Némesis (Monfort College 1) Epílogo
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Epílogo

Ivy Rose

Seis meses después

En el instante en que salí del baño, un torbellino de pelo rizado, sarcasmo y pecas se me echó encima, haciéndome tambalear hacia la luz que inundaba el polvo en suspensión de mi habitación.

—¡ Gwen ! ¡Suéltame! —reí.

—¡Deja que te vea!

Mi mejor amiga me levantó la mano para obligarme a girar sobre mí misma, y capté mi reflejo de cabello y tela en movimiento en el cristal, mezclado con la vista de los jardines en flor de la villa de los Abbott .

«Mi casa».

—¡Estás espectacular! La toga de Montfort te queda genial.

—Es un paso adelante respecto al uniforme. Al menos esta es holgada.

—Qué graciosa. — Gwen me dio un golpecito y luego me sujetó por los hombros para examinarme el rostro y comprobar que el maquillaje estuviera bien—. Sí, estás perfecta. Estás lista.

No me sentía preparada en absoluto, pero ya no tenía tiempo para repetir lo nerviosa que estaba, así que observé a Gwen coger el bolso de la antigua cómoda de no-sé-qué-época, donde lo había dejado anoche después de que las cuatro — Becca , Aimee , ella y yo— hubiéramos salido a un local de Burlington .

Se colgó el bolso cruzado sobre el elegante vestido que había comprado para la ocasión y salimos al pasillo del primer piso, decorado con cuadros y molduras de época.

—Esta villa es una locura, Ivy . ¡No puedo creer que te quejaras de vivir aquí hace unos meses!

—Bueno, hace unos meses yo no estaba en el punto en el que me encuentro ahora.

Gwen me miró de reojo.

—No, es cierto. Pero aun así no sé si puedo perdonarte.

Levanté la toga con cuidado de no pisarla y tropezar mientras bajábamos las escaleras.

—¿Perdonarme?

—¡Sí! En agosto me prometiste que volverías a casa al final del curso. Y tú siempre cumples tus promesas.

Culpable.

—Excepto esta.

—Exacto. Excepto esta. Espero que esta universidad sea realmente menos inquietante de lo que parecía al principio, porque, de lo contrario, te secuestraré, te meteré en el primer avión y te llevaré de vuelta a la UCF sin que tengas tiempo de oponer resistencia.

Apoyé los tacones en el majestuoso vestíbulo de la planta baja mientras contenía una risita.

—De acuerdo, trato hecho.

—Oye, ¿tú también hueles a beicon y muffins?

La tomé del brazo y desvié nuestros pasos hacia la cocina.

—Tienes que probar el desayuno de la señora Willow , es mítico.

—Pajarillo, ¿cuántas veces te he dicho que no me llames «señora»? —tronó la cocinera.

Un aroma delicioso me hizo rugir el estómago, pero fue la vista del festín sobre la mesa lo que me hizo salivar. Me senté en mi taburete habitual e invité a Gwen a que hiciera lo mismo antes de abalanzarme sobre las tortitas.

—Qué alegría tener a una nueva invitada entre estas paredes —comentó la señora Willow .

—Yo también soy nueva —protesté.

—Ni siquiera voy a responderte, pajarillo. No te manches la toga con el sirope. Hoy es un día importante.

—¡Buenos días!

Un taconeo en el suelo del vestíbulo hizo que nos giráramos a la vez. Abrí la boca de la sorpresa al ver a la tía Daisy del brazo de Stella . Caminaban relajadas con sus vestidos de gala coloridos, hechos de tela con estampados florales, el emblema de la familia Abbott .

—Tu padre llegará en breve —me advirtió Stella —. Está peleándose con la corbata.

—Todavía no sabe ponérsela, ¿eh?

—Nunca aprenderá. —Reprimió una sonrisa cómplice y se llevó la mano al vientre en un gesto inconsciente. La curva era un indicio más que una prueba, pero ahí estaba. Existía. El hogar Williams se estaba ampliando y, según las pruebas médicas, pronto sería la hermana mayor de un pequeño terremoto.

Mi tía y la mujer de mi padre se sentaron a la mesa con nosotras para desayunar. Las náuseas de Stella habían desaparecido hacía un par de semanas y, ahora que ya había entrado oficialmente en el segundo trimestre, estaba… radiante.

—Perdón por el retraso.

Mi padre apareció impecable, acompañado de la abuela. La ayudó a sentarse en su silla y tomó asiento a su lado. Ver a mis dos familias juntas me hizo muy feliz. Estábamos ahí, todos juntos.

Un año antes habría sido imposible.

Desayunamos mientras charlábamos tranquilamente, las tazas chocaban, olía a café y comida, y luego la tía Daisy nos apremió a salir.

En la entrada, frente a la villa, dos coches nos esperaban. El Bentley de los Abbott … y el Corvette de Caleb . Capté su sonrisa genuina a través de la ventanilla bajada desde aquí.

—Vale, ya entiendo lo que te llevó a que decidieras quedarte —susurró Gwen a mi oído—. O mejor dicho, quién.

—Ups.

—¡Venga, daos prisa! —exclamó la tía Daisy , que se situó a mi lado—. ¿No querrás llegar tarde a tu graduación?

—Nos vemos allí —respondí, agradecida, y luego me levanté la toga y bajé los escalones hasta el camino de grava.

Cuando llegué al coche, Caleb estaba apoyado con la espalda en la carrocería, en el lado del pasajero.

—Buenos días, señorita Abbott .

—Señor De Montfort , la toga te queda bien.

Me abrió la puerta.

—Me quedará mejor cuando nos hayan dado el diploma, así podré quitármela… y, sobre todo, quitártela a ti.

Reí y me senté en el coche. Él caminó hasta el lado del conductor, tomó asiento, arrancó el motor y el coche reaccionó con un rugido en el capó. Nos dirigimos hacia la verja que delimitaba la propiedad de la familia Abbott .

—¿Nerviosa?

Observé los árboles verdes desfilando tras el cristal de la ventanilla, mientras recorríamos las calles que conducían hasta la universidad.

—Bastante. Es la primera vez que me gradúo.

—Por suerte, no será la última.

Le devolví la sonrisa. Yo seguiría estudiando en Montfort para especializarme en Arte, mientras que Caleb , tras haber hecho algunas asignaturas optativas durante el segundo semestre, pasaría a Economía durante los próximos cursos.

Al principio dudé de su elección porque temía que pudiera ser limitante, pero cambié de idea cuando terminó las asignaturas optativas.

Caleb usaba el arte para desahogarse, y seguiría siendo un artista siempre, pero también se le daba muy bien todo lo demás.

Había nacido para asumir su legado y, cuando ocupara una posición directiva, disfrutaría ejerciendo ese control que tanto le gustaba, equilibrándolo con su tendencia a encontrar soluciones creativas y con su buen corazón.

El Corvette atravesó la verja abierta y se deslizó con el morro bajo el escudo de su familia.

Tras recorrer el camino, Caleb giró hacia el aparcamiento.

Las familiares vistas de la universidad estaban alteradas por la multitud de gente que se dirigía al interior del campus: graduados, parientes, profesorado.

Bajamos deprisa y, unos pasos más adelante, Aimee , Lukas y los gemelos nos rodearon, vestidos con la toga para el gran evento.

—¿Ya habéis hecho las maletas? —preguntó Ben.

—Las tengo listas desde que me matriculé aquí —respondió Caleb con una sonrisa ladeada.

—No me creo que papá De Montfort no se quejara cuando le contaste que vais a pasar las próximas semanas de viaje por carretera hasta la costa oeste, Su Alteza. Los milagros existen, a fin de cuentas.

Caleb entrelazó sus dedos con los míos, su anillo me rozó levemente la piel. Desde que se lo había regalado, no se lo había quitado en ningún momento. Me miró con un gesto cómplice antes de que nos uniéramos al resto de graduados de camino al aula magna, dispuesta para la ocasión.

Mientras avanzábamos entre las filas del público, sentí cómo las miradas de los familiares de las otras grandes familias históricas se clavaban en nosotros.

Los más ancianos ya habían visto una escena parecida muchos años atrás y nos vigilaban con el temor, comprensible, de que desatáramos otra guerra entre estas paredes.

Los abuelos de Caleb todavía no lo habían perdonado del todo por elegirme, y también mi abuela —aunque vigilada por mi tía— a veces me observaba con inquietud, como si temiera que me arruinara la vida yo sola, como había ocurrido en el pasado. Los entendía, pero se equivocaban.

Los meses del segundo semestre en Montfort habían sido los más felices que recordaba. Y seguiría apostando por Caleb y por mí juntos todos los días.

Nos sentamos en la tercera fila, sumergidos en el murmullo vibrante que llenaba el aula magna.

La sala estaba llena de autoridades, en el escenario incluso distinguí a varios políticos en activo.

El corazón se me aceleró por los nervios, que llegaron a su pico cuando el rector se situó junto al atril.

El discurso del padre de Caleb fue un canto al futuro, lleno de palabras hermosas que resonaron dentro de mí como el eco de algo valioso, perdido y recuperado.

Poco antes de cederle el micrófono a su hijo, que hablaría en representación de los estudiantes como valedictorian del año, su mirada recorrió la sala y se detuvo en mí.

Tenía los ojos brillantes y la sombra de una sonrisa esperanzada en los labios.

Yo también le dediqué una sonrisa. No había justicia retributiva. Las culpas se habían perdonado.

No escuché el discurso de Caleb , que ya me sabía de memoria después de oírselo ensayar mil veces en su habitación de la residencia conmigo como público, pero disfruté cada segundo del larguísimo aplauso que lo envolvió y que le arrancó una mueca de satisfacción desde el atril.

Al fin, nos colocamos en fila a un lado del escenario y esperamos, nerviosos, a que nos llamaran uno a uno para recoger el diploma. Una voz empezó a desgranar la lista de los estudiantes en orden alfabético.

Me sudaban las manos, la cabeza me daba vueltas. Inspiré hondo para calmar la agitación que me hormigueaba por la piel.

Estaba en un lugar seguro, y mi corazón lo sabía.

— Ivy Rose Abbott - Williams .

Llegó mi turno.

Un paso tras otro, avancé por el escenario. Esbocé una sonrisa de circunstancias y, bajo los focos, estreché la mano del padre de Caleb y recogí el diploma que me ofrecía. El flash de la cámara me cegó y, en un instante, todo había terminado.

Regresé a mi sitio. Después de cuatro años de universidad, uno de ellos en Montfort , me había graduado. El año más intenso, loco, irracional. El más desconcertante y visceral. El año que me había regalado a Caleb y había unido de nuevo a mi familia.

El año que me había cambiado la vida.

— Caleb de Montfort —llamó la voz poco después.

Observé con admiración a mi chico mientras avanzaba entre la gente, subía al escenario y recogía su diploma antes de estrechar la mano de su padre.

El tiempo pareció detenerse, fijándolos en ese instante de perfecta alineación, y luego el flash volvió a dispararse y llegó el turno del siguiente estudiante.

Caleb bajó radiante por el otro lado del escenario y, una vez en el patio de butacas, me hizo un gesto para que fuera tras él.

La lista de los estudiantes seguía avanzando entre diplomas, apretones de manos y aplausos mientras yo me levantaba con disimulo y me deslizaba entre las filas de los asientos sin llamar demasiado la atención.

Me dirigí al punto ciego donde el aula magna conectaba con un pasillo lateral, donde Caleb se había refugiado.

—¿No quieres ver el resto de la ceremonia?

—Para llegar a la «S» de los Seymour falta una eternidad. —Apoyó una mano en la parte baja de mi espalda, abrió una puerta oculta en la pared y me invitó a pasar.

—¿Un pasadizo secreto? ¿Otra vez?

Levantó una comisura de los labios.

—El último, lo prometo.

—El último —repetí, escéptica.

—De este año —añadió con una sonrisa.

Cerró la puerta y me guio por un pasillo que desembocaba en una sala llena de cuadros del siglo xix con marcos de oro que rodeaban hileras de libros encajados en estanterías de madera maciza.

La luz natural se filtraba desde una cúpula de cristal, en el techo.

Estaba desierta, no había nadie aparte de nosotros.

Di una vuelta sobre mí misma, asombrada.

—¿Dónde estamos?

—En la biblioteca, en mi sección favorita.

—Acaba de convertirse también en la mía…

Giré de nuevo sobre mí misma, contemplando los frescos del techo, las molduras precisas, el aire solemne de aquel lugar atemporal.

Cuando me detuve, con la cabeza dando vueltas, Caleb ya no estaba de pie. Recorrí el espacio con la mirada para buscarlo.

Estábamos en el centro de la sala, y él se había arrodillado. Entre los dedos sostenía un anillo. Un pequeño anillo idéntico al suyo.

—Oh, Dios. —Me llevé una mano al pecho, con las lágrimas luchando por salir—. Dijiste que nada de anillos…

—También dije que te demostraría de forma apropiada mi interés. Además, este es provisional —añadió—, para equilibrar el mío.

— Caleb …

— Ivy Rose Abbott - Williams —dijo, con los ojos brillantes—.

Eres la mujer de mi vida. Algún día te pediré que te cases conmigo y que compartas conmigo la felicidad que ya me regalas, junto con los días difíciles que inevitablemente tendremos que afrontar.

Te lo pediré como es debido, con un anillo que brille y una declaración que escribiré con palabras maravillosas, que te hará llorar de alegría y reírte de mí, y después espero que te lances sobre mí y me digas que sí entre los besos que no podré dejar de darte. Y eso es una promesa. Sucederá.

Tomó aire, y yo me limpié las comisuras húmedas de los ojos antes de que se me corriera el maquillaje.

—Entretanto —añadió—, te quiero, Ivy . Y me siento increíblemente estúpido por haberte comprado un anillito de siete dólares con noventa en el quiosco del aeropuerto para demostrártelo, pero pensé que era lo correcto, porque el que me regalaste tú es…

perfecto, y yo… —Hizo una mueca de exasperación—. Olvídalo todo, te compraré un diamante.

Le quité el anillo de la mano y lo puse a buen recaudo en mi dedo. Entonces, me lancé sobre él, lo que hizo que perdiera el equilibrio, y le rodeé el cuello con los brazos.

—Es precioso, Caleb . El objeto más valioso que poseo.

Lo besé, y él cerró los ojos y me devolvió el beso a ciegas mientras dejaba escapar un suspiro de alivio.

Me sujetó la cara posando la mano en mi mejilla.

—La próxima vez te prepararé un discurso mejor.

—Sea cual sea tu propuesta, la acepto.

El curso había terminado.

Y nosotros habíamos sobrevivido.