Capítulo 50
Ivy Rose
Desde fuera, la villa de los De Montfort no era tan distinta de la de los Abbott : lujo extremo, elegancia artificial, un lugar diseñado para intimidarte y hacerte sentir pequeño e insignificante en la economía del mundo.
Bajé del coche que nos había prestado la tía Daisy con las manos sudorosas, un asomo de taquicardia y el pulso latiéndome en la garganta, y arrastré las suelas de los zapatos sobre la grava que rodeaba una enorme fuente de piedra, una representación clásica de Laocoonte, ahora apagada, de la que colgaban gotas de rocío cristalizadas.
Cuando papá se colocó a mi lado, me bajé las mangas de la sudadera hasta los dedos y los escondí en los bolsillos en busca de calor.
Papá me había dejado conducir, y se lo agradecía, porque, de lo contrario, habría pasado el breve trayecto tamborileando con los pies contra la alfombrilla…
o vomitando la comida de Navidad sobre el impecable salpicadero del Bentley que nos había dejado mi tía.
Tras subir la escalinata que conducía a la entrada, encontramos una majestuosa puerta tallada que estaba entreabierta. La empujé con cautela y entramos.
Gracias a los cuadros colgados en las paredes, los perfiles de las estatuas colocadas estratégicamente para captar la luz y la imponente escalera de mármol, el vestíbulo de los De Montfort era una réplica del de los Abbott .
—Buenas tardes.
Papá dio un respingo, y yo hice lo mismo. Con las manos en los bolsillos, el padre de Caleb apareció en el umbral de una puerta lateral, por donde se colaba el sonido de la música de fondo y de voces alegres.
Nos estaba esperando.
—Gracias por haber sacado tiempo para venir.
—¿De nada…? —No supe qué decir.
Posó su mirada en mí y me examinó con una intensidad desmesurada. Sentí cómo me recorría los ojos, la nariz, la boca, en busca de todos los hilos de mi madre que había heredado y que se habían entretejido en mí.
Le sostuve la mirada. Llevaba un traje a medida, aparentemente impecable. Pero, bajo la coraza del hombre de negocios, del rector, bajo la estirpe noble, percibí unas arrugas profundas alrededor de unos ojos tristes y cansados.
—¿Os apetece algo de beber, antes de…?
—No, gracias —respondí.
—En ese caso, seguidme.
Se dirigió hacia una de las puertas laterales.
La esperanza de encontrar allí a Caleb se desvaneció en el instante en que pisé la habitación.
Estábamos en un salón de dimensiones pequeñas, con una chimenea encendida, unas butacas alrededor de una mesita de puros, suelo de madera y más cuadros en las paredes.
Vacío. No había ni rastro de él. Tal vez estuviera en el salón con los demás, o…
—Toma asiento, Ivy Rose . —El señor De Montfort , ya sentado, señaló una de las butacas—. Tú también, George .
George . Ambos se llamaban por su nombre.
Mi padre se quitó el abrigo y tomó asiento a mi lado.
—Gracias.
— Ivy Rose —comenzó el padre de Caleb .
— Ivy a secas está bien.
— Ivy —retomó, con un suspiro—, antes de tener esta conversación contigo, tu padre y yo consultamos a una terapeuta.
Le preguntamos cuál era la mejor manera de abordar el tema, y lo primero que nos recomendó fue que te dejáramos claro que tendrás todo el tiempo y el espacio que necesites para procesarlo.
Cualquier reacción que tengas es legítima, y nosotros estamos aquí para ti. Responderemos a todas tus preguntas.
Levanté la mirada hacia mi padre, no entendía nada.
—Lo que Victor intenta decirte, cariño —balbuceó—, es que no he sido sincero contigo durante muchos años, como ya habrás comprendido.
Pero te garantizo que mis mentiras han sido por tu bien, porque mi prioridad siempre ha sido criarte feliz y tranquila.
Ahora estás preparada para la verdad, y yo…
nosotros —se corrigió— no te dejaremos sola.
—No lo entiendo.
—Empieza por el mensaje, Victor —lo instó mi padre.
El señor De Montfort se armó de valor y se sacó del bolsillo del pantalón un viejo móvil que ya no fabricaban, un trasto que se utilizaba hacía al menos veinte años.
—Tu madre me escribió, poco antes de… —Su voz se apagó mientras me tendía el teléfono.
Lo cogí con cautela entre los dedos. Era azul, antiguo, estaba abollado, pero las palabras en la pantalla no estaban borrosas ni desvaídas.
—Espera. —Papá lo cubrió con la mano—. Esas son las últimas palabras de tu madre. Podrían hacerte daño, léelas solo si te sientes capaz.
—¿Cómo voy a saber si me harán daño si no las leo antes?
Él cerró los párpados con fuerza.
—Es… una despedida, Ivy .
Inspiré hondo. Y supe lo que, en el fondo, una parte de mí siempre había sospechado.
No había sido un accidente.
—¿Te sientes capaz de leerlo?
No lo sabía, pero lo necesitaba, así que asentí y bajé la mirada. Papá retiró la mano y dejó al descubierto varios mensajes.
Lilac
No puedo más, Vic.
Victor
Lil, estoy en una reunión, ahora no puedo.
Lilac
Lo siento. Lo he intentado, de verdad. Con todas mis fuerzas.
Pensaba que poner distancia, cambiar de estado, derivar mi amor hacia otra persona, un buen chico, de buen corazón, me curaría.
Nada lo ha hecho. Sigo sintiendo demasiada oscuridad en mi cabeza, devora mis pensamientos, mis perspectivas.
Se come todo lo bueno que tengo y me deja solo los restos.
Victor
Llámame ahora mismo.
Lilac
¿Por qué? ¿Para decirte qué? ¿Que es demasiado tarde, que ya no tendremos ninguna esperanza? Es verdad. Jamás tendremos ninguna esperanza. Estamos tan lejos… y yo estoy perdida. No puedo dibujar, no puedo vivir. Dentro de mí ya no queda nada.
Victor
Responde, Lil, por favor.
Lilac
Estaba con la pequeña hace un momento. Ella tendría que haberme salvado, ¿sabes?
Pero en lugar de eso, lloraba mucho, y yo me sentía tan estúpida, tan inútil, tan vacía.
Mientras la veía retorcerse y llorar, yo me he quedado inmóvil, pensando en todas las formas en que podría hacerle daño sin que ni siquiera se diera cuenta.
Victor
Lil, ¿dónde está la niña?
Lilac
La he dejado en la cuna y la he encerrado en su habitación.
Lloraba mucho, pero está a oscuras, así que se dormirá.
Victor
¡¿Has dejado sola a la niña?!
Lil, responde a las llamadas, por favor.
¿Lilac?
Lilac
Te he querido de verdad, Vic.
El mundo se detuvo.
La verdad se me hundió en el pecho como un cuchillo largo y dentado, despacio, hasta el mango. Mamá había sido el amor de la vida de papá, pero papá no había sido el amor de la vida de mamá. Todo ese tiempo juntos, una nueva vida… yo… y no había bastado.
Yo no había bastado.
Las lágrimas me empaparon el rostro y me rompieron en tantos fragmentos que no sabía si alguna vez podría volver a unirlos. Resbalaban por mis mejillas en silencio, y solo entonces me di cuenta de que el peso sobre mi hombro era la mano de papá intentando consolarme.
Con los brazos apoyados en las rodillas, el padre de Caleb tenía la mirada vacía de quien acaba de volver a sumergirse, en contra de su voluntad, en su peor pesadilla.
El último pensamiento de mi madre había sido para él.
El dolor, la conciencia de lo imposible y devastador que había sido su amor, me comprimió el pecho hasta que no pude respirar. ¿Cuánto los había destrozado?
¿Cuánto habían sufrido los dos por culpa de ella?
Me sequé las mejillas con el dorso de las manos, pero las lágrimas no dejaban de caer. Brotaban como de una presa rota que devolvía a su lugar un dolor que no sabía que había sentido.
El padre de Caleb se acercó a una cómoda junto a la pared y regresó con un pañuelo bordado que me ofreció. Me soné y me lo guardé en el bolsillo, sin saber qué decir.
—Tu madre no estaba bien, Ivy . —Mi padre me acarició la mejilla con delicadeza, rompiendo el silencio—. No logré ayudarla.
—Entendemos tu dolor —intervino el señor De Montfort —. Estamos aquí para ti.
—¿Creéis que voy a volverme loca como ella?
—No. Tú no eres como ella, y ella… estaba mal, Ivy . Luchó como pudo contra sus demonios, y es importante que sepas que, a pesar de sus pensamientos, nunca te hizo daño.
«La oscuridad».
Me dirigí a papá.
—Por eso me mandaste a un terapeuta cuando viste que no se me pasaba. De ahí viene todo, ¿verdad?
Asintió.
—Eras solo una niña. La última imagen que tuviste de tu madre fue la de ella siendo engullida por la oscuridad, y después no volviste a verla.
Relajé los hombros.
—Pero nadie sabe que ella… siempre me hablaste de un accidente.
—Fui yo quien ocultó la noticia —explicó el señor De Montfort —. Tu padre me lo pidió.
Miré a papá.
—Quería protegerte —dijo—. Quería que supieras la verdad cuando fueras lo bastante mayor para comprenderla. No quería que te culparas por algo de lo que nunca tuviste la culpa.
—No era una persona fácil —añadió el padre de Caleb .
—¿La odiabas? —pregunté sin rodeos.
—Nunca la odié. Avisé a tu padre en cuanto recibí esos mensajes, pero ya era demasiado tarde.
Mi padre asintió para confirmarlo.
—Fui a Orlando para el funeral —añadió el padre de Caleb —. Allí te vi por primera vez. Eras tan pequeña… Te parecías a ella. En aquel momento, deseé que no hubieras heredado nada más de ella.
—¿Le diste las cartas a papá en el funeral?
Se encogió de hombros, incómodo.
—Sí.
— Victor y yo nos reconocimos en el dolor —intervino papá—. Cuando nos conocimos, estábamos destrozados. Y allí decidimos que ninguno de los dos haría daño al otro.
—Tu padre me invitó a quedarme en vuestra casa después del entierro —continuó, con los ojos empañados—.
Me pidió que me sentara en el sofá y me ofreció zumo de naranja.
Le pregunté si podía cogerte en brazos. Cuando lo hice, me sonreíste, Ivy .
Y todos nuestros errores pasaron ante mí como una película horrible que no quería volver a ver.
Papá lo miró de reojo.
—Cuéntaselo todo.
El padre de Caleb se aclaró la garganta.
—No estaba solo.
—¿También estaba la madre de Caleb ?
—No —respondió en voz baja—. Mi mujer nunca habría venido, no habría soportado verme llorar por Lilac.
Se había marchado para acompañar a Oliver a un campamento de verano.
Me daba pena dejar a Caleb solo, no estaba a gusto con las niñeras y se negaba a dormir con alguien que no fuéramos su madre o yo.
Así que me lo llevé conmigo. Al funeral y…
a vuestra casa. Tú y él jugasteis juntos sobre la alfombra acolchada todo el rato.
«¿Cómo?».
—Ninguno de los dos puede recordarlo, pero tu padre y yo conservamos grabada la imagen de vosotros intercambiando juguetes de plástico.
Erais pequeños, ignorantes e inocentes, y no merecíais heredar nuestros errores.
En ese instante, le prometí a tu padre que nunca te haría daño. He intentado cumplir esa promesa, Ivy .
Estaba en shock.
Abrumada.
—¿Mi tía sabe algo de todo esto?
—No. —Dudó—. Era demasiado pequeña cuando ocurrió, y tu padre y yo decidimos cargar con el peso entre los dos.
Cuando, hace unos meses, Daisy me planteó tu admisión en el Montfort College porque en Florida lo estabas pasando mal, pensé que estarías a salvo en mi universidad. Por eso acepté tu traslado.
—¿Y el avión qué tiene que ver?
—Fue ella quien sugirió que os sentáramos juntos. Para ver cómo reaccionaríais sin toda la historia familiar de por medio…
—¿Como si fuéramos un experimento?
—Estamos acostumbrados a decidir por los demás, Ivy .
Hemos alterado un pequeño punto de la realidad, es cierto, pero después os hemos dado toda la libertad que a nosotros nunca nos concedieron.
Podíais no miraros a la cara siquiera. Si lo hicisteis, fue porque lo decidisteis vosotros. Y tú también lo sabes.
—Pero la rivalidad histórica que existe entre nuestras familias…
—Nadie puede borrarla. A vuestras espaldas hemos dejado un lamentable rastro de desastres que nunca supimos resolver. —Hizo una mueca—. En cualquier caso, las rivalidades son como los mitos: no importa cómo nacen, sino cómo crecen y se transmiten.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Que, mientras nadie cambie la historia oficial, esa seguirá siendo la única versión posible. ¿Queréis un final distinto? Tendréis que escribirlo vosotros. Nadie puede hacerlo en vuestro lugar.
—¿Es una invitación?
El padre de Caleb alzó una ceja.
—Es mi manera de decir que he renunciado a cualquier forma de control.
Quería que Caleb ocupara el lugar que estaba destinado a Oliver en el Montfort Group.
Quería que considerara todas las opciones y no descartara las que yo le ofrezco de antemano.
Pero también me parece bien si se va a París a ser artista callejero.
Seguirá siendo un artista, independientemente de si convierte su arte en un oficio, una pasión, una válvula de escape o una misión de vida.
¿A París? Para ser un ejemplo hipotético, era bastante concreto.
—¿Dónde está Caleb ?
—Está a punto de irse con su madre…
Me levanté, no tenía tiempo.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—En su habitación, en el piso de arriba.
Salí corriendo del salón, amenazada por un presentimiento terrible. Con las prisas, no miré dónde pisaba y choqué con alguien en el vestíbulo.
—Perdón. —Me aparté y estuve a punto de tropezar con mis propios pies—. ¿ Becca ?
—¡ Ivy ! ¿Qué haces aquí?
La agarré por los hombros. No había tiempo para la cháchara.
— Becca , ¿has visto a Caleb ?
—Sí, pero acaba de salir.
—¿Salir? ¿Adónde ha ido?
—Al aeropuerto, con nuestra madre. Tiene un vuelo con destino a París.