Woodley
DIECISIETE
A través de los años, todos estaremos juntos / Si el destino lo permite. Cuelga una estrella brillante en la rama más alta / Y pasa una Navidad feliz.
Las sábanas son cálidas y reconfortantes, y me quedo quieta porque moverme arruinaría la perfección silenciosa de este momento.
Anoche dormimos en la habitación de Thorne para variar. Su brazo descansa alrededor de mi cintura, pesado y reconfortante, y el ritmo pausado de su respiración presiona su pecho contra mi espalda.
En la habitación flota una mezcla de piel, jabón y el tenue aroma a rosa de la loción del hotel. Miro al techo y dejo que las últimas horas se asienten en mi mente con una claridad lenta y constante.
Se lo conté. Le conté a Thorne la verdad sobre mi padre. La realidad del atentado. La conexión que pasé la mitad de mi vida ocultando. La confesión se asienta dentro de mí como una descarga que no ha dejado de zumbar.
Se mueve detrás de mí y me da un beso suave en el hombro. Tomo su mano, que descansa sobre mi vientre, la levanto con suavidad y la sostengo contra mi pecho como si pudiera anclarme con el calor de su palma.
—Voy a darme una ducha —susurro, trazando con el pulgar la vena en el dorso de su mano—. ¿Te parece bien?
Su voz es ronca por el sueño.
—Por supuesto. Tómate tu tiempo. Puede que eche una cabezada unos minutos más.
Señala con la cabeza el albornoz colgado en la silla. Me vuelvo hacia él, incapaz de contener la sonrisa que se dibuja lentamente en mis labios.
—Espero que huela a ti. Quizá me envuelva bien en él y respire tu aroma.
Una risa tranquila escapa de él, grave y cálida, y el sonido me recorre entera como una oleada de calor. Cuando me besa, casi me quedo en la cama en lugar de levantarme.
Aun así, me deslizo fuera de la cama, cojo el albornoz y me dirijo al baño. El vapor se acumula rápidamente en cuanto abro el grifo. La primera caricia de calor sobre mis hombros afloja algo en lo más profundo de mí, algo que he mantenido tenso durante años sin siquiera darme cuenta.
Me lavo la cara y apoyo la frente contra los azulejos. Por primera vez en mucho tiempo, mi vida no es un campo de batalla. Es simplemente esto. Calor. Aliento. Un momento que elegí.
La puerta de cristal de la ducha se abre y me sobresalto.
Thorne entra, con el pelo revuelto y los ojos cálidos. No dice nada. Se coloca detrás de mí y alarga la mano para ajustar la temperatura, como si supiera que me gusta más caliente. El agua forma gotas sobre su pecho. Nieve y tormenta y vuelos y reuniones se desvanecen de mi mente.
—Pensé que ibas a volver a dormirte —digo, apartándome el pelo mojado de la cara.
—Hay que ahorrar agua —dice, intentando mantener la cara seria.
—Ecológico y desnudo. No dejas de sorprenderme.
Nos quedamos así, su pecho contra mi espalda, dejando que el agua caiga con fuerza. Se enjabona las manos y las desliza lentamente por mi brazo, luego por mi costado.
No es sexual al principio. Cuidadoso, intencional. Aun así, mi respiración cambia.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Mejor que bien.
Asiente una vez y me besa el hombro. Me vuelvo para mirarlo. El agua tamborilea en mi espalda y le acaricio la mandíbula. Cierra los ojos y se inclina hacia mi palma.
—Dilo —susurro.
—¿El qué?
—Que me deseas.
Abre los ojos.
—Te deseo.
Le agarro el trasero y lo atraigo hacia mí. Su boca encuentra la mía lentamente, luego con más intensidad cuando le muerdo el labio inferior. Emite un sonido que me tensa todo el bajo vientre.
Lo empujo contra los azulejos y me acerco más hasta que el calor reemplaza la gravedad. Me desliza las manos hacia las caderas. Hay una fuerza serena en su agarre, junto con una contención que me excita aún más.
—Las manos en mi pelo —digo.
Obedece. Lo beso hasta que me tiemblan las piernas. Sonríe contra mi boca, engreído, y lo muerdo por ello.
Se ríe y me levanta. Le rodeo la cintura con las piernas. Su cuerpo encaja contra el mío como si estuviera hecho para ello.
—Hablas mucho, Blackwood —digo sin aliento—. Demuéstramelo.
Me da la vuelta y me presiona suavemente contra la pared de azulejos, con un agarre lo bastante firme para mantenerme estable. El frescor de la cerámica me acaricia los hombros mientras acerca su boca a mi oído.
—Dime cómo lo quieres —susurra.
Le guío la mano hasta mi clítoris, la sostengo allí y dirijo sus dedos a lo largo de mis pliegues hambrientos.
—Quiero tus manos sobre mí —digo con voz ronca—. Quiero que me lleves justo al borde y pares. Una y otra vez hasta que merezca correrme.
Su aliento me calienta el cuello.
—Quieres control con condiciones —dice—. Interesante.
—Te gusta que sepa lo que quiero.
Me baja al suelo, besándome la comisura de la boca antes de rodearme con un brazo y trabajar con la otra mano por delante.
—¿Te gusta esto?
Le cojo la muñeca y le empujo la mano con más fuerza, buscando más presión. En el momento en que me toca, se me entrecorta la respiración. Estudia mi rostro y luego me besa el cuello, con la boca abierta y sin prisa.
—Quiero tus dedos —susurro—. Pero no todos a la vez. Ve poco a poco.
Apoya la frente contra mi mejilla un segundo, como si necesitara el contacto para anclarse.
Luego se arrodilla, no para saborearme, sino para observar lo que su tacto me provoca.
Arrastra el dorso de la mano a lo largo de mi muslo interno en una larga caricia.
La anticipación se me enrosca en el pecho.
—Más —digo.
Se pone de pie de nuevo y me acorrala suavemente contra la pared con su pecho. Una mano se desliza entre mis piernas. Sus dedos me acarician en círculos lentos y deliberados. Me agarro a sus hombros, clavándole las uñas en la piel mientras pierdo el equilibrio.
—Eso es —murmura—. Déjame conocerte.
Cambia la presión, luego el ritmo, llevándome al límite con una paciencia que roza el tormento. Mis muslos tiemblan. Mi respiración se acelera, entrecortada. La cerámica resbaladiza enfría mi espalda mientras el calor bajo su palma crece sin parar.
—Thorne —digo.
—Todavía no —responde, tranquilo y seguro. Sus dedos me llevan más alto, más cerca, hasta que estoy justo al borde. Caricias firmes. Precisas. Deliberadas.
La tensión se acumula tan intensamente que mi voz se quiebra. Mis caderas se aprietan contra su mano. Su mandíbula se tensa como si mantenerme ahí le costara un esfuerzo.
—Dime cuándo —dice en voz baja.
—Ahora. Por favor.
Se retira lo justo para que mis rodillas casi cedan. Un gemido entrecortado se me escapa. Me sujeta la cintura antes de que resbale por la pared.
—Otra vez —digo, casi sin aliento.
No me hace esperar. Me da exactamente lo que pedí. Sus dedos me encuentran de nuevo, más firmes esta vez, más seguros del ritmo que casi me deshace. El placer sube rápido, demasiado rápido, y se retira otra vez. La privación enciende cada nervio de mi piel.
—Cama —digo, sin poder ocultar la urgencia en mi voz—. Ahora.
Sus ojos se oscurecen. —Eso puedo hacerlo.
Alarga el brazo por detrás de mí y cierra el agua. El silencio que sigue es denso y cargado. Me envuelve las caderas con una toalla, luego me atrae hacia él y me besa con fuerza, como si hubiera estado esperando ese beso desde el momento en que me tocó.
Le sujeto la mandíbula y le devuelvo el beso, luego le tomo la mano y lo guío fuera del baño. La toalla cae a medio camino de la cama sin que a ninguno nos importe.
Se recuesta y me atrae sobre él, con las manos firmes en mis caderas, guiándome hacia abajo con una paciencia que de paciente no tiene nada.
Me deja marcar el ritmo. Coloco la punta en mi entrada y bajo despacio, dejando que me llene.
La sensación es perfecta y obscena. Lo monto despacio al principio porque me gusta cómo se le abre la boca cuando bajo y hago círculos. Se muerde el interior de la mejilla y respira como si se estuviera conteniendo por mí.
—Dime qué quieres —digo.
—Quiero que me uses —dice, con los ojos fijos en los míos—. Toma lo que necesites.
El calor estalla. Planto las manos en su pecho y me muevo. Me sale al encuentro en cada bajada, empujando hacia arriba lo justo para dar en el punto que me hace jadear. El sudor le perla la sien.
Le arrastro las uñas suavemente por los abdominales. Maldice, un brazo alrededor de mi espalda, el otro en mi garganta. El nuevo ángulo es devastador. Gimo sin importarme quién oiga.
—Eso es —dice con voz ronca—. Mírame.
Lo hago. Me sostiene la mirada mientras se hunde en mí, uniforme, controlado, profundo. Estoy a punto de correrme, y él lo sabe. Desliza una mano entre nosotros y me acaricia el clítoris con el pulgar en círculos.
—Thorne —digo, más súplica que nombre.
—Córrete para mí.
Caigo. Me atraviesa rápido y fuerte. Sigue moviéndose, hundiéndose en mí mientras me murmura elogios contra la mandíbula que me hacen apretarme alrededor de él una y otra vez.
Cuando empiezo a temblar, me da la vuelta suavemente boca arriba sin separarse, me engancha las rodillas hacia arriba y empuja más profundo. La cama golpea la pared. No me importa. Lo quiero todo.
—¿Demasiado? —pregunta.
—No te detengas —digo.
Su ritmo se acelera. Apoya una mano junto a mi cabeza y desliza la otra bajo mi espalda para levantarme hacia él. La ternura me hace arder la garganta. Le salgo al encuentro en cada embestida.
La presión se acumula alrededor de él, resbaladiza y caliente. Cierra los ojos como si luchara por contenerse, luego los abre y me mira mientras se deja ir.
Caemos juntos. Es ruidoso, desordenado y real. Se estremece sobre mí, hundido hasta el fondo, la boca en mi mejilla, la respiración entrecortada.
Nos quedamos enredados y en silencio hasta que nuestros corazones se calman. Me besa la comisura de la boca. Le acaricio la nuca. Se retira y vuelve para acomodarse contra mí, su pecho contra mi espalda, la palma cálida sobre mis costillas.
—Eres increíble, Woodley Price.
—El mérito es todo tuyo.
Se ríe en voz baja. El sonido vibra contra mi espalda.