CAPÍTULO 74
Interior de San Juan de Letrán
C ambiaron de lugar. Bellori guio a Tan hacia una puerta que los trasladó a otro emplazamiento. Un lugar donde el ambiente, además de frío, era pesado, lo que provocaba que cada respiración tuviera que pedir permiso.
No olía a humedad ni a incienso. Olía a encierro antiguo. A algo que llevaba siglos esperando sin deteriorarse.
Bellori entró tras él y se detuvo en seco.
La cámara era amplia, circular, deliberada. Más que una cripta o un pasillo, un lugar pensado para detenerse, sin cruces ni iconografía ni símbolos reconocibles. Solo piedra desnuda… y marcas.
Tan las vio de inmediato: Sangre. No en charcos ni salpicaduras. Una línea irregular, interrumpida, que nacía junto al muro y avanzaba hacia el centro. Allí alguien hubo intentado alejarse de algo después de herirse.
—No es reciente —barruntó Bellori, agachado—. Pero tampoco es antigua.
Tan siguió la línea oscura sin prisas. Sin dramatismo. Ya sabía lo que iba a encontrar.
Estaba allí, de espaldas, apoyado contra la curvatura del muro.
—¿Darrow? —dijo, aunque no era una pregunta, sino por tal irrupción inesperada.
Darrow no yacía tirado en el suelo, sino sentado con una pierna estirada, la otra recogida con torpeza. La frente vendada con un trozo de tela arrancado de su propia camisa. Se veía sangre seca marcando el borde, y su respiración parecía controlada con dolor contenido.
Tenía los ojos abiertos en blanco y no pareció sorprendido al saber de ellos.
—Habéis tardado —dijo con voz ronca—. Pero aún no es irreversible.
Tan no sintió alivio. Sintió peso.
—¿Qué te han hecho?
Darrow negó lentamente.
—Nada que no me hiciera yo mismo por intentar detenerlo.
Bellori dio un paso más.
—¿Mateo estuvo aquí?
Darrow alzó el mentón, pero no hacia el centro de la cámara, sino ligeramente desviada, como mirando a ninguna parte.
—Sí.
Tan contrajo las mejillas y los párpados mostrando una expresión poco halagüeña.
—Entonces vamos tarde.
—No del todo —corrigió Darrow a duras penas—. Vais tarde para impedir que cruce todo límite. Pero no para impedir que Roma quede sin ancla.
Bellori frunció el ceño.
—Explícate.
Darrow trató de inhalar con calma. Cada palabra parecía costarle algo más que aire:
—Mateo no vino todavía. Se entretuvo buscando el cuenco —dijo—. Todavía le queda encontrar aquello que le dé legitimidad.
—¿A qué te refieres? —preguntó Tan.
—A esto… —respondió señalando la pintura de la acheropita del Santísimo Salvador, que permanecía intacta en el lateral.
Tan avanzó un paso y preguntó:
—¿La imagen?
—No la toqué. Pero necesitaba que su rostro cambiase —respondió Darrow—. Según quien la mire y cómo la contemple su respuesta puede ser devastadora.
Tan lo miró con dureza.
—¿Y tú?
Darrow sonrió apenas. Un gesto cansado.
—Yo fui menos prudente y… —ofreció una mueca de dolor y confesó—: me acerqué demasiado.
Darrow perdió la vista justo tras haber contemplado la imagen del Santísimo Salvador, de ahí el blanco de sus ojos.
—¿El cuadro activa el sistema? —preguntó Bellori, inquieto.
Darrow negó.
—Eso creí. Me equivoqué.
—Entonces, ¿qué hace? —preguntó Tan.
—Mucho más. Lo contiene.
Se produjo un silencio cargado de dureza.
—La acheropita no es solo un interruptor —continuó—. Lo es todo. Mientras permanezca en el Laterano, Roma está… protegida.
Tan entendió.
—¿Y si sale?
Darrow no respondió. No hacía falta.
Bellori expiró fuertemente, casi sin querer:
—La leyenda dice que mientras no salga del Laterano, Roma no caerá…
Darrow asintió despacio.
—No es una promesa. Es una condición.
—Dijiste que el rostro cambia —recordó Tan y cerró los puños.
Darrow dejó escapar una risa seca.
—No cambia. Te ajusta.
Bellori sintió un escalofrío.
—Reconocimiento facial…
—No humano —corrigió Darrow—. Arquetípico.
Se llevó una mano temblorosa a los ojos.
—No es el ojo el que domina la imagen —expuso—. Es la imagen la que juzga al que mira.
A lo lejos, amortiguado por la piedra, resonó el lamento grave del metro. Continuo. Doloroso.
—Hay gente atrapada —dijo Tan—. Más de doscientas personas.
—Lo sé —respondió Darrow—. No son daños colaterales.
Bellori lo miró horrorizado.
—¿Testigos?
—Ojos abiertos —dijo Darrow—. El juicio no se ejecuta a ciegas, aunque yo ya lo esté.
Tan se giró de golpe.
—¿Quién más estuvo aquí?
Darrow tardó en responder.
—No vino solo —dijo finalmente—. Yo le hablé de sistemas. Otro le habló de necesidad. —Respiró profundamente y concluyó—: Le habló de Namtar.
Bellori se persignó sin darse cuenta.
—El ángel del juicio…
—El sistema —corrigió Darrow—. El que no destruye por odio, sino por convicción.
Otro temblor recorrió el suelo. Preciso. Medido.
Tan miró la sangre.
—¿Qué tenemos que hacer?
Darrow levantó la cabeza con esfuerzo.
—No miréis la imagen buscando respuestas —dijo—. Miradla buscando límites.
—¿Límites de qué?
Darrow atrapó la mirada de Tan.
—De vosotros mismos.
El comunicador vibró.
—Catorce minutos—advirtió Tan—. El sistema eléctrico del metro está al límite.
Darrow cerró los párpados.
—Entonces ya no queda casi tiempo para decidir quién tiene derecho a mirar.
Bellori se arrodilló.
—¿Puedes moverte?
Darrow negó.
—No importa. Mi papel terminó cuando desvié la mirada.
Tan lo observó un segundo más.
—No —dijo—. Tu papel era avisar.
Darrow abrió aquellos ojos blancos por última vez.
—Entonces… no fallé del todo.
El sonido del metro volvió a resonar. Más cerca. Más consciente.
Tan se incorporó.
—Antes de que Mateo trate de sacar el Santo Salvador necesitamos el cuenco de lapislázuli.
—Creo que será imposible que lo consigáis —apuntó Darrow.
—¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó Tan.
—Uno de los hombres de negro me lo pretendió sustraer y con el forcejeo cayó al Tíber.
Archer se quedó paralizado ante aquella revelación.
En ese momento recordó el brillo que llegó a divisar en el agua del río.
Estaba convencido de que aquel destello correspondía a algo tan extremadamente importante como el cuenco de lapislázuli, pero al parecer ya era tarde para recuperarlo.
Lo más probable sería que la corriente lo habría arrastrado río abajo.
Y ante tanta duda e incertidumbre sucedió lo que más temían que podía ocurrir…