Capítulo 50
TYLER LEWIS
El gran día había llegado: la IndyCar; la carrera más importante de Estados Unidos… y, probablemente, del maldito mundo. Y yo iba a correr para Team Penske, casi nada.
No podía fallar. No a ellos. No a mí. No hoy. Porque detrás de ese monoplaza no estaba solo yo, estaba todo un equipo.
Roger Penske, el jefe. El puto cerebro detrás de todo aquello. El hombre que no aceptaba un segundo puesto ni como error.
Los ingenieros, afinando cada milímetro del coche como si les fuera la vida en ello.
Los mecánicos, dejándose la piel en cada ajuste, en cada parada, en cada detalle invisible que marcaba la diferencia entre ganar… o estamparte contra el muro.
Los estrategas, calculando vueltas, combustible, riesgos.
Los patrocinadores, los que ponían la pasta y esperaban resultados.
Y luego estaba yo, el que tenía que salir ahí fuera y no cagarla.
Me ajusté los guantes despacio, notando cómo el pulso se me estabilizaba, porque en cuanto me subía al coche todo lo demás desaparecía. Las dudas. Los fantasmas. Mi gran amigo. Mi hermana. Curly. Todo.
Solo quedaba una cosa: ganar.
En ese instante, mi pelirroja hizo acto de presencia. Creía que no iba a llegar a tiempo. Y joder… ¡la necesitaba! Necesitaba verla antes de salir a la parrilla y volar. Porque volar sin ella, no era lo mismo.
—Tyler… siento el retraso, el jodido tráfico de las narices…
—Tranquila, cielo —la corté en cuanto la tuve delante—. Ya estás aquí… y es lo único que necesitaba.
No esperé ni un segundo más. La agarré y le planté un beso en los labios de los que te dejan sin aire, de los que te recolocan el puto mundo en su sitio. Como si necesitara grabármela a fuego antes de salir ahí fuera. Como si fuera mi punto de anclaje. Y mi calma… dentro del caos.
Mi jefe no tardó en lanzarme una mirada de esas que matan sin tocarte. No le gustaba una mierda que las novias estuvieran en el box antes de la carrera. Según él, distraían.
A mí… Curly no me distraía. A mí me encendía. Me daba vida. Alas, de las de verdad, de las que no se ven pero te hacen volar. Porque esas alas tatuadas en mi espalda solo tenían sentido cuando era ella quien me empujaba a usarlas. Y con eso… me bastaba para salir ahí fuera y reventarlo todo.
Volví a besarla. Más despacio. Saboreándola. Rozando sus labios, perdiéndome un segundo más de la cuenta.
—¡Un minuto, Lewis!
Roger carraspeó con malas pulgas y me separé lo justo. Le atrapé la cara con ambas manos y la obligué a mirarme, porque había algo que no podía callarme. No ahora.
—No sé qué coño estamos haciendo… pero lo quiero todo contigo, pelirroja. Todo. Porque te juro que lo nuestro no acabó, jamás acabó.
—Jamás acabó.
Repitió como un mantra.
Y sonrió. Y joder… esa sonrisa deberían recetarla en todos los centros médicos y psicológicos del mundo como antídoto contra la tristeza.
—Te quiero, mi hombre de negro —susurró—. Con tus sombras… y con tus alas. Con todo.
Tragué saliva.
—Te quiero… te amo —añadí, descendí la voz—. Y cuando me baje del monoplaza… pienso llevarte a las estrellas… un millón de veces.
Entonces, por suerte, recordé algo importante.
Muy importante.
—Y dentro de esa bolsa —señalé con un leve gesto hacia el banco del box— tienes una sorpresa… pero no la abras hasta que me suba al podio, ¿vale, preciosa?
Asintió, con los ojos brillantes, a punto de llorar.
—Espérame en meta —añadí, apoyando mi frente contra la suya—. Porque pienso ser el primero en cruzarla… y dedicártela a ti. Solo a ti, mi pelirroja.