Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) La Ley 145 #3
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La Ley 145 #3

Respiraciones agitadas. El hombre con la lanza en el muslo, que alguien ya atendía con las manos en la herida.

Dos más con cortes en los brazos y en los costados que dolían ahora que el cuerpo volvía a saber que podía doler.

Kael con sangre en la mano que no era suya, que se limpió contra el cuero del muslo sin mirarla.

Los lobos regresando uno por uno al perímetro del asentamiento.

Tal de pie en el centro del espacio que había despejado, quieto, con el costado manchado y la respiración alta pero los ojos ya buscando a Kane.

Kane estaba ahí. Puso la mano en la frente del animal.

No dijo nada porque no era necesario.

No hubo celebración. Lo que había era el esfuerzo visible de los cuerpos que habían hecho lo que tenían que hacer y que ahora cargaban con el peso de haberlo hecho.

Las miradas evitaban posarse demasiado tiempo sobre los cuerpos que habían quedado en el suelo: mirarlos obligaba a pensar en cosas que no tenían espacio todavía, en que esos hombres habían tenido sus propios asentamientos en algún punto, sus propias leyes, sus propios ancianos que les habían enseñado algo antes de que todo eso se perdiera por alguna razón que ninguno de los que estaban aquí conocía.

El viejo que había hablado de la ley en el consejo estaba de pie entre los caídos con la expresión de quien ha sido honesto consigo mismo sobre algo que prefería no haber necesitado enfrentar.

Kael caminó entre los caídos reconoció dos cuerpos de mujer aunque eso no era lo que él estaba buscando. Un rostro conocido. No lo encontró. La lanza en la espalda de Tal seguía siendo la señal más clara de dónde venía esto, pero ese origen no hacía lo que estaba en el suelo más fácil de mirar.

Envió a cinco hombres en la dirección de donde habían llegado los atacantes.

Tal avanzó con ellos, siguiendo aquello que solo él podía rastrear.

Caminaron hasta el mediodía y encontraron restos de fuego reciente, herramientas simples, señales de paso rápido y repetido.

Un grupo pequeño, inestable, que se movía sin un lugar fijo, sin el tipo de permanencia que produce la acumulación de los años en un mismo sitio.

No había asentamiento. Solo el rastro de gente que lleva demasiado tiempo sin tenerlo, moviéndose con la urgencia de quien busca lo que no ha encontrado todavía.

El peligro inmediato había pasado. Lo que permanecía era más difícil de nombrar.

Esa tarde cavaron la fosa mucho más grande con el mismo cuidado con que habrían cavado cualquier otra.

No porque lo que esos hombres habían hecho mereciera honor.

Sino porque eran hombres, y eso era suficiente para que la tierra los recibiera de la manera que la tierra recibe lo que le pertenece.

Cada uno junto con su lanza, que era la única pertenencia que claramente les había pertenecido.

La fosa se cerró con el mismo silencio con que se había abierto.

El viejo que había hablado de la ley se quedó junto a ella después de que los demás se fueron.

Aren lo vio desde la distancia. No se acercó.

Había cosas que necesitaban espacio para existir, y el viejo necesitaba ese espacio para hacer lo que estaba haciendo: no llorar ni rezar en ningún sentido que los demás del grupo reconocerían como tal, sino simplemente estar presente ante la consecuencia de algo que había intentado prevenir con palabras y que las palabras no habían podido prevenir.

Eso no hacía las palabras inútiles. Hacía la situación más honesta sobre los límites de lo que cualquier cosa puede hacer cuando el mundo decide ir en una dirección determinada.

Permaneció junto a la fosa hasta que la luz cambió. Luego se levantó con el esfuerzo visible de los años en el cuerpo y caminó de regreso al asentamiento.

No dijo nada esa noche. Nadie le preguntó.

Aren se sentó junto al fuego después de que la mayoría del grupo fue a dormir y pensó en Den.

En lo que Den le había dicho sobre la intención con que se hace una cosa.

En si lo que había ocurrido ese día podía sostenerse ante esa medida.

Pensó en el atacante que había llegado hasta el centro del asentamiento y se había detenido ante una lanza levantada.

Pensó en lo que eso significaba sobre lo que ese hombre era o había sido antes de ser lo que el hambre y la desesperación habían hecho de él.

No llegó a ninguna conclusión que lo dejara tranquilo.

Pero entendió algo que no había entendido antes con esa claridad: que el grupo había cruzado ese día una línea que no podía recruzarse, y que del otro lado de esa línea vivían de manera diferente, no peor ni mejor, simplemente distinta, con un conocimiento sobre sí mismos que antes no tenían.

Que el viejo que cuidaba la ley lo sabía desde antes de que ocurriera y por eso había sostenido esa ley durante tanto tiempo, y que esa ley había valido la pena exactamente hasta el momento en que ya no valió, y que ambas cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

El fuego se fue reduciendo a brasas.

Aren permaneció junto a él hasta que el calor fue suficiente para sostenerse sin alimentarlo más, y luego un poco más, con una pregunta en el pecho que no dirigió a ningún lugar específico pero que salió de él con la honestidad de las que no se formulan para encontrar respuesta sino para que alguien que escucha sepa que están ahí.

El silencio que siguió era el silencio de después. Ambos son silencio. El peso que cargan no.