Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas) Woodley
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Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas)

Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas)

Por Blakely Stone

© inepub.com

Woodley

UNO

Oh, el clima afuera es espantoso / Pero el fuego es tan encantador / Y como no tenemos adónde ir / Que nieve, que nieve, que nieve.

¿No es bonito? «Do You Hear What I Hear?» retumba por los altavoces del avión.

Por supuesto que lo oigo.

El avión huele a aire reciclado y desinfectante de limón, con un leve rastro de café quemado que llega desde el office. Alguien dos filas más adelante pela una naranja, y el aroma cítrico atraviesa el olor a químico en oleadas intensas.

Unas botitas de fieltro diminutas penden de la cortina que separa la primera clase, y una corona de plástico cuelga torcida en el mamparo. Una bombilla parpadea cada pocos segundos, como si hasta ella estuviera ya hasta las narices de estas fiestas.

A mi alrededor, la gente se acomoda con pijamas de franela a juego, calcetines de Papá Noel y niños que abrazan renos de peluche. Todos van a algún lugar que parece sacado de un anuncio navideño.

Mientras tanto, yo vuelo a Boston. Por trabajo. Con Thorne Blackwood. El peor compañero de trabajo que me podría haber tocado. Ese hombre sería capaz de hacer que los elfos dimitieran de la Navidad.

La presentación de ValorTech se adelantó a la semana antes de las fiestas, porque en las empresas estadounidenses la piedad no existe.

Se suponía que mañana salía hacia Telluride para encontrarme con una de mis mejores amigas de la infancia, Rives. Somos dos de «Las Seis de Holly Ridge», el grupo que formamos en primaria en nuestro pequeño pueblo de Carolina del Norte.

Las seis nos hemos dispersado con los años. Diferentes ciudades, diferentes vidas. Pero cuando conseguimos vernos, es como si no hubiera pasado el tiempo.

Rives vive ahora en Knoxville. Perdió a su madre hace unos años. Yo tampoco tengo familia con la que pasar las fiestas, así que este viaje de esquí iba a ser algo bueno. Tranquilo. Reconfortante.

Entonces, esta reunión apareció en mi calendario la semana pasada y retrasé mi vuelo un día. Entrar y salir, le dije. Una presentación y luego directa a Colorado.

Ese es el plan.

Aprieto el portátil sobre las rodillas. Fuera, el cielo es una losa de gris opaco; las luces de la pista se difuminan a través del cristal como estrellas cansadas.

Por ahora, solo necesito clavar esta presentación y sobrevivir unas horas atrapada con Thorne. Puedo hacerlo.

Me concentro en la pantalla, apurándome para pulir los últimos detalles antes de que nos hagan apagar todo para el despegue.

He retocado esta presentación por centésima vez, pero trabajar con un niño de papá como Thorne significa cargar yo sola con todo el trabajo. Al menos no estamos sentados cerca.

El zumbido del motor se intensifica. Exhalo y se me relajan los hombros. Pronto estaremos en el aire...

BUM.

Una sacudida recorre la cabina. El portátil golpea la mesita, la pantalla parpadea y el suelo da un brinco brusco.

Durante un largo segundo, nadie se mueve.

Se me dispara el pulso. El aire sabe mal, a calor y a goma. Un eco metálico flota en el espacio donde debería haber ruido.

Entonces empiezan los murmullos.

—¿Eso ha sido fuera? —pregunta alguien detrás de mí.

Otra voz se alza, tensa y aguda. Más cabezas se vuelven hacia las ventanillas. Los cinturones chasquean. La calma de hace un instante ha desaparecido.

Todavía estamos en la puerta de embarque, pero el suelo tiembla bajo los zapatos. Me desabrocho el cinturón con dedos temblorosos y me asomo a la ventanilla.

Al principio, solo veo pista y una fila de aviones aparcados. Entonces lo veo.

Humo.

Una columna negra y espesa se eleva desde la terminal. Un destello anaranjado atraviesa la humareda y se me revuelve el estómago.

No es nuestro avión, gracias a Dios. Pero está cerca.

—Dios mío —susurro sin aliento.

El humo se extiende y engulle el horizonte más allá de donde alcanza la vista. Los gritos se elevan a mi alrededor. Las azafatas se ponen de pie en el pasillo, con rostros serios, intentando acallar el oleaje de voces.

—Todos, permanezcan sentados, por favor, permanezcan sentados —pide una de ellas con voz firme y las manos en alto. Nadie le hace caso.

Un hombre al otro lado del pasillo se aferra al respaldo del asiento como si fuera un salvavidas.

—Tenemos que bajar de este avión. Ya.

La gente se levanta de golpe, forcejeando con cinturones y bolsas. Las azafatas se mueven más deprisa, repitiendo instrucciones con las mismas palabras firmes. Mantengan la calma. Permanezcan sentados. Esperen a la tripulación.

Vuelvo a mirar fuera. El humo se espesa y borra el cielo. Las sirenas sangran desde algún lugar más allá del cristal.

El intercomunicador chasquea. La voz del capitán llega cortante pero serena.

—Damas y caballeros, se ha producido una emergencia en la terminal. Nuestro avión está a salvo. Por favor, permanezcan sentados. Comenzaremos la evacuación en breve.

Ayuda un poco. Los empujones y el frenesí en el avión no cesan. El pasillo sigue atascado de pasajeros a medio levantar.

El intercomunicador crepita de nuevo.

—Desembarcaremos en la pista y subiremos a autobuses hacia otra terminal. Sigan las instrucciones de la tripulación. Dejen el equipaje grande. Los servicios de emergencia ya están en el lugar.

La tripulación entra en acción. La puerta delantera se abre. Un tobogán autoinflable se despliega con un suspiro pesado. Se suponía que los viajes navideños no incluían tirarse de un avión en falda de tubo y abrigo de lana, pero aquí estamos.

Algunas personas me miran cuando me levanto. Alzo la voz lo suficiente para que me oigan en las filas más cercanas.

—Hagamos lo que dicen. Cojan lo pequeño y vámonos.

Una mujer a mi lado asiente, agradecida de tener algo a lo que aferrarse. Las manos tiemblan. La gente murmura. El ruido pasa del pánico a la determinación.

El olor a humo me golpea en la puerta y me quema la garganta. Las luces de emergencia barren la pista. Me quito los tacones, lanzo el bolso por el tobogán y salto tras él.

Los pies golpean el suelo y, por un segundo, me agacho para estabilizarme.

El aire frío me inunda los pulmones. Un agente con chaleco reflectante nos señala hacia los autobuses al ralentí.

La tripulación con gorros de Papá Noel nos hace señas, todavía intentando mantener viva la alegría en una escena que no la quiere.

Subo al segundo autobús. La gente se apiña, aferrándose a abrigos y móviles. Un niño se seca las lágrimas en una manga con renos. El motor retumba y nos alejamos.

La nueva terminal es un hervidero de cuerpos y ruido.

Los pasajeros desplazados ocupan cada asiento, se desbordan por los pasillos y forman colas irregulares que serpentean más allá de los mostradores de embarque y los quioscos.

Los monitores reproducen en bucle las mismas imágenes: humo, luces parpadeantes, equipos de emergencia abriéndose paso entre la humareda.

Un titular se desplaza en la parte inferior.

«Explosión en la Terminal B — Investigación en curso».

—Dicen que fue una bomba —murmura un hombre a mi lado, más seguro de lo que debería.

Se me revuelve el estómago. A pocos días de Navidad.

El cintillo informativo se actualiza. No hay víctimas mortales, pero sí varios heridos. La terminal está cerrada y han cancelado los vuelos en todo el aeropuerto.

Uno de los vuelos cancelados podría haber sido el mío. Aunque, de todos modos, no sé si tendría estómago para volver a subirme a un avión.

Respiro hondo. No sirve de nada.

Los agentes de embarque gritan por encima del estruendo.

—Estamos haciendo todo lo posible para reprogramar a los pasajeros. Por favor, tengan paciencia.

Las filas avanzan a paso de tortuga. Suenan los teléfonos. Lloran los bebés. Un televisor retransmite a todo volumen un panel de presentadores que no tienen nada útil que decir.

No hay forma de que lleguemos a Boston por aire. El primer vuelo disponible es el jueves por la mañana, y aunque consiguiera plaza, llegaríamos tarde. Tenemos una reunión de presentación a las 7:30.

He trabajado demasiado para esto. Ser gerente de cuentas en esta empresa no es cuestión de suerte. Son años de esfuerzo. Son noches interminables, y esa parte de mí que se niega a rendirse cuando alguien como Thorne puede ir por la vida sin despeinarse.

Si no conseguimos este cliente, la estabilidad por la que tanto he luchado se esfuma. No tengo colchón financiero. No tengo red de seguridad familiar.

Como si lo hubiera invocado, su voz atraviesa el ruido. Suave. Profunda. Con ese tono de suficiencia que no pierde ni cuando la alza.

Thorne Blackwood.

Está en el mostrador de Delta, inclinado lo justo para hacer que la agente agobiada se sonroje.

Su abrigo cuelga pulcramente sobre un brazo, la camisa aún impecable, como si no acabara de tirarse por un tobogán inflable delante de cien personas.

Este hombre podría salir arrastrándose de un socavón y seguir pareciendo un modelo de Abercrombie.

Me quedo donde estoy y lo observo trabajarse la sala como si le debiera algo. Sus manos se mueven cuando habla. Sonríe en el momento justo. La agente asiente con tanta fuerza que cualquiera diría que él puede hacer aparecer un asiento a base de entusiasmo.

Se me tensa la mandíbula. Todavía me duele el pecho por la adrenalina. Y él, tan tranquilo.

Ojalá fuera su físico lo que odio. Eso sería más fácil.

Me lo imagino en ese tobogán con su traje a medida y siento una pequeña satisfacción secreta. Eso, al menos, fue auténtico.

Arrogante. Creído. Nunca ha tenido que ganarse nada. Y ahora está ahí plantado en medio del caos como si la explosión fuera un inconveniente personal.

Se aparta del mostrador, murmura algo entre dientes y me ve. Perfecto.

Nuestras miradas se cruzan entre la multitud. Se me tensa el estómago. Se ajusta un gemelo, se alisa la chaqueta sobre el brazo y viene hacia mí.

Bajo la vista y finjo mirar el móvil. Mala suerte, no se desanima.

—Menudo desastre —dice, parándose frente a mí—. No hay vuelos a menos de dos horas de aquí que nos lleven a Boston antes del jueves.

—Oye, nunca se sabe —digo—. Haz valer tu influencia y quizá te creen uno a medida.