CAPÍTULO 75
Roma — Línea B del metro, tramo Coliseo–San Giovanni
E l tren quedó detenido entre estaciones. No hubo sacudida ni impacto. Fue antinatural, como si alguien hubiera decidido pausar el mundo en mitad de una frase.
Las luces de emergencia permanecían encendidas, pero su tono era distinto. Más amarillento. Más tenue. La oscuridad no llegaba a apoderarse definitivamente del espacio, pero no destilaba normalidad, sino espera.
Cada vez costaba respirar más y más dentro del vagón. No sólo por falta de oxígeno, sino también por la ansiedad que generaba la acumulación de gentes conscientes de su propia vulnerabilidad.
—¿Qué pasa? —preguntó alguien desde el fondo.
Nadie respondió.
Un hombre de unos cincuenta años miraba obsesivamente la pantalla de su móvil sin cobertura.
Una mujer joven abrazaba a su hijo pequeño contra el pecho, balanceándolo con un movimiento lento y constante, como tratando de hipnotizarlo, para que no tuviera miedo en aquel encierro.
Dos turistas se hablaban en voz baja, en un idioma que nadie más entendía, pero cuyo tono era universal: titubeante y contenido.
El conductor hubo anunciado algo minutos antes. Palabras técnicas: «Incidencia eléctrica»; «Retención preventiva»; «Estamos trabajando para solucionarlo».
Mentira. Aunque no una mentira consciente, sino una verdad incompleta. La peor de todas.
El tren no estaba exactamente averiado. Estaba esperando y, entretanto, un sutil crujido recorrió el túnel. No fue un derrumbe. Fue un ajuste. Como el sonido que produce un edificio antiguo cuando cambia la temperatura, solo que más profundo e intenso.
Algunas personas levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Habéis oído eso? —presintió alguien, en voz contenida.
El niño dejó de llorar debido al sobresalto que le causó.
El silencio posterior no fue para nada tranquilizador. Fue expectante.
Una señora mayor se santiguó sin darse cuenta, como un acto reflejo.
—No es normal —dijo—. Llevo cincuenta años usando este metro. Esto no puede ser una avería.
Un joven con auriculares se los quitó despacio.
—Es el agua —dijo sin saber por qué—. Lo siento vibrar.
No sabía de dónde hubo salido esa certeza. Pero estaba allí.
De repente… otro crujido. Más cercano.
El vagón entero pareció inclinarse una fracción de grado. Nada visible. Nada medible. Pero suficiente para que todos lo sintieran en el estómago.
—Tranquilos —dijo un hombre con voz firme—. Esto es Roma. Siempre pasa algo y siempre…
No terminó la frase. Las luces parpadearon una sola vez. Y en ese instante, algo cambió… No fue el túnel. No fue el tren. Fueron ellos.
Una sensación compartida, imposible de verbalizar, recorrió el vagón como una corriente eléctrica muda. Sin pánico generalizado, aunque con el presentimiento de que algo sucedía. La incómoda intuición de estar siendo incluidos en algo que no escogido por ellos.
No había víctimas, no aún. Pero, de momento, sí testigos.
Una joven apoyó la frente contra el cristal del vagón. No veía nada. Solo oscuridad. Pero tuvo la sensación absurda de que la oscuridad la veía a ella.
—Nos están vigilando —dijo en voz baja.
Nadie se rio a pesar de aquella paranoia.
A lo lejos, amortiguado por kilómetros de túneles, un sonido grave reincidió. No fue una explosión. No fue un derrumbe. Se trataba de un pulso. Como un latido que no pertenecía a ningún cuerpo humano, volvía de nuevo esa sensación.
En la superficie, Roma seguía en pie. Los monumentos inmóviles, las iglesias cerradas, las plazas casi vacías.
Bajo tierra, continuaban las más de doscientas personas respirando al mismo ritmo, sin saber por qué, mientras algo poderoso comprobaba que sus ojos permanecían abiertos.
¿Acaso se estaba iniciando un juicio? ¿Un juicio que no necesita víctimas inmediatas sino una multitud consciente de un sufrimiento inminente?
Sin duda, el sistema —Namtar— acababa de confirmar que gozaba de una conciencia suprema y opresora.
Era cuestión de poco tiempo. El contador seguía avanzando. Once minutos .