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Mientras Noah permanece en el sofá, emocionado e incapaz de leer, Kay sale de la casa.
No sabe qué estará haciendo, pero debe de ser algún tipo de preparativo.
Tampoco tiene claro qué van a hacer, aunque quizá sea precisamente para esto para lo que ha venido.
Espera que no sea la oscuridad, sino la luz.
Nada como aquella noche en que la oscuridad cobró vida en la casa.
Pero no hay manera de saber qué se trae Kay entre manos.
Cuando Kay regresa, la casa está sumida en una penumbra grisácea, pero no enciende las luces. En su lugar, enciende las velas. Las llamas titilan y proyectan sombras caprichosas sobre las paredes y el techo. Danzan igual que los pensamientos de Noah —nuevos, emocionantes— danzan en su cabeza.
Enciende las varillas de incienso, aunque no son el típico nag champa apestoso, sino algo más refinado.
Noah piensa que quizá sea salvia, o citronela, aunque no es ningún experto ni le importa.
Su mente ya está hechizada por el humo fragante que flota sobre la mesa de la cocina donde está sentado, mientras Kay se cierne sobre él.
La observa. Tiene los ojos fijos en la mesa. Las manos delgadas y arrugadas se deslizan sobre ella, colocando objetos con movimientos lentos y suaves. Los labios le tiemblan sin cesar, como si recitara una oración o un hechizo en voz baja. Probablemente ambas cosas.
Finalmente, Kay saca una pequeña pipa y un diminuto frasco de polvo blanco. Vierte el polvo en la pipa con cuidado, poco a poco, y luego la deja sobre la mesa, cierra el frasco y lo aparta.
Mira a Noah con los labios aún en movimiento.
Levanta las cejas como si ella le hubiera preguntado algo a lo que no sabe qué responder. ¿Tiene que decir algo?
Los labios de Kay finalmente se detienen, y ella sonríe.
—Así que aquí estamos —dice en voz baja.
Noah traga saliva, y el sonido le parece demasiado fuerte para el silencio mágico de la habitación, impregnada de nubes de humo y fragancia.
—¿Listo? —pregunta ella.