Ni un beso más de ti (Sin ti 2)
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Chapter 2
Prólogo
Creo que en el momento exacto en el que me enteré por mi mejor amiga que mi novio, Jaden, había muerto, lo perdí todo. A él. A mí. A mi vida entera.
En el coche, camino al hospital, no dije ni una sola palabra.
Las lágrimas bajaban solas por mis mejillas y yo no podía hacer nada más que abrazarme el vientre con ambas manos, como si eso pudiera proteger lo poco que me quedaba.
Como si eso pudiera detener el dolor que me estaba partiendo por dentro.
Mi hermano me tenía pegada a su costado y me susurraba que todo iba a salir bien, que no me preocupara, pero… ¿cómo no hacerlo? Tenía un mal presentimiento. De esos que te arañan desde dentro. De los que sabes que no se equivocan.
Solo quería a mi madre. Solo quería acurrucarme en su pecho, como cuando era una cría, y llorar hasta quedarme dormida. Pero también tenía unas ganas horribles de gritarle. ¿Por qué no me lo había contado? ¿Por qué todos me lo habían ocultado?
Entré sola a la consulta. No quería a nadie conmigo. Reid me lo había dicho antes de salir: no te encierres , pero ya era tarde para eso. Estaba encerrada en mí desde que recibí la llamada de Claudia.
Me mandaron una analítica, me sacaron sangre, me pidieron una muestra de orina. Todo rápido. Y al poco rato me derivaron a ginecología. Caminé por esos pasillos blancos, fríos, asépticos… como si estuviera en otro mundo. Uno donde yo ya no encajaba.
—Por favor, toma asiento —dijo una doctora joven, con una coleta alta y unas gafas grandes que le colgaban de la nariz. Tenía un tono amable, pero profesional—. Cuéntame, ¿qué ha pasado?
La miré y sentí que me rompía. Una lágrima me resbaló por la cara antes de poder decir nada.
—Estoy embarazada —susurré—. Y anoche me empezó a doler un montón el abdomen. Fui al baño y… sangraba. Mucho. Había sangre por todas partes. Y me dolía. Me dolía muchísimo.
—¿De cuánto estás?
—No lo sé. Me hice el test hace una semana.
Una semana desde la boda. Una semana que me la había pasado encerrada en casa, sin hablar, sin comer, sin hacer más que llorar… desde que me enteré. Desde que me dijeron que Jaden…
No. No podía pensarlo. No quería.
—Vamos a echar un vistazo, ¿vale?
Asentí, aunque lo último que quería era que me tocaran. La auxiliar me indicó que me desnudara de cintura para abajo. Lo hice como una autómata, sin pensar. Me tumbé en la camilla, con las piernas abiertas frente a una completa desconocida que me hablaba con voz suave.
—¿Has hecho deporte? ¿Has trabajado más de la cuenta?
—No… —Cerré los ojos con fuerza y se me escapó un sollozo—. Es que mi novio… tuvo un accidente con su moto… y…
No pude seguir. No quería decirlo en voz alta. Porque si lo decía, era real. Significaba que ya no estaba. Que se había ido. Que no volvería.
La doctora me miró. No dijo nada. Pero lo entendió todo.
—Tranquila. Respira. No te va a doler.
Vi cómo la auxiliar preparaba el ecógrafo.
Puso un gel sobre una especie de sonda alargada y, tras explicarme qué era, la introdujo con cuidado.
La doctora no decía nada. Iba mirando la pantalla, primero hacia un lado, luego hacia el otro, y su cara seguía igual.
Seria. En silencio. Como si no quisiera decir lo que ya sabía.
Cuando terminó, se quitó los guantes, se levantó y me dijo que podía vestirme.
Me limpié y me puse la ropa despacio. Temblando. Como si cualquier movimiento pudiera hacer que me desmoronara del todo.
Me senté frente a ella. La auxiliar me dio un pañuelo de papel que ni usé. ¿Para qué? Las lágrimas caían igual.
—Verás, Hero —dijo la doctora al fin—. Comprendo que estás pasando por un momento extremadamente difícil, y quiero enfatizar que el sangrado que has experimentado puede estar relacionado con la intensidad de las emociones y el estrés que has experimentado tras la reciente pérdida de tu novio.
—Mi labio comenzó a temblar, las lágrimas se agolparon en mis ojos y desvié la mirada.
Asentí sin decir nada. No podía.
—El cuerpo a veces reacciona así al dolor emocional, al estrés… pero también hay veces en que simplemente… pasa. Y no hay una explicación.
—Dígamelo ya, por favor.
Ella respiró hondo.
—Has tenido un aborto espontáneo.
Y ya está. Ahí fue. Me lo soltó como una piedra encima del pecho.
—Lo siento muchísimo.
No dije nada. Ni siquiera lloré más fuerte. Me quedé ahí, con la mirada perdida, sintiendo cómo todo dentro de mí se rompía en mil pedazos más.
Primero Jaden. Ahora esto. ¿Qué más podía perder?