Los Hijos del Río 237
Capítulo XIV
Los Hijos del Río
El verano en que el río estuvo más bajo que nunca fue también el verano en que el grupo, por primera vez desde el hielo, tuvo más de lo que necesitaba.
Nadie lo dijo así, en voz alta. Nombrar la abundancia es, de alguna manera, apostar a que se quede, y el grupo había aprendido, sin que nadie tuviera que enseñárselo, que apostar a que las cosas buenas se queden es la forma más segura de no verlas venir cuando se van.
Pero se notaba en los gestos: en las pieles que se curtían sin la prisa de quien teme no terminar a tiempo, en los niños que jugaban más allá del límite habitual del campamento porque no había una sola tarea urgente que reclamarlos de vuelta, en la risa que volvía a ser un sonido común y no una excepción.
Había, además, algo que el grupo no tenía antes: niños que no recordaban el hielo. Que habían nacido ya de este lado, con el río como horizonte natural y no como meta alcanzada. Daka era el mayor de ellos.
Teka encontró los primeros brotes de la segunda siembra de rodillas, como encontraba casi todo: cerca de la tierra, con la paciencia de quien no espera que las cosas se le acerquen.
Sus manos se movían entre los surcos con esa lentitud que no era torpeza sino exactamente lo contrario, la lentitud de quien ya sabe qué está buscando y no necesita apresurarse para encontrarlo.
A su lado, Daka —cinco ciclos, las rodillas siempre sucias, una pregunta detrás de cada respuesta que recibía— observaba sus manos con la misma atención con que observaba todo lo que hacía su abuela, porque había decidido, sin que nadie se lo explicara, que esas manos sabían cosas que valía la pena aprender.
—¿Cómo sabes dónde mirar? —preguntó.
—No sé dónde mirar. Sé cómo mirar. No es lo mismo.
—¿Cuál es la diferencia?
Teka se sentó sobre los talones y lo miró de frente, con esa seriedad que reservaba para las preguntas que merecían una respuesta completa. El sol de mediodía le caía sobre los hombros y ella no se movió para evitarlo, como si el calor fuera parte necesaria de pensar bien una respuesta.
—Mirar dónde es buscar algo que ya sabes que existe. Mirar cómo es estar dispuesto a encontrar algo que no sabías que estabas buscando.
Daka frunció el ceño, con la cara de un niño que sospecha que acaba de recibir algo más grande de lo que pidió.
—Eso lo dijo Den —afirmó, con la seguridad de quien repite algo muchas veces escuchado y nunca del todo entendido.
—No —Teka sonrió, y algo en su voz se suavizó—. Eso lo aprendí yo. Den lo aprendió después, viéndome buscar.
Era mentira, o no del todo verdad, o una de esas verdades que se vuelven más ciertas cuantas más veces se cuentan.
A Daka no le importó. Volvió a mirar la tierra con los ojos entrecerrados, intentando mirar cómo en lugar de mirar dónde, con esa concentración total de los niños que deciden, por un momento, que una sola cosa en el mundo merece toda su atención.
Pasó un tiempo largo sin que ninguno de los dos hablara, Teka dejándolo buscar sin ayudarlo, porque ayudar demasiado pronto habría sido quitarle al niño exactamente lo que estaba intentando darle.
Cuando encontró un brote que Teka no había señalado todavía, su grito de triunfo se escuchó hasta el río.
Teka no se levantó a abrazarlo. Solo asintió, una vez, con la cara de quien ha visto exactamente lo que esperaba ver y no necesita decir más para que el momento valga lo que vale.
Fue Teka, también, quien recibió a la mujer nueva con la naturalidad que pocos en el grupo todavía conseguían.
Yura había llegado semanas atrás con lo poco que pudo cargar y con la clase de silencio que tienen las personas que han perdido demasiado en muy poco tiempo: su familia, más pequeña que la del grupo y menos afortunada, no había sobrevivido un invierno duro más al norte.
Llegó sola, con las manos vacías y los ojos de quien todavía está calculando si vale la pena confiar en algo otra vez.
El grupo la había recibido sin discutirlo —esa era la regla no escrita desde los tiempos de Kael, no decir que no era suficiente— pero recibir no es lo mismo que pertenecer, y Yura lo sabía mejor que nadie.
Teka la encontró sentada sola junto al río la segunda mañana, con los hombros encogidos hacia adentro de esa manera que adoptan los cuerpos cuando todavía no han decidido si este lugar es definitivo o solo otra pausa antes de la siguiente pérdida.
Se sentó a su lado sin pedir permiso y sin decir nada durante un rato, dejando que el agua hiciera la conversación que ninguna de las dos estaba lista para empezar.
—No tienes que hablar —dijo finalmente Teka—. Pero si quieres llorar, este es un buen lugar. El río se lleva el ruido.
Yura la miró con una sorpresa que no esperaba encontrar tan pronto en nadie. No lloró esa mañana. Pero algo en sus hombros cedió un poco, lo suficiente para que Teka supiera que había encontrado la grieta correcta por donde entrar.
Las semanas siguientes, Yura empezó a aparecer cerca de Teka con una regularidad que ninguna de las dos planeó: ayudando con las pieles, sentándose cerca durante las comidas, aprendiendo sin que se lo enseñaran de manera directa el ritmo exacto con que el grupo hacía las cosas.
Teka nunca le explicó nada que Yura no preguntara.
Simplemente la dejó estar cerca, con esa paciencia suya que no apuraba a nadie a sanar más rápido de lo que su propio cuerpo permitía.
La disputa por la carne del segundo bisonte llegó a oídos de Kane antes del mediodía: dos familias, cada una convencida de que el reparto del día anterior las había dejado con menos de lo justo, intercambiando palabras que empezaban a tener filo.
Kane se preparó para intervenir con la autoridad que el cargo le exigía —separar, escuchar, decidir, el orden que Kael le había enseñado sin enseñárselo, simplemente haciéndolo frente a él durante años.
No llegó a hacer nada de eso. Para cuando se acercó, Yura ya estaba sentada entre las dos familias, no como quien arbitra sino como quien simplemente está ahí, escuchando a una y después a la otra sin interrumpir.
Cuando ambas terminaron de hablar, no anunció una decisión.
Preguntó, en voz baja, si alguien recordaba cuánto había recibido cada familia la última vez que la caza había sido escasa.
Nadie lo recordaba con precisión. Pero la pregunta sola cambió la conversación: de "qué es justo ahora" a "qué ha sido justo siempre", más fácil de responder sin orgullo de por medio.
Las dos familias terminaron repartiéndose la carne casi como el día anterior, con ajustes mínimos que ninguna sintió como derrota porque ninguna sintió que hubiera un ganador.
Kane había observado todo desde la distancia, sin que nadie lo notara. Cuando finalmente se acercó, ya había terminado.
—¿Qué les dijiste?
—Nada que ellas no supieran. —Yura se puso de pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas—. Solo les pregunté algo que no se habían preguntado.
Kane no insistió. Había aprendido, en los pocos meses desde que Yura llegó al grupo, que ella resolvía las cosas de una manera que no necesitaba explicarse para funcionar, y que pedirle que la explicara era, de algún modo, pedirle que dejara de hacerlo así.
Lo que no le dijo, porque no había manera sencilla de decirlo, fue que reconocía en ella algo que también había visto en Teka durante años: la habilidad de resolver sin que nadie sintiera que había sido resuelto por otro.
La tarde encontró un peligro de otro tipo, lejos del campamento, donde Daka y los lobos jóvenes habían ido a explorar el límite del bosque que bordeaba el río.
Kane los había dejado ir porque el Pálido iba con ellos, y el Pálido nunca se alejaba más de lo que consideraba seguro.
Daka, dos niños más y tres de los lobos jóvenes que ya casi tenían el tamaño de adultos se habían acercado a una hondonada donde el agua del verano había dejado un charco fresco, ideal para que los animales se revolcaran en el lodo con ese entusiasmo torpe que tenían incluso siendo casi adultos.
Fue el viento el que trajo la advertencia, igual que siempre.
El Pálido se detuvo en seco a mitad de un movimiento, el cuerpo bajo, las orejas hacia atrás.
Los dos lobos jóvenes que iban con él lo imitaron de inmediato, con esa obediencia instintiva que tenían hacia cualquier señal suya.
Daka, que todavía no sabía leer esos cuerpos con la misma velocidad que un adulto del grupo, siguió caminando dos pasos más antes de notar que algo había cambiado.
Salieron de entre los arbustos al otro lado de la hondonada: cuatro lobos salvajes, delgados de la manera en que se adelgaza un animal que ha tenido que trabajar mucho por cada comida, con los ojos puestos en los cachorros del grupo con una fijeza que no dejaba espacio para la duda sobre lo que estaban calculando.
Territorio disputado, comida fácil, o las dos cosas a la vez: para un lobo hambriento, la diferencia entre ambas no importaba demasiado.
Daka se quedó paralizado. Uno de los niños más pequeños empezó a llorar sin poder contenerlo, y ese sonido, agudo y asustado, fue exactamente lo que no debía escucharse: una señal de presa, de cría vulnerable, de algo que un lobo hambriento no podía dejar de oír como invitación.
El lobo salvaje más grande avanzó un paso hacia Daka.
El Pálido se interpuso antes de que el segundo paso llegara a darse, con un gruñido que Daka nunca le había escuchado, bajo y continuo, sin la vacilación de un animal que no está seguro de lo que hace.
Los dos lobos jóvenes del grupo se colocaron a los lados, formando con el Pálido una línea que separaba a los niños de los cuatro animales hambrientos.
Pero eran tres contra cuatro, y los tres llevaban menos tiempo peleando en serio que cualquiera de los salvajes.