adelante sin mí .
Al principio, todo era confuso : las voces de los médicos, las luces blancas del techo, la sensación de que mi cuerpo no me pertenecía.
Tardé días en entender lo que había pasado, que había perdido un año entero de mi vida .
Pero lo que realmente me rompió fue darme cuenta de que, mientras yo estaba atrapado en la nada, Laura había decidido seguir adelante.
El dolor no vino de inmediato . Al principio, fue solo incredulidad .
Una sensación de que todo esto era un mal sueño del que pronto despertaría .
Pero a medida que las semanas pasaban y los días se hacían más reales, el vacío empezó a llenarme de una manera que no sabía manejar.
La cama del hospital era incómoda, pero no tanto como el peso de esa ausencia .
Miraba por la ventana, viendo cómo la vida seguía allá afuera, mientras yo intentaba encontrarle sentido a este "regalo" que la vida me había dejado.
Intenté moverme, y ahí fue cuando la cosa se puso seria .
Imagina que tu cuerpo es como un coche que lleva un año en el garaje, con las ruedas pinchadas y el motor cubierto de polvo .
Ese era yo intentando hacer que mis piernas se movieran .
Una enfermera se dio cuenta de que me estaba agitando y vino corriendo .
¡ A h, la amabilidad personificada!, y eso que yo era de la casa...
. Por un segundo pensé que me iba a dar una palmadita en la cabeza como a un perro que acaba de aprender a sentarse.
— Tranquilo, Daniel — me decía .
— ¿Dónde demonios est á Laura?
Las palabras tardaron en salir, como si mi cerebro y mi boca no hubieran hecho las paces después de tanto tiempo sin hablar .
Mis primeras palabras después de un año en coma sonaban como si las hubiera dicho un neandertal con resaca .
La enfermera me miró con ojos de compasión, como si estuviera a punto de decirme que Santa Claus no existe .
—T ranquilo, Daniel, ya hablaremos de eso .
« ¡ Y a hablaremos de eso! ¿Qué era esto, una novela por entregas? ¡Necesitaba respuestas ya! »
Me hacían preguntas, un montón de preguntas : que si sabía quién era, que si recordaba qué día era, que quien era el presidente del gobierno...
Yo lo único que quería era mi café de siempre y una ducha que me hiciera olvidar todo ese tiempo perdido .
Y Laura, claro . Pero Laura no está , Laura se fue.
Cada mañana, al despertarme en el hospital, pensaba y tenía la esperanza de que iba a aparecer con una excusa espectacular, algo digno de una película . Pero no, nada . Solo las enfermeras, el desayuno insípido y esa incómoda soledad, más larga que un lunes sin café.
De repente, en el pasillo, un leve murmullo rompió el opresivo silencio que me envolvía desde que había despertado.
Era débil, como un susurro arrastrado por el aire, pero lo suficientemente claro para captar mi atención.
Giré la cabeza con dificultad hacia la puerta entreabierta.
Dos voces femeninas, rápidas y nerviosas, cuchicheaban al otro lado.
— Es terrible, ¿no crees? Otro caso hoy por la mañana — dijo una de ellas con un tono cargado de preocupación.
— Sí, y dicen que es el mismo virus . Otra vez el virus K19 , parece una pesadilla , nunca se va a ir — respondió la otra en un susurro apenas audible.
Mi cabeza empezaba a encajar lo sucedido .
Desde que desperté, not é esa poca cercanía de las enfermeras .
C omo si no pudieran empatizar de más, cosa que nunca me pas ó mientras trabajaba.
Algo estaba pasando … Y esas mascarillas …
yo nunca había estado en un hospital en el que todo el mundo usara mascarilla .
Intenté sentarme, pero mi cuerpo protestó, pesado y torpe . El monitor junto a mi cama comenzó a pita r de manera aguda delatando mi esfuerzo . «M aldita máquina ». Contuve la respiración, temeroso de que ellas se dieran cuenta de que las estaba escuchando, pero el pitido no las distrajo.
— Dicen que ya no hay camas en la UCI y que el contagio es… brutal— continuó la segunda voz .
— ¿Te imaginas? S i se extiende más no sé cómo vamos a controlarlo . Y este hombre , ¿cómo se llama?
— Ah, sí, el que acaba de despertar, Daniel Miralles . Por lo visto era médico en otro hospital, pero lleva un año en coma y se ha despertado hace unos días sin saber todo lo que ha pasado . Nadie tiene el valor de contárselo. A este ritmo, ni siquiera sabemos si podrá recibir el alta pronto.
El escalofrío que recorrió mi columna no tuvo nada que ver con la fiebre o con mi estado físico . E ra el tipo de miedo visceral que nace de saber que algo ha cambiado para siempre, aunque no sepas todavía el alcance del daño.
— Dicen que el gobierno ya lo sabe, pero no quieren alarmar a la población No quieren aprobar el estado de alarma, sería la ruina para todos . Esto parece una película mala de apocalipsis.
El sonido de un carrito metálico rodando por el pasillo las interrumpió . Un segundo después, las voces se desvanecieron en la distancia, pero la palabra se quedó grabada en mi mente como un sello ardiente: virus K19 .
Días más tarde vi un rostro conocido cruzar el umbral de la puerta .
Sentí una chispa de esperanza en medio de ese caos silencioso .