Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) Una Última Cacería 315 #2
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Una Última Cacería 315 #2

—Necesitamos carne —dijo, porque era la verdad más simple y más directa y Kane nunca había tenido paciencia para los preámbulos cuando la situación era clara—. Daka, toma a los cazadores hacia el flanco este. Yo voy al norte con los perros.

Daka asintió y se movió.

Aren observó a Kane desde el punto donde permanecería con las familias.

Vio en él lo que siempre había visto: la economía de movimientos, la decisión sin vacilación, el cuerpo que todavía respondía cuando el momento lo exigía aunque ya no respondiera con la misma facilidad de antes.

Y vio también algo que solo se ve cuando se conoce a alguien desde que ambos eran jóvenes: el esfuerzo invisible, el trabajo que Kane hacía para que lo que el cuerpo ya no daba naturalmente pareciera que seguía dándolo, la decisión continua y silenciosa de seguir siendo lo que había sido siempre aunque ese esfuerzo costara cada vez más.

Los perros se organizaron alrededor de Kane con esa sincronía que venía de generaciones de aprendizaje acumulado.

El nieto del Pálido iba adelante, marcando el ritmo, con los demás distribuidos en los flancos en una formación que ningún hombre les había enseñado completamente porque parte de ella venía de más atrás, de antes de que el primer lobo eligiera a un humano, de esa sabiduría de manada que los siglos de convivencia habían mezclado con algo nuevo sin borrar lo antiguo.

La caza comenzó.

El bisonte que Kane eligió era un macho adulto en el borde de la formación.

Los cazadores con experiencia aprenden a identificarlos desde lejos: no el más débil, que podía ser trampa, sino el que estaba en posición aislable, el que podía ser separado de la masa sin que la masa reaccionara de forma que complicara lo que seguía.

Kane lo había identificado antes de que los perros empezaran a moverse, con ese ojo que ya no necesitaba tiempo para hacer lo que había hecho miles de veces.

Los perros hicieron su trabajo. Lo separaron con una eficiencia que todavía producía en Aren algo parecido a la admiración cuando lo observaba desde lejos: no atacando directamente sino presionando, cerrando opciones, reduciendo el espacio donde el bisonte podía moverse hasta que el único espacio disponible era el que Kane necesitaba.

Era la misma danza que habían ejecutado cientos de veces, refinada durante años hasta volverse algo que ninguno de sus componentes podría haber producido solo.

Kane lanzó.

La lanza impactó en el punto correcto con la precisión de alguien en quien la técnica ya no reside en la mente sino en el músculo, que es el nivel donde la técnica se vuelve infalible porque ya no depende de la decisión consciente.

El bisonte no cayó de inmediato. Siguió moviéndose con esa resistencia particular de los animales grandes que no entienden de inmediato lo que ha ocurrido y continúan con el impulso que tenían antes de que el impulso pudiera sostenerse.

Kane siguió.

Eso fue lo que Aren vio desde la distancia y que le produjo la incomodidad que no supo nombrar de inmediato: Kane siguiendo al bisonte herido con una velocidad que su cuerpo no debería haber tenido ese día, empujando más de lo que el momento requería, con esa intensidad específica de alguien que sabe que este podría ser uno de los últimos y que por esa razón necesita que sea completo.

Que necesita sentir una vez más que el cuerpo responde, que el brazo sigue siendo el brazo de siempre, que lo que ha sido durante toda su vida puede serlo todavía en este momento aunque solo sea en este momento.

El bisonte cayó.

Kane cayó también.

No fue el bisonte.

Fue el suelo. Un punto donde la tierra cedió bajo un paso que en cualquier otro momento habría evaluado mejor, una irregularidad del terreno que la velocidad de la persecución no había dejado tiempo de leer.

La caída no fue espectacular. Fue simple, como son las cosas que ocurren de verdad: un paso, un ángulo equivocado, el peso del cuerpo siguiendo una dirección que el suelo ya no acompañaba.

El sonido que siguió era el que Aren había aprendido a temer más que cualquier otro en una cacería. No el grito del dolor inmediato sino el silencio que viene después, cuando el dolor es suficientemente serio para que el cuerpo no encuentre la voz de inmediato.

Daka llegó primero. Luego dos cazadores. Luego Aren, que había corrido desde el punto donde estaba antes de tomar la decisión consciente de correr.

Kane estaba en el suelo con la pierna en un ángulo que no era el suyo.

Consciente. Evaluando la situación con los mismos ojos con que había evaluado todo durante toda su vida, esos ojos que no cambiaban de naturaleza porque el cuerpo sufriera, que seguían siendo los ojos de quien mide antes de decidir y decide antes de hablar.

—La pierna —dijo, con el tono de alguien que informa de algo que le ocurre a otra persona y que está verificando el diagnóstico antes de continuar.

Daka se arrodilló junto a él. Sus manos recorrieron el daño con la experiencia heredada del grupo en el tratamiento de huesos y heridas, ese conocimiento práctico acumulado durante generaciones que no tenía nombre pero que existía en las manos de quien lo había recibido y practicado.

—Está rota —dijo Daka.

—Ya lo sé —dijo Kane.

Se miraron. El padre y el hijo. Algo pasó entre los dos en ese momento que no necesitó palabras porque era del tipo de comunicación que existe entre personas que se conocen desde el primer día de la vida del uno y que en ciertos momentos no necesitan el lenguaje porque tienen algo más directo disponible.

No lo que se dice sino lo que se sabe. No lo que se transmite sino lo que ya está ahí, en el reconocimiento mutuo de lo que ese momento significaba y de lo que vendría después.

Kane miró a Aren.

Aren sostuvo esa mirada sin hablar, porque el momento era de Kane y no suyo, y hablar primero habría sido una forma de robarle algo que le pertenecía.

—El bisonte está muerto —dijo Kane, finalmente.

—Sí.

—Buena caza.

—Buena caza —confirmó Aren.

Y eso fue suficiente para ese momento.

Lo que siguió, sin embargo, ya no tendría la sencillez de ese intercambio.

Lo trasladaron al campamento con una de las camillas que el grupo seguía usando desde siempre, igual que lo habían hecho en el hielo con los primeros heridos que ninguno de los presentes recordaba porque eran anteriores a ellos.

El grupo comió esa noche con la abundancia que la caza de Kane había producido, y nadie comentó la ironía ni el costo porque ambos estaban presentes para cualquiera que quisiera verlos y señalarlos habría sido reducirlos a algo menos de lo que eran.

La pierna rota era el tipo de herida que en ese mundo podía tener dos desarrollos posibles: sanar con tiempo y cuidado, o no sanar.

Dependía de factores que ninguno podía controlar del todo, y todos lo sabían, y Kane lo sabía mejor que nadie porque había visto suficientes heridas como para conocer la diferencia entre las que cierran y las que no.

Los días siguientes los pasó con esa disposición de los hombres que han vivido de cara a la realidad durante tanto tiempo que no tienen ya capacidad de engañarse sobre lo que está ocurriendo.

Habló con Daka durante horas, con esa profundidad de las conversaciones que se tienen cuando se sabe que el tiempo disponible es finito y que cada conversación que no se tiene es una conversación que ya no podrá tenerse.

Les habló a sus nietos de cosas que Aren no escuchó porque no eran para él.

Pasó un tiempo largo con los perros, que lo rodeaban con esa atención de los animales ante algo que sus sentidos perciben antes que los humanos, esa quietud que no es tristeza porque los animales no tienen tristeza pero que se parece a ella más de lo que ninguno del grupo habría sabido explicar.

La fiebre llegó al tercer día. Aren la reconoció con la misma resignación con que se reconocen las cosas inevitables: no como sorpresa sino como confirmación de lo que el cuerpo ya sabía.

Fue en esos días, antes de que la fiebre le quitara la claridad, cuando Kane le pidió a Aren que se sentara con él una última vez para hablar de lo que vendría después.

Una tarde, Kane llamó a Aren.

Se sentaron juntos como lo habían hecho cientos de veces durante toda su vida, desde que eran jóvenes que corrían junto al mamut en el norte hasta este momento en que la pierna de Kane no le permitía moverse y la fiebre hacía el trabajo silencioso que las fiebres hacen cuando encuentran un cuerpo que ya no tiene todo lo que necesitaría para resistirlas.

La diferencia era esa: que esta vez no podía moverse y que ambos lo sabían, y que ese conocimiento compartido cambiaba la calidad del silencio entre los dos de una manera que no necesitaba ser nombrada para ser completamente real.

—El consejo de tres —dijo Kane.

Era una conversación que habían tenido antes, en abstracto, como idea sobre cómo debería funcionar el grupo después de que el liderazgo de una sola persona ya no fuera suficiente para su tamaño y su complejidad. Ahora no era abstracta.

—Daka —dijo Aren—. Y dos más.

—¿Quiénes?

Aren había pensado en eso durante días, con la misma atención con que pensaba en los registros: no buscando la respuesta más conveniente sino la más verdadera.

—Yura —dijo.

Era la mujer que había organizado el trabajo del agua durante la erupción del volcán sin que nadie se lo pidiera, que había liderado a las familias durante la inundación con una eficiencia que no requería título ni declaración.

Su autoridad existía porque las personas la seguían cuando ella actuaba, que era la única fuente de autoridad que Aren reconocía como legítima: la que nace de la confianza que se gana en los momentos difíciles y no de la posición que se declara en los momentos tranquilos.

—¿Y el tercero?

Aren no respondió de inmediato. Kane esperó con la paciencia de siempre para las cosas que merecían espera.

—Hay alguien —dijo Aren— que todavía no lo sabe.