La Ley 145 #2
La noche llegó sin sorpresas. Las hogueras en los puntos calculados, lo suficientemente visibles para que quien observara desde lejos supiera que el asentamiento estaba activo, no lo suficiente para que esa visibilidad revelara lo que había dentro.
Las guardias en turnos que permitían que nadie durmiera completamente pero que tampoco agotaran a nadie antes de que fuera necesario estar del todo despierto.
Un sueño ligero, sostenido, el tipo que el cuerpo produce cuando sabe que puede necesitarse en cualquier momento.
Así pasaron dos días.
El tercero amaneció con una calma que no tranquilizaba. Era la calma que precede al golpe, no la que sigue a él. Donde la distancia se ha reducido hasta que lo que queda ya no es espera sino inminencia.
Fueron los lobos los primeros en saberlo.
Sus cuerpos se tensaron al mismo tiempo con una sincronía que no requería señal porque nacía del mismo instinto respondiendo al mismo estímulo en el mismo instante.
Las orejas se alzaron con lentitud. Los lomos se erizaron sin el golpe de lo repentino: era el reconocimiento de una amenaza específica que sus narices habían catalogado durante dos días de patrullaje y que ahora confirmaban como presente e inmediata.
Algo que olía a hombre y a lanza untada y a carbón y al tipo de urgencia que el cuerpo humano produce cuando lleva demasiado tiempo sin comer lo suficiente.
Sin que Kane los llamara, avanzaron hacia el límite del asentamiento.
Kane los vio. No los detuvo.
Tal los siguió un instante después, con ese paso que hacía vibrar el suelo antes de que el oído lo registrara.
Entonces los vieron.
Eran más de veinte. Corrían desde el límite del bosque con las lanzas en alto y la boca abierta en el grito que se usa para asustar la presa antes de que calcule si puede escapar.
Sus cuerpos llevaban el desgaste de quien ha tenido hambre durante demasiado tiempo: delgados hasta el punto en que el hambre misma endurece los tendones y afila los movimientos y se vuelve una fuerza en lugar de una debilidad.
No corrían como quien tiene algo que perder: corrían como quien ya perdió todo lo demás.
Kael gritó una sola palabra.
Las primeras lanzas del asentamiento salieron volando antes de que el grupo atacante llegara a las barreras de piedra.
Cinco hombres cayeron. Los demás no se detuvieron.
Siguieron con esa velocidad de quien sabe que detenerse es morir de otra manera y que hacia adelante al menos hay una posibilidad.
Las lanzas del asentamiento se agotaron en el primer intercambio y lo que quedó fue el terreno y los cuerpos y lo que cada hombre sabía hacer con ambas cosas.
Tal entró antes de que los atacantes llegaran a las primeras chozas.
No cargó en línea recta. Giró hacia el flanco derecho del grupo atacante y empujó hacia adentro con el costado del cuerpo, aplastando la formación antes de que pudiera formarse.
Los hombres que estaban en ese flanco no tuvieron a dónde ir: la barrera de piedra a su derecha, Tal a su izquierda, y ese peso imposible de calcular para quien no lo ha visto de cerca avanzando con toda su decisión.
Las puntas de piedra atadas a las patas delanteras abrieron lo que encontraron.
Los colmillos ampliaron el espacio en el que nadie quería estar.
Varios hombres cayeron bajo su peso antes de que ninguno de los cazadores del asentamiento llegara a ese flanco.
Dos atacantes se separaron del grupo y corrieron hacia la derecha buscando el borde donde Tal no podía perseguirlos.
Kane vio el movimiento. Emitió una señal corta hacia los lobos, casi sin sonido, y antes de que terminara el macho de lobo ya se había lanzado hacia el primero de los dos hombres con la mordida en el cuello que lo sacó del suelo y lo dejó en él sin que nadie tuviera que hacer nada más.
El segundo se detuvo. Ese instante le costó lo que le costó: uno de los cazadores cerró la distancia y las lanzas hicieron el resto.
En el centro del encuentro la lucha era otra cosa.
Los atacantes que habían llegado hasta el corazón del asentamiento peleaban con esa desesperación que no calcula el costo porque ya no queda nada con qué calcularlo.
Uno de los hombres del asentamiento recibió una lanza en el muslo y cayó, y el que estaba junto a él lo cubrió con el cuerpo hasta que otro pudo arrastrar al herido fuera del paso.
Hubo forcejeos en el suelo, hombres que se aferraban a lo que tenían porque soltar era perder.
Kael peleó junto a sus hombres sin buscar la posición de quien dirige desde afuera, con la misma carga y el mismo riesgo, porque en ese tipo de encuentro la distancia es una forma de cobardía que el grupo entero paga.
Nadie pensaba en nada que no fuera el siguiente segundo.
Aren estaba en el centro del espacio comunal con la lanza en la mano y los ojos en los puntos de presión que cambiaban a medida que el encuentro se desarrollaba, sin entrar todavía, sosteniendo el lugar donde estaban las familias.
Cuando un atacante logró pasar el perímetro y corrió hacia el interior con la lanza en alto buscando algo que destruir, algo que quemar, cualquier cosa que inclinara lo que ocurría afuera, Aren lo esperó quieto.
Los pies plantados. Los ojos en los ojos del otro.
El atacante vio a las mujeres y los niños detrás.
Vio a Aren entre él y ellos. Y en el instante de cálculo donde intentaba decidir si lo que tenía delante era un obstáculo o el final de algo, Aren levantó la lanza y mantuvo la postura con esa estabilidad que dice que quien está ahí no va a moverse sin importar lo que pase.
El atacante giró y corrió de regreso hacia afuera.
Aren apretó la lanza y se la arrojó con la fuerza que tenía su cuerpo, estaba claro que no era un cazador pero la observación le había dado oportunidad de conocer empíricamente como lanzar.
La lanza cruzó el aire cortando el viento y alcanzando su objetivo el cual cayó en ese instante sin mayor movimiento.
Aren recorrió el perímetro con los ojos y se quedó donde estaba.
La fragmentación llegó desde los bordes del grupo atacante, desde los que tuvieron un instante de espacio para ver lo que estaba ocurriendo con el conjunto y entender que el conjunto había dejado de ser una ventaja.
Primero uno. Luego los de su lado. Luego los del frente, que recalcularon con la velocidad que da el instinto de supervivencia cuando todo lo demás ha fallado.
Dejaron de moverse como grupo y empezaron a moverse como hombres que necesitaban alejarse de algo que no habían calculado correctamente.
Los hombres del asentamiento los dejaron ir.
El grupo de Kael había defendido lo suyo.
Convertir la retirada en persecución habría costado más de lo que ningún resultado justificaba.
Cuando el último de ellos desapareció entre los árboles, el asentamiento quedó en silencio.