Una Última Cacería 315 #3
Kane lo miró con esa expresión que había tenido siempre cuando Aren decía algo que él todavía estaba procesando pero que reconocía como verdadero antes de terminarlo de procesar.
—¿Lo has visto?
—Lo veo hace tiempo.
Kane asintió lentamente, con el movimiento mínimo que la fiebre le permitía.
—Den te enseñó bien —dijo.
—Me enseñó a mirar —dijo Aren—. Lo demás se ve solo.
Se quedaron en silencio durante un momento que tenía el peso de todo lo que habían sido juntos: los años en el norte, el hielo, el asentamiento, las muertes y los nacimientos y las cacerías y las noches junto al fuego hablando de lo que el grupo necesitaría en el tiempo que ninguno de los dos podía ver todavía.
—¿Me dirás quién es? —preguntó Kane.
—Cuando sea el momento.
Kane casi sonrió. Era la respuesta que habría dado Den, y ambos lo sabían, y en ese reconocimiento compartido había algo que era al mismo tiempo tristeza y gratitud y la clase de humor que solo existe entre personas que han vivido suficiente para encontrar gracia en lo que duele.
Cinco días más tarde, todo lo que quedaba por decirse entre ellos ya se había dicho.
Kane murió cinco días después, antes del amanecer, sin drama y sin la agonía larga que algunos habían temido.
Su cuerpo tomó la misma decisión que había tomado siempre en las situaciones difíciles: la más directa disponible.
Daka estaba a su lado. Los perros también, con esa presencia silenciosa que habían mantenido durante días, como si supieran que su lugar en ese momento era estar ahí sin producir ningún sonido que interrumpiera lo que estaba ocurriendo.
Aren llegó cuando el día comenzaba a insinuarse en el horizonte, cuando la oscuridad todavía era completa pero el cielo al este tenía esa diferencia de densidad que anuncia lo que viene antes de mostrarlo.
Se sentó junto al cuerpo de su amigo y lo vio con esa mirada que había aprendido de Den: la que no busca encontrar a alguien que ya no está sino reconocer lo que permanece de él.
Kane había sido la consistencia. La acción sin vacilación.
La certeza en los momentos donde la certeza era la única cosa que el grupo podía seguir.
Había sido también la mano en el hombro una sola vez cuando hacía falta, sin repetirla, sin necesitar que el gesto fuera más de lo que era.
La palabra breve que contenía todo lo necesario.
El hombre que lloró sobre el río por su madre y que al día siguiente organizó los grupos de búsqueda porque era lo que ella habría querido, y que en esa capacidad de seguir moviéndose mientras sentía había mostrado al grupo lo que significaba ser fuerte de verdad.
No había palabras suficientes para todo eso. Pero las palabras insuficientes eran lo que había, y Aren había aprendido de Den que las palabras insuficientes dichas con honestidad valen más que el silencio que viene de no saber cómo decirlas.
Cuando el grupo se reunió, Aren habló.
—Kane nos enseñó que la certeza no es arrogancia sino servicio —dijo, con esa voz que no necesitaba ser alta para llegar a todos porque el silencio del grupo la llevaba—.
Que decidir cuando otros dudan es la forma más exigente de cuidar a los que dependen de ti.
Que ser fuerte no significa no sentir sino seguir moviéndote mientras sientes.
Todo lo que somos como grupo tiene su forma en las decisiones de ese hombre.
En las cosas que hizo y en las que no hizo.
En los momentos donde avanzó y en los momentos donde esperó, que fueron siempre los momentos correctos aunque no siempre los más cómodos.
Hizo una pausa.
—Y lo que somos como grupo continúa. Porque él también nos enseñó eso. Que lo que se construye juntos dura más que cualquiera de los que lo construyeron. Que el grupo que sigue caminando es la mejor forma de honrar a los que no pueden seguir.
El entierro fue en el punto más alto del terreno disponible, con el bisonte que había cazado representado en la piedra de la tumba por las manos de Aren.
No porque Kane lo hubiera pedido sino porque era lo correcto, porque la última caza del mejor cazador que el grupo había tenido merecía quedar grabada de la misma manera en que el eclipse y el Gran Cañón y las manos en la cueva habían quedado grabados: como testimonio de que algo había ocurrido y de que alguien había estado presente para verlo.
Cuando el duelo formal terminó, quedaba todavía algo pendiente que solo Aren sabía que tenía que resolver ese mismo día.
Después, cuando el grupo comenzaba a dispersarse hacia las tareas del día con ese movimiento de vuelta a lo ordinario que es la única respuesta honesta que la vida ofrece a lo extraordinario, Aren buscó con los ojos entre los presentes.
Lo buscó con la atención que había cultivado durante toda su vida para las cosas que importaban sin poder decirse directamente: no la mirada que evalúa capacidades sino la que lee carácter, la que ve cómo alguien está de pie cuando nadie lo mira, cómo trata a los que tienen menos fuerza que él, cómo responde cuando algo inesperado ocurre y no hay tiempo para calcular la respuesta correcta.