Chicamimi 160 #4
—¿Va a seguir? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular, con esa formulación vaga que adoptan las preguntas cuando el que las hace no sabe exactamente qué está preguntando pero siente que la pregunta existe y necesita salir.
Nadie respondió de inmediato.
Aren miró el corte. Las paredes que tenían ya una altura que no podría cruzarse sin descender primero y volver a subir, sin tomar una ruta completamente diferente a la que el terreno había ofrecido hasta ese día.
El fondo donde el agua seguía moviéndose pero con menos violencia, asentándose, buscando su nivel con la paciencia que el agua siempre termina por encontrar cuando se le da suficiente espacio para moverse sin obstáculos.
—El agua sí —dijo—. El corte ya está.
El cazador miró hacia donde miraba Aren.
—¿Por cuánto tiempo?
Aren sostuvo el fragmento de tierra roja en la mano. Lo miró un momento antes de responder, con esa pausa que no es duda sino el tiempo que necesita la respuesta para volver de un lugar muy adentro a la superficie donde las palabras la pueden alcanzar.
—Más de lo que podemos imaginar —dijo.
Con esa respuesta quedó claro que no había nada más que esperar ahí, y el grupo retomó el camino.
Cuando el grupo comenzó a moverse, lo hizo con la quietud particular de quien acaba de presenciar algo que no ha terminado de procesar.
No había pánico ni urgencia: el peligro inmediato había pasado, el flujo se había alejado, el suelo bajo los pies era sólido.
Pero había algo que permanecía, una densidad en el silencio del grupo que no era miedo sino algo más parecido al peso de lo que se ha visto y no puede desverse, de lo que ha entrado en la memoria con suficiente fuerza para quedarse ahí sin que uno lo decida, como quedan las cosas que dejan marca no porque uno las haya buscado sino porque el mundo las puso frente a uno con demasiada claridad para que los ojos pudieran simplemente apartarse.
Se alejaron de la elevación con pasos medidos, rodeando las zonas donde el suelo aún comunicaba esa vibración residual que el temblor había dejado como un eco en la piedra, encontrando el sur con la misma determinación de siempre, que era la determinación de quienes saben que hay un camino aunque no sepan todavía qué hay al final de él.
Aren caminaba al fondo del grupo, más lento que los demás, con los ojos todavía orientados hacia el corte que quedaba atrás y que ya no podía verse pero que podía sentirse en la forma en que el terreno había cambiado, en el aire que olía diferente, en el sonido del agua que llegaba desde abajo con una calidad nueva: más honda, más lejana, como si hubiera encontrado un nivel que antes no tenía y que ahora era el suyo para siempre.
El fragmento de tierra roja viajaba con él, guardado cerca del cuerpo, junto a los registros en cuero.
Junto a la piedra del hielo original que Nara había cargado desde el principio del trayecto y que ahora era de Aren, transmitida sin ceremonia en uno de esos momentos donde las cosas cambian de manos porque quien las entrega sabe que quien las recibe las necesita más, que las entenderá mejor, que las cargará con más propósito.
Dos objetos que guardaban el principio y el medio de un trayecto que todavía no tenía fin visible.
Eran las primeras personas que lo habían visto.
Lo habían visto nacer. Habían estado presentes en el instante en que la tierra decidió mostrarse a sí misma de una manera que nunca antes había mostrado, en que el tiempo que estaba guardado adentro empezó a volverse visible para quien tuviera la paciencia y los ojos para leerlo.
No lo sabían de esa manera porque no había nada con qué compararlo, no había una categoría en su experiencia para el concepto de ser el primero en ver algo cuyo significado solo el tiempo podría revelar completamente, cuya profundidad solo se haría evidente generación tras generación, siglo tras siglo, mientras el agua siguiera su trabajo con la paciencia de lo que no necesita apurarse porque tiene todo el tiempo que existe.
Muy lejos de ahí, el agua continuaría durante un tiempo que ningún hombre podría medir entonces ni durante muchas generaciones después, profundizando ese corte con la persistencia de lo que no cansa y no para.
Lo ampliaría. Le daría su forma definitiva.
Revelaría un registro completo de todos los mundos que habían existido antes de que cualquier hombre pisara esa tierra.
La tierra roja que Aren cargaba entre sus ropas era solo un fragmento mínimo de lo que ese corte revelaría.
Solo el comienzo de un registro que la tierra misma había comenzado a producir ese día, para nadie en particular, para todos los que algún día tuvieran la paciencia y los ojos suficientes para leerlo.
Ellos no lo nombraron. No tenían palabras para hacerlo, no tenían en su vocabulario una categoría para algo de esa magnitud, algo que era a la vez agua y tierra y tiempo y la voz de lo que no tiene voz.
Pero lo habían visto nacer.
Y eso, sin saberlo, los convertía en los primeros testigos de una herida que el tiempo no cerraría.