Némesis (Monfort College 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

Ivy Rose

— Ivy .

Una voz me llamó desde lejos.

— Ivy , despierta.

—Mmm.

Dondequiera que estuviera, era un lugar suave y cálido.

Una especie de paraíso en el que merecía quedarme.

Me giré de lado y descubrí que mi espalda estaba apoyada contra un cuerpo desnudo, escultural y receptivo, a juzgar por la erección que me presionaba el trasero.

Una mano cálida recorrió la curva de mi cadera y, en un gesto reflejo, me arqueé.

—Eso es trampa. —La boca en el hueco de mi cuello me provocó un escalofrío—. Llegaremos tarde a la reunión con Crawford .

—¿Nos importan los retrasos? —murmuré.

—Muy poco.

Caleb me apartó el pelo del hombro y dejó un rastro de besos que descendió por mi espalda.

No le bastaba. Tiró de la sábana hacia abajo, siguiendo mis curvas desnudas.

Me recorrió la piel con la boca y los dientes, hasta el trasero.

Me mordí la lengua, y entonces recordé que anoche habíamos aterrizado en Nueva York y que las habitaciones del hotel donde nos había alojado el comité del premio Rosenberg estaban insonorizadas.

Caleb me agarró de las caderas, las levantó y luego su cara se pegó a mi piel, su lengua famélica quería probarme.

Clavé las manos en las sábanas mientras hundía la cabeza entre los brazos.

—Oh, Dios.

Detuvo la lengua con la que me saboreaba para emitir un gruñido de satisfacción.

—¿Quieres que pare… —Depositó un beso rápido en el punto que me estaba devorando—… amor?

Ahora ya podía confirmarlo: me había despertado en el paraíso.

Arqueé las caderas y me expuse por completo ante sus ojos.

—Ni. Hablar.

—Respuesta correcta.

Volvió a torturarme y un calor lento pero inexorable empezó a invadir mi interior, presagio del orgasmo que estaba a punto de hacer desaparecer todo lo demás. Se detuvo de golpe poco antes de que alcanzara el clímax, se incorporó y, al instante siguiente, estaba dentro de mí.

—Dios, Ivy .

Se hundió hasta el fondo y, durante unos segundos larguísimos, sentí un devastador entumecimiento en el vientre, que reaccionaba a su invasión. Yo me deshacía por él, él entraba y salía de mí sin nada que nos separara.

—Tomar anticonceptivos ha sido la mejor decisión de mi vida.

—Date la vuelta. —Salió de mí y le hice caso.

Caleb se colocó entre mis muslos y volvió a entrar, esta vez cara a cara.

—Te quiero.

Con los ojos cerrados, me besó en los labios, nuestras lenguas se enredaron, sus caderas se movían contra las mías, nuestros cuerpos enlazados como la escultura que habíamos creado para la asignatura de Arte, el fuego que nos unía sin quemarnos.

—Te quiero —respondí.

Fui en busca de su pelvis y absorbí el gemido de placer en su boca, mientras el orgasmo que me había negado antes crecía de nuevo, subía y subía hasta alcanzar la cúspide.

Arqueé los dedos de los pies, curvé la espalda y lo acogí con la lengua de Cal entrelazada con la mía, mientras su orgasmo se liberaba dentro de mí acompañado de exclamaciones que no tenían ningún otro significado, aparte de: «Repetiremos lo antes posible, porque sin esto no puedo existir».

Me desplomé sobre las sábanas, con él encima, con cuidado de no aplastarme.

—¿Cuánto llegamos tarde?

—No lo sé.

—El profesor Crawford nos esperaba a las…

—… nueve en el vestíbulo. —Se incorporó sobre los codos y miró la hora en el reloj de pared—. Son las nueve ahora.

—¡Mierda!

Caleb soltó una risita.

—El profe lo entenderá. —Se levantó y yo corrí al baño.

Necesitaba darme una ducha, y también olvidar que el motivo del retraso se leería en mi cara.

Cuando bajamos, aseados y con expresión de culpables, de la mano, el profesor Crawford parecía a punto de enterrarnos vivos.

—Los demás ya están todos dentro. Os diría que llegáis tarde, pero, dado que todos somos más que conscientes de ello, ¿para qué desperdiciar el aliento?

—Profesor, nosotros…

—Señorita Abbott - Williams , ni lo intente.

—La señorita Abbott - Williams y yo nos estamos esforzando por limar asperezas, profesor —intervino Caleb , con la peor de sus sonrisas de descaro.

—No sé si recomendarle una carrera en política o como monologuista, De Montfort . —Apartó la cortina que separaba el vestíbulo de la sala donde se celebraba la ceremonia final del premio Rosenberg y nos hizo un gesto para que entráramos.

La sala era enorme, con largas filas de butacas de terciopelo rojo, y estaba a rebosar.

Buscamos los asientos que nos habían asignado y los encontramos en segunda fila.

Por suerte, no nos habían sentado por categorías, sino por universidad, dado que el otro finalista en pintura era el señor Joshua Foster , mi ex.

Las dos obras finalistas de mi categoría eran mías.

—Pase lo que pase, te admiraré igual —dijo Caleb al sentarse.

—¡¿Sigues dando por hecho que ganarás tú?!

Caleb rio. Su risa contagiosa hizo que la mitad de los participantes se giraran y nos miraran con mala cara.

—Si gana mi ex, lo consideraré una victoria moral para mí.

—No vale, tú tienes más probabilidades.

—¿Y si realmente ganaras tú? —propuse.

Se encogió de hombros.

—Sabes que ya no importa.

—Cuando llegué a Montfort , ganar el premio Rosenberg era lo único que me importaba. Pensaba que mi futuro dependía de lo que pasara en los próximos minutos.

—Yo también lo pensaba.

—Me cuesta creer que en solo unos meses haya cambiado tanto todo.

Caleb entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Y si ganaras tú? ¿Cambiaría algo en tus planes de futuro?

Negué con la cabeza.

—Quiero graduarme y quedarme en Montfort para la especialización. —Alguien comprobó que todo estuviera en orden en el escenario y que el micrófono funcionara, porque los altavoces emitieron un pitido—. ¿Y tú?

—Quiero graduarme en Arte en Montfort … y luego llenar lagunas en los ámbitos económico y jurídico que necesito para entrar en el Montfort Group, dentro de unos años.

Un par de señores tomaron asiento en las butacas reservadas para el jurado, en el escenario.

—¿Y si te cansas?

—Del derecho comercial me cansaré con total seguridad. Pero dicen que me será útil para dirigir la empresa, la universidad y todos los puestos de trabajo que dependen de ello, así que…

Levanté nuestras manos entrelazadas.

—¡Me refería a esto!

—Improbable.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Tú te cansas de respirar, Ivy ?

—¿Qué?

—Para mí, amarte es tan natural como respirar. Eres como el aire que entra en los pulmones, me das energía y yo… espero dártela a ti también. Así que no, el premio Rosenberg no cambiará nada.

Algunas personas más tomaron asiento en las butacas del jurado.

Había llegado el momento que esperaba desde hacía cuatro años: la calificación suprema, el máximo reconocimiento que redimiría años de dibujos que había vendido por unos pocos dólares, de insomnio, de crisis de «no valgo lo suficiente», de decisiones tomadas contra la intuición, de llantos nocturnos, de sueños y promesas rotas a la luz de la mañana, una vez que despertaba en el mundo.

Horas y horas y horas sumadas unas a otras, invertidas en creer en ideas inexistentes, esforzándome por hacerlas nacer y cobrar realidad también a ojos de los demás.

Era este el sentido del arte. Intuir un destello luminoso que flotaba en la oscuridad y atraparlo antes de que desapareciera, regarlo con constancia, con una fe ciega y esperanzada, y hacerlo crecer entre los dedos.

Creación. Destrucción.

Y cuando él y yo nos uníamos… «perfección».

No era de extrañar que ambos nos sintiéramos cautivados y enganchados el uno al otro.

En el escenario, una mujer de mediana edad con un traje color teja se acercó al atril. Su respiración resonó por los altavoces mientras acercaba la boca al micrófono.

—Buenos días y bienvenidos a la nonagésima sexta ceremonia final del premio Rosenberg .

La sala enmudeció como si fuera un único organismo colectivo.

Corazones que latían a toda prisa, preguntas, angustias y pensamientos compartidos que se descargaban en el patio de butacas.

Los demás temblaban; una chica de Harvard , sentada dos asientos más allá, parecía que estuviera a punto de vomitar.

Caleb se inclinó hacia mi oído.

—¿Estás lista?

Dejé que su voz actuara como un calmante y, cuando sonreí, lo hice con todos los músculos faciales y la paz en el corazón.

—Estoy lista.