Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) Chicamimi 160 #3
48%

Chicamimi 160 #3

Tal tenía los ojos muy abiertos, orientados hacia el flujo con esa atención que no busca actuar sino registrar.

Su cuerpo estaba quieto con la quietud que tienen los animales grandes cuando procesan algo que excede sus categorías habituales: no la quietud del animal que acecha, que tiene tensión almacenada y dirección contenida, sino la quietud del animal que espera que el mundo deje de ser lo que está siendo para volver a ser algo reconocible.

Que había presencias en el mundo ante las que el tamaño propio dejaba de ser relevante, y esto era una de ellas.

Solo podían observar.

Y lo que el flujo dejaba a su paso era, en sí mismo, otra clase de revelación.

Desde la elevación, el flujo avanzaba hacia el sur y el suroeste con una dirección que no variaba, que no buscaba el camino más fácil porque el camino más fácil ya no existía, el flujo lo había borrado junto con todo lo demás.

Las paredes empezaron a levantarse.

Ocurrió ante sus ojos con esa lentitud que existe solo cuando algo es demasiado grande para que el ojo lo procese en tiempo real: primero los bordes del flujo comenzaron a diferenciarse del terreno que los rodeaba, definiéndose con una precisión que el agua ordinaria no tiene porque el agua ordinaria acepta sus bordes, se acomoda en ellos, los respeta.

Este flujo los construía. Los excavaba. Creaba una diferencia de nivel entre su interior y el terreno a sus lados que se hacía más evidente con cada momento que pasaba, una diferencia que era ya irreversible desde el primer instante en que apareció, porque lo que se excava no puede desexcavarse.

Un corte.

Una incisión en la tierra de una amplitud que no tenía equivalente en nada que hubieran visto durante todo el trayecto desde el hielo original.

Las paredes crecían con cada momento que pasaba, revelando las capas internas de la tierra con la misma indiferencia con que el flujo revelaba todo lo demás, sin selección, sin preferencia, sin cuidado por lo que exponía o lo que cubría o lo que destruía al pasar.

Sedimentos acumulados durante tiempos sin referencia en la experiencia de ninguno de ellos se mostraban uno sobre otro en las paredes que crecían, formando líneas horizontales de colores distintos que el agua exponía con una claridad casi pedagógica, como si la tierra hubiera guardado ese registro durante eras precisamente para este momento, para que algo suficientemente grande la abriera y lo mostrara.

Rojizos en la parte superior, donde la tierra era más reciente y guardaba la memoria de los últimos ciclos de lluvia y sequía.

Amarillos y ocres en las capas intermedias, con una textura más fina, más compacta, de algo que había sido depositado durante más tiempo del que podía imaginarse.

Grises y blancos más abajo, donde la piedra empezaba a aparecer bajo los sedimentos, dura y antigua, del tipo de roca que no se formó en ningún tiempo que un hombre pudiera nombrar porque ese tiempo precedía a los hombres.

Y más abajo todavía, donde el flujo excavaba en algo que no era tierra sino la base de la tierra misma, colores que no tenían nombre en el vocabulario del grupo porque nunca antes habían tenido ocasión de necesitarlos.

Cada línea era un período de lo que la tierra había sido antes de que ninguno de ellos existiera.

Un registro que la tierra había llevado sola, sin que nadie se lo pidiera, sin que nadie lo leyera, esperando sin saber que esperaba el momento en que algo suficientemente grande la abriera para mostrarlo.

Aren no apartaba la mirada.

Había algo en esas capas que conectaba directamente con lo que Den le había enseñado sobre el tiempo: que el tiempo no desaparece, que lo que ocurre deja una marca que permanece aunque nadie la vea, que el trabajo de quien quiere entender el mundo es aprender a leer esas marcas antes de que algo las cubra de nuevo.

Den hablaba de la memoria de los hombres, de los grupos, de lo que se pierde cuando no hay quien lo guarde y lo transmita.

La tierra hacía lo mismo pero con una escala que reducía la memoria de los hombres a un instante: guardando en sus capas no los ciclos sino las eras, no los grupos sino los mundos que habían existido antes de que ningún grupo caminara sobre ella.

La tierra era el registro más antiguo que existía, y lo que ocurría ante sus ojos era ese registro abriéndose.

Se agachó sin dejar de mirar. Sus dedos encontraron un fragmento de tierra endurecida que el temblor había desprendido de la elevación donde estaban.

Lo sostuvo en la palma. Del color de la sangre seca, con vetas claras que cruzaban su superficie como ríos en miniatura grabados por una mano que no era ninguna mano, con un peso adecuado, como si tuviera más historia de la que cabía en ese volumen.

No lo guardó por su utilidad, como guardaba el grupo casi todo lo demás.

Lo guardó como evidencia: de que este momento había ocurrido, de que este corte había comenzado aquí, de que alguien había estado presente cuando la tierra mostró por primera vez lo que llevaba guardado desde antes de que existiera nadie para verlo.

El flujo no se detendría pronto, y ellos tampoco se moverían de ahí mientras durara.

El flujo siguió durante horas.

El grupo permaneció en la elevación sin moverse, no porque nadie lo hubiera ordenado sino porque no había ningún lugar más seguro disponible y porque lo que estaban viendo no daba la sensación de ser algo de lo que uno se alejara.

Había en ello algo parecido a la obligación: ser testigo de algo de esta magnitud era lo mínimo que podían hacer, la única participación posible en un evento que ocurría con total indiferencia a su presencia pero que los había encontrado aquí, en este punto, en este momento, y que los dejaba como los únicos ojos que lo vieron comenzar.

La luz cambió mientras observaban. El sol recorrió su arco y las sombras se movieron y el color de las paredes que crecían cambió con la luz, revelando detalles distintos según la hora.

Al mediodía las capas amarillas brillaban con una intensidad que no tenían en la mañana, casi como si tuvieran luz propia, como si guardaran calor acumulado durante eras y la luz directa del sol solo lo liberara.

Al atardecer las rojas se profundizaban hasta un tono que el fuego producía pero de otra manera: con más rojo y menos naranja, con más tierra y menos llama, con esa saturación que tiene el color cuando lo que lo produce tiene millones de años y no simplemente leña encendida.

Aren lo registraba todo. En cuero cuando tenía cuero disponible.

En su mente cuando no, con la conciencia de que lo que no se registra tiende a perder sus detalles con el tiempo hasta convertirse en una versión simplificada de sí mismo, útil como resumen pero incapaz de reproducir lo que fue.

Den le había enseñado eso precisamente porque él mismo lo había aprendido de la manera difícil: perdiendo cosas que no había registrado y encontrando después que el recuerdo no era suficiente para recuperarlas, que el recuerdo de algo hermoso o importante o terrible guarda la emoción mejor que el detalle, y que el detalle era muchas veces lo que más importaba.

Kane estaba a su lado. Callado, con los ojos sobre el corte que crecía, con esa presencia lateral que tenía cuando acompañaba sin interrumpir.

Kane había aprendido de suficientes silencios compartidos con Aren que hay momentos donde hablar es restar, donde la presencia es suficiente y las palabras son una forma de llenar algo que está mejor vacío.

Fue uno de los cazadores más viejos quien habló primero, cuando el flujo comenzaba ya a perder fuerza y las paredes del corte se definían con la permanencia de lo que ha encontrado su forma definitiva, esa forma que ya no cambiará porque lo que la produjo terminó y lo que queda es solo la huella.